lunes, 29 de enero de 2018

Capitulo 2 y 3: "La Impostora"




Capítulo 2
     —Ponte en contacto con Rogerson e intenta concertar una reunión para mañana a primera hora en su oficina.

     Con las manos en los bolsillos, Pablo dictaba órdenes sin cesar mientras se paseaba de un lado a otro de la omnipresente pared de cristal, desde la que se divisaba la Costa Dorada.

     LAli se esforzaba en copiar todo lo que él decía y, al mismo tiempo, comprender aquel aluvión de información.

     —Te refieres a Phil Rogerson, el director ejecutivo —murmuró para sí.

     —Y asegúrate de que George Huntley acuda a la reunión —dijo Pablo asintiendo al comentario de Lali—. Necesitamos que todos los implicados estén allí.

     —George Huntley… El responsable del bufete Huntley & Jacques… —volvió a murmurar Lali.

     Había sido una idea excelente demorarse un par de minutos antes de entrar en el despacho de Pablo para ojear los documentos relativos a aquella operación. Gracias a la eficiencia de Mar, que se había preocupado de dejar toda la información preparada antes de irse, Lali había podido enterarse un poco del asunto que preocupaba tanto a Pablo.

     —Cuando esté todo arreglado, quiero que envíes un ramo de flores a Giuseppe.

     —¿Giuseppe? —preguntó LAli sin saber a quién se refería, aunque el nombre le resultaba familiar.

     —Giuseppe Zeppa —aclaró Pablo—. Averigua en qué hospital está ingresado y mándale las mejores flores que puedas encontrar.

     ¡Giuseppe! ¡Claro!
     Era el italiano al que le había dado un ataque al corazón, el que había provocado aquella pequeña crisis, pillándola a ella desprevenida. Y no era que fuera culpa de él, por supuesto, sino de su hermana, que le había prometido que no tendría que hacer nada, sólo estar allí sentada y distraerse enviando correos electrónicos, pintándose las uñas… Lo que a ella le apeteciera. Si hubiera sabido lo que iba a ocurrir, si hubiera sabido que iba a tener que representar el papel de secretaria de Pablo en una crisis financiera, se habría quedado repartiendo paquetes de comida en el centro de refugiados sin dudarlo.

     Estaba tan absorta copiando las últimas instrucciones que le había dictado, tan absorta en sus propios pensamientos, maldiciendo el momento en que había entrado por la puerta de aquella oficina, que no se dio cuenta de que Pablo había dejado de hablar y la estaba mirando.

     —¿Se puede saber qué te ocurre hoy? —preguntó él como si sospechara algo.

     —Nada —contestó Lali nerviosa—. ¿Por qué lo dices? —añadió apartándose un mechón de cabello del rostro.

     —Porque no haces más que repetir todo lo que digo. ¿Estás segura de que estás bien? Tienes la voz un poco distinta.

     —Estoy bien, claro que estoy bien —se apresuró a responder—. Al menos, no soy consciente de que me pase nada raro.

     —Entonces, ¿qué demonios te pasa?

     —¡A mí no me pasa nada!

     —Llevas toda la mañana comportándote de una forma muy extraña.

     —¡Y tú llevas toda la mañana de un humor de perros!

     Pablo guardó silencio.
     No había hecho el menor gesto, pero era evidente que su comentario no le había sentado nada bien. Tenía el rostro lleno de tensión, y los hombros rígidos como una roca. Había dejado de parecer un pistolero del salvaje oeste. En aquel momento, mientras su figura se recortaba sobre el océano azul y el brillante cielo matutino, se había convertido, de repente, en un dios furioso. Y su furia estaba concentrada en una sola persona. En ella.

     —¿Ah, sí? —dijo arqueando las cejas—. ¿He estado de mal humor toda la mañana?

     Si todo lo que Mar le había contado sobre él era cierto, seguramente no era cuestión de una mañana. Aquel hombre había nacido ya de mal humor. Lali no estaba dispuesta a echar más leña al fuego.

     —Bueno, al menos, desde que he llegado.

