sábado, 11 de noviembre de 2017

Capitulo 5 y 6 "Se solicita esposa"




Capitulo 5

Al Sonar la campana que indicaba que la cena estaba lista, -lali sintió el deseo de huir, pero su llamada tenía que ser obedecida porque, aunque no tenía intención de, quedarse en la hacienda, era inevitable un enfrentamiento con don Alberto. Él le debía explicaciones y, si era lo bastante caballeroso, le pediría también una disculpa por la descripción falsa que le había dado del carácter de su nieto.
Rezó por recobrar la fuerza mientras bajaba la escalera, recuperándose para recibir de nuevo la mirada de odio profundo que le había hecho sentirse tan mal. Los nervios la traicionaron y titubeó ante la puerta; luego decidida, la empujó y entró en el salón.

Fue una decepción encontrar solo a don Alberto, mirando malhumorado un vaso lleno de dorado Madeira. Se puso de pie cuando ella entró. Sus facciones no expresaban ningún remordimiento cuando se acercó a la joven para saludarla.

–Se la ve muy hermosa, señorita, y le doy las gracias. Hacía muchos años que la belleza no adornaba mi mesa.
Ella se esforzó en no dejarse vencer por su gentileza.

–Es muy amable, señor, pero debe perdonarme si encuentro que estos cumplidos son tan sospechosos como sus declaraciones anteriores.

La alta figura masculina se irguió, mas Lali no se dejó dominar por la altivez del hombre que no había titubeado en engañarla. Advirtió que él tenía una respuesta brusca en los labios, pero luego suavizó su boca y confesó:

–Siento que le debo una disculpa, señorita. Ocultar una verdad quizá sea mayor pecado que contar una mentira deliberadamente. Antes de hablar, permítame servirle un vaso de vino. La cena puede esperar hasta que, se sienta de un humor más dispuesto a apreciarla

Ella rechazó el vino con un gesto, pero sí le permitió que la guiara hasta un sofá, donde se sentó, mirando con ojos asustados hacia la puerta.

–Relájese, querida –murmuró don Alberto–. Mi nieto salió de la hacienda con sus amigos para visitar un pueblo cercano. A lo mejor no regresa hasta mañana temprano. Ya oiremos su llegada, siempre escandalosa.

Sintiendo que le volvía la calma, se relajó sobre los cojines, una reacción que él encontró divertida.

–¿Así que ya ha conocido a mi nieto?

–Decir que lo he conocido, es poco –contestó temblorosa–. Sería más acertado decir que me ha acorralado y marcado inmediatamente.

El conde levantó una de sus cejas, interrogante.

–¿Marcada?

–Marcada como una mujer comprada, señor –le explicó–. Una que, según su nieto, no tiene lugar aquí y cuyo destino deberá ser decidido por su comprador, es decir, por usted.

–¡Por Dios! –la exclamación salió de los labios del conde con ira–. ¡Si todavía fuera un niño, lo castigaría por tal insulto!

–Ya no lo es, y de cualquier forma, siento que su manera de hablar está justificada. Si le hubiera escogido una esposa a un nieto tímido e inseguro de sí, quizá no sería tan ilógico, pero escoger una esposa para un hombre como Pablo es algo absurdo. Sin duda, señor, usted lo conoce lo suficiente como para saber que su acción iba a crearle un intenso resentimiento.

La respuesta del anciano no fue más que un suspiro. Un suspiro de pena porque no se salía con la suya, pensó la joven, o quizá remordimiento por la celada que les había tendido, tanto a su nieto como a ella.

–Si me permite explicarme –le suplicó–, quizá mis motivos parezcan menos egoístas.

–Sus motivos ya me han sido explicados por su nieto. Me ha dicho que sus éxitos en criar ganado lo han llevado a, creer que usted es capaz de decidir que dos personas se pueden unir, para hacer une pareja valiosa. En esta ocasión, señor, no ha podido estar más equivocado.Pablo pertenece al tipo que detesto... ¡grosero, incivilizado y completamente engreído!

Para su sorpresa, los ojos de don Alberto se iluminaron y une sonrisa apareció en sus labios. Molesta por ello, Lali se puso de pie pero él la contuvo con un ademán tranquilizador.

–Perdóneme, querida, pero he escuchado esas palabras antes expresadas con igual vehemencia y sinceridad. Las pronunció la joven que después se convirtió en esposa de mi hijo, y que se quejaba de ser retenida en esta hacienda por la misma razón que usted. Cuando joven, mi hijo era tan indomable como Pablo . Cada día de trabajo lo pasaba en las pampas, en compañía de los guasos, a quienes envidiaba su libertad. ¡No quería la responsabilidad de manejar lo que se había convertido en una pequeña república dentro de la república; no quería las preocupaciones de un gran negocio! Muchas chicas de buena familia deseaban convertirse en su esposa, pero él no quería a ninguna, prefiriendo mantener la compañía de mujeres –ya que no puedo llamarlas damas– que frecuentaban las posadas y las tabernas de los pueblos cercanos, similares a las que tratan mi nieto y su: amigos.

