lunes, 6 de noviembre de 2017
Capitulo 3 y 4 "Se solicita esposa"
Capitulo 3
TRES DIAS después, Lali miraba detenidamente por la ventana del hotel hacia la plaza donde un batallón de carabineros marchaba al ritmo de una banda militar. Era el cambio de guardia de la Casa de la Moneda, residencia del primer mandatario chileno. La guardia, con cascos picudos y uniformes de color caqui, los pantalones remetidos dentro de botas negras de piel que llegaban hasta la rodilla, se ponía frente a los soldados que iba a reemplazar, los oficiales sacaban sus espadas y se saludaban con los ademanes de ritual. De dos en dos, los guardias cambiaban sus posiciones, hasta que el nuevo grupo había tomado sus lugares respectivos. Después, la banda tocaba una música militar y los carabineros se alejaban marchando por las calles de Santiago, de regreso a su cuartel. La ciudad se extendía frente a Lali. Santiago de Chile se halla construida sobre un ancho llano; un río divide la sección del norte, mientras que al este se ve una gigantesca cordillera de montañas, coronada de nieve: los Andes
Sólo veinticuatro horas antes, la joven se encontraba aún en Londres. Abby se había comportado muy buen durante el vuelo, aceptando las atenciones de don Alberto como si fuera una coqueta por naturaleza. Estando en los brazos de Lali, había fijado sus grandes ojos sobre el rostro del anciano, respondiéndole con gorjeos afectuosos y amplias sonrisas que descubrían las puntas brillantes de sus primeros dientes de leche. Estaba tan fascinado el hombre, que al fin insistió en tomarla, dejando a Lali libre para concentrarse en sus pensamientos, preguntándose acerca de aquella locura y sobre las murmuraciones que podía causar su ausencia tan repentina de la oficina.
La asombró la rapidez con la que se habían hecho las gestiones precisas. El sirviente de don Alberto hablase ocupado de resolverlo todo, con excepción de la renuncia a su empleo. Eso lo había hecho con una llamada telefónica.
–Debido a motivos personales me veo forzada a cambiarme de domicilio –le había dicho a su jefe–. Ya que el lugar donde viviré está muy lejos de la oficina, ¿sería tan amable de disculparme por no avisarle con una semana de anticipación, para que yo pueda aceptar otro trabajo que me ofrecen cerca de mi nuevo domicilio?
–Claro, querida –aceptó el hombre con afabilidad–. Sentiremos mucho perderte, pero como de momento no hay exceso de trabajo, tu partida repentina no nos va a causar grandes trastornos. Ven cuando creas conveniente para recoger la liquidación que te corresponde y tus tarjetas del seguro.
Había llamado a la hora que sabía que la mayoría de las chicas estaría comiendo, evitando preguntas curiosas, ante las que se hubiera sentido incómoda. Cuando se supiese que había dejado el empleo, hablarían de ella durante un par de días y luego la olvidarían: un barco que pasaba en la noche, una persona que había hecho poco o ningún impacto en sus vidas...
Suspiró y se alejó de la ventana, dirigiéndose a la cama. Al llegar al hotel, le habían quitado a Abby de los brazos para entregársela a una señora muy experta, asignada por el gerente como niñera durante su corta estancia.
–Duerma algunas horas si puede, querida –le había indicado el conde–. Luego baje a comer conmigo. Tenemos mucho que discutir antes de dirigirnos a la hacienda.
Se sintió feliz de obedecer. Habían pasado muchas cosas en poco tiempo y estaba confundida, perdida y asustada por lo que veía y oía en aquel país extraño. Se estiró sobre la cama; su cansancio era más mental que físico y ni siquiera la comodidad del lecho y la caricia de las sábanas de seda lograban aliviar el tormento de su mente agotada. ¡Estaba comprometida por poderes con un hombre desconocido!. ¿Sería lo bastante fuerte como para dar apoyo a aquel individuo tímido que iba a convertirse en su esposo? ¿Podría la necesidad mutua sustituir al amor en un matrimonio? Se removía intranquila, el cansancio dominando su mente. Mientras que sus párpados se hacían más pesados, su pensamiento comenzó a alejarse por canales prohibidos. Un sueño al que había jurado renunciar vencía sus débiles defensas; un sueño que había acariciado íntimamente durante el último año; una fantasía en la que un hombre fuerte como el acero, impasible como una roca, de voluntad indomable, entraba en su vida para cargar con todo el peso, restablecer la felicidad en su triste corazón, revivir su lánguido espíritu y, con encanto arrogante, despertar dentro de ella la ardiente antorcha del amor...
