martes, 14 de noviembre de 2017

Capitulo 7,8 y 9 "Se solicita esposa"



Capitulo 7

ESTABAN parados juntos, cerca de la entrada del salón principal, dándole la bienvenida a los invitados, elegantes y bien vestidos, hirviendo de curiosidad, pero demasiado educados para demostrar sus sospechas, aparte de las murmuraciones discretas entre ellos y miradas curiosas hacia Lali y Pablo quien, para sorpresa de la novia, tomó a Abby y le ordenó a Bella:

–Anda y diviértete durante una hora; nosotros cuidaremos de la niña.

Abby estaba encantada y mostró su cariño por el hombre. Sus deditos acariciaban la mejilla bronceada, sus ojos reclamando la atención que deseaba. Cuando él le respondió, fue Lali quien se asombró, confundida por la transformación causada por una sonrisa caprichosa que se dibujó en los labios que nunca había visto relajados; unos ojos que para ella siempre parecían arder con disgusto y que ahora brillaban con deleite; una risa que le hubiera parecido imposible del hombre cuyas palabras golpeaban como un látigo.

Cuando Abby estiró un dedo para explorarle el cabello, muy peinado, su risa fue tan fuerte que todos miraron hacia ellos, justo en el momento que don Alberto entraba en el salón llevando del brazo a una frágil anciana de cabello blanco con facciones majestuosas idénticas a las suyas y que la proclamaban matriarca de la misma generación que él. Cuando las voces bajaron de volumen, Lali se asustó, sintiendo que se acercaba un momento difícil.

Apoyada en un bastón, la anciana se dirigió hacia ellos, deteniéndose cuando don Alberto comenzó la presentación, pero la señora lo hizo callar con un gesto.

–Ya tienes el sello de la domesticidad, Pablo –lo retó, con sus ojos negros fijos en el joven–. ¡Podría ser perdonado el pensar que la niña es tuya!

Las mejillas de Lali comenzaron a arder cuando se oyó un murmullo de consternación alrededor del salón. Las facciones sonrientes de Pablo no cambiaron mientras aceptaba la monstruosa declaración burlona como si fuera cierta.

–Es una pena, tía Isabela, que muchas sospechas resulten bien fundadas –replicó hábilmente, sin una pizca de turbación. Consciente de la curiosidad de los invitados, LAli disimuló su asombro. A Pablo se le veía más complacido que ofendido por la insinuación de la anciana, y su respuesta no hacía otra cosa que confirmar la idea de los oyentes de que Abby era su hija y que el matrimonio era el acto de un hombre honorable con la intención de aceptar sus responsabilidades. ¡Claro! Aquella era la manera, de salvar su reputación; ¡mucho mejor así, que lo vieran como un libertino de mala fama, a que le tuvieran lástima por cargar con la hija de otro hombre!

Hasta la anciana matriarca, tan observadora, se vio engañada.

–¡Vaya...! –lo miró detenidamente, luego esbozó una sonrisa–. Te pido disculpas, niño. Debí recordar que es más vergonzoso desconfiar de un amigo que engañarlo. Ahora, preséntame a tu esposa.

Durante las horas siguientes, mientras se movían entre los invitados conversando con unos y otros, LAli se sentía únicamente tolerada por toda la concurrencia de rígidos principios morales. Las palabras de Pablo , que casi se convirtieron en una confesión, habían roto el hielo hasta tal punto, que un joven de mirada alegre se aventuró con una broma:

–¡Con razón te mantuviste tan callado por tu ausencia el año pasado, Pablo ! Dijiste que eran sólo unas vacaciones. Defiende esa declaración, si puedes, zorro, ¡ahora que las gallinas han venido al gallo...!

La terrible indiscreción fue rápidamente cubierta por el padre del joven, que comenzó enseguida a hablarle a Pablo acerca de las perspectivas del mercado ganadero. Fue demasiado tarde; la humillación de Lali se notaba con claridad en las manchas rojas que aparecían en sus mejillas ardientes. Murmuró una excusa incoherente, le quitó a Abby de los brazos a Pablo y salió rápidamente del salón, dejando un silencio incómodo después de su partida.

Por fortuna, Bella estaba en la habitación, así que Lali le entregó a la niña y, con un suspiro, entró en su cuarto, sintiéndose agotada. Se quitó la mantilla, colocándola sobre la cama, y se dejó caer en una silla frente al tocador... para encontrarse con la humillación que expresaban sus ojos.

–¡Maldito! –exclamó airada–. ¡Cómo se atreve...!

Saltó de la silla, quitándose el vestido para ponerse una bata de algodón verde. Al quitarse las horquillas, los cabellos le cayeron hasta los hombros, esparciendo el perfume de las pequeñas flores blancas que se encontraban entre ellos. No se preocupó de cepillarlos, sino que se sentó junto a la ventana abierta, la cabeza recostada sobre sus brazos, luchando con el odio que sentía por el hombre al que consideraba responsable de desnudarla de todo su orgullo y respeto propios.

No la dejaron en paz durante mucho tiempo. Apenas habían pasado diez minutos cuando, sin ningún aviso, se abrió la puerta y Pablo entró, tan veloz como incisivo.

–Tu ausencia comienza a causar comentarios. Vístete pronto; tienes que bajar conmigo.

Su orden arbitraria la molestó más allá de cualquier razonamiento. Se le enfrentó, desafiante.

–¡Los invitados pueden comentar todo lo que deseen..., pero yo me niego a continuar siendo el blanco de su bien educada curiosidad! ¡Me quedo en mi habitación, así que sal y déjame sola!

Él dio un paso al frente, amenazador.

–Harás lo que te ordeno; si no, te vestiré yo mismo! Tienes cinco segundos para considerarlo. —Miró su reloj–. Si no has comenzado a vestirte para entonces, sabrás que no amenazo inútilmente.

Los ojos marrones lo miraron fijos y desafiantes.

–¡Me niego! —murmuró LAli con los dientes apretados–. Si intentas tocarme, gritaré. ¿Qué pensarán entonces tus invitados?

–Si gritas te callaré usando el método más rápido y efectivo. ¡Decídete, casi se te ha acabado el tiempo!