El conde continuó:

–Al contrario que usted, aquella joven no fue escogida con cuidado, sino que llegó aquí por accidente, aunque debo confesar que cuando la vi por primera vez, nació la idea que alimenté luego tratando de unirlos lo más posible. Al principio se comportaban hostilmente el uno con el otro, pero después, para satisfacción mía, la unión que yo había previsto se desarrolló y creció hasta convertirse en un amor que revolucionó el carácter de mi hijo. Eran intensamente felices, señorita, y el dolor que sentí al verlo terminado todo, no es posible expresarlo con palabras. Pablo es un legado de esa felicidad... y mi más ferviente deseo es verlo también feliz antes que yo muera. Usted quizá piense que estoy tratando de actuar como Dios –continuó–, pero, ¿puede culparme por querer repetir las circunstancias que llevaron a tal matrimonio... un matrimonio de cuyo valor quedó Pablo como prueba viva?

Lali se puso en pie y se acercó despacio a la chimenea. La luz del fuego se reflejaba en su cabeza inclinada y creaba sombras sobre el rostro perturbado, mientras consideraba con emociones de asombro y de lástima las confesiones del soberano de un pequeño reinado, cuyo estilo de vida y riqueza le habían convencido de que poseía la omnipotencia de un rey. ¡El rey de los guasos! Contuvo una carcajada histérica al pensar que, cuando abdicara, deseba que ella se convirtiera en reina.

No había huella de diversión en su rostro cuando dio la vuelta para mirar al hidalgo, sentado y con la cabeza apoyada sobre la palma de su mano. Como no deseaba herirlo, le dijo:

–Lo siento, señor, pero yo no puedo formar parte de su fantasía... porque no es más que eso–le aseguró cuando él levantó la cabeza para protestar–. Todos tenemos derecho a vivir nuestras vidas como queramos, incluso su nieto. Estoy convencida de que sus motivos no son egoístas y que su mayor deseo es velar por la felicidad de ese nieto, pero ¿alguna vez ha considerado que el éxito del primer plan fue casual y que una repetición puede no dar el mismo resultado?

Sus palabras encendieron una chispa de enojo en los ojos del caballero.

–¡La naturaleza humana no cambia, señorita! Siglo tras siglo, la raza humana se ha multiplicado, con los mismos rasgos, vicios y características, que han pasado de una generación a otra. Por mis venas corre la sangre de los primeros conquistadores, mí herencia tiene una naturaleza aventurera, sin temores y orgullosa, que fue pasada a mí por mi padre, luego la pasé a mi hijo y éste a mi nieto. Entiendo que todo nace del hecho de que ellos heredaron parte de mí, reaccionando como yo lo haría, con los mismos gustos, aversiones y afectos. Así que, como verá, no hay manera de que pueda equivocarme.

–¡Por supuesto que la hay! –contradijo en voz baja, uniendo fuertemente sus dedos temblorosos–. Hay un elemento desconocido que usted no ha tomado en cuenta: el extraño que forma parte de su plan, ¡es decir, yo! Sin mi cooperación, usted no puede lograr nada y no tengo ninguna intención de tomar parte en su conspiración. Deseo ser relevada de mi promesa y regresar a mi casa de inmediato. ¡Prefiero no tenerme que enfrentar de nuevo con su nieto!

Sin demora, don Alberto dejó a un lado su vaso y caminó majestuosamente hacia ella. Sintiéndose como un siervo insignificante ante la presencia de un monarca, Lali tuvo la tentación de hacerle una burlona reverencia para demostrarle su profundo disgusto.

–Eso no será posible –le dijo, frío y tan distante como los picos nevados que se veían desde su reino—. Hicimos un trato y ya aceptó parte del precio ofrecido. La ropa que lleva puesta, el hogar en que se han establecido usted y su hermana son parte de ese precio y debo insistir en el cumplimiento del pacto. Como habrá notado, la hacienda está completamente aparte del resto del mundo, así que cualquier tonta idea de escapar puede borrarla de su mente. El único método seguro para salir de aquí es en avión, y como nuestra avioneta no se pondrá a su disposición se quedará aquí, ¡le guste o no!

Ella jadeó, pálida.

–¡Usted podrá obligarme a quedarme, pero no a que me case con su nieto!

Él le contestó, sin inmutarse:

–Al principio, su predecesora se comportó con igual rebeldía, así que me complace que usted haga lo mismo. ¡Sus reacciones idénticas auguran el éxito de mi plan!