     —Y muy tarde, por cierto.

     —¿Disculpa? —preguntó Lali mirándolo.

     —Te recordaba que has llegado muy tarde. Tal vez, si hubieras llegado a tu hora, ahora mi humor sería otro.

     Lali miró su reloj. ¿Cuánto más iba a durar aquella pesadilla?

     —¿Has quedado con alguien?

     —¿Perdón?

     —¿Tienes que ir a alguna parte? ¿A comer con alguien, quizá?

     —No creo que sea asunto tuyo, pero había pensado comer aquí para no perder tiempo —respondió Laliempezando a hartarse de la forma en que le estaba hablando—. Así haré penitencia por mis pecados.

     Pablo volvió a mirarla con los ojos llenos de furia, pero se relajó al instante.

     —Perfecto —apuntó finalmente dándose la vuelta—. Avísame en cuanto hayas hablado con Rogerson.

     Pero Lali no dijo nada. Se había quedado hipnotizada observando lo bien que le quedaban los pantalones, los músculos que se marcaban en su camisa, la asombrosa anchura de sus hombros. Era imposible imaginar a un hombre más perfecto que él.

     —¿Algo más? —preguntó Pablo dándose la vuelta de repente.

     La había visto. La había visto mirarlo embobada. Estaba como paralizada, como atada con cuerdas a la silla. ¿Qué le ocurría? ¿Es que no tenía ya suficientes complicaciones?

     —No —contestó sonrojada mientras se levantaba de la silla—. Nada más.

     Pablo la vio salir de su despacho. Las cosas empezaban a arrancar de nuevo, pero no estaba tranquilo. ¿Por qué había sentido una sensación de alivio al saber que su secretaria no había quedado con nadie para comer? ¿Qué le importaba a él eso?
     Aquellas piernas, aquellas medias brillantes…
     ¿Por qué se las había puesto? Si no había quedado a comer con nadie… ¿Tal vez tenía una cita para cenar? ¿Acaso la inesperada presencia de él allí le había echado a perder algún plan? Eso explicaría su actitud.
     No es que le importara mucho. Sólo era curiosidad, nada más. Todo cuanto afectara a uno de sus empleados requería su atención. Si algo estaba afectando a su secretaria, tenía derecho a saberlo.
   
     No había tiempo que perder.
     Una vez que hubo repasado de nuevo toda la información, Lali se lanzó a hacer llamadas siguiendo las instrucciones de Pablo. No podía cometer el más mínimo error.
     Sin embargo, lo primero que había hecho, nada más sentarse, había sido enviarle un correo electrónico urgente a su hermana. El mensaje había sido bastante claro: Llámame esta noche sin falta. Es urgente. Mar le había prometido comprobar su buzón de correo electrónico todos los días.
     Aunque, en realidad, no había accedido a nada. Casi había sido una imposición.

     —Me lo debes —había dicho Mar—. Cuando papá enfermó, fui yo la que tuve que arreglármelas sola para cuidarle.

     —¡Estaba enferma! —había exclamado Lali defendiéndose—. Quería venir para ayudarte, pero no podía viajar en las condiciones en las que estaba.

     —Eso no cambia el hecho de que fui yo la que tuve que cargar con todo —había replicado Mar, indiferente al comentario de Lali—. Pablo insiste en que esté en la oficina, allí, sin hacer nada, sólo por si surge algo y me necesita. Vamos, La, por favor, es lo menos que puedes hacer. Luna es mi mejor amiga y se va a casar dentro de dos semanas. ¿Cómo voy a decirle a estas alturas que no puedo ser su dama de honor? ¿Con qué cara voy a decirle que ni siquiera puedo asistir?

     —Es una semana entera. Nadie se va a tragar el engaño tanto tiempo.

     —¿Por qué no? —había insistido Morgan—. Pablo estará en la otra punta del globo. Además, todos los que saben que tengo una hermana creen que sigues perdida por ahí, luchando contra el hambre en el mundo.