Ella sintió su voluntad como una barrera de acero, inamovible, impenetrable, completamente sin piedad. Descubrió una terquedad que nunca supo que poseía, un orgullo que le evitaba que se doblegara ante aquel tirano. Además, aunque su actitud era decidida, estaba segura de que no cumpliría la amenaza; ningún hombre de buena educación podría ser tan brutal. Lo desafió mientras él miraba su reloj contando los segundos.
Pablo se subió los puños de la camisa y saltó en un ataque repentino, tomándola por sorpresa. Antes que ella pudiera defenderse, las manos como garras rompieron su bata, arrebatándola de sus manos temblorosas y tirándola con desdén a un rincón. Los labios femeninos se abrieron... sólo para soltar una protesta asfixiada; no para gritar, pues estaba demasiado asustada. Las manos que le habían quitado la ropa bajaron hasta sus hombros descubiertos.

—Debes aprender que todo lo que digo va en serio –murmuró Pablo–, cortándole la respiración con un beso lo suficientemente brutal para hacerle comprenderla lección.

Lali nunca había sentido tal tormenta de sentimientos. Haciendo a un lado la cordura, dominando cualquier poder de razonamiento, fue invadida por un devastador furor interno al que no podía darle nombre, pero que en su furia llamó odio.

Cuando Pablo juzgó que la lección había sido bien aprendida, levantó la cabeza.

–Y ahora, ¿te vestirás o lo hago yo...?

—¡Maldito! –se estremeció–. ¿No me has humillado lo suficiente sin tener que agregar la indignidad de tratarme como a una mujer de la calle... con las que sin duda estarás bien familiarizado?

–¿Eres diferente a las que visitan los bares para complacer a los guasos? Ellas también se venden por dinero. Algunas... son por lo menos honestas, ya que no esconden sus metas. Hay otras parecidas a ti, con rostros dulces e inocentes, que le hacen sentir a un hombre vergüenza por tomar lo que compraron  hasta que las ven después con otro. ¡Luego se dan cuenta de que la dulzura es una fachada y que merecen más ser repudiadas que sus hermanas sinceras!

Ella creía que había llegado al límite de la vergüenza hasta que él pronunció las crueles palabras, comprendiendo que no había nada que aquel hombre no fuera capaz de hacer por castigarla. Le había prometido que sufriría, y como siempre, ¡su palabra se cumplía!

Temblorosa, trató de defenderse:

–Yo no me parezco en nada a esas mujeres de las que hablas. Cuando acepté venir con tu abuelo...

–Al pobre abuelo lo engañan más fácilmente que a mí –la interrumpió–. Vive en el siglo pasado; para él, todas las mujeres requieren de los hombres protección y mimos. Debió ser un gran golpe para ti descubrir que su nieto era menos crédulo, menos sensible a las lágrimas, mucho más conocedor de las tretas femeninas. Sin embargo, lo que ahora importa es que estamos siendo descorteses con nuestros invitados.

Le señaló el vestido de novia tirado en el suelo.

–Póntelo y rápido. No queda tiempo para arreglarte el cabello, déjalo como está. –Apareció una sonrisa sarcástica en sus labios–. Dejándolo suelto así, dará la impresión de que te he besado apasionadamente.

Temblando en su interior, LAli comenzó a vestirse, asustada de aquel hombre con modales tan disparatados, que no reaccionaba como otros, sino que era tan cambiante como el viento, tan cruel corno el cóndor de los Andes.
Nerviosa, sus dedos se entorpecieron al abrochar los pequeños botones del vestido, demorándose el doble del tiempo que normalmente le hubiera llevado.

Ignorando sus órdenes, se peinó rápidamente, determinada a no aparecer tan desarreglada como él sugería. A través del espejo creyó ver una chispa de humor en los ojos oscuros, que estudiaban cada uno de sus movimientos, pero no pudo asegurarlo y, cuando al fin se volvió para mirarlo, la expresión masculina era reservada.

Él levantó con un dedo el hilo de perlas que la joven había tirado sobre la cómoda y preguntó:

–¿No crees que debes ponértelo? ¡Es un buen premio por los servicios prestados; debió costarle una fortuna al viejo!

Ella se odió por temblar, cuando al tratar torpemente de cerrar el broche, el pulgar de Pablo rozó su cuello. Tan poco caballeroso como siempre, no permitió que el incidente pasara sin hacer algún comentario:

–Dios nos ayude si algún día intento seducirte –arrugó la frente–. En muchas ocasiones me confundes; con sólo mi tacto te retraes como una tímida gacela. Sin embargo –alzó los hombros–, en realidad no me sorprende, muchas mujeres con experiencia recurren a una falsa inocencia para esconder la realidad

Los primeros huéspedes se despedían cuando ellos entraron en el salón. Lali sufrió, tratando de llevar una conversación cortés con personas cuyos rostros veía nublados a través de su aturdimiento: protectores, arrogantes, interrogadores, y algunos hasta abiertamente compasivos. Todos, según parecía, sentían alivio de que hubiera terminado la farsa. Algunos no hubieran asistido, de no ser porque valoraban la amistad de don Alberto más de lo que aborrecían las salvajes acciones de su voluntarioso nieto. La actitud de muchos de los hombres mayores era tirante, ya que para ellos, él había deshonrado su nombre, salvándolo un poco con el tardío matrimonio. Las esposas –Lali lo notó al observarlas mirando complacientes a sus hijas virginales– sentían alivio al ver que desaparecía la amenaza de sus vidas.

Pablo , como todos sabían, era un hombre salvaje y atrevido, indomable como un caballo bronco y además tenía su propia ley, como había comprobado el abuelo, incapaz de imponerle su autoridad.

Sólo las hijas parecían tristes. Subyugadas y melancólicas, su libertad era restringida por un código de conducta establecido desde un siglo antes y muchas de ellas, adivinó Pablo mientras las veía pasar ante ella para despedirse, llorarían sobre sus almohadas aquella noche por la pérdida del hombre que ahora se encontraba totalmente fuera de su alcance.

Doña Isabela fue la última en partir... a propósito, como Lali comprendió cuando hubo desaparecido el último invitado.

–Ven, siéntate junto a mí, pequeña; deseo hablar contigo.

De modo inconsciente, Lali miró a Pablo como suplicándole ayuda, pero éste se alzó de hombros, indicándole que no tenía escape.

–Tú no –le dijo la anciana cuando lo vio acercarse–. ¡Deseo hablar a solas con tu esposa!

–Muy bien, tía, pero no trates de asfixiarla. Quizá la veas dulcemente inofensiva, pero como todos los ingleses, cuando la arrinconan sabe dar la cara.

–¡Me alegra escucharlo! –doña Isabela dio unos golpecitos sobre el espacio vacante junto a ella, indicándole a Lali que lo ocupase–. ¡Se atrapan más ratones con trampas que con azúcar! Tu esposa necesitará la fuerza de Hércules y la sabiduría de Salomón, si desea sobrevivir en el matrimonio contigo.