Aún tenía lágrimas en las pestañas cuando despertó una hora después. Una mirada rápida al reloj le indicó que tenía una hora más antes de bajar a comer. El sol del mediodía entraba por las persianas a medio cerrar, que ella había abierto un poco antes de acostarse. Miró a su alrededor, sospechando la presencia de algún extraño, pero no había nadie más en la habitación. Quienquiera que fuese el que había cerrado las persianas, había entrado silenciosamente para no perturbar su sueño. Sintiéndose espiada, se apresuró a cruzar la habitación para cerrar con llave la puerta. Era una tontería, lo sabía, pero su sentido de vulnerabilidad era tal, que hasta la poca seguridad que le brindaba el sonido del cerrojo, era reconfortante.
Decidió darse una ducha, dirigiéndose al baño. Se detuvo de repente; su camino se veía interrumpido por una montaña de cajas de cartón de color gris, de todos los tamaños y formas, con un nombre resaltando en dorado: "Mirabelle". Cogió la de encima con cuidado; curiosa, la destapó, descubriendo capas de un delgado papel color malva, que crujía, entre sus dedos temblorosos. Debajo de las capas de papel asomó un pedazo de encaje, luego el brillo de la seda, antes que sacase del nido malva un camisón tan bonito, que sintió el deseo de gritar de placer.
Abrió otras cajas y su asombro iba en aumento, al sacar cada vez un artículo todavía mejor que el anterior. Ropa interior, vestidos de noche, pantalones elegantemente cortados, combinaciones finísimas, todo con bolsos y zapatos haciendo juego; todo carísimo, sin duda. Estaba rodeada de papel hasta las rodillas, cuando llegó a la última caja, más profunda y más ancha. Casi no podía controlar sus ansias por abrirla. El contenido la dejó sin aliento: era un abrigo de hermosa piel oscura que se ondulaba voluptuosamente al acariciarla Lali con dedos temblorosos.
Se quedó mirando incrédulamente a su alrededor tanta riqueza. Ninguna estrella de cine podría soñar con ajuar tan opulento...
Siendo joven y muy femenina, no perdió tiempo para bañarse y ponerse una combinación transparente, antes de decidir qué ropa usar para reunirse con su benefactor. Después de mucha vacilación, escogió un sencillo vestido blanco, con bordados ingleses, cuyo escote estaba rodeado por una cinta azul pálido. Al mirarse en el espejo, notó que, pese a su sencillez, era deslumbrante, convirtiendo su ágil cuerpo joven en una trampa para las miradas masculinas, sin dejar por ello de ser recatado.
Ni siquiera había olvidado don Alberto los cosméticos, y al aplicarse lápiz labial rosa pálido sobre su boca temblorosa y ponerse un poco de sombra azul sobre los párpados, pensaba en aquel hombre, tan intuitivo y experto, que hasta había adivinado su número de zapatos.
Después de comprobar que Abby dormía tranquila, Lali bajó al bar donde había quedado en verse con don Alberto para tomar un aperitivo antes de la comida.
Estaba sentado ante una mesa junto a la ventana, y se puso de pie cuando ella entró. Un sentimiento de gratitud la impulsó a alargarle una mano y, para su sorpresa, el se la llevó a los' labios, murmurando su apreciación, después de rechazar sus palabras de agradecimiento con un ademán expresivo.
–El hermoso fuego –le dijo
La luz del sol entraba por la ventana iluminando su cabello como una llamarada mientras ella decía:
–Gracias, señor. He pensado que debía hacerle justicia a mi distinguido benefactor.
