lunes, 1 de enero de 2018

Capitulo 10 y 11 "Venganza"



Capítulo 10
   
     AUNQUE Pablo había firmado su versión del acuerdo prematrimonial, lo había aceptado con demasiada facilidad, y Lalii no se fiaba. No, no se fiaba de él. Tampoco se fiaba de ella misma. En eso pensaba cuando él le colocó la alianza en el dedo. Bajó la vista para mirarla, esperando leer grabado en ella: «propiedad de Pablo Cameron».

     Por fortuna, él no perdió el tiempo en detalles. Ni una sonrisa, ni un beso. Estrechó la mano del juez, la agarró a ella por el brazo y la condujo hacia la limusina que los esperaba.

      - Le dije al piloto que volveríamos a Liberty enseguida - dijo Pablo -. Quisiera llegar antes de que Peter se despierte para que podamos darle la noticia antes de que se lo diga alguien más.

      - ¿Quién podría saberlo?

      - Es muy probable que ya lo sepa media ciudad. Yo le expliqué a Alice cuál era la situación, y le pedí que guardara el secreto, pero dudo que lo hiciera.

      - No lo guardará, tratándose de mí.

      - ¿Qué?

      - Nada - Lali respiró hondo -. ¿Le dijiste a Alice que nos íbamos a casar antes de que yo aceptara?

      - No tenía ninguna duda - él la miró con una sonrisa llena de arrogancia -. Tú solo necesitabas algo de tiempo para aceptar lo inevitable - abrió un periódico y se puso a leer.

     Los ojos de Lali se llenaron de lágrimas de rabia. Dos bodas, y en ambas solo había tenido ganas de llorar. Seguro que era la única mujer en el mundo forzada dos veces por el mismo hombre a casarse sin amor.
     Todo el trayecto en el Jaguar hasta Cameron House transcurrió en el más absoluto silencio. Cuando llegaron, Pablo abrió la portezuela y extendió la mano para ayudarla a bajar. Ella pensó en salir corriendo. Quizás entonces la pesadilla se desvanecería. Tal vez él le diría que el juego había terminado, que nunca había pensado llevar a cabo sus amenazas y que se marchaba.

      - ¿Lali?

     Ella alzó los ojos y él la fulminó con la mirada. - ¿Sí? - dijo ignorando su mano.

     Salió del coche y se fue hacia el porche. Alice abrió la puerta antes de que pudiera sacar las llaves.

      - Buenos días, señora Cameron.

      - Buenos días.

      - Es más fácil para todos, ¿no cree? El no tener que llamarla por un nombre diferente, digo.

     Lali sintió que la cara se le encendía. «Debería estar acostumbrada», pensó. Alice siempre la trataba con algo de desdén. Vico le había dicho que no le hiciera caso, pero la situación era muy incómoda y estaba segura de que iba a empeorar.

      - Ahora que lo dice - dijo Pablo con amabilidad -, supongo que sí - pasó el brazo por la cintura de Laliy ella se sintió reconfortada -. Y eso es lo que todos queremos, ¿verdad, Alice?

     La asistenta parpadeó algo desconcertada.

      - Eso espero.

      - Me alegro de que estemos de acuerdo. En ese caso, creo que es un buen momento para hablar sobre su futuro.

      - ¿Mi futuro, señor Cameron?

      - Me gustaría que decidiera si quiere permanecer con nosotros, o si preferiría trabajar para otras personas.

     Alice se quedó atónita.

      - Yo... yo nunca he considerado...

      - Considérelo ahora - dijo Pablo endureciendo el tono -. Yo sé que usted quiere a Peter y que él la quiere, pero haré otros planes si las cosas no son cómodas para todos los que estamos aquí. ¿Lo he dejado claro?

      - Sí, señor - la mujer tragó saliva -, muy claro.

      - Muy bien - sonrió -. ¿Cómo está Peter?

      - Está bien, señor. Está dormido.

      - Lo dejaremos dormir mientras nos prepara el desayuno.

      - Yo nunca desayuno - comenzó a decir Lali, pero Pablo no le hizo caso.

      - ¿Todavía sabe hacer esos deliciosos bizcochos?

     Alice sonrió.

      - Sí, señor, todavía.

      - Pues eso es lo que desayunaremos. Sus bizcochos, huevos revueltos, beicon y café. Mucho café - miró a Lali-. ¿Qué te parece, cariño?

      - Ya te dije - contestó con frialdad - que yo nunca...

      - Pero hoy sí. Es el primer día de nuestra luna de miel.

     De pronto, la alzó en brazos. Lali, sorprendida, se quedó sin aliento y trató de zafarse. Pero Pablo la agarró aún más fuerte.

      - Está bien - dijo con aparente dulzura -. Alice lo comprende, ¿verdad, Alice?

      - Sí, señor. Por cierto, señor Cameron - añadió Alice mientras Pablo subía la escalera con ella en brazos -, el botones del hotel trajo su maleta. La puse donde me dijo, en...

      - … en nuestra habitación, gracias.

     Lali se contuvo hasta que él cerró la puerta de la habitación. Entonces, le dio un puñetazo en el hombro.

      - ¡Bájame!

      - Con mucho gusto - contestó y la soltó, dejándola de pie.

      - ¿Qué clase de actuación fue esa?

      - Una muy necesaria.

      - ¡Fue ridícula!

      - Utiliza la cabeza, Lali - Pablo agarró la maleta que estaba en medio de la habitación y la puso sobre la cama -. Alice se preguntaría qué pasa si no actuáramos como recién casados.

      - De todos modos ya se lo está preguntando - espetó Lali -. ¿Qué haces?

      - Me desvisto.

     ¡Y lo estaba haciendo! Se quitó la camisa y la tiró sobre la cama. La cama de ella. Lali se quedó mirando los anchos y musculosos hombros de Pablo , sus poderosos bíceps. El pecho fuerte, cubierto de vello. Se le secó la boca. No quería recordar, no quería sentir esas emociones nunca más.

      - ¡Para!

     Él arqueó las cejas.

      - Perdona, ¿qué has dicho? - el tono parecía amable, pero no lo era. Las palabras y la expresión de su cara eran desafiantes.