Él le dirigió una maliciosa mirada.

–¿Y tú pretendes proveerla de esos atributos, tía?

–No hay necesidad. Es una mujer, ¿no es así? –replicó la anciana–. Todo lo que se necesita es advertirle que esté en guardia contra las diabluras que has practicado desde tu infancia.

Con una sonrisa, Pablo aceptó su despido y se alejó, dejando a Lali sola con la matriarca, cuyas palabras no habían logrado esconder la estimación que sentía por el destinatario de sus comentarios sarcásticos. Cuando la puerta se cerró tras él, doña Isabela se echó a reír.

—¡Ese sí es un encanto! Una amenaza mayor de lo que lo era su abuelo a la misma edad. Quizá no tenga necesidad de decírtelo, querida, ya que le has echado el lazo a ese salvaje. Pero, te lo suplico, no trates de domarlo.
Lali se mantuvo sentada en silencio, las manos entrelazadas sobre el regazo, los ojos fijos en la punta de un elegante zapato que asomaba por debajo de la falda de doña Isabela.

La anciana continuó, como si no la afectara el silencio de su acompañante.

–Comprendo exactamente cómo te sientes. Cuando yo era joven estuve locamente enamorada del conde. El encanto de los hombres de esta familia es legendario en nuestra comunidad y en las páginas de nuestra historia hay toda una trayectoria de los corazones rotos que dejaron a su paso, de mujeres que, no tuvieron el suficiente sentido como para comprender que los hombres de su clase reaccionan muy mal ante el látigo y que sólo dejándolos bastante sueltos permiten una mano en su rienda. Nunca me dieron la oportunidad de poner en práctica mi teoría, ya que mi padre, cuando me escogió marido, hizo caso omiso de la imagen impresa en mi corazón. Por entonces, como en el presente, el temperamento de los Valdivia no era bien visto por los padres de familia que buscaban conformismo en lugar de encanto en sus posibles yernos. Yo te envidio, querida –suspiró–, mas a pesar de ello tiemblo por tu inocente juventud. Pablo cometió una terrible falta, que ni la ceremonia de hoy puede borrar. Por el bien de ambos, te suplico que seas paciente con él; brinda oídos sordos a sus bruscas palabras, premia sus iras con una sonrisa, sufre su temperamento con entereza, y te prometo que pronto te verás bendecida con un amor profundo y duradero, y tu felicidad será casi demasiado grande para que puedas soportarla.

Una sonrisa débil se dibujó en los labios de Lali cuando la anciana se puso de pie para marcharse. ¡Si supiera...! Por lo que a ella concernía,Pablo podía tener toda la cuerda que quisiera... ¡hasta para ahorcarse!.



Capitulo 8

Para la cena al aire libre aquella noche, Lali decidió ponerse una falda larga de rayas de muchos colores, con una blusa de estilo campesino, escotada; con mangas anchas y cortas, del tipo preferido por las esposas y novias de los guasos para quienes se daba la fiesta.

Se recogió su cabello dorado en la nuca con un pasador de carey y movió la cabeza, disfrutando el roce de la trenza postiza de seda que le llegaba casi hasta la cintura. Por alguna razón su espíritu se animó. El festejo de aquella noche la asustaba menos que los anteriores. Los guasos, pensó ella, en comparación con los elegantes amigos de don Alberto, la aceptarían con mayor facilidad como amiga. A pesar de que ellos también habían sido sorprendidos por la boda apresurada, no saltarían tan rápidamente a condenar y su juicio estaría más de acuerdo con su joven filosofía de vivir la vida al máximo.

Abby, muy cansada por todas las atenciones, estaba ya dormida cuando se acercó a verla en la cuna, antes de bajar para unirse a Pablo y al abuelo. Ya se oían los sonidos de la música y las risas y su corazón se alegró mientras bajaba por la escalera, dirigiéndose al pequeño salón donde don Alberto usualmente disfrutaba de un aperitivo antes de la cena. Su sonrisa desapareció al encontrar solo a Pablo tirado en un sillón, moviendo sin cuidado una copa de vino entre los dedos.

Se puso de pie cuando ella entró, contestando a su mirada interrogante con una seca observación:

–Mi abuelo, como siempre discreto, ha decidido pasarse algunos días en la casa de doña Isabela. Es muy amable de su parte, ¿no te parece?.

Los ojos de Lali se abrieron asombrados.

–¿Quieres decir que nos han dejado solos?

–Muy solos, con excepción de los sirvientes, pero sus dormitorios están bastante retirados de la casa –agregó con sutileza–.Así que si decido raptarte ésta noche, nadie escuchará tus gritos d protesta.

–¡No seas ridículo! –dijo torpemente, sin confiar en su sonrisa burlona.

–Disimula tu entusiasmo, querida –ironizó, con voz suave, guiándola hacia la puerta–. Pero somos recién casados, y deberemos mostrar cierta medida de afecto. Sobre todo la novia deberá parecer ilusionada ante su suerte, mientras que yo, por mi parte, mostraré deseos... de tocarte cuando sea posible, que me vean murmurándote palabras de amor al oído y hasta, cuando esté la fiesta en su punto, robar de tus labios incitantes pequeños sorbos de la miel a la que tiene derecho un nuevo esposo. Así que comencemos con una sonrisa. Borra la preocupación de tu mirada ya que, después de todo –dijo significativamente– ¡por muy amarga que sea una medicina nunca lo es tanto la segunda vez!

Su sarcasmo era todo el estímulo que ella necesitaba. Con su ayuda, pensó, se estaba convirtiendo en una experta farsante y lo apoyaría por completo, segura de que él sentiría una espina fija hiriendo su terrible orgullo. Cuando salieron, ante los gritos de "¡Hola, hola! ¡Mucho gusto, señora!", ella logró sonreír con tal naturalidad, que hasta Pablo se asombró.

La noche tenía una belleza exótica. Se habían colocado linternas encendidas a cierta distancia, marcando el perímetro donde se llevaba a cabo el festín. Por encima de la luz ámbar se veía a los guasos sudando junto, a las hogueras donde se asaban reses enteras. Chicas jóvenes, sus ojos brillando de expectación, corrían de un lado a otro colocando en las mesas platos para acompañar la carne: patatas rellenas, queso y ruedas de cebolla pasadas por huevo batido y fritas; mazorcas asadas... Pablo le señaló las botellas de vino chileno, blanco y tinto, que iban a ser abiertas, y las pirámides de fruta que prometían ser un exquisito postre cuando se les ponía encima unas cucharadas de helado, que fascinaba a los guasos.