La luz de la luna entraba por la ventana, cayendo sobre la cama donde Lali se había recostado tras huir del autócrata cuya determinación la llenaba de temores. La casa que había admirado antes, le parecía ahora una cárcel y su habitación una celda donde se la obligaba a purgar un crimen. El crimen de la locura, se culpó, sus puños cerrados con fuerza hundiéndose en las cubiertas de seda. ¡Qué estúpida había sido pensando que podría lograr la seguridad sin el sacrificio de sí misma!. No era que no estuviera preparada para ello. Lo estaba, pero con voluntad y comprensión hacia otro tipo de hombre, muy diferente al que con tanto odio la había conminado a que se fuera.

Conteniendo los sollozos de angustia, se levantó de la cama y comenzó a desabrochar con torpeza los botones de su vestido azul, ansiosa por quitarse el costoso soborno. Por primera vez en su vida sentía odio por sí misma y ni siquiera el recuerdo de que había actuado por el bien de Wendy podía cerrar la herida que se abría en su interior.

Vestida sólo con una fina combinación, se sentó mirando por la ventana sin ver, su mente completamente aturdida. Un ligero tintineo atrajo su atención, pero lo pasó por alto. Luego lo volvió a oír y dio la vuelta, sus ojos asustados buscando por el cuarto oscuro. El terror la mantenía paralizada en el lugar cuando vio moverse una sombra¡ luego la luz de la luna iluminó a través de las sombras y brilló sobre la gran hebilla plateada de un cinturón. ¡Ella había visto aquella hebilla antes, el diseño intrincado había atraído su atención, mientras intercambiaba palabras turbulentas con su dueño!

Logró hablar al fin:

–¿Qué desea? ¿Cómo se atreve a penetrar en mi habitación sin permiso, don Pablo?

Sintió un vuelco en el corazón cuando él se rió, una risa calmada y sin motivo, que mostraba su odio por lo convencional. El esbelto cuerpo se tambaleaba al caminar hacia ella.

–He venido a decirle que he pensado mucho en nuestra situación –se burló–. He hallado la forma de resolverla.

Asqueada, se dio cuenta de que había bebido, y un perfume barato que emanaba de su camisa probaba que no había pasado la noche solo.

–Yo también he llegado a una decisión –replicó la joven–. He resuelto que no quiero quedarme aquí y lo único que deseo oír de usted, es una promesa de que me ayudará a regresar a mi país.

El la asustó cuando se le acercó para tomarla fuertemente por los hombros, con manos duras y crueles.Tembló cuando sus dedos comenzaron a explorar la suave curva de su garganta descubierta, pero se mantuvo firme, determinada a no darle la satisfacción de verla humillarse.

–¡Eso no iría con mis planes! –objetó él–. He decidido que me casaré con usted no como un acto de rendición, sino para enseñarle a mi abuelo una lección, para probarle que un matrimonio unido por el diablo tiene que resolverse en una vida infernal, infernal para él, infernal para su cómplice, ¡pero para mí la satisfacción de saber que como cumplo sus deseos, él tendrá que cumplir su promesa!

–¿Promesa? ¿Qué promesa...? –la pregunta salió ahogada de su garganta dolorosamente contraída.

–Su promesa de entregarme la herencia. –Su voz sonaba con un acento odioso–. Desde mi niñez me criaron creyendo que algún día todo esto sería mío. Con esa esperanza he trabajado como un negro, confiando en que la propiedad de la hacienda seria mi premio. Luego mi abuelo soltó la bomba... ¡matrimonio, si no...! Pero no el matrimonio con una mujer escogida por mí, sino escogida por él, y el resultado de mi rechazo sería el castigo de abandonar este lugar que me enseñaron a creer que sería mío. Juntos, señorita, ¡engañaremos al viejo zorro! Dejémoslo creer que se sale con la suya, regocijarse con la idea de que ha triunfado por el corto tiempo que le queda. ¡Ya está viejo! –su tono adoptó una intensidad sombría que hizo temblar a Lali–. Dentro de pocos años, él morirá; entonces usted y yo tomaremos diferentes rumbos. Por el momento estoy dispuesto a seguir con la ceremonia, prometerle amor, respeto y mantenerla. No es que tenga la intención de cumplir esas promesas –se burló–, Mi vida no será alterada de ninguna manera. Pero estoy seguro que eso no va a arredrarla, señorita. ¡El matrimonio y un nombre honorable, serán sin duda recompensa suficiente para una esposa de segunda mano¡
LAli reaccionó al insulto como si le hubieran pegado. Casi soltó la verdad que hubiera restablecido su dignidad. Luego el instinto le avisó que aquella faceta del matrimonio propuesto era lo que más le molestaba a él. Don Pablo de Valdivia insistiría siempre en ser el primer y único hombre en la vida de su esposa, y la presencia de Abby era prueba viviente de que él era el segundo en la suya, una posición que para su naturaleza altanera resultaba intolerable.

