CAPITULO 41:
-No -suspiró Pablo-. Una vez más yo me he apresurado a juzgarte, y lo siento. Te aseguro que no me había dado cuenta de cómo te sentías.
Era maravilloso comprobar el efecto que causaba una pequeña explicación. Lali observó a Pablo mientras levantaba su mano y se la llevaba a los labios. Su corazón pareció henchirse de pronto y
latir acelerado, y una sincera y sencilla ola de júbilo la inundó.
-Y encima ni siquiera tienes familia propia que te apoye -añadió Pablo serio.
-A mi madre le hubiera encantado la ceremonia... - sonrió LAli.
-Diste en el blanco cuando dijiste que no tengo tacto -concedió Pablo atrayéndola a su lado y suspirando-. ¿Has hecho el amor alguna vez en una limusina?
-¡Sí, por supuesto! ¡No deseo más que entrar en el Savoy con el maquillaje corrido y el pelo revuelto!
-Podría persuadirte...
-Pero no lo harás. Vas a resistir como un mártir hasta esta noche...
En el hotel Lali y Pablo saludaron a cada invitado que iba llegando. Lali sostuvo una decidida sonrisa al ver aparecer a Eugenia, que se inclinó a besarla con total seguridad en sí misma y siguió su camino. Aquello enervó a LAli.
-Trata de comprender cómo se siente ella -observó Pablo.
Lali sonrió y se ruborizó. Le molestaba que Pablo tuviera que reprenderla cuando había tratado por todos los medios de mostrarse tranquila y amable. Sin embargo nunca había sabido ocultar sus sentimientos. Tenía la sensación de que sobre ella pesaba un estigma imborrable: Pablo creía que había mentido sobre lo ocurrido en su primer encuentro a solas con Eugenia. ¿Pero acaso no era posible que la rubia hubiera perdido por una vez los nervios y que se arrepintiera?, se preguntó Lali decidiendo ser más generosa con ella.
Gaston Dalmau, el padrino, le presentó a su mujer, Rocio. Era una rubia amable y extrovertida.
-Me hubiera gustado conocerte antes de la boda, incluso pensé en lIamarte, pero no me atreví. Supuse que estarías muy ocupada con los preparativos.
-Lástima, me hubiera encantado -contestó Lali.
Tras las presentaciones y unos cuantos ratos de charla todos se sentaron a la mesa.
-Rocio y Gaston son una pareja estupenda - comentó Lali en un susurro, sentada en la mesa principal-. ¿Desde cuándo los conoces?
-Desde los diecinueve años. Tuve un accidente de coche, y Gaston estaba de guardia como estudiante de medicina en el hospital -explicó Pablo curvando los labios en una sonrisa.
-¿Qué es tan divertido?
-Sólo tenía una contusión, pero mi padre estaba muy angustiado cuando llegamos -recordó Pablo-. Actuaba como si Gaston me hubiera salvado la vida, y desde entonces nos hicimos amigos. Me
hubiera gustado que mi padre te conociera -añadió mirándola a los ojos intensamente.
-No, no lo creo -respondió LAli-. Tu padre te habría encerrado antes de dejar que te casaras con una persona como yo.
-¿Qué quiere decir eso de «una persona como yo»?
-Bueno, es sólo un modo de hablar. Vos siempre te viste protegido por tu familia, para mí, en cambio, fue todo lo contrario.
-No es de extrañar que te cueste confiar en mí, después de eso.
-No, la mayor parte de la gente en la que he tratado de apoyarme se ha desmoronado -confirmó Lali.
-Yo no me desmoronaré, Lali. Tenes que aprender a confiar en mí, pethi mou.
Pablo había dicho aquello en serio, y sin embargo era él quien no confiaba en ella. O al menos su palabra no tenía para él el mismo peso y valor que tenía la palabra de Eugenia. No obstante no era el
momento de pensar en ello. Por fin estaban casados, pero aún era pronto. El tiempo acabaría por resolver ese problema. Lali no sabía que Pablo vería a Helena a menudo en el futuro, y era demasiado práctica como para arruinarlo todo a corto plazo sólo por aquello. Un matrimonio reciente era algo frágil. ¿No era una estupidez ponerlo a prueba sólo por Eugenia?