Los farolillos colgados de los árboles reflejaban sus colores sobre las hojas brillantes cuando de las sombras salió un grupo de hombres jóvenes; sus dedos, suavemente, ejecutaban una dulce música con las guitarras. Sonrientes, rodearon a Pablo y a su esposa, formando una guardia de honor. Todas las faenas se olvidaron cuando corrieron para saludar y honrar al hombre a quien llamaban amigo, el príncipe de los vaqueros que pronto se convertiría en rey. Para ellos, aquélla sería la noche de su coronación, y la mujer esbelta, de mirada tímida y serena belleza, la imagen de la hembra con la que jamás soñarían compartir sus vidas. Don Pablo no era como los otros hombres. Él encontraba placer en lo exclusivo y su indiferencia hacia lo ordinario había sido comprendida rápidamente por las mujeres con las cuales, en el pasado, él y sus guasos compartieron la mayor parte de su tiempo de ocio.

En medio de la escandalosa bienvenida, comenzó una carrera para buscar asiento cuando LAli y Pablo ocuparon sus lugares a la cabeza de la mesa principal, de madera rústica. Un olor a carne asada llenaba el aire, y con gran estilo comenzaron a cortar las reses. Comieron con los dedos grandes pedazos de carne, preparada al carbón, que acompañaron con vino de los viñedos de sus valles centrales, tan fuerte como el aire helado dulas cumbres andinas. La cena fue acompañada de risas y confraternidad y hasta Serena comió bien, clavando sus pequeños dientes blancos en la carne con el mismo gusto que sus compañeros libres de inhibiciones.

–¿Es buena? –le preguntarán en varias ocasiones.

A lo que contestaba para gozo de los que la rodeaban:

–¡Muy buena! –añadiendo un gesto de ponderación.

Pronto la bellísima esposa del señor, era juzgada compañera adecuada para su rey.

–La cueca es nuestro baile regional –Pablo se inclinó para enlazar a Lali por la cintura cuando trató de alejarse–. Primero la mujer tiene que ganar el interés del hombre y luego, al avanzar el baile, comienza a ganarle el corazón.

Ella comprendió la explicación a medias. Sus ojos estaban fijos en una pareja que bailaba, ambos agitando los pañuelos sobre sus cabezas; la mujer haciendo posturas y piruetas, atrayendo la atención del hombre mientras que él hacía chocar sus espuelas, cada vez más rápido, al ritmo de la música. Todos los espectadores golpeaban sus manos y gritaban palabras de aprobación y de, entusiasmo; luego comenzaron a unírseles más y más parejas hasta que la arena se llenó de cuerpos dando vueltas y de pies golpeando con fuerza el suelo.

De la oscuridad salió una joven de belleza tan tempestuosa, que cautivó la atención de Lali.

–Eugenia –oyó un murmullo que fue callado rápidamente– ¡una de sangre y pasiones mezcladas que viene en busca de su hombre!

Como si estuviera consciente de la mirada interrogante de Lali, un suspiro de Pablo fue la respuesta. Su sospecha se confirmó un segundo después, cuando los ojos penetrantes de la mujer se fijaron en su rostro y comenzó a acercársele, sin importarle las murmuraciones ni las conjeturas que hicieran los que la rodeaban.

Hizo una pausa con gracia animal, quedándose en una pose frente a él, invitándole a mirar de nuevo sus senos abultados, la cintura delgada y las piernas sensuales, retándolo para que comparara sus atributos con los de la esposa delgada e insípida. Con un pestañeo insolente desdeñó a Lali como si no mereciese al hombre que había sido lo bastante tonto para hacerla su esposa. Lali tembló. Algo le dijo que aquella mujer no se preocupaba si la hacían a un lado, sino que veía su acción como un reto, una oportunidad para pelear por su hombre a toda costa... y Lali fue la primera en darse cuenta de que era ella quien ocupaba la posición desfavorable.

Complaciente, Pablo empujó un plato de frutas hacia la mujer, invitándola a comer. Sus ojos no abandonaron el rostro masculino mientras tomaba una manzana, mordiéndola con fuerza y, con la fruta entre los dientes, empujó su mandíbula hacia afuera, invitándolo a él a que la compartiera de la misma manera que lo habría hecho la primera seductora en el jardín del Edén. Tan pronto como provocó a Adán, él cayó, pero cuando sus dientes brillantes estaban a unos centímetros de la fruta, ella echó la cabeza hacia atrás, retrocediendo y riéndose, los ojos provocándolo para que la siguiera.

Los bailarines se separaron para formar un círculo; con sus pies golpeando al ritmo de la música, Eugenia se colocó lentamente en el centro, invitando en silencio a Pablo para que se uniera a ella. Sin mirar el rostro inexpresivo de Lali, él se fue tras ella e, hipnotizados por los movimientos graciosos de Eugenia, los espectadores empezaron a dar palmadas al ritmo de la guitarra. Pablo comenzó a golpear con los pies, excitando a la muejr con el sonido de sus espuelas hasta que se perdió en movimientos provocativamente lánguidos. Con los ojos fijos en los del hombre, ella lo rodeó poco a poco, moviendo las caderas de tal manera que la falda se ondulaba y se rizaba con cada movimiento del cuerpo. Sus insinuaciones al principio eran lentas y voluptuosas, pero al hacerse la música más rápida, los movimientos se aceleraron, y sus posturas se volvieron más salvajes e intensas, mostrando cada curva seductora de su cuerpo ante la mirada indescifrable de Pablo.

El ritmo aumentó y ella era como un látigo, rodeándolo, deslizándose, ondulándose alrededor del cuerpo erecto, muy cerca, pero nunca tocando, el deseo expuesto ante todos. Si aquello era el comienzo de un cortejo, ¿cómo iría a terminar? se preguntó Lali. El mensaje de aquella mujer era evidente; estaba enamorada de Pablo , salvajemente atraída por el hombre que, frío y distante, la incitaba a buscarlo en su noche de bodas. Lali se sintió avergonzada y con lástima por Eugenia; pese a su belleza y sensualidad, nunca sería admitida en la casa feudal y orgullosa de los Valdivia. Era claro que estaba muy enamorada, y que Pablo no. Era probable que él encontrara divertido utilizarla como un juguete, como compañera probable de su salvaje satisfacción, pero sin dejarla nunca hacerse importante. Con su nombre legendario,Pablo no era nada más que un aristócrata libertino, volando de flor en flor, mustiando cada una antes de dirigirse a la siguiente. Merecía la misma suerte; pensó Lali con amargura, que el Pablo legendario que por sus libertinajes fue a enviado al infierno.