Comenzaron el almuerzo con una palta deliciosa, que es una ensalada de aguacate relleno con camarones y rociado con jugo de limón; continuaron con una empanada de diferentes tipos de carne, pasitas, aceitunas, cebollas, pimientos y uvas. Hablaron sobre la comida y ambos sabían que estaban dejando a. un lado los temas importantes, que debían ser discutidos tarde o temprano. Don Alberto esperó con una sonrisa indulgente mientras ella comía su última cucharada de helado de fresa, y cuando sirvieron el café, le echó a perder su gozo al anunciarle abruptamente:
–Me he puesto en contacto con mi nieto por radio y le he ordenado que nos recoja con su avión en el aeropuerto de Santiago. Creo que –miró su reloj– llegará dentro de una hora.
Casi se ahogó la joven con el café que bebía.
–¿Tan pronto? –inquirió sobresaltada.
Él asintió.
–Hay algo que quiero pedirle antes que llegue mi nieto, señorita. Después de considerarlo, pienso que quizá sea mejor que él piense que la niña es suya... sólo por un tiempo –se apresuró a puntualizar al ver su expresión de sorpresa–. Yo decidiré cuándo debe decirle la verdad.
–¿Por qué es necesaria esa decisión, señor? –preguntó.
Esperó mientras él meditaba; en sus ojos había un brillo de satisfacción, mientras estudiaba cada uno de sus rasgos, percatándose de la inocencia que la joven proyectaba tan inconscientemente.
–Conociendo a mi nieto y sabiendo que la intriga lo atrae, he decidido ofrecerle un enigma. Nada lo molesta más que un acertijo sin respuesta, un misterio que no se resuelva, ¿y qué podría ser más misterioso para un hombre que enfrentarse a una joven, cuyo aspecto virtuoso se halla en contradicción con la existencia de una niña que se le parece tanto, que tiene que ser un pariente? Es natural que llegue a la misma conclusión que yo: que la niña es suya, y ese hecho –añadió divertido– deberá confundirlo a él tanto como me confundió a mí.
–¿Quiere decir, señor, que desea que pretenda ser la madre de Abby para jugar con el interés de su nieto? ¿No cree que eso es poco bondadoso... tanto para él como para mí?
Las facciones autocráticas se endurecieron.
–Yo no mencioné para nada la palabra bondad cuando hicimos el trato –dijo fríamente–. ¡Sus recompensas serán sólo materiales!.
Ella palideció ante la respuesta cortante, notando la crueldad que había sospechado detrás de toda su fachada de encanto. Lo que decía era cierto. Había aceptado, con ingenuo placer, todos los beneficios que le había ofrecido. El viaje costoso desde Inglaterra, la habitación lujosa del hotel, la ropa que llevaba puesta... Todo había sido comprado por él. No tenía ninguna razón para quejarse, ahora que las doradas cadenas de servidumbre comenzaban a oprimirla.
Bajó la cabeza al contestar:
–Será como usted desee, señor. ¿Qué debo decirle a su nieto, sin tener que mentir?
–Que la pequeña depende de usted... Por el momento, eso será suficiente.
Ella se tragó su humillación para poderle hacer una pregunta que la estaba inquietando:
–Me he interrogado en diferentes ocasiones sobre los términos de su anuncio. Pocas personas estarían de acuerdo en aceptar a los que están a cargo de sus empleados. ¿Por qué...?
Don Alberto estaba otra vez de buen humor, ya que se había salido con la suya. Cortando la punta de un puro, explicó:
–Cada palabra del anuncio fue estudiada con cuidado, y la frase que menciona, pienso que fue un toque de genio. El tipo de chica que buscaba necesitaba poseer ciertas cualidades; la más importante, que tuviera un fuerte sentido de responsabilidad para prevenir que no pudiera traicionar mi confianza. Puesto que una persona con menos cualidades abandonaría a aquellos que pudieran suponerle un peso, podrá comprender mi argumento. Nunca pensé que el acompañante pudiera ser un bebé, pero la situación parece encajar perfectamente en mis planes. Nunca sabemos el amor que nos tienen nuestros padres hasta que nos convertimos en padres nosotros mismos; por esa razón quiero presentarle a mi nieto una familia ya formada. Una noche en vela, cuidando a un niño enfermo, puede enseñarle más que cualquier consejo mío.
–No estoy segura de comprenderlo. Como su nieto no tiene recuerdos de sus padres, usted, ante sus ojos, ha debido llenar ese papel. ¿Quiere decir que ha sido ingrato con usted? –preguntó desolada.