     Lali había intentado discutir con su hermana, hacerle ver que eran muchas las cosas que podían salir mal, que cualquier imprevisto podría echarlo todo abajo. Pero Mar parecía muy segura de sí misma, parecía haber pensado en todo.
     Además, por otra parte, Mar tenía razón. Se lo debía. Había tenido que afrontar ella sola el ataque al corazón del padre de ambas mientras ella yacía inmóvil en un país africano, en un lugar apartado de todo contacto con la civilización, afectada por un extraño virus que le había hecho guardar cama durante más de dos meses.

     Nunca se perdonaría haber llegado tarde, no haber podido dar el último adiós a su padre. Pero si había alguna manera de compensarlo, era haciéndole aquel favor a su hermana. El hecho de que Mar estuviera aprovechándose de ella haciéndola sentir culpable no cambiaba en nada el fondo de la cuestión.
     ¿Quién podría haber imaginado que el viaje de Pablo iba a cancelarse?
     Tenía que aguantar todo lo que pudiera, pero era necesario que Moar regresara enseguida. En caso contrario, tarde o temprano, él lo descubriría.

     —Pareces muy pensativa.

     Lali se asustó tanto al oír la voz de Pablo que, sin darse cuenta, tiró al suelo algunas carpetas que estaban amontonadas, llenando la mesa de papeles.

     —¿Se sabe algo ya de Phil? —preguntó él dejando más carpetas llenas de papeles sobre el escritorio.

     —Estoy esperando a que me confirme que puede mañana a las diez. Los abogados dicen que no tienen problema en asistir.

     —Bien. Estaré fuera, tengo varias reuniones con algunos inversores. Llegaré tarde —dijo dirigiéndose a los ascensores.

     —¿Qué quieres que haga con esto? —preguntó Lali señalando las carpetas que Pablo le había dado.

     —Lo que haces siempre. ¿Hay algún problema?

     —No, no, ninguno —contestó con su mejor sonrisa mientras Pablo entraba en el ascensor.
   
     Necesitaba una cerveza fría.
     Por si la reunión no hubiera sido suficiente, la visita a la residencia de ancianos donde estaba su abuela había terminado por rematarlo. Había días en que la mujer estaba tranquila y era una delicia escuchar sus historias familiares sobre cómo había crecido allá en Montana. Otros, en cambio, era muy difícil soportarlo. Y aquél había sido uno de esos días.

     Mientras conducía de regreso a la oficina, había pensado en llamar a alguien para cenar aquella noche. Pero, después de pensarlo con calma, había desechado la idea. En primer lugar, porque se suponía que estaba en viaje de negocios. Y, por otro lado, porque no quería que ninguna de sus amantes habituales llegara a pensar que le estaba dando un trato preferencial, que se estaba comprometiendo más de la cuenta.
     De modo que había parado en un restaurante chino cercano a la oficina y había pedido algo de comida para llevar.

     Mientras subía en el ascensor, repasó una vez más el asunto que le estaba dando dolores de cabeza aquel día. Phil Rogerson había estado de acuerdo con el proyecto hasta que el ataque al corazón de Giuseppe lo había dejado todo en el aire. No debía permitir que se volviera atrás. No podía permitir que Rogerson se desvinculara del trato. Debía atacar mientras el asunto estuviera aún caliente.

     Las puertas se abrieron y entró en el vestíbulo de la planta donde estaba su despacho. No parecía haber nadie, pero no se detuvo a comprobarlo. Sólo podía pensar en tomarse esa cerveza tranquilamente.
     Entonces, al abrir la puerta que daba a la sala donde estaba su despacho, se encontró con su peor pesadilla.

     —¡Oh! —exclamó Lali quitándose los auriculares—. No te oí llegar.

     —Con eso puesto, no me extraña —dijo Pablo refiriéndose al iPod.

     —Lo tenía muy bajito. Además, no había nadie.