      - ¡Este es mi dormitorio!

      - Es nuestro dormitorio. Acostúmbrate.

      - No voy a compartir la cama contigo, Pablo . Tú firmaste el acuerdo...

      - ¿Quieres que toda la ciudad piense que eres mi esposa o no?

      - Francamente, no me importa.

      - Pero a Peter sí le importará. Además, he visto cómo te trata Alice.

      - Ah, eso... - exclamó, como si no le importara.

      - Sí, eso - su voz se hizo más aguda -. Eres mi esposa y no voy a tolerar que nadie te falte al respeto.
   
     Quizás era humano, después de todo.

      - Eres muy generoso - dijo con cautela -. Pero yo...

      - Qué generoso ni qué diablos - atravesó el baño y abrió la puerta del pequeño estudio adyacente -. Ahora eres mía.

      - ¿Tuya? - inquirió, incrédula -. ¿Tuya? Yo no pertenezco a nadie, Pablo Cameron. Será mejor que lo asimiles.

     Él se volvió hacia ella, la agarró por los hombros y tomó su boca. Lali sintió la fuerza de su beso, el calor.. y se detestó a si misma por el pequeño gemido que no pudo reprimir. Muy afectada, solo pudo mirarlo.

      - Eres mía - dijo cortante -. Tarde o temprano lo admitirás. Y cuando lo hagas, vendré a cobrar. Hasta entonces, dormiré en el sofá del estudio.

     Sin decir nada más entró en el baño y cerró la puerta. Al poco rato, llamaron a la puerta.

      - ¿Mami? - era Peter. Pero ella aún no estaba preparada para verlo -. ¿Mami... puedo entrar?

     Lali respiró hondo.

      - Claro, cariño - contestó con voz alegre y le abrió la puerta. El niño la miró y luego miró hacia el fondo de la alcoba.

      - ¿Está él aquí?

      - ¿Pablo ? - ella sintió cómo se le borraba la sonrisa, pero se dominó -. Sí. Sí está, Peter. Tengo... quiero decir, tenemos algo que... decirte.

      - Lo que tu madre quiere decir - dijo Pablo detrás de ella - es que anoche nos casamos.

      - ¿se casaron? ¿Mi mamá y tú?

      - Ajá - dijo poniendo su brazo alrededor de los hombros de Lali-. Perdóname por no decírtelo antes, pero lo decidimos de repente...

     Peter miró a Lali.

      - ¿Mami?

      - Nada cambiará - le dijo apresurada -. Nada cambiará para ti.

      - Así es, campeón - Pablo soltó a Lali y se puso en cuclillas -. ¿Y tú que opinas? ¿Te parece bien tenerme por aquí? - carraspeó -. Puede que te parezca difícil. Tú querías mucho a tu padre y él te quería a ti. Pero si me dejas, yo también te querré.

      - ¿Mucho? - preguntó Peter con voz temblorosa.

      - Sí - Pablo carraspeo de nuevo -. Te querré mucho, mucho.

      - ¿Como si fueras mi papá?

      - Exactamente igual que si fuera tu papá.

     Lali sintió que el corazón se le estremecía al ver cómo Peter se arrojaba a los brazos de Pablo . Pensó que él nunca debería saber la verdad. Se arriesgaba a que hiciera lo que siempre amenazaba. Poner una demanda pidiendo la custodia de Peter y ganarla.

     Los días del verano fueron pasando. Lali había perdido toda esperanza de que Pablo desapareciera de su vida.
      - ¿Acaso no tienes cosas que hacer? - le preguntó por fin una mañana -. ¿No tienes alguien más a quién torturar? ¿Algún ultimátum que dar? ¿Algún imperio que gobernar?

     Eso lo hizo reír.

      - ¿Un imperio, eh? Puedo dirigir mis asuntos desde aquí. Al menos durante algún tiempo.

     ¿Por cuánto tiempo?, quería preguntar Lali, pero se contuvo. Estaba claro. Había hecho instalar dos líneas de teléfono adicionales, había llevado un fax, un ordenador y un par de impresores. Pablo se estaba instalando a largo plazo y Peter estaba encantado y se había convertido en su sombra.

      - Hola, campeón - solía decirle cuando asomaba por la puerta de su despacho -. ¿Qué tal va todo?

     Hablaba con él durante un rato y a veces incluso dejaba lo que estaba haciendo. Lali se quedó muy sorprendida la primera vez que se los encontró en el suelo riéndose mientras hacían rodar unos cochecitos sobre el suelo.

      - Peter - le había dicho con dulzura - no molestes a Pablo . Está ocupado.

      - En realidad - intervino Pablo  -, Peter me está haciendo un favor. Estaba buscando la manera de cortar una llamada de París y él me ayudó. ¿Verdad, Pete? - le preguntó con picardía.

      - Verdad - contestó Peter sonriendo también.

     Lali intentó protestar, ¿pero para qué? Era la esposa de Pablo y había aceptado obedecer sus reglas.
Además, nunca había visto al niño tan feliz. Pensó que sería egoísta si le negara esos momentos y comenzó a preguntarse qué pasaría si su hijo averiguara que el hombre que empezaba a querer era en verdad su padre.

     Eran pensamientos peligrosos. No podía permitírselos. Ninguno de los dos debía saber la verdad.

     Poco a poco, se vio envuelta en las cosas que hacían juntos. Intentaba que no ocurriera, para estar el menor tiempo posible junto a Pablo . Pero no podía negarse cuando el niño le pedía que fuera con ellos a pescar, para que viera lo bien que ponía el cebo en el anzuelo. Habría sido egoísta si hubiera preferido quedarse en casa con un buen libro.

     Las noches eran más difíciles. Cenaban, veían televisión, leían, escuchaban música. Lo mismo que otras personas. Incluso Pablo y ella conseguían mantener alguna conversación. Y, a la hora en que Peter se iba a dormir, lo acompañaban juntos a la cama y lo arropaban. Pero cuando volvían a la sala, el silencio de la noche se instalaba entre ellos dos.

     A veces ella se iba pronto al dormitorio.

      - Buenas noches - decía con amabilidad. Pablo le dirigió una mirada indescifrable.