–Ingratitud no es la palabra más adecuada. Digamos que él se ha sentido inseguro de mis intenciones y sólo al enfrentarse a problemas como los que yo he tenido que resolver durante su crianza, podrá comprender que, aunque haya pensado lo contrario, todas mis acciones han sido llevadas a cabo para satisfacer sus mejores intereses.
"¡Sólo si los intereses de él coinciden con los suyos!", pensó Lalu, asombrada, sintiendo un hormigueo por todo el cuerpo. Desde su primera reunión ella había sospechado al autócrata detrás del aristócrata cortés. Estaba acostumbrado a que se hicieran las cosas como él quería, pero con tan poco tacto, según parecía, ¡que había logrado alejar hasta a su tímido y obediente nieto!
Sintió un vuelco en el corazón. Su futuro marido era débil y ella también. ¿Qué esperanza podía brindarles el futuro a dos marionetas, forzadas a bailar al ritmo que decidiera escoger el dueño?
Capitulo 4
DON ALBERTO habló poco mientras el taxi los conducía al aeropuerto de Santiago. Parecía tenso, un poco irritable, y, al entrar en el edificio, su nerviosismo se lo comunicó a Lali, cuyas palpitaciones se aceleraron sin control.
¡Dentro de pocos minutos conocería al extraño con quien estaba comprometida en matrimonio!
Con Abby en los brazos, se apresuró a seguirle el paso a don Alberto, que mantenía sus ojos fijos en una estilizada avioneta plateada que se situaba en aquellos momentos a un lado de la pista.
–Bien, no ha perdido tiempo en llegar aquí –murmuró, sus labios apretados se suavizaron con una sonrisa.
Todo a su alrededor era actividad. Inmensos aviones recogían o dejaban pasajeros, aterrizando o despegando. Lali sólo tenía ojos .para la pequeña avioneta y el hombre que bajó de ella se dirigía a su encuentro. Don Alberto levantó una mano para saludar, luego la dejó caer cuando el hombre estuvo más cerca.
–¡Sacramento! –la exclamación del caballero indicaba irritación–. ¿Por qué has venido tú, Cosme? ¿Dónde está mi nieto?
Lali aflojó el brazo que sujetaba a Abby con fuerza. Estaba claro que aquél no era el hombre que esperaban. El nerviosismo del piloto era evidente.
–Pide que lo disculpen, señor. Lamenta que asuntos urgentes le hayan impedido venir a recibirlos.
–¡Por Dios! –don Alberto estaba muy enfadado—. ¡Entonces espero ver que se ha producido una avalancha o un terremoto, por lo menos, cuando lleguemos a la hacienda!
Más bien una erupción creada por el hombre, pensó Lali al subir al avión y sentarse junto al furioso conde. Durante la media hora que transcurrió mientras volaban al sur de la capital, se mantuvo malhumorado y en silencio, crispadas, sus facciones por el disgusto. Pero una vez que dejaron atrás el área de la capital y cuando ya el avión volaba sobre el paisaje rural, se inclinó para indicarle a Lali algunos detalles del panorama: largas filas de eucaliptos y álamos, paredes de barro que cercaban millas y millas de caminos; un sistema de canales que unía decenas de pequeños campos separados por cercas bajas, mostrando que todas las secciones pertenecían a una misma propiedad.
—Esta es parte de nuestra mejor tierra de cultivo –explicó–. Por las mismas condiciones naturales, el desarrollo de la irrigación no es muy raro: muchos de los ríos chilenos nacen en los neveros de los Andes y, como resultado, el abastecimiento de agua es abundante, incluso en los veranos más secos.
Nerviosa, ella se aclaró la garganta.
–¿Cultivan ustedes la tierra, señor?
–No –contestó–. Nuestra tierra es más apropiada para el ganado. Tenemos jardines y huertos alrededor de la hacienda, claro, pero sólo para cubrir nuestras propias necesidades.
Una vez más guardó silencio y Lali se sentía más tensa a cada momento, mientras pasaban kilómetros y kil6mitros de tierra cultivada para el pastoreo, donde se veían miles de cabezas de ganado, formando un tapiz interminable de cuerpos oscuros. Nunca había visto la joven tantos animales juntos y, cuando al fin terminaron de pasarlos, el avión comenzó a bajar hacia una casa, apenas visible entre la arboleda y no necesitó las rápidas explicaciones de don Alberto para comprender que habían llegado.