     En realidad, no le importaba en absoluto que estuviera escuchando música. Si aquella mañana no hubiera llevado los auriculares puestos, se habría dado cuenta de que él estaba en la oficina, y no habría tenido la oportunidad de asistir a aquel magnífico espectáculo que eran sus esculturales piernas, esas piernas en las que no había podido dejar de pensar en todo el día, esas piernas que no habían hecho más que obsesionarle.
     ¿Escondía bajo aquella ropa un cuerpo tan impresionante como sus piernas? ¿Cómo no se había dado cuenta de nada en el año y medio que llevaba trabajando para él? ¿Cómo no había observado el brillo de sus ojos?

     —¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó confuso.

     —Trabajo aquí —contestó ella volviéndose para seguir trabajando.

     —Pensé que ya te habrías ido a casa.

     —Llegué tarde, ¿recuerdas? Estoy compensando el tiempo que perdí esta mañana.

     Pero Pablo no estaba escuchando. Lo que hacía era mirar su boca, sus labios perfilados y sensuales que parecían estar invitándolo. Tenía que averiguar qué más secretos ocultaba su secretaria.
     Ignorándole, Lali tomó otra hoja de papel y la leyó detenidamente.

     —Ya has trabajado en la hora de la comida —dijo Pablo acercándose a ella, sintiendo el embriagador aroma de su perfume y saboreándolo como si fuera vino.

     Además, tenía el pelo distinto. Por lo general, Mar lo llevaba siempre bien sujeto para que no se moviera ni un mechón de su sitio en todo el día. Sin embargo, aquel día, se había rebelado, parecía estar buscando su lugar, derramándose por sus hombros y su rostro.

     —¿No has comido?

     —He llegado tarde. Pensé que salir a comer sería imperdonable por mi parte —contestó Lali con un toque de ironía en la voz.

     ¿Por qué se estaba sonrojando? ¿Por qué ni siquiera se había vuelto a mirarlo? No parecía estar furiosa, sino… nerviosa por su cercanía. ¿Qué creía ella que le iba a hacer? Sólo era su secretaria, por el amor de Dios.
     Lali dejó el documento que había estado leyendo sobre la mesa y empezó a teclear en el ordenador para hacer algunas anotaciones. Pero entonces, de repente, Pablo apagó la pantalla.

     —¿Qué estás haciendo? ¡No he terminado!

     —¿Y qué crees que estás haciendo tú?

     —¿A ti qué te parece? ¿Qué me estoy bañando?

     Pablo palideció súbitamente sólo de pensarlo. La tentación de hacer una estupidez, como acercarse a ella todavía más y comprobar si aquellos labios eran tan sabrosos como parecían, era cada vez más peligrosa.

     —Un baño… —murmuró Pablo —. Es una buena idea después del día de hoy.

     Por un momento, creyó observar un destello en los ojos de ella, como si compartiera con él el mismo deseo.

     —Lo siento —se disculpó Lali —, no debí haber dicho eso. Sólo estaba terminando algunas cosas antes de irme a casa.

     —Qué extraño, siempre haces estas cosas nada más llegar.

     —Ah… Bueno… —dudó Lali intentando pensar una respuesta—. Sí, suelo hacerlo por la mañana. Pero, dado que he llegado tarde y ahora tenía tiempo libre, pensé en adelantar trabajo para mañana —mintió con la esperanza de que él se lo creyera—. De todas formas, se ha hecho muy tarde. Creo que me voy a ir a casa.

     Lali apagó el ordenador, metió sus cosas en el bolso y tomó el iPod de la mesa.

     —Por cierto, Phil Rogerson confirmó la reunión de mañana —dijo sin mirarlo—. A las diez en su oficina. Los abogados también. Está todo arreglado. Buenas noches. Hasta mañana.

     Estaba mirando cómo su secretaria se dirigía a los ascensores cuando se dio cuenta de que no quería cenar solo. Lo que quería era pasar la noche con aquella impresionante mujer.

     —¡Mar!

     Su exclamación hizo que se detuviera, que tomara aire y que se diera la vuelta lentamente.

     —¿Sí?

     —Ven a cenar conmigo.


Capítulo 3

     —No —respondió Lali instintivamente.