      - No tienes por qué irte por mí - le decía con frialdad, ya que no era necesario fingir.

      - Oh... no es por eso. Es que estoy... cansada - contestaba.

     Otras veces decía que tenía sueño, o que le dolía la cabeza. Tenía muchas excusas. Luego, subía a la habitación, consciente de que Pablo la seguía con la mirada. Y escuchaba sus pasos, o el ruido de la ducha y sentía que el corazón se le aceleraba cuando imaginaba que se levantaba de la cama, se quitaba el camisón y entraba corriendo a ducharse con él. Que lo abrazaba y apretaba sus senos contra el pecho desnudo de él y se besaban.

     Estaba segura de que él también pensaba cosas así. Una noche lo sorprendió mirándola con ojos ardientes y hambrientos. Ella sintió que el cuerpo se le encendía y, dando alguna estúpida excusa, se marchó a su habitación, pensando si sería esa la noche en que él fuera a su cama.

     Decidió que, si eso sucediera, lo rechazaría. Sí, se había casado con él. Sí, era su esposa. Pero estaría faltándose a sí misma si cediera al deseo e hiciera el amor con él. Además, no iba a ser amor, sino sexo, y nunca tendría sexo con él. Lo había dejado bien claro en el acuerdo prematrimonial.

     Excepto que... ambos sabían que el documento no tenía valor y que él lo había firmado convencido de que podría hacerla cambiar de opinión. No lo había intentado aún, y ella esperaba que no lo hiciera. Porque sabía que si esa noche la despertara con un beso, si sintiera las manos de él deslizándose por su cuerpo... lo detendría.

     ¿O no lo haría?

     Cuando por fin se durmió soñó que estaba en los brazos de Pablo , que se reía con él, que paseaba con él, y que hacían juntos todo lo que nunca pudieron cuando eran jóvenes. Se despertó exhausta, se duchó y se vistió. Cuando bajó, se encontró con Peter y Pablo , que la esperaban. El niño y el hombre intercambiaron una sonrisa de complicidad.

      - Hola, mamá.

      - Buenos días, Lali.

     Ella los miró y pensó «¡Qué duro! Pero si tienen los mismos ojos, las mismas sonrisas, la misma nariz, excepto por el bultito que tiene Pablo ».

      - ¿Cómo te hiciste ese bultito en la nariz? - dijo sin pensarlo -. No lo tenías cuando... - se sonrojó - cuando eras más joven.

      - Oh - él sonrió y se lo frotó -. Digamos, que tuve una discusión con una máquina pesada y la máquina me ganó.

      - Como Billy Cullen - soltó Peter -. Billy discutió con una montaña rusa. Quiero decir con su hermana sobre una montaña rusa. Y se dio un golpe en la rodilla.

    Lali miró a su hijo.

      - ¿Qué tiene que ver la hermana de Billy Cullen con una montaña rusa?

     Peter miró a Pablo .

      - Parece que el niño de los Cullen fue a Six Flags, discutió con su hermana sobre si sería o no valiente para montar en el Mind Bender..

      - ¿El qué? - dijo Lali riendo.

      - Es una montaña rusa - dijo Peter entusiasmado -. Billy dice que hay que subir a menos que se sea un gallina. Billy dice...

      - Pablo dice que ya es hora de decírselo, campeón - dijo Pablo sonriendo con complicidad. Miró a Lali-. Hemos pensado que hoy podíamos ir al parque de atracciones - carraspeó -. Y nos gustaría que vinieras con nosotros - ella no contestó -. ¿Lali? - dijo Pablo y ella lo miró a los ojos y se percató de que él quería que fuera con ellos. Entonces, sintió que la cabeza le daba vueltas bajo sus pies, y aceptó.

     Fue un día largo y maravilloso. Montaron en casi todas las atracciones, comieron perritos calientes y tomaron refrescos. Cuando volvían a casa, Peter se durmió en el coche.

      - Yo lo llevaré arriba - dijo Pablo cuando llegaron.

     Cuando Lali le puso el pijama, Peter estaba dormido y protestó.

      - No...

      - Buenas noches, cariño - susurró ella y lo besó en la frente.

      - Buenas noches, hijo - dijo Pablo en voz baja y a Lali se le hizo un nudo en la garganta. Salieron de puntillas de la habitación y cerraron la puerta. El día había terminado y ya era hora de irse a su habitación
      -¿Te lo has pasado bien? - le preguntó Pablo

     Ella sonrió.

      - Muy bien.

     Él estiró la mano y con suavidad le tocó la nariz.

      - Te has quemado un poco.

      - Tú también.

     Pablo se aclaró la garganta.

      - Lali, hay algo de lo que quiero hablar contigo.

      - ¿Sí?

      - Bajemos.

     ¿Por qué se había puesto tan serio? La alegría de la jornada se oscureció. Ella sabía lo que era. Su estancia se terminaba. Él había estado allí unas tres semanas. Había estado muy dulce con Peter y cortés con ella, pero tenía que volver al mundo real. Peter lo echaría en falta.

      - No pensé que fuera a gustarme estar de vuelta aquí - dijo Pablo -. En Liberty, quiero decir.
   
      Lali se volvió hacia él y le sonrió con amabilidad.

      - Ya entiendo.

      - Pero estas tres semanas han sido - vaciló un poco -, han sido estupendas.

      - Sí. Han sido agradables.

     Los ojos de Pablo se oscurecieron.

      - ¿Agradables? ¿Eso es todo lo que se te ocurre?

      - No sé qué es lo que esperas que te diga, Pablo . Quiero decir..

      - No importa - se alejó unos pasos, luego volvió -. Peter ha estado feliz.

      - Muy feliz. Y.. y quiero agradecértelo. Ha conectado muy bien contigo, Pablo

      - Lo estaba pasando mal,Lali. Tú me lo dijiste, pero yo no me di cuenta... - respiró hondo -. He conseguido cambiar las cosas un poco.

      - Lo sé. Y también quiero darte las gracias por eso. Llevarlo a pescar, a montar en bicicleta, a todos esos partidos...