Con las piernas amenazando doblarse bajo su peso, Lali descendió de la avioneta, entrando y sentándose en la parte posterior de un coche que se dirigió de inmediato hacia la casa, construida en el centro de un bosquecillo de gigantescos eucaliptos. Sus blancos muros ofrecían un perfecto contraste con el techo de tejas verdes y la plazoleta de losetas del mismo color, que rodeaban la piscina, así como el suelo de la terraza.
Al entrar en la casa,notó que las losetas verdes se utilizaban también en el interior, continuando con la misma sencillez de la arquitectura de afuera. Don Alberto la guió por un fresco pasillo hasta una pequeña sala, alfombrada en suave color crema, siendo del mismo color la tapicería de los bancos colocados contra las paredes, las cuales se encontraban recubiertas de estanterías con libros y algunos objetos artísticos de exquisita factura. Las estilizadas lámparas armonizaban con la sencilla decoración. El foco de atención, era una chimenea abierta en el centro y rodeada por un borde de mármol, donde podían sentarse por lo menos doce personas y, descendiendo directamente desde el techo, había una enorme campana de cobre, donde se reflejaban el naranja, el amarillo y el rojo de las llamas.
Satisfecho al verla maravillada, don Alberto le preguntó:
–¿Le gusta mi hogar, señorita?
El brillo de los ojos de Lali era suficiente respuesta.
–Es muy hermoso, señor. Deben felicitarlo a menudo por haber decorado con comodidades modernas esta antigua casa, sin arruinar su personalidad.
Aceptó el cumplido inclinando la cabeza, pero antes que pudiese contestar, entró una mujer en el salón. Era pequeña y fuerte y llegaba muy agitada.
–Perdone, señor conde, ese tonto de Cosme me acaba de informar de su llegada. ¿Desean refrescos, bebidas para la dama y para usted, y leche para la niña?
–Gracias, Carmen, estoy seguro de que mis invitadas estarán igual de sedientas que yo. Antes que sirvas las bebidas, quizá sea mejor que le enseñes a la señorita Payne su habitación. ¿Preparaste también una para la niña, como indiqué?
–Sí, señor –Carmen asintió vigorosamente, fijando los ojos oscuros en Lali y en la bebita que llevaba en brazos–. Todo está listo y esperando. ¿Desea acompañarme la señorita?
Don Alberto le preguntó aún:
–¿Y la niñera? ¿Encontraste alguna adecuada?
–Sí, señor, también me ocupé de eso. La hija de Cosme, que tiene muchos hermanitos, estaba ansiosa por encargarse de cuidar a la pequeña.
–Excelente, entonces todo está bien. –Le sonrió a Lali–. Discúlpeme si no la acompaño a tomar los refrescos; tengo algunos asuntos que atender. Cenaremos juntos esta noche y espero poder presentarle a mi nieto, quien, estoy seguro, se tendrá que disculpar por no haber estado presente a su llega.
–Por favor, señor, no se preocupe por mí –contestó, intranquila por la tirantez de su sonrisa–. Continúe con el trabajo. Yo me sentiré contenta inspeccionando mi nuevo ambiente. Y por lo que toca a la ausencia de su nieto, ya ha sido explicada. Me encantará cenar con ustedes esta noche.
Reprimiendo el pánico que le provocaba la idea, Lali siguió a Carmen, abrazando a la adormilada Abby, recordando que había logrado su objetivo.. un ambiente hermoso y sano, en el que la niña podría crecer feliz y contenta... No podía quejarse de tenerlo que pagar, por muy alto que fuera el precio.
Carmen hablaba sin parar mientras le enseñaba las habitaciones que serían de ella y de Abby. Ambas estaban construidas bajo los aleros y tenían vigas de madera en el techo, que bajaban por las paredes blancas; sus rincones hablan sido ingeniosamente convertidos en armarios y estanterías. Una tabla larga que salía desde debajo de una ventana, servía muy bien como escritorio.