Mientras Lali observaba, Pablo la miró con un brillo burlón en los ojos, advirtiéndole que sus pensamientos se le veían escritos en el rostro expresivo. Molesta con ella misma, esperó a que él volviera la espalda, poniéndose de pie en silencio y huyendo hacia la oscuridad sin que lo notaran. Nadie la vio alejarse. Corrió hasta que llegó a la hacienda. Ya en su habitación, cerró la puerta, recostándose en ella hasta que recobró el aliento y controló parte de los temblores que sentía por dentro y que eran el resultado, se aseguró a sí misma, del profundo odio que sentía por el hombre que, no mucho antes, la había amenazado con reclamar sus privilegios de esposo. Con un estremecimiento de repulsión, echó el cerrojo y comenzó a desvestirse. La noche aún era joven para las costumbres de los guasos, pero ella se notaba terriblemente cansada, sintiendo que había pasado por toda la gama de emociones en un sólo día interminable.

Buscó la ropa de dormir, mas no estaba donde esperaba encontrarla. Sorprendida, abrió un cajón de la cómoda hallándolo vacío, igual que todos los siguientes. Luego abrió las puertas de su armario para encontrarlo también vacío. Un escalofrío de pánico la atravesó al dirigirse a la cama y al quitarle la cubierta, encontrar que habían retirado las sábanas, las almohadas, y que todo había desaparecido.

Al oír pasos que se acercaban por el corredor, se cubrió con la colcha de seda y se quedó muy quieta, horrorizada cuando las pisadas se detuvieron ante su puerta. Movieron con fuerza la manija. Ella se mantuvo callada y a continuación oyó la voz de Pablo a través de la madera:

–¡Déjame entrar, a no ser que quieras que tire la puerta!.

Sabía que él hablaba en serio. Estaba segura de que no le importaría hacer ruido y asustar a Abby, que dormía.
Era difícil aparecer digna, envuelta sólo en una colcha de seda; trató de parecer despreocupada cuando él entró, notando la evidencia de su búsqueda con una sola mirada.

–¡No habrás pensado ocupar esta habitación solitaria después de habernos casado!;–se burló, empujando la puerta del armario con un pie–. ¡El alma romántica de Carmen temblaría ante tal idea! Fue ella quien llevó todas tus, cosas a la habitación que habremos de compartir.

Ella se tambaleó ante la insinuación.

–¿Qué quieres decir? Tú nunca dijiste... nunca imaginé...

–¡Entonces no empieces ahora! –se rió–. Ocuparemos dos habitaciones contiguas. Una, que se supone es para vestirme, donde hay una cama que yo utilizaré. Como me levanto temprano tendré suficiente tiempo para borrar todas las señales de que ha sido ocupada antes de despertar las sospechas de los sirvientes. Pienso que sería inteligente de nuestra parte permitir que de vez en cuando nos encuentren en la habitación matrimonial, ¿o eso es pedirle demasiado a mi pequeña puritana?

Lali no pudo negar la lógica de su argumento. Después de todo, la razón de la ceremonia era para colocar un velo ante los ojos del señor y sus planes se verían amenazados si le llegaran murmuraciones de los sirvientes.

–Muy bien –aceptó resignada–. Por favor, ¿me podrías mostrar la habitación que debo ocupar? Tengo frío...

Pablo respondió cogiéndola en brazos y saliendo al pasillo. Ella no se atrevió a moverse mientras él bajaba por la escalera dirigiéndose a la habitación principal en el piso de abajo; a través de la cubierta de seda, sentía las manos de Pablo en su piel, como hierros para marcar las reses. Consciente de su tensión, él se rió, los ojos diabólicos observando su belleza arrebolada.

–Dime –le murmuró al detenerse ante la puerta de una habitación–, ¿por que has huido? ¿Tenías miedo de la competencia, o quizá te sentías ligeramente celosa?

–¿Celosa? –repitió Lali, aturdida–. ¿De ti...?.

Su acento incrédulo le cortó la sonrisa.Pablo, sin decir otra palabra, entró en la habitación, poniéndola sobre el piso. Entonces la colcha de seda resbaló, dejándole los hombros desnudos y ella apretó fuertemente la tela, enrojeciendo.

Nerviosa, correspondió a su mirada sombría, preguntándose qué nueva diablura estaría planeando en silencio.

–¡No! –la sorprendió–. ¡Los celos son una emoción demasiado fuerte para que la experimente un trozo de hielo como tú! ¿Cuáles son tus sentimientos bajo esa capa glacial? ¿Puedes sentir algo? ¡Seria interesante averiguarlo!

Ella no pudo defenderse contra los brazos que se extendieron para atraerla hacia su pecho, con las manos ocupadas en mantener la delgada tela que amenazaba con caerse si aflojaba su presión. Él la estrechó contra su pecho. Las manos de Lali, apretadas sobre el pecho y los intentos de eludir el rostro que se inclinaba hacia ella, sólo agregaron diversión a su acto provocativo.

Estando contraída, las manos de él quedaron libres para explorar. Y lo hicieron, odiosa e íntimamente por cada curva de su cuerpo. Lali sintió un intenso calor a pesar de que trataba de mantenerse despreciativa, mientras él practicaba el arte de la seducción con una maestría que no le dejó duda de su habilidad.

–Relájate, querida –le pidió. Los labios masculinos recorrieron su hombro desnudo, dejando una huella de ardientes besos a lo largo de su cuello. Murmuró una fuerte palabra en español que sonó más a frustración que a deseo. Impaciente por la falta de respuesta, llevó los labios hasta su boca, besándola con ternura, hasta que el calor dentro de ella se convirtió en una gigantesca llama tan devastadora que la asustó.

Cuando Pablo levantó la cabeza, ella vio tal satisfacción en sus ojos que perdió el control y, sin detenerse a pensar, levantó una mano para abofetearlo. Al hacerlo, él le tomó la muñeca y, manteniéndola cautiva, le agarró la otra mano apretándola hasta el punto de forzarla a soltar la tela de seda.

Aguantó el dolor todo lo que pudo, pero su fuerza la dominaba y después de un apretón demasiado fuerte, lanzó un gemido y la colcha escapó de sus manos.

Imaginó que su odio llegaba al límite cuando lo oyó reírse. En aquel momento, de haber tenido fuerza suficiente, lo hubiese matado con gusto.

–¡Así que el témpano de hielo también arde! –se burló–. ¡Todo lo que necesitaba – era una chispa del hombre adecuado! –Inmóvil como una estatua de alabastro, sintiéndose desnuda de alma y cuerpo, lo condenó con voz ronca:

–¡Tú no eres un hombre, sino una bestia odiosa!