      - ¡Qué diablos, Lali! - Pablo la miró con dureza -. ¿Por qué me das las gracias? Yo quiero al chico. No podría quererlo más si fuera mío. Pete dice que los otros niños lo tratan mejor. Quizás no sea la mejor manera de decirlo, pero me da la impresión de que ahora lo aceptan.

     Ella asintió. Era cierto y todo había sido obra de Pablo . Había puesto los puntos sobre las «íes» a toda la ciudad, igual que lo había hecho a Alice aquella mañana, dejando claro que no iba a tolerar ninguna falta de respeto.Vico nunca había hecho eso, pero no era justo comparar a Vico con Pablo .Vic había sido un hombre bueno y decente. Pablo también era bueno. Y decente, aunque, años atrás la hubiera utilizado. Lali pensó que eso había sido en el pasado y que las cosas habían cambiado y era el hombre que siempre había querido que fuera, el hombre a quien podía amar.

     Pablo la agarró por los hombros.

      - ¿Lali? ¿Qué te pasa?

      - Nada - dijo y lo miró sonriente -. Has estado maravilloso con Peter.

     Él asintió. «¿Y contigo qué?», quería decir «¿He significado algo para ti?» Pero ya sabía la respuesta. Ella lo había dejado bien claro. Había pasado de despreciarlo, a soportarlo, y de soportarlo a estarle agradecida por el cariño que le había mostrado a Peter. Pero eso no era bastante. Lo que quería era...

      - Dijiste que tenías algo que decirme - dijo Lali.
   
     - Sí. Pete quiere hacerse socio de los Cub Scouts. Lali parpadeó.

      - ¿En serio?

      - Al parecer Billy Cullen...

      - El experto en montañas rusas - dijo ella y ambos sonrieron.

      - Sí, ese. Resulta que su padre es el director de los Scouts y ha organizado una acampada para los chicos y a Pete le gustaría ir.

     Ella se puso seria.

      - No me ha dicho nada.

      - Claro - Pablo sonrió de nuevo -. Es cosa de hombres, ya sabes. En todo caso, hablé con el padre de Billy...

      - ¿Sin comentármelo primero?

      - No te alteres. Phil Cullen me telefoneó hace un par de días y pensé en hacer algunas averiguaciones antes de decirte nada. El campamento está en las montañas y tiene buena fama. También la tiene Phil Cullen. Al parecer lleva a los niños una vez al año.

      - Lo sé. Peter me lo mencionó. Le pregunté si quería unirse al grupo, pero me dijo...

      - Te dijo que no. Ya lo sé. Pero supongo que ahora las cosas han cambiado. Es algo que le va a gustar mucho, Lali. Cullen es un buen tipo, y tiene experiencia en tratar con chicos y en acampadas. Estarán fuera dos semanas.

      - ¡Dos semanas!

     Pablo sonrió.

      - Toda una vida, ya lo sé. Pero será bueno para él. Harán excursiones y fogatas. Hay muchas actividades en el campamento, y un médico, y por lo que dice Cullen, la comida no está nada mal.

      - De acuerdo. Peter puede ir.

      - Y el momento es el apropiado - dijo él, sonriendo.

      - ¿Qué quieres decir? - él titubeó y sus ojos se ensombrecieron. Lali supo por instinto que lo que seguía iba a cambiarlo todo -. ¿Te... te marchas? - dijo sombría.

     Él asintió.

      - Tengo que ir a Nueva York. No puedo evitarlo. Hay algunas cosas en mi agenda y... - él siguió hablando, pero Lali no lo escuchaba. Se marchaba, tal como ella había deseado. La había domado, le había dado estabilidad a Peter, pero se marchaba a su propio mundo -. En unos meses, intentaré, si no surge nada... - sí, en unos meses intentaría tomar un avión para ir a verlos. No a ambos, sino a Peter. Esa era la única razón por la que la había coaccionado a casarse. Por Peter. Y menos mal, porque ella no lo quería para nada más -. ¿Lali? Lo entiendes, ¿no?

      - Claro - ella consiguió esbozar una sonrisa -. Y no te preocupes por Peter.

      - ¿Por qué tendría que preocuparme? Pete estará bien.

      - Tienes razón. Pero te echará de menos.

      - ¿Me echará de menos?

      - Cuando te vayas. Pero le explicaré que te era imposible seguir viviendo aquí con nosotros. Con él. Y estoy segura de que estará deseando que vengas a visitarlo cuando puedas...

     Se quedó anonadada cuando Pablo la agarró por los hombros.

      - No oíste una sola palabra de lo que dije.

      - Sí que oí. Dijiste que tienes que irte, que intentarás visitamos, bueno, visitar a Peter, dentro de unos meses.

      - Con razón estabas tan amable durante la pasada media hora - hizo una mueca -. Se va, pensaste. Podías permitirte ser amable.

     Lali se quedó mirándolo.

      - ¿No te vas?

      - Sí, Me voy - entornó los ojos -. Y tú también. Por eso dije que era el momento apropiado. Así, Peter no nos echará de menos mientras estemos fuera.

      - ¿Fuera, dónde, Pablo ? No entiendo ni una palabra de lo que me dices.

      - Eso es porque estabas tan ocupada dando saltos de alegría ante la perspectiva de que saliera de tu vida, que no me escuchaste - la sujetó con más fuerza mientras la ponía de puntillas -. Tengo que ir a Nueva York y tú vendrás conmigo.

      - ¿Yo? ¿Irme? ¡No! Nuestro acuerdo no decía nada...

       - Eres mi esposa. Tú irás donde yo vaya. Tengo un compromiso en Nueva York el viernes. Además, ya es hora de que le eches un vistazo a tu nuevo hogar.

      - ¿Mi... mi nuevo hogar? - no podía evitar repetir lo que él decía. ¿De qué estaría hablando?

      - Eso es, Lali. Mi hogar está en Nueva York. Eso quiere decir que nuestro hogar estará allí también.

      - No - repitió ella con voz temblorosa -. Eso es imposible.

      - De imposible nada - hizo un gesto de contrariedad -. Yo sé que tu adoras este montón de ladrillos, pero tienes que decirle adiós, porque pienso vender la casa al primero que me haga una oferta.

     Ella sabía que lo decía en serio. Le entró pánico. No quería ir a Nueva York. En un territorio desconocido las reglas cambiarían.