El cuarto de la niña, que se comunicaba con la habitación de Lali, era igualmente fresco y ventilado, con hierro forjado decorando las ventanas, que se encontraban abiertas entonces, y por las cuales se veía un pedazo de cielo azul, permitiendo entrar el aire puro y perfumado. Al entregar a la niña medio dormida en brazos de una chica joven, a quien Carmen le presentó como Bella, Lali se hallaba entusiasmada. Donde quiera. que hubiera buscado, no iba a encontrar un lugar tan, perfecto para vivir y nadie, decidió, las alejaría de aquel paraíso.
Durante el resto de la tarde, hasta el anochecer, Lali se dedicó a investigar por los alrededores más cercanos de la hacienda. Fue hacia un corral vacío, enorme, y recostándose en la cerca, se preguntaba cuántos caballos cabrían allí, En aquel momento, sin duda habría hombres y jinetes montando por las pampas, escogiendo, marcando y vigilando inmensas manadas como las que había visto desde el avión. Caminó tranquila, asomándose a una gran barraca que estaba abandonada. Cerca había una cocina y oyó los ruidos de ollas y sartenes, llegándole un delicioso olor de carne asada. Se estaban haciendo los preparativos para una gigantesca cena; sin duda los jinetes estaban a punto de regresar.
El sol se inclinaba hacia el horizonte y Lali se apresuró a regresar a la hacienda. Sintiéndose dispuesta a agradar al hombre que, por necesitarla, se había convertido en su benefactor, seleccionó un vestido que pensó podría atraer a su nieto, aquel joven tímido e inhibido. Era de terciopelo color azul marino, con el cuello alto y mangas largas. La falda, que marcaba sus caderas, le llegaba hasta los pies, encerrados en unas sandalias plateadas. Cepilló sus cabellos a conciencia y, al ver la cortina brillante de cabello que caía sobre sus hombros, consideró que el esfuerzo había valido la pena.
Se disponía a bajar cuando el silencio de la noche fue interrumpido por el ruido de espuelas y los gritos de los jinetes que llegaban ruidosamente a la cocina. Al titubear Lali , oyó unos pasos justo debajo de su ventana. Se asomó. Uno de los jinetes entraba en la casa y sus pisadas iban acompañadas por el tintineo de las espuelas. Segundos después oía un murmullo de voces, que aumentó hasta convertirse en una tormenta de palabras airadas, que ella no podía entender, pero perturbadoras como el ruido de los truenos. Podía distinguir la voz fría y autoritaria de don Alberto y una segunda voz, igualmente firme, atravesando la discusión con la fuerza de un estoque. ¿Qué hombre se atrevía a levantarle la voz al hidalgo de avanzada edad, que dominaba su mundo con puño de acero?. ¡Sin duda no podría ser un hombre común! Ningún empleado se atrevería a tener con él una discusión semejante.
La avalancha de palabras airadas se vio interrumpida por el sonido de una puerta cerrada con tanta violencia, que hasta los cimientos parecieron temblar. Después silencio; un silencio en el que Lali emitió un largo y tembloroso suspiro, tratando de sobreponerse a su miedo.
Una vez más se estaba preparando para bajar cuando se abrió la puerta de su habitación, y entró una alta figura masculina vestida de negro. Sin hablar, ella lo miró fija, con ojos asustados, interrogantes, por la invasión de su privacidad. El hombre estaba de pie con las piernas separadas, balanceándose sobre los tacones de sus botas con espuelas de plata. Sus largas piernas, cubiertas por un pantalón de piel, parecían no tener fin antes de llegar hasta sus delgadas caderas, fuertes y musculosas. Su camisa negra, abierta, mostraba el pecho bronceado. Llevaba los cabellos revueltos por el viento, tan castaños como el corazón del diablo, combinando con los ojos verdes que brillaban malignos. Sus labios crueles se torcían en una mueca sarcástica cuando le habló:
–¡Así que tú eres la nueva adición de la caballeriza! –sus ojos denigraban la figura encogida–. ¡Debí adivinar que la mente del conde se fijaría en una chica insípida, con el espíritu de un ratón y tan poco atractiva como una figura de yeso!
Lali tembló ante la embestida.
–¿Quién es usted? ¿Cómo se atreve a entrar de esa manera en mi habitación y...?
–¡No insultes mi inteligencia! –la interrumpió bruscamente–. ¡La actitud de novicia ultrajada no le cuadra a la mujer que, según mi abuelo, está más que dispuesta a compartir mi cama! Lali lo contempló con espanto.