     Inquieta, se dio la vuelta de nuevo, recorrió la distancia que la separaba de los ascensores y pulsó el botón con tanta fuerza que casi estuvo a punto de atravesar la pared.
     De espaldas, sintió que él se acercaba despacio, llegaba hasta ella y posaba la mano en su cintura para detenerla.

     —¿Eso es todo? —preguntó Pablo—. ¿Simplemente, no?

     Incluso a través de la ropa, Lali podía sentir el calor que desprendía la palma de su mano, amenazando con quebrantar su decisión de marcharse de allí a toda prisa.

     —¿Qué pasa? —preguntó Lali mirándolo, esforzándose en que no se notara el desasosiego que le producía su mano—. ¿No estás acostumbrado a que te digan que no?

     —Has quedado con alguien, ¿verdad?

     ¿Se podía ser más arrogante? Pablo parecía ser de esa clase de personas convencidas de que una mujer sólo podía sentirse realizada en compañía de un hombre. Sobre todo cuando la compañía era él.
     Tenía ganas de echarse a reír, pero el calor de la palma de su mano en la cintura de ella estaba quebrantando su firmeza. Debía controlarse antes de responder.

     ¿Y qué podía decirle? ¿Qué tenía novio? En ese caso, Mar tendría que asumir el engaño cuando regresara.
     Lali negó con la cabeza para no contribuir a hacer aquel engaño más grande todavía.

     —¿Por qué no cenas conmigo entonces?

     —No creo que sea una buena idea.

     —No has comido en todo el día.

     —Me tomé una manzana —apuntó Lali nerviosa.

     —Mmm… Seguro que estaba deliciosa… Pero no es suficiente.

     —Y cenaré cuando llegue a casa.

     —No, será mejor que cenes conmigo y luego te lleve a casa.

     —Ya te he dicho que no me parece buena idea.

     —¿Por qué no?

     «Porque no soy quien tú crees que soy, porque sólo le hará las cosas más complicadas a Mar», pensó Tegan.

     —¡Por qué no quiero! —exclamó finalmente, incapaz de encontrar una respuesta mejor—. No puedes obligarme.

     —Sólo es una cena.

     Ciertamente, parecía lo más inofensivo del mundo, pero dicho por él, mientras su mano fundía su sensatez con el calor de su masculinidad, era algo peligroso. Él hablaba de una cena, de una simple comida, pero lo que ella se imaginaba era otra cosa, lo que ella quería era otra cosa muy distinta. Si Pablo era capaz de hacerla sentir de aquella manera sólo con rozarle la cintura, ¿qué podría ocurrir si accedía a cenar con él?
     Tenía que salir de allí antes de que él consiguiera convencerla.

     —Quiero irme —dijo Lali simulando una firmeza que, en realidad, no tenía.

     Como si el cielo hubiera escuchado sus plegarias, el timbre del ascensor sonó y las puertas se abrieron.
     Era su oportunidad.

     Sin dudar un segundo, Lali decidió entrar en el ascensor lo más rápidamente posible. Quería alejarse de él, de sus ojos, de aquella mano que le estaba quemando.

     No esperaba que él cediera tan fácilmente, de modo que hizo un movimiento brusco para separarse de él, para que le soltara la cintura. Pero estaba tan nerviosa, que lo único que consiguió fue perder el equilibrio.
     Y habría caído de bruces en el suelo de no haber sido porque él, haciendo gala de unos extraordinarios reflejos, la sujetó por el brazo, la atrajo hacia él y evitó que se cayera.

     —¿Estás bien? —le murmuró al oído, rozándole el pelo con su pómulo y exhalando su respiración en la piel de ella.

     Desorientada, Lali tardó unos segundos en reaccionar. Su cuerpo estaba pegado con el de él, podía sentir su pecho, sus brazos, sus manos… Pero estaba tranquila. Su corazón latía con normalidad, los pulmones bombeaban aire al ritmo habitual…

     —Gracias… —susurró finalmente.