      - No voy a ir. Digas lo que digas, no soy tu esposa de verdad.

      - Es cierto. No lo eres - deslizó sus manos y le cubrió la cara -. Pero lo serás cuando lleguemos a Nueva York y te demuestre lo poco que vale ese maldito acuerdo prematrimonial del que estás tan orgullosa.

      - No... - la boca de él cubrió la suya. La besó con fuerza, manteniéndola cautiva con las manos y robándole besos hasta que ella comenzó a temblar -. No - dijo de nuevo, pero era más bien un gemido, una súplica, y le puso las manos sobre el pecho.

     El deseo reprimido hizo que Pablo gimiera. Metió las manos bajo la camiseta de ella, acarició sus senos y los pezones erguidos por encima del sujetador de encaje hasta que logró desabrocharlo y pudo tocar su carne desnuda. Lali pronunció su nombre entre sollozos, hundió las manos entre su cabello y atrajo su cara hacia la de ella.

     Él podía tomarla en ese momento y terminar con todas esas noches de insomnio. Podía arrancarle la ropa, besar cada centímetro de su dulce cuerpo y hacerla suya para siempre, no porque le hubiera obligado a firmar un acuerdo, sino porque ella quería ser suya.

     Era demasiado. La soltó y ella se tambaleó. Tenía la cara pálida pero las mejillas calientes y coloradas y, cuando abrió los ojos y lo miró, él pudo ver que tenía las pupilas dilatadas.

      - Lali - le dijo -. Lali.,..

     Él vio cómo levantaba la mano y supo lo que seguía, pero no la detuvo. Recibió una sonora bofetada.

      - Hijo de perra - susurró -. ¡Te odio!

     Se dio la vuelta y subió corriendo las escaleras, mientras él la seguía con la mirada. ¿Qué importaba si ella lo odiaba? Él nunca tuvo para ella más valor que un billete para salir del camping. Y ella no había sido para él más que alguien caliente con quién acostarse.

      - Maldita sea - murmuró.

     Oyó cómo cerraba de golpe la puerta del dormitorio. Despacio, fue hacia la biblioteca, directo a donde su padre solía guardar las bebidas. Los licores no le gustaban demasiado, pero quería algo que le quitara el sabor a ceniza de la boca.

     Al abrir el aparador se encendió la luz de dentro. Había varias botellas sobre el estante. Agarró una de bourbon. Se sirvió un poco en un vaso y se lo bebió de un trago.

     Lali lo odiaba. ¿Y qué? No le importaba nada.

     Y tal vez, si se lo repetía a sí mismo con frecuencia, acabaría creyéndoselo.


   
Capítulo 11
   
     Volaron hacia Nueva York el viernes por la tarde, sentados uno al lado del otro y en silencio durante todo el trayecto. Lali quería estar en cualquier sitio que no fuera ese avión. Al menos, estaban solos y podían dejar de fingir que todo iba bien. Durante dos días, apenas se habían hablado, excepto cuando Peter estaba con ellos. Y él estaba tan emocionado de irse al campamento que no habían hecho falta grandes esfuerzos para que no se diera cuenta.

     La función terminó en cuanto subieron a bordo. Lali tomó una revista y Pablo abrió un maletín lleno de documentos que había sacado del escritorio de VIco

      - Voy a revisar los papeles personales de mi hermano - había dicho por la noche -. ¿Tienes algo que objetar?

      - ¿Por qué iba a tener algo que objetar?

     Vico y ella habían compartido la casa, pero no habían compartido su vida. En todo lo importante, no eran más que extraños. ¿Habría entre los papeles alguno que revelara el secreto de Vico o el de ella? No, claro que no. Vico había sido muy cuidadoso sobre lo que él llamaba su otra vida, y ella tenía el certificado de nacimiento de Peter muy bien guardado.

     Lo único que Pablo podía leer eran las cuentas de la casa.

     En realidad, no estaba leyendo nada. Miraba por la ventanilla y tenía olvidado el contenido del maletín.
     Ella estaba rabiosa y suponía que él también. Pablo estaba dirigiendo su vida. Primero, el matrimonio, y luego el traslado a otro estado, y también su amenaza de demostrar que los términos del acuerdo no eran válidos. La única forma que tenía de demostrarlo era tomándola por la fuerza y no creía que lo hiciera. Tomar a una mujer que no lo quería. Llevarla a su cama. Acallar sus protestas con besos, con caricias hasta que sus gritos de protesta se convirtieran en gemidos de deseo.

     Sin darse cuenta, dijo algo.

      - ¿Decías algo? - le preguntó Pablo

      - No - le respondió ella -. No he dicho nada - abrió la revista y la hojeó, hasta que por fin el avión aterrizó en el aeropuerto de La Guardia.

     Cuando salieron de la terminal, un Mercedes negro se detuvo ante ellos y un joven saludó a Pablo y tomó las maletas.

      - Te presento a John - dijo Pablo - Este es el hombre que te llevará si necesitas el coche para ir a algún sitio. John, esta es mi esposa.

      - Señora Cameron - dijo con cortesía -, es un placer conocerla.

     Lali movió la cabeza, pero no contestó. ¿Tenía que decir que era un placer? El único placer que se le ocurría era que Pablo recapacitara y la dejara en libertad.

     Pablo la agarró del brazo, pero ella se zafó, se metió en el Mercedes y se sentó lo más lejos posible de él.

      - Esta parte de Nueva York se llama Queens - dijo vtras unos minutos -. Ve por el puente, John, para que mi esposa pueda ver la vista del horizonte de la ciudad.

      - Francamente - dijo Lali cortante -, no me preocupa mucho si la veo - en ese momento al ver las enormes torres de hormigón y vidrio de Manhattan, le cambió la cara y se olvidó de todo -. ¡Oh! - suspiró maravillada -. ¡Oh! Es preciosa - exclamó.

     Él asintió.

      - Recuerdo la primera vez que contemplé esta vista - esbozó una sonrisa - No podía decidir si estaba entusiasmado o muerto de miedo.

     Lali arqueó las cejas. - ¿El gran Pablo Cameron muerto de miedo? - El tono desdeñoso lo enojó. ¿Qué sabía ella de todo lo que había pasado para llegar a donde había llegado?