–¿Quiere decir que usted es...?
–Ni más ni menos –se inclinó burlón–. Pablo de Valdivia, el segundo peón en el juego absurdo de mi abuelo.
–¿Peón... juego...? –repitió torpemente.
Se acercó hasta que ella se vio envuelta por su sombra, buscando en el pequeño rostro alguna evidencia de duplicidad. Sin suavizarse, continuó:
–Quizá no esté bien al tanto del plan de mi abuelo... Siéntese, señorita, hay algo que debe saber.
Lali casi cayó sobre la silla, apretando los brazos alrededor de su cuerpo tembloroso, tratando de calmar el creciente temor hacia aquel individuo tan intimidante como el abuelo. Se disiparon sus esperanzas de un joven tímido e introvertido; en su lugar había u hombre tan diferente al imaginado, que pensó sería preferible enfrentarse al fuego, a la plaga y a la peste, que verse unida de por vida a un vaquero incivilizado de mirada fría, poseedor de todo el salvajismo de sus antepasados conquistadores.
–Mi abuelo –le confesó– es conocido en toda esta región por su éxito excepcional en la cría de ganado. Ya que ha dedicado casi toda su vida al estudio de razas y temperamentos, ahora puede vanagloriarse de su habilidad en producir una raza específica, ya sea que la demanda venga por el tipo dócil o por el viciosamente bravo, y se compromete a entregar con satisfacción garantizada o a devolver el dinero. A tanto llega su vanidad, que ha decidido aplicar sus conocimientos a los humanos. ¡Oh, sí! –afirmó cuando ella estuvo a punto de protestar–. ¡Porque tuvo éxito una vez en tal experimento, ahora quiere volverlo a intentar!
»Como yo –continuó–, mi padre era conocido por cabeza dura, prefiriendo cometer sus propios errores que beneficiarse de los consejos de un padre omnipotente. De repente apareció en la hacienda una chica inglesa, de ojos verdes, dócil, escogida especialmente para satisfacer el lado extravagante del carácter de mi padre. Me dicen que se enamoraron, aunque sospecho que al principio mi madre estaba más enamorada de los lujos que podía disfrutar que de mi padre. Debió ser muy molesto para mi abuelo cuando un terremoto evitó que pudiera llevar a cabo plenamente su experimento. Sin duda es por eso por lo que está tan ansioso de intentarlo de nuevo y en esta ocasión, señorita, usted y yo somos los cobayas que piensa utilizar.
Su mandíbula se tensó de forma amenazadora.
–¿Cómo se siente al saber que ha sido escogida sólo para efectuar una influencia suavizante y aplacar mis cualidades agresivas, para que así me vuelva más receptivo a las órdenes de mi abuelo? La prevengo desde ahora: ¡no funcionará! ¡Encontrará que es más fácil domar al cóndor, el águila de los Andes, que poner uno de sus lindos piececitos sobre mi cuello!
Lali dio un paso atrás, asustada, y se colocó una mano sobre el pecho, como sujetando su corazón desbocado.
–No tengo ningún deseo de ponerle un pie sobre el cuello, señor –negó, temblorosa–. Vine porque creía que me necesitaba. Imaginé –las palabras se convirtieron en un susurro– que usted era tímido, un joven introvertido incapaz de buscarse una esposa. Ahora veo que su abuelo me pintó un cuadro totalmente falso de! Hombre con quien deseaba que me casara. No podría hacerlo con usted; ¡preferiría morirme de hambre!
Este ultimátum atrevido endureció el orgullo masculino. La miró furioso y el odio no era menos obvio por no expresado. Lali fue hasta la ventana y allí se volvió, irguiendo la cabeza.
–Señor, ¿podría irse ahora, por favor?
Lo que él menos esperaba era arrogancia en un pequeño ratón. Cruzó la habitación y cogió a la joven por los hombros con fuerza tan brutal, que apenas logró ella aguantarse para no gritar.