     Sintiéndose con fuerzas, Lali intentó separarse de él. Sin embargo, al hacerlo, posó la mano sobre su pecho y sintió, durante unos segundos, su corazón latiendo apresuradamente. Lo miró, y cayó hechizada por aquellos ojos verdes, profundos, llenos de energía, llenos de deseo.
     No era a ella a quien deseaba, en realidad, sino a su hermana, a Mar. Era con ella con quien quería estar.

     Pero, en aquellos momentos, con los ojos de él mirando la boca de ella, eso no le importaba lo más mínimo. Pablo quería besar a Mar, pero era ella, Lali, quien iba a disfrutarlo, quien le iba a dejar hacerlo.
     Cuando Pablo tomó su barbilla y le alzó levemente la cabeza, Lali estaba ya tan entregada que abrió los labios sin darse cuenta de que las puertas del ascensor se estaban cerrando de nuevo, bloqueando su única vía de escape.

     Pero ella ya no estaba pensando en escapar, sino en él. En que la besara.
     Y, entonces, lo hizo. Primero suavemente, rozando apenas sus labios. Después, poco a poco, fue acercando su boca, hasta besarla apasionadamente, saboreando los labios de Lali, acariciándole con la lengua.
     Era imposible rechazarlo. Su cuerpo estaba siendo recorrido por estremecimientos que la sacudían como si fueran descargas eléctricas. Necesitaba sentirlo más cerca. Lali lo rodeó con sus brazos y lo atrajo hacia ella. Empezó a recorrer el cuello de él con sus dedos, introduciéndolos por dentro del cuello de la camisa, repasando cada músculo, cada línea de aquel cuerpo escultural.
     La respuesta de Pablo no se hizo esperar.

     Pudo sentirla presionando contra su vientre. Estaba excitado. Y, percibirlo, darse cuenta de que era capaz de provocar algo así en un hombre como aquél, hizo que ella también se excitara.
     Por un instante, pensó que debía de estar loca, que aquélla era una aventura demasiado peligrosa, pero ya era demasiado tarde para echarse atrás, estaba cabalgando en una ola de deseo imparable, la sangre le hervía en las venas mientras Pablo recorría su cuello con la lengua en tanto sus manos se internaban dentro de su chaqueta buscando su vientre, su cintura, su trasero.

     Sintió que ya nada podría detenerlo cuando Pablo le desabrochó los botones superiores de la blusa y, llevado por la urgencia, liberaba uno de sus senos de la prisión del sujetador. Lo sostuvo con la mano, acariciándolo, endureciéndolo…

     —Me has vuelto loco todo el día, ¿lo sabes? —dijo él sin dejar de tocarla.

     Sus palabras atravesaron todo su cuerpo. Se sentía incapaz de responderle, de articular más de dos palabras que tuvieran sentido. Pero no hizo falta, porque él volvió a besarla y los labios de ella le dieron la respuesta.

     —¿Sabes cuánto te deseo? —volvió a decir él.

     Lali sintió un escalofrío. De alguna manera, recordó que aquello no era buena idea. Las cosas habían ido demasiado lejos.

     —Pablo …

     —Quédate conmigo esta noche.

     Aquello era una locura, pero la tentación de aceptar su propuesta era tan fuerte…

      —No creo que…

     —¡No pienses! —exclamó Pablo—. ¡Siente! Haz el amor conmigo toda la noche, Mar.

     «¡Mar!».
     Escuchar el nombre de su hermana fue como un jarro de agua fría. Pablo creía que estaba besando a su secretaria, a Mar. Quería hacer el amor con su hermana. Todo era una enorme mentira. ¿Cómo iba a ser capaz de acostarse con él y seguir con aquella farsa?

     No era posible. Nunca le habían gustado las relaciones de una noche, el sexo fortuito. Y, aquello, no sólo era fortuito, sino complicado y peligroso.

     Tenía que detenerlo. Su hermana iba a ser la primera en agradecérselo.

     —De verdad, tengo que irme —protestó intentando separarse de él con una mano mientras con la otra buscaba a tientas el botón para llamar de nuevo al ascensor.

     —¡Pero no quieres irte! —insistió Pablo —. Lo deseas tanto como yo.