      - Lo siento - dijo con frialdad -, no pretendía aburrirte.

     Lali se fijó en él. Tenía la mirada fija al frente, y su perfil era duro e implacable. Algo en el tono de su voz hizo que se arrepintiera de sus palabras.

      - No me has aburrido - replicó -. Es solo que no puedo imaginarme que tengas miedo de nada.

     Tras un largo silencio, la expresión de Pablo se ablandó.

      - Quizás «miedo» no sea la palabra. Intimidado, eso es lo que estuve. Supongo que nunca me había imaginado un lugar mayor que Atlanta o Corpus Christi.

      - ¿Corpus Christi?

      - Sí. Ahí es a donde fui después... después de irme de Liberty.

      - Ah. Después de irte de Liberty - su tono era muy cortés -. ¿Y desde cuándo lo habías planeado?
     Pablo suspiró y su expresión volvió a hacerse fría.

      - Yo nunca tuve un plan.

      - ¿De veras? - preguntó ella en tono aún más cortés -. Pues yo habría creído otra cosa.
   
         Pablo se volvió airado hacia ella.

      - Crees que me conoces - dijo con frialdad -. Pero te prometo,Lali , que no me conoces nada.

      - No - no lo conocía, ni quería conocerlo. Había sido idiota de dejarse llevar por esa conversación.

     El conductor paró delante de un elegante edificio frente a Grand Central Park. Un portero uniformado abrió la puerta del coche.

      - Señor Cameron, me alegro de volver a verlo.

     Pablo bajó y le ofreció la mano a Lali. Ésta la miró y bajó por su cuenta. A Pablo le brillaron los ojos de rabia y ella se estremeció como cuando era pequeña.

      - Otto, esta es mi esposa - dijo y la agarró del codo con suficiente fuerza para que se diera cuenta de que sería un error zafarse -. Es una mujer muy independiente, pero estoy seguro de que le permitirá buscarle un taxi cuando lo necesite.

     Otto sonrió con amabilidad.

      - Hola, señora Cameron. Será un placer servirla.

     Lali sonrió cortés, lo mismo que al recepcionista del vestíbulo. Pablo la llevó hasta el ascensor y metió una llave junto al número del piso. El ascensor comenzó a subir y a Lali el estómago se le bajó a los pies.
Esa era su nueva vida, pensaba, la vida que tendría que vivir con un extraño.

     El ascensor se detuvo y las puertas se abrieron ante un recibidor de mármol. Un hombre vestido de negro se acercó a ellos sonriendo.

      - Bienvenido a casa, señor Cameron.

      - Gracias, Dobbs. Dobbs, esta es mi esposa. Por favor mande hacer una llave para ella lo antes posible.

      - Desde luego, señor.

     Una llave. Claro.

      - Estamos en el ático. Necesitarás una llave para el ascensor. Se abre directamente al recibidor.

      - ¿Subo sus cosas, señor?

      - Gracias, Dobbs. Eso puede esperar. Ahora creo que la señora Cameron y yo vamos a tomar café - le apretó el codo con la mano -. ¿Lali? - ella lo miró perpleja. Él pensó en todos los cambios que había hecho en su vida y sintió un poco de lástima. Enlazó su mano en la de ella. Ella necesitaba un poco de descanso. Decidió que la acompañaría arriba, la abrazaría, se acostaría junto a ella sobre la cama, la cama de los dos, y ella cerraría los ojos y quizás se daría cuenta de que eso no era el fin del mundo -. ¿Lali? - dijo con dulzura -. Deja que te acompañe a nuestra alcoba.

     Nuestra alcoba. Las dos palabras la hicieron volver a la realidad. Se zafó de la mano de Pablo

      - Puedes acompañarme a mi alcoba - dijo -, no a la nuestra. No tengo intención de...

      - ¡Arriba! - dijo Pablo cortante - y la alzó en sus brazos.

     Sorprendida, ella se agarró a su cuello, pero pronto se recuperó.

      - Maldito seas - increpó -, bájame.

     Pablo entró en la habitación, cerró la puerta con el hombro y la soltó. Tenía la cara lívida de furia.

      - ¡Nunca - gruñó - nunca vuelvas a hacerme eso!

      - Perdona, pero, ¿qué dices?

      - Más vale que me pidas perdón. No vuelvas a hablarme así delante de la gente. Eres mi esposa y espero que te comportes como tal.

      - ¿Por qué? ¿Acaso tu público va a pensar mal de ti si no lo hago?

      - Métete esto en la cabeza. Ya he aguantado todas las tonterías tuyas que voy a aguantar - Pablo se acercó a ella -. ¿Lo has captado?

      - Oh sí. Lo he captado. Quieres que te haga reverencias como el resto de los que te rodean.

      - Eres mi esposa y espero que me muestres respeto.

      - Siempre y cuando entiendas que solo es puro teatro.

     Pablo se quitó la chaqueta y la corbata y las echó sobre una silla.

      - Te lo advierto - dijo, entre dientes -. No me provoques. Ya he tenido bastante.

      - ¿Ya has tenido bastante? - Lali lanzó su bolso sobre la silla -. Me arrancas de mi vida, me traes a este lugar donde la gente casi se postra ante ti cuando te ven llegar..

      - ¡No hacen tal cosa!

      - ¡Vamos! Claro que lo hacen. «¿Cómo está, señor? Bienvenido a casa, señor. Es un placer servirle, señor».

      - ¿Preferirías que gruñeran al verme? - Lali lo miró. Tenía razón. No había nada de malo en la forma en que lo saludaban. Todos habían sido educados, pero no serviles. Él también había sido educado con todos ellos. Solo a ella le daba órdenes -. Tú eres quien necesita lecciones de educación - dijo Pablo , hiriente -. ¿Acaso se te ocurrió contestar con cortesía a John o a Otto o al resto? ¿Acaso se te ocurrió tenderles la mano y decirles que te complacía conocerlos?

      - No me complace conocer a tus sirvientes.

      - Maldita sea, Lali. No son mis sirvientes. Son mis empleados.

      - ¿Hay alguna diferencia?