Ella se preparó para recibir otra carcajada humillante, pero la respuesta de Pablo fue baja e intensa:

–Por lo menos puedo hacerte sentir apasionada... ¡más apasionada, estoy dispuesto a apostarlo, de lo que pudo lograrlo el padre de tu hija!

En medio de aquella degradación, el recuerdo de su padre le llegó como el golpe más cruel de todos. Parecía que el corazón le iba a estallar, mientras luchaba por controlar sus lágrimas de dolor y, al escaparse la primera, oyó el suspiro de Pablo , luego su pregunta incrédula:

–¿Lloras por el hombre que te abandonó? ¿Aún sientes algo por él?

–No me abandonó; murió –replicó entre sollozos–. Y claro que lo amo... siempre lo amaré...

Después de unos segundos silenciosos, él se inclinó para tomar la tela de seda del suelo. Tiernamente le envolvió el cuerpo tembloroso, cobijándola como a una niña, la tomó en sus brazos y fue a depositarla sobre la cama.

Sospechando mayor tormento, Lali se limpió las lágrimas. El estaba parado junto a la cama,. sus ojos llenos de sombras

–Descansa tranquila. No tengo ningún deseo de competir con los requiebros clandestinos de un muerto. Piensa en esto, tú estás viva, y mientras existas, tendrás que tolerar las debilidades de aquellos a los que compares desfavorablemente con otros, cuyas virtudes son indestructibles sólo porque ya no están vivos para errar. Olvídalo, querida, déjalo descansar en paz, ya que un hombre que no se olvida, no está muerto del todo...


Capitulo 9

Durante las semanas siguientes, la vida cayó en una monotonía mucho más pacífica de lo que Lali se hubiera atrevido a imaginar. Después de regresar de una corta estancia en la casa de doña Isabela, don Alberto se enfrentó con el rechazo absoluto de Pablo a hacerse cargo de la hacienda –meta que se había propuesto lograr y su insistencia en seguir trabajando como siempre con los guasos, que lo obligaban a abandonar la hacienda cada mañana antes de la salida del sol para cabalgar kilómetros y kilómetros de pampas interminables, clasificando, marcando y recogiendo inmensas manadas de reses perdidas, como las que Lali recordaba haber visto desde el avión como masas de color café tapizando los valles.

A veces se ausentaba por varios días, llevando los animales a puntos distantes y volvía a la hacienda con aspecto cansado y cubierto de polvo, viéndosele aún más alto sobre la silla de su montura, donde se colocaban varias mantas gruesas para hacer el viaje más placentero tanto para el hombre como para la bestia.

Por fin, después de una de las largas ausencias de Pablo , don Alberto se rebeló. Estaba tomando el sol junto a la piscina, divirtiéndose con las travesuras de Abby, quien, desde los brazos de Lali, reaccionaba con gritos de placer y de miedo ante su primer encuentro con el agua de la piscina. El sol, caliente pero no en exceso, reflejaba miles de destellos sobre el agua por el color verde oscuro de las losetas del fondo. Un breve traje de baño blanco contrastaba con el color de la piel de Lali, quien había logrado recientemente broncearse. Se encontraba también más llena que cuando llegara a la hacienda, aunque sin perder su esbeltez. Su risa vibrante sonó cuando Abby, asustada por la profundidad del agua, se agarró a su cabello y comenzó a trepar para salirse del agua.

Para el hombre cansado del viaje que apareció en escena en aquel momento, el cuadro que representaban era como un espejismo en el desierto, tan agradable que no podía apartar la mirada. Don Alberto levantó la cabeza y lo vio.

–¡Pablo , hijo, bienvenido a casa!. Mira,Lali ,Pablo está aquí. ¡Ven, muéstrale lo feliz que te sientes por su regreso!

Con el pretexto de desenredar la mano de Abby de su cabello, logró ocultar su confusión. Sabía lo que el anciano esperaba de ella y también lo que esperaba Pablo , al ver el brillo burlón de sus ojos profundos. Su corazón palpitaba acelerado al caminar hacia él, usando a Abby como un escudo entre ella y el hombre cuya ausencia había agradecido, descubriendo dentro de los límites de la hacienda una paz que, con cada día que pasaba, parecía aumentar.

Obediente, bajo la mirada benévola de don Alberto, levantó la cabeza, encogiéndose de antemano, en su interior, por el beso, sintiéndose casi desairada cuando los labios de Pablo apenas rozaron su mejilla antes de levantar la cabeza para concentrar su atención en Abby.

–¿Y cómo está hoy mi niña? –tomó a la pequeña, alborotada, en sus brazos–. Aunque ¡me encantaría jugar contigo, chiquita, estoy demasiado acalorado y sucio. Te dejaré con tu madre mientras me doy una ducha.

–¿Por qué no vienes después a la piscina con nosotros? –Los oídos sorprendidos de Lali casi no podían creer que sus propios labios hubieran pronunciado tales palabras.

Él la observó con los ojos entrecerrados.

–Muy bien –aceptó–, si ése es tu deseo...

Su abuelo intervino, exclamando:

–¡Claro que es su deseo! Para su poco tiempo de casada, LAli ha aceptado bien tu falta de atención, pero he decidido que ya no habrá largas ausencias. Después de la cena quiero discutir contigo tu nuevo papel como jefe de la hacienda. Setenta años son demasiados; ¡he decidido abdicar y no quiero esperar más! Sin embargo, toma tu ducha y disfruta luego de la piscina. Tú y Lali, seguro que tendréis mucho de qué hablar, así que nuestra discusión puede esperar hasta más tarde. Pero recuerda esto: no pienso escuchar ninguna excusa por parte tuya de que necesitas más tiempo para borrar de tu mente lo que te está molestando, ¡ya has tenido tiempo suficiente!

Pablo le brindó una ligera inclinación de cabeza al abuelo y luego se retiró.

Por lo menos, pensó Lali mientras esperaba su regreso, ahora le darían todo lo que él había luchado por tener. Se había casado para lograrlo, sacrificando su libertad; no era sorprendente que insistiera en tener unas semanas de gracia para poder despedirse de la vida que amaba, de sus amigos los guasos, y de Eugenia...

Abstraída en sus pensamientos, no advirtió que don Alberto le indicaba a Bella que se llevara a Abby, ni notó la marcha silenciosa de ambos. Cuando Pablo regresó, su virilidad musculosa se veía acentuada con el pequeño traje de baño negro. Una toalla alrededor de su cuello absorbía la humedad que le quedaba de la ducha.