Horas más tarde Lali se cambió de vestido en una habitación reservada del hotel y se puso la ropa de viaje. Al volver a la sala de invitados Pablo la observó con una expresión de aprobación.
-Bueno, ya es hora de que tires tu ramo de flores.
-No, quiero conservarlo.
Había tanta gente que quería despedirse de Pablo antes de que se marcharan de luna de miel que por un momento ambos se separaron. Lali observó a Pablo de lejos reír a carcajadas, y sintió una punzada de júbilo al verlo feliz y relajado. Era la imagen perfecta de un recién casado. Pero justo entonces, detrás de ella, una fría voz señaló:
-Me das lástima, Lali. Hacer de mujerzuela en la cama no va a servirte para retener a Pablo, y no tenes nada más que ofrecerle, ¿no crees?
Lali se quedó helada, paralizada.
CAPITULO 42:
Después se giró y vio a Eugenia de espaldas, acercándose a charlar con otra pareja a cierta distancia. Sin embargo Rocio, a solo un paso y con la boca abierta, lo había oído y comentó:
-Venía a despedirme de vos antes de que te marcharas y... ¿será cierto que he oído lo que he oído? ¡Dios mío, nunca pensé que esa mujer pudiera ser tan malévola!
-Pues ahora ya lo sabes -respondió LAli.
-Ve a decírselo a Pablo inmediatamente -añadió Rocio seria.
-No, prefiero arreglármelas sola... -respondió Lali mortificada-. Supongo que le he robado a su hombre, así que... no la culpo si me odia.
-¿A su hombre? -repitió Rochi frunciendo el ceño-. ¡Pero si ni siquiera salían juntos, no estaban comprometidos! No creerás que ha estado en casa todos estos años esperando a que Pablo le pidiera el matrimonio, ¿no? ¡Te aseguro que si hubiera podido cazar a otro antes no lo habría dudado!
Lali se sintió incómoda. No quería discutir sobre Eugenia. Sin embargo Rocio parecía tener cuerda para rato:
-Eugenia es toda dulzura cuando Pablo está delante, me gustaría que la viera cuando se da la vuelta. ¡Los hombres son tan ciegos a veces!
-Sí -confirmó Lali deseosa de cambiar de tema.
-¿De qué hablan? -preguntó Pablo acercándose con una sonrisa y estrechando a su mujer entre los brazos. LAli se puso pálida-. ¿Qué ocurre?
-Creo que estoy un poco mareada -contestó Lali con sinceridad.
-En cuanto subamos al avión te irás a la cama. No debería de haber invitado a tanta gente, se me olvidaba que estás embarazada -comentó Pablo decidido.
-¡Pero si estoy bien! -protestó Lali deseando que la besara en lugar de tratarla como a una inválida.
No obstante nada más subir al avión que los llevaría a Grecia, en donde pasarían un par de semanas, Pablo llevó a Lali al camarote y ella se quedó profundamente dormida.
-¡Basta! -musitó Lali al sentir, bastante rato después, que alguien la molestaba.
-Hush -susurró Pablo.
Lali, adormilada, deslizó una mano por debajo de su chaqueta. Extendió los dedos posesivamente por la camisa de seda y suspiro. Y creyendo que Pablo estaba en la cama, a su lado, volvió a dormirse.
Finalmente, al poco rato, se despertó y desperezó, abriendo los ojos y comprendiendo que Pablo la llevaba en brazos.
-¿Que... a dónde?.
-Has dormido bastante para no estar cansada, te has pasado el viaje durmiendo -explicó Pablo satisfecho.
Lali vio entonces que estaban llegando a la villa griega.
-¡Por el amor de Dios! ¡Bájame!
-No puedo. Me he dejado tus zapatos en el avión.
-¿Y cómo diablos hemos pasado por el aeropuerto de Atenas?
-Igual que ahora -rió Pablo-. Hubo un momento en el que se me ocurrió pensar que el hecho de que no tuvieras la estatura de Eugenia era una ventaja. ¡Con vos sí que puedo todo el camino!
Lali se quedó helada ante aquella desconcertante comparación. Pablo lo había dicho casi sin pensar. Se puso tenso, cerró los ojos y rugió en voz alta, comprendiendo lo que acababa de decir.

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