      - Claro que sí - contestó Pablo en tono furioso -. Los sirvientes reciben órdenes. Yo no tengo sirvientes. Tengo gente que trabaja para mí. Les pago bien. Los respeto y ellos me respetan. Y no voy a tolerar que tú los humilles a ellos ni a mí. ¿Está claro? Ella miraba a ese extraño que era su marido. Nada estaba claro y, cuanto más tiempo pasaban juntos, menos lo entendía. Pero tenía razón y ella lo sabía. Él no había tratado mal a nadie, pero ella sí. Y no tenía ni idea de por qué lo había hecho -. ¿Está claro? - le repitió él.
     Estaba furioso y la fulminaba con la mirada. A Lali se le hizo un nudo en la garganta. Siempre lo hacía enfadar. No había sido así años atrás.

      - Yo no... - vaciló -. Yo no tenía intención de tratar a nadie mal. Ya sé que no es culpa de ellos que todo esto esté pasando.

      - Tú no quieres vivir aquí - Pablo hablaba envarado, como si le costara pronunciar las palabras -. Eso ya lo sé. Pero yo vivo aquí, y tengo negocios aquí. Este es mi hogar.

     Pero no era el de ella, estuvo a punto de decir. ¿Pero acaso algún sitio había sido su hogar? Desde luego que no el remolque, ni tampoco Cameron House. El único sitio en que se había sentido como en su propio hogar había sido en los brazos de Pablo , y vaya resultado que había tenido. Se puso rígida.

      - Y esperas que me las arregle como pueda.

      - Sí.

      - En tal caso, quiero habitaciones separadas, igual que en Cameron House.

      - ¡Al diablo con Cameron House! - rugió. ¿Qué le pasaba? La sangre le hervía de rabia, pero, ¿por qué? ¿Porque su esposa no veía que él podía darle las cosas que nadie le había dado? ¿Estaba tan loco? ¿Importaba tanto? Él pensaba que sí y la agarró por los hombros y la puso de pie -. ¡Eres mi esposa y te aseguro que vas a comportarte como si lo fueras! Olvídate de Cameron House. Olvídate de mi hermano. Esta es tu vida, Lali, a partir de ahora. Vas a compartir esta alcoba conmigo. Esta cama. Vas a tratarme como a tu marido, y no pierdas el tiempo hablándome sobre ese estúpido papel que te firmé. Porque no me interesa. ¿Lo has comprendido? - la miró a los ojos, y maldiciendo, inclinó la cabeza y la besó.

     Ella reaccionó al instante, tratando de zafarse, y cuando él la aprisionó en un beso, ella lo mordió. Pablo maldijo de nuevo y agarrándola , volvió a besarla, con ansia, sin miramientos, y Lali comenzó a sollozar y le brindó su boca. Pablo la estrechó más fuertemente y ella le rodeó el cuello con los brazos, aupándose y fundiendo su cuerpo con el de él.

     Ambos se sobresaltaron cuando alguien llamó a la puerta. Se separaron de golpe y se miraron,

      - ¿Sí? - preguntó Pablo sin dejar de mirarla.

      - Su café, señor.

      - Gracias Dobbs, deje la bandeja en el vestíbulo.

      - Sí, señor.

     Siguieron mirándose fijamente hasta que Lali susurró temblando:

      - No sé qué es lo que quieres de mí.

     Él tampoco lo sabía. A veces quería lastimarla, pero otras, deseaba acunarla entre sus brazos. Dio un paso atrás.

      - Tenemos un compromiso para cenar - su tono era calmado -. Y tienes menos de una hora para arreglarte.

      - Yo no quiero...

      - Este es tu cuarto de baño - dijo abriendo una puerta -. Al otro lado está tu vestidor. Creo que encontrarás todo lo que necesites, cosméticos, cosas para el baño, ropa.

     Lali se puso digna.

      - No utilizo las sobras de otras mujeres.

      - Todo es nuevo, hasta el jabón - la miró y le sonrió -. Es sorprendente lo que un servicio de compras personales puede conseguir - miró la hora -. Ya solo tenemos cincuenta minutos. No tengo ni idea de cuánto tiempo necesitas para embellecerte para salir de noche, por lo que sugiero que te pongas en marcha.

      - No sabría ni cómo empezar a embellecerme.

      - Si estás buscando un cumplido, olvídalo. No voy a decirte que siempre estás bella, porque ya lo sabes.

      - ¿Qué? - exclamó Lali

      - Dije que eres bella. Demasiado bella para que un hombre te olvide - una chispa brilló en sus ojos mientras la atraía hacia sí -. Yo nunca olvidé nada - le susurró.

      - Ten cuidado o te morderé otra vez - le advirtió ella -. ¿Qué pensarían tus amigos si te vieran con señales de colmillos?

      - Las verían como señales de honor - le pasó un dedo sobre los labios -. Pensarían que no puedes controlarte cuando estás conmigo.

      - ¡Qué más quisieras! - contestó tratando de no sonreír.

     Él le miró la boca, luego los ojos.

      - Desearía no ir a esa cena - dijo con dulzura -, pero es benéfica y prometí que iría.

      - Pero yo no.

      - Estamos casados, Lali  - dijo alzándole la cara. Ella contuvo el aliento esperando, leyendo en sus ojos lo que iba a hacer, pensando que no era lo que ella deseaba, pero cuando él le rozó la boca con los labios, suspiró -. Donde yo vaya - murmuró él - tú irás.

      - Pero no a la cama - balbuceó Lali

     ¡Cómo la deseaba! Aunque protestara. Ella negaba la verdad, pero solo con las palabras. Su cuerpo complaciente, sus labios entreabiertos, el brillo de sus ojos la delataba. Necesitó toda su fuerza de voluntad para dejarla.

      - Ve a arreglarte - le dijo con suavidad. Ponte de largo. Es una cena formal.

      - No tengo nada largo.

      - Sí tienes. Mira en el vestidor. No sabía lo que podía gustarte e hice traer varios modelos - respiró hondo -. Lali, ve a buscar lo que más te guste y póntelo.

     ¿Dónde se había metido?