–Me has invitado a nadar contigo. ¿Aún persistes en la invitación o ha sido sólo para disimular ante mi abuelo?

Lali recobró el aliento, comprendiendo en aquel momento el magnetismo que mantenía a las mujeres a su lado.
 Físicamente era perfecto; los músculos resaltaban, poderosos, bajo su piel bronceada. Pablo recorrió su cuerpo esbelto para mirarla finalmente a los ojos.

–¿Y bien? –le preguntó.

De repente Lali deseó nadar con él.

–De acuerdo, ¡me encantaría!

Con ayuda de la mano que él le tendía, selevantó muy conciente de la pequeñez de su traje de baño y corrió hacia la piscina para lanzarse a ella, cortando el agua como un cuchillo. Sintió un regocijo incontrolable correr por sus venas cuando Pablo apareció a su lado, dando brazadas poderosas sobre el agua hasta que la rebasó.

La estaba esperando en la otra orilla, con sus ojos mirando hacia el cielo y la expresión de un hombre que acaba de cumplir su mayor ambición.

–He soñado con este momento durante días –murmuró, mirándola–. Esta última salida ha sido particularmente dificultosa: el ganado andaba irritado por el calor, y los hombres igual...

–Sin duda encontraron compensaciones al llegar a la civilización –la sequedad de su tono no pudo reprimirla.

–¡Tuvimos algunas! –le contestó Pablo , tajante. Luego se metió en el agua, agarrándola por los tobillos y forzándola a hundirse con él hasta el fondo de la piscina. Sus pulmones estaban a punto de estallar cuando él la soltó, saliendo disparada hacia la superficie, jadeante por la falta de aire. Cuando su cabeza apareció junto a ella, se vengó enseguida y el juego comenzó. Durante una hora se comportaron como niños, completamente naturales y descuidados, olvidadas sus diferencias por un acuerdo tácito, pero ambos sabían que no duraría mucho...

Se echaron sobre unas tumbonas y Carmen les llevó unas limonadas frías mientras tomaban el sol.

–Me encantan estos veranos –suspiró Lali–, tan secos pero nunca demasiado calientes. Casi no puedo creer que estemos en enero. En Londres es probable que esté nevando, las calles cubiertas de hielo y todos malhumorados, corriendo a tomar los autobuses y quejándose amargamente del mal tiempo.

Logró el interés de Pablo , que la miró perezosamente.

–Háblame de ti –le pidió de pronto–; cómo vivías antes de conocer a mi abuelo... cómo lo conociste.
Su alegría se esfumó. Por una vez se había sentido relajada en su compañía y ahora la pregunta la empujaba de nuevo a terrenos peligrosos

—Trabajaba en una oficina –contestó brevemente– y Abby y yo ocupábamos un cuarto cerca.

–¿Qué sucedía con la niña mientras trabajabas?

—La dejaba por las mañanas en una guardería y la recogía por la noche, al volver a casa.

Las pocas semanas en la hacienda le habían dado a conocer bastante las maneras de vivir de los chilenos, para comprender que él encontraría el caso escandaloso. Los chilenos idolatran a sus hijos e insisten en la atención constante de la madre.

–No tenía alternativa –se defendió–. De todas maneras, en mi país es normal que las madres que trabajan dejen a sus hijos en las guarderías, supervisadas por personas especializadas.

Sus ojos oscuros brillaron.

–¿Y tú consideras que esa especialización puede sustituir el amor maternal?

Su reproche la molestó.

–¡No, no lo considero así; es por eso por lo que me encuentro aquí! Estaba demasiado preocupada por el bienestar de Abby, y cuando aumentaron el costo de la guardería,. no podía pagar el nuevo precio para mantenerla allí. Luego la casera me dijo que tenía que mudarme porque el llanto de la bebe molestaba a los vecinos, y ése fue el golpe final. Las circunstancias me llevaron a contestar el anuncio de tu abuelo... –se detuvo, preguntándose cuánto conocería Pablo de los métodos del abuelo, y se sintió inquieta cuando lo vio ponerse rígido.

–Sí, continúa con lo del anuncio de mi abuelo –le pidió–. ¿Cómo lo redactó exactamente?

Lali deseaba echar a correr, pero su mirada la obligó a quedarse, forzándola a repetir las palabras, que habían quedado impresas en su mente.

Tras oírlas, Pablo exclamó con desagrado:

–¡Madre mía! ¡Te arriesgaste a entrar en las fauces del león! ¿Por qué nadie te advirtió de los peligros?

–Nadie lo sabía –contestó con dignidad–. Abby y yo no teníamos a ningún pariente y como te he dicho antes, estaba lo bastante desesperada como para hacer cualquier cosa que nos permitiera seguir juntas.,
Pablo se recostó cara al cielo con la mirada ceñuda.

–Está claro –apretó con fuerza los dientes–. ¡Si mi abuelo hubiera insistido para que te casaras con el diablo, lo hubieras hecho!

"¿Cómo puedo negarlo?", pensó, petrificada ante su expresión despectiva. Sin embargo lo intentó:

–No, no –dijo–. Tu abuelo me engañó... no con mentiras exactamente, sino dejando que me formara una impresión errónea del nieto con quien deseaba que me casara. Insinuó que eras demasiado tímido e introvertido como para encontrar tú solo una esposa y que sus acciones tenían tu total aprobación. ¡Jamás habría venido, de saber que eras tan diferente a la imagen que yo tenía formada!

Él murmuró una maldición contra la astucia del abuelo, y su mirada no era más amable cuando se fijó en las facciones angustiadas de la muchacha.

–Así que viniste a Chile esperando encontrarte una paloma, en lugar de verte destrozada por las garras de un cóndor. Mi abuelo nos hizo mal a los dos y el tiempo nos vengará, pero mientras tanto veré que tu premio sea aumentado para compensarte por tu sacrificio.

Citando Pablo se puso de pie para alejarse, Lali protestó:

–Tu abuelo ya ha sido muy generoso, no deseo nada más...

Con gesto altanero la hizo callar.

–Una pequeña suma gastada en ropa y un techo sobre tu cabeza no se pueden contar como riquezas. ¡Si te hubiera colmado de joyas y dinero, en mi opinión aún sería poco!

Cinco minutos después que él se fuera, Lali se levantó para dirigirse a su habitación. Aunque el sol todavía calentaba, sintió frío por su ataque de odio. No era nada nuevo aquel duelo de personalidades. Desde que se conocieron procuraban herirse y, como de costumbre, era ella la que terminaría con la mayor cantidad de cicatrices. Esta vez la lengua mordaz de Pablo había penetrado con mayor profundidad, porque durante su tregua de una hora ella había sido lo bastante tonta como para bajar la guardia.