     —¡Tengo que irme! —repitió Lali pulsando el botón—. Espero una llamada.

     Aunque Pablo debía de estar pensando que aquello era sólo una excusa para escapar, en realidad era cierto.

     —¿Por qué no lo has dicho antes? Venga, te llevo a casa.

     —No —contestó ella con firmeza, incapaz de seguir al lado de aquel hombre por más tiempo—. No hace falta.

     —Así podremos hablar.

     —No hay nada de qué hablar.

     —De modo que… prefieres huir.

     El timbre anunció la llegada del ascensor y Lali, sin dejar de mirarlo, retrocedió poco a poco para entrar en cuanto se abrieran las puertas sin tropezarse de nuevo.

     —Ya te dije que cenar juntos no era una buena idea —dijo ella—. Lo que acaba de ocurrir es todavía peor.

     Las puertas se abrieron y Lali, abrochándose los botones de la blusa, entró lentamente en el ascensor con una sensación de alivio. Pulsó el botón de la planta baja y, durante unos breves segundos que parecieron una eternidad, ambos se miraron fijamente.

     En cuanto las puertas se cerraron, Pablo recobró el control de sí mismo. ¿Qué demonios había ocurrido? ¿Cómo se había dejado llevar así? ¡Era su secretaria! ¿Cómo había conseguido la visión de unas simples piernas, por muy bellas que fueran, hacerle perder la sensatez?
     Ajustándose el nudo de la corbata, Pablo se dio la vuelta para dirigirse a su despacho. No eran sólo unas piernas. Eran sus ojos, su cuerpo, todo.
     ¿Qué había conseguido convertir a su secretaria en un volcán sexual tan intenso?
     Tenía que descubrirlo.
   
     Cuando abrió la puerta de su apartamento, Lali oyó el timbre del teléfono. Nerviosa, tiró el bolso, las llaves y la chaqueta al suelo, y corrió hacia donde estaba el auricular.

     —¡Mar! —exclamó.

     Nadie respondió al otro lado.

     —¿Eres tú, Mar?

     Entonces, palideció.

     ¿Qué había hecho? ¿Cómo había podido cometer un error así?

     —Pablo … ¿Qué ocurre?

     —¿Pasa algo?

     —Acabo de llegar —contestó derrumbándose en el sillón—. Estoy sin respiración.

     —¿Ahora? Deberías haber dejado que te llevara a casa.

     —Gracias, pero es mejor así. ¿Necesitas algo?

     —Sólo llamaba para asegurarme de que habías llegado bien.

     —He llegado bien, gracias por preocuparte

     —Mar, respecto a lo que ha pasado hace un rato…

     —Gracias por llamar —lo interrumpió Lali—. Pero, si te parece, lo mejor será olvidarlo todo.
     Y colgó el teléfono.
   
     Nadie le colgaba el teléfono a Pablo Arrechavaleta. Ni los directores de las grandes compañías, ni los acreedores más furiosos… y mucho menos, su secretaria.
     Contuvo el impulso de tomar el auricular, llamar de nuevo y decirle cuatro cosas. No debía actuar llevado por la furia o el resentimiento.

     Además, bien mirado, la chica le estaba haciendo un favor. Mar era su secretaria, y él siempre se había mantenido alejado de cualquier miembro de su personal. Era una norma no escrita que debía ser cumplida. Lo que le había pasado con Tina le había demostrado que era necesario evitarlo a toda costa.
     Pablo respiró profundamente. Aquellos últimos días habían sido desastrosos. El ataque al corazón de Giuseppe, la cancelación de la reunión, el extraño comportamiento de su secretaria…
     Debía retomar el control de los acontecimientos. Al día siguiente se reuniría con Rogerson y le convencería de seguir adelante. Sólo hacía falta esperar un poco a que Zeppabanca se recuperara. Por otro lado, su secretaria tendría toda la noche para descansar y enterrar el extraño carácter que había mostrado durante todo el día. Todo volvería a la normalidad y él sería otra vez el mismo de siempre.

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