     Pablo daba zancadas por la alcoba y miraba el reloj. Eran las siete y cuarenta y cuatro. ¿No estaba lista todavía?

     Poco antes había llamado a la puerta del vestidor.

      - ¿Estás lista?

      - En cinco minutos.

      - Date prisa, se hace tarde - pero no era cierto. El problema era que estaba ansioso de verla. Esa noche iba a presentar a su esposa al mundo. Tiempo atrás, era lo que había soñado. Acercarse a la gente con ella y decir: Esta es mi esposa. La mujer que amo.

     Frunció el ceño y siguió dando zancadas.

     Las cosas había cambiado. Él ya no era un chico amargado y ella no era una, chica inocente, si es que alguna vez lo había sido. Eran adultos y ella había pertenecido a otro hombre. A su hermano. Y ya era hora de dejar todo eso atrás. Por el bien de Peter.

      - ¿Pablo ?

     Él se volvió. Su esposa estaba en medio de la alcoba, los rizos  le caían sobre los hombros y tenía los ojos brillantes. Llevaba puesto el vestido de maravillosa seda roja, el único que él mismo había escogido. Fue hacia ella y Lali lo miró con cara solemne.

      - Lali- susurró, y la abrazó. Esperaba que ella se resistiera, pero Lalise limitó a mirarlo. Él la besó y ella correspondió a su beso con una ternura que le llenó el corazón. En ese momento, Pablo supo la verdad. El pasado no importaba. Los motivos de ella no importaban.

     Nunca había dejado de amarla.Algo había cambiado.

     Lali miró hacia el extremo de la mesa donde estaba su marido y se estremeció. ¿Cómo podía ser si ella lo odiaba?
   
¿Cómo se podía odiar a alguien tan atractivo? ¡Qué hombre tan apuesto! Estaba guapísimo y era suyo. Era su marido.

     Lali alzó su copa y tomó un sorbo de vino. El Chardonnay estaba fresco y ella lo agradeció porque sentía calor, como en ese momento cuando Pablo la estaba mirando desde el extremo de la mesa.

     Podía leer el mensaje que le enviaba con los ojos: «Lali , eres mi esposa y te deseo».

     La mano le tembló al beber otro sorbo. Sí, algo había cambiado. Unos instantes antes estaba furiosa con él y, de repente, al mirarlo lo supo...

     El vaso se le escurrió de la mano y se rompió sobre la mesa. Todas las miradas giraron hacia ella. Se sintió abochornada y dijo:

      - Lo siento, lo siento mucho.

      - No tiene importancia - contestó amablemente la anfitriona -. Espero que no se le estropeara el precioso vestido.

      - No - contestó Lali-. No le ha pasado nada, pero el vaso se ha roto...

      - Lali, nena - le dijo Pablo con tanta ternura que ella sintió que se le asomaban las lágrimas. Le apartó la silla y la atrajo hacia él, agarrándola por la cintura y sonriéndole. Luego, se dirigió a la anfitriona -. Ha sido una velada estupenda, pero mi esposa está agotada - «mi esposa», pensó Lali, «mi esposa» . Ha sido un día muy largo. Deberíamos habemos quedado en casa, pero...

      - Pero yo estaba deseando conocerlos a todos - continuó Lali en tono cálido -. Quería conocer a todos los amigos de mi marido - miró a Pablo y le dejó ver la verdad en sus ojos. Él la alzó en brazos y la sacó de la sala mientras se oían murmullos de aprobación y aplausos -. ¿Pero qué van a pensar? - susurró Lali mientras John los conducía a casa.

      - Pensarán que soy el hombre más afortunado del mundo.

     Mientras la llevaba en brazos por la escalera hacia la alcoba, Pablo pensaba que tenía que ir despacio para no estropear el momento que tanto había ansiado. Cuando cerró la puerta, Lali suspiró su nombre, le tomó la cara entre sus manos y lo atrajo hacia su boca. Entonces, lo besó con ternura; su sabor era muy dulce, y él se sintió perdido.

      - Lali... - murmuró y la besó en el cuello -,Lali...

      - Hazme el amor - susurró ella -. Hazme el amor, por favor.

     Con dedos temblorosos, Pablo le desabrochó la cremallera. Debajo del vestido,Lali, llevaba ropa interior de seda negra. Pablo le besó los pezones por encima de la seda y acarició su tibia y húmeda intimidad. Al sentir que ella temblaba, gimió de emoción. Quería decirle que estaba preciosa, mucho más de lo que él recordaba, pero ella lo estaba desnudando apresurada. Ansioso, le apartó las manos y terminó de desvestirse, la alzó en brazos y la llevó a la cama.

      - Quería hacer durar este momento, pero no puedo. Te deseo. Siempre te he deseado.

      - Pablo - contestó Lali alzando los brazos -, ahora. Oh, ahora...

     Él se arrodilló entre los muslos de ella.

      - Te amo, Lali- le susurró y la penetró larga y dulcemente. Ella se arqueó contra él, pronunció su nombre y el mundo estalló en mil pedazos de luz.

1 comentario:

  1. Hola percha!!! como estás?!
    llegué a tiempo para mis quejas! jajaj,
    que chica esta, era hora que afloje, mal que mal dentro de todo Pablo
    reacciono bastante bien con el niño y con querer el dejar el pasado
    atrás, con lo que conlleva que "haya compartido" la mujer que amaba
    con su hermano..
    (o será que los comparé con otros pablos que me dieron dolores de
    cabeza en tu novelas ajjajaj)
    Pero que chica esta , nos salió histérica en esta novela y negadora
    también, era obvio lo que le quería y no lo quería aceptar
    encima se ofendía! ajajaja
    era hora que aflojara ya no daba para más la negación.
    Es más desde que se casaron hasta ahora creo que Pablo fue considerado
    con el tiempo que le dio..
    lo que si me sorprendió es con la facilidad y al amor que le
    recibió el niño
    no le importó que ocupará el lugar del "padre" jajajaj..
    sin duda la sangre tirá..
    me intriga saber como va tomar la noticia de que Paternidad tanto
    Pablo como su hijo..
    Así que espero más que ansiosa el próximo capitulo, el cuál espero no
    tarde tanto jajajja :D
    besos!!!
    Jess....


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