Mientras se quitaba el traje de baño, oyó ruido en el vestidor. Desde la noche de la boda él no había vuelto a entrar en su habitación, aunque la puerta sin llave era la única barrera entre ambos. La alcoba que ella ocupaba era la que los padres de Pablo habían compartido; aquella pareja desafortunada, cuyo matrimonio comenzara como el suyo, pero que, según don Alberto, se había desarrollado con un profundo amor. Cerró los ojos, tratando de sentir el ambiente de felicidad que sin duda debería perdurar en la habitación por encima de cualquier otra cosa, sí el amor había sido tan grande como le decía don Alberto. No sintió nada.

¿Podría ser, se preguntó, que en realidad la historia se repitiera? ¿Quizás los padres de Pablo lograron esconder al anciano la realidad de la situación? Al ponerse un vestido continuó pensando: ¿Y Pablo ? ¿No era una prueba viviente de aquel amor?. De repente el calor invadió todo su cuerpo, haciéndole recordar las pasiones tempestuosas que se heredaban de padres a hijos. Sus ojos se dirigieron hasta la puerta sin llave, asustada y consciente de que si Pablo decidiera algún día llevar a cabo su amenaza, la ausencia de amor no lo detendría.

Como faltaban un par de horas antes de vestirse para cenar, se recostó en la cama, cansada físicamente pero demasiado agitada para dormir. Sus ojos dieron la vuelta por el dormitorio matrimonial, decorado en un blanco casi virginal. Con cuidado, doblada al pie de la cama, se encontraba una manta tejida con lana de un blanco purísimo, rodeada por un borde de seda de varios centímetros. La cabecera del lecho, esmaltada en blanco, estaba adornada con volutas doradas. Las lámparas, con sus pantallas bordeadas en oro, reflejaban diferentes colores sobre las paredes azul pálido, desnudas, con excepción de un grabado de suaves colores y un espejo grande con marco dorado. Había, cubriendo las ventanas, grandes cortinas blancas de satén, bordeadas en azul, que caían desde el techo hasta el piso. Las puertas de los armarios empotrados se hallaban pintadas con esmalte blanco; blanca era también la alfombra, con pequeñas flores doradas y hojas verdes, cubriendo lujosamente todo el piso de la habitación.

–Romántica... –murmuró soñolienta. Sus párpados cedieron bajo el peso del cansancio.

Una hora después se despertó, y tras una ducha se sintió reanimada. Para igualar su humor alegre, escogió un vestido rujo vivo, sin espalda, sin tirantes, y con un escote atrevido, un escudo desafiante para ocultar su timidez. Buscó un lápiz labial del mismo tono y escondió su boca sensible bajo el color rojo vivo. Se puso unos grandes aros en sus orejas, moviendo la cabeza de un lado a otro para acostumbrarse a su peso.

Estaba parada frente al espejo cuando Pablo entró, los pasos amortiguados por la gruesa alfombra. Sintió su presencia y se dio la vuelta. Justo, en el momento que iba a reprocharle que hubiese entrado, la hizo callar con una mirada que recorrió todo su cuerpo, cubierto apenas por el provocativo vestido rojo. Sintiéndose halagada por su rotundo silencio, se sintió más confiada pero de nuevo la sacudió su voz desagradable:

–¡Quítate ese vestido!

Ella se avergonzó de momento, pero luego se le enfrentó.

–¿Por qué? ¡Creo que me va bien!

–¡Como le iría la piel de un puma a una oveja! –le contestó–. Es el vestido de una mujer seductora, y tú, querida, no tienes la menor idea de cómo seducir –estiró una mano y con rapidez le quitó los pendientes tirándolos a una esquina. La tomó por un hombro, sujetándola con firmeza, mientras una mano cruel le limpiaba la boca, manchándole de rojo la mejilla–. Ahora lávate la cara y cámbiate de vestido –le ordenó–. ¡Ese es indecente!

Furiosa, Lali se revolvió.

–¿Qué sabes tú de decencia? ¿Pensabas en la decencia cuando permitiste que Eugenia hiciera su intervención, probándole a la gente que era con ella con quien debías haberte casado?

–¡Deja a Euge fuera de este asunto! –la interrumpió, apretando los labios.

–¡Ah, así que tienes conciencia!

–¡Sí, la tengo! –repuso, metiendo una mano en el bolsillo de su chaqueta, para sacar una cajita cubierta de terciopelo–. Si alguno de nuestros guasos estuviera mal pagado, yo sentiría que lo estamos explotando, y tú tienes el mismo derecho a mi consideración. Esto pertenecía a mi madre. Te lo traigo como pago adicional a tus servicios. Póntelo esta noche. —Abrió el estuche, mostrando un collar de zafiros que, al recibir la luz, parecieron tener vida.

Lali, pálida por el insulto, se mantuvo firme.

–No, gracias; no van con mi vestido.

Debió sospechar lo que ocurriría. Un segundo después él le hizo darse la vuelta; se oyó el sonido del cierre, luego el de la tela al ser desgarrada con furia por Pablo .

–Ese problema ya está arreglado –comentó, sombrío–. Para ahorrar futuras discusiones, recuerda que yo acostumbro a que se cumplan mis órdenes. –Tranquilo, consultó su reloj–. Tienes diez minutos... suficiente tiempo para decidirte por un vestido más discreto.

1 comentario:

  1. hola!! como estás?
    amo tus capitulos largos!!! :D
    esta demás decir que me encantó aunque por tengo que confesar que
    me desilusionó su noches de bodas y eso que viajara el tanto tiempo
    jum! Jum!
    pero como yo no soy quejosa cof cof jajaja vamos a mirarle el lado
    positivo jajaj a mi me parece que le sirvió a alguien para darse
    cuenta que lo extraño jajaj
    si mal no recuerdo lali había dicho que le iba a dar la suficiente
    cuerda hasta para que se ahorque y ahora esta ahí reclamándole
    por lo de Eugenia como que algo no cuadra, celos? donde? jajajja
    sacando el poco tacto y las ganas que me dan de golpear a Pablo
    el gesto de regalarle algo de su madre dice mucho, pero como
    sus buenas intenciones son muy entre lineas va estar complicada la cosa
    si lali hubiese seguido el consejo de la sabia tía lo tendría como un
    cachorrito entre sus manos jajaja
    bueno percha espero más que ansiosa el siguiente capitulo dicho sea de
    paso que ayer nollegó cof cof jajaj
    te mando un beso nos leemos! ;)

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