–¿Por qué se dejó convencer para venir aquí? –le preguntó–. Tiene suficiente belleza como para atraer a cualquier hombre, así que la falta de pretendientes no pudo ser la razón para venir. ¿Le ofreció dinero? ¡Ah, ya veo que sí! –la soltó con desdén y se alejó, deteniéndose al llegar a la puerta para dirigirle una última mirada amarga–. Como mi abuelo la ha comprado, es responsabilidad suya y él tendrá que decidir lo que hacer con usted. Escuche mi consejo, señorita: váyase cuanto antes. ¡No la necesitamos aquí!
Salía de la habitación cuando se oyó un lloriqueo que llegaba de la habitación contigua. Inmediatamente, Lalise olvidó de él y se dirigió hacia la otra puerta, recordando que le había dicho a Bella que saliera a comer y que Abby estaba sola. Al entrar de puntillas y acercarse a la cuna, el llanto de Abby se convirtió en un ronroneo y, cuando la joven la tomó, comenzó a hacer pucheros, complacida.
–¡Mentirosilla! –Lali la regañó con cariño–. Si no tengo cuidado, jovencita, estarás en peligro de convertirte en una malcriada.
–¿De quién es el bebé? –La pregunta cortante llegó del otro lado del cuarto oscuro, recordándole súbitamente al hombre odioso.
Dio la vuelta, un cuadro de joven inocencia, su belleza de "madonna" realzada por la niña en sus brazos.
–La niña es mía –le contestó con calma, consciente de la promesa hecha a don Alberto.
–Sí –le confirmó, sintiéndose maliciosamente satisfecha por su sorpresa.
–Y el padre, ¿dónde está?
La tristeza de su voz era auténtica cuando contestó:
–Ha muerto.
La rápida mirada a la mano sin anillo, traicionó los pensamientos del hombre, pero a ella no le importó; tenía deseos de librarse de aquel individuo, que le hacía sentirse avergonzada aunque no hubiera razón para ello.
El se acercó lo suficiente como para entrar en la órbita de los ojos de Abby, que sin inhibiciones, mostró su aceptación del hombre extraño, a pesar de que los ojos masculinos no ofrecían ningún estímulo. Le tendió sus bracitos como invitándole para que la tomase. Lali casi se rió ante la expresión de desconcierto del hombre, deseando ser ella, y no su hermana, quien le causara tal confusión. El tono de su voz era de advertencia para que se portara bien, cuando colocó a Abby de nuevo en la cuna y la regañó:
–Es hora de dormir, jovencita. ¡No, no te sientes, quédate acostada! Así... –se inclinó para darle un beso–. Buenas noches, preciosa, te veré por la mañana.
Salió de la habitación, indicándole a Pablo de Valdivia que debía seguirla, y esperó que éste entrara en su cuarto para cerrar la puerta con firmeza.
–¿Tiene algún otro familiar además de esa niña?
Su pregunta brusca la cogió por sorpresa.
–Ninguno –contestó–. Pero no deje que ese hecho lo preocupe, señor. Donde quiera que estemos Abby y yo, ahí se encuentra nuestro hogar.
Pablo la miró con el rostro descompuesto, las mandíbulas contraídas como si luchara contra la cólera que lo iba ganando.
–El viejo es tramposo como el diablo –exclamó–, ¡pero no dejaré que ni siquiera estas circunstancias me obliguen a cambiar de idea!
Salió antes que ella pudiera pedirle una explicación, haciendo tintinear las espuelas a su paso.
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hola percha como estas?!!
ResponderEliminarte comente el capitulo anterior desde el cel pero no se porque no salio JUM!
sabía que por alguna extraña razón el famoso Pablo no iba ser igual
al hipótesis de Lali jajaja..
como me reí con esta parte:
¿Qué hombre se atrevía a levantarle la voz al hidalgo de avanzada edad, que dominaba su mundo con puño de acero?. ¡Sin duda no podría ser un hombre común!- pobre su hombre tímido e introvertido dio un vuelco de 180° jajajaj
igual me sorprendió que Pablo le hizo caso cuando le pidió que abandone
la habitación de la bebé jaja algo es algo...
ahora creo que esta parte:
–El viejo es tramposo como el diablo –exclamó–, ¡pero no dejaré que ni siquiera estas circunstancias me obliguen a cambiar de idea!
es para pensarlo, creo que tiene un gran transformo que será el punto débil del impacable Pablo..
sin duda re atrapada con la historia, espero que subas más seguido
y así de largo cof cof jajaja
nos estamos leyendo! :D