Deshecha por el dominio de dos hombres, no tenía objeto rebelarse, pero manteniéndose callada no estaría sola en su tormento. ¡Pablo también sufriría! Por primera vez en la vida, Lali probaba el sabor de la venganza... ¡y encontraba que era un sabor dulce!

–¿Qué dice? –apremió él–. ¿Está dispuesta a ayudarme en contra del viejo zorro?

–¿Tengo alternativa? –le preguntó la joven con frío desdén.

Los ojos interrogantes examinaron el pálido rostro. Bajo la presión de sus manos, Lali continuaba rígida, tratando de mantener un simulacro de calma. Él soltó una risotada.

–¡Su belleza distante enfría hasta los huesos, señorita! Comparándola con las mujeres de mi raza, usted es sólo una sombra de femineidad, le falta el fuego voluptuoso, la voluntad de complacer y el deseo maduro de sus cuerpos. No tiene que preocuparse de tener que compartir conmigo la cama... no puedo pensar en nada menos agradable que en la idea de que los besos se me conviertan en hielo sobre sus labios o el riesgo de que se congele alguna parte de mi cuerpo con cada caricia. –La empujó con tal indiferencia, que Lali se sintió ofendida.

–Comprendo su repulsión, señor, ¡ya que iguala a la mía! Nada me repugnaría más que pensar en estar cerca de un hombre tan ahogado en vino que no puede hablar ni moverse con propiedad. ¡El vino trae tres tipos de uvas: La primera de placer, la siguiente embriagadora y la tercera de asco!

Fue como un latigazo para su orgullo. Se enderezó y acercóse a ella, ciñéndola fieramente contra su pecho.

—Me pedirá disculpas por sus insultos –le gritó–, ¡o se arriesgará a un castigo!

–¡Déjeme! –pidió espantada.

–No hasta que haga lo que digo –fue su amenazadora respuesta.

–¿Por qué voy a tener que disculparme por decir la verdad? No voy a pedir perdón, ya que sus palabras han sido poco caballerosas y ofensivas.

–¡Poco caballeroso! –echó su cabeza hacia atrás, riéndose–. ¡Eso es lo que nunca he pretendido ser! Después de todo, ¿qué es un caballero? Es un hombre hecho como una paloma, sin la más mínima parte de serpiente en su composición. ¿Ese es el tipo de hombre que admira señorita, una paloma sin espíritu?

–Si pudiera escogerlo, ¡si! Prefiero a un hombre que sólo utilizase la fuerza cuando hubiera fallado la persuasión.

–¡Y yo considero que la fuerza echa a un lado la necesidad de la persuasión! –para demostrarle su punto de vista puso sobre los labios entreabiertos de Lali un beso, que era más bien una marca feroz, cruel y dolorosa. Recordando su preferencia por las mujeres de fuego, ella se forzó a no luchar mientras llevaba a cabo el castigo. Su resistencia lo hubiera satisfecho, mientras que la fría aceptación mostraba el desprecio que le inspiraban sus acciones brutales.

Pablo apartó su boca de la de ella, soltándola lentamente. Se dirigió luego hacia la puerta, diciéndole por encima del hombro

–¡Guarda tus besos, doncella de hielo! ¡No sé si debo admirar o despreciar al hombre que tuvo el suficiente valor para quitarle el velo de los ojos a semejante gazmoña, haciéndole un hijo!


Capitulo 6

La Boda tuvo lugar una semana después, en una capilla privada situada en los límites de la hacienda. La lista de invitados se mantuvo mínima... Don Alberto le aseguró a Lali que no era porque así lo hubieran deseado, sino porque con la urgencia con que se habían hecho los preparativos, era imposible avisarles a tiempo a los familiares que residían en España. Así que sólo los amigos íntimos que vivían en las cercanías fueron invitados a la boda del nieto de don Alberto con una joven inglesa desconocida, cuya llegada, acompañada por un bebé, había dado lugar a muchas especulaciones.

Todas las invitaciones fueron aceptadas, sobre todo por la, curiosidad que tenían las madres de familia de ver personalmente a la muchacha que había logrado atrapar a tan codiciado soltero, debajo de las narices de sus hijas resentidas.

Durante la semana antes de la boda, don Alberto hizo todos los preparativos con una sonrisa semejante a la de un tigre. Su sorpresa ante la exigencia de Lali de mantenerle en secreto al nieto su verdadera relación de parentesco con Abby fue extraordinaria.

–¿Por qué? –le preguntó el anciano–. ¡La sola presencia de la niña será para él como una espina enterrada en un costado! ¿Por qué no puede ser amable y librarlo de las dudas que lo atormentan?

—No tengo ningún deseo de ser amable con su nieto –le contestó– Usted me está obligando por la, fuerza, a mantener lo pactado y yo no he tenido más opción que la de aceptar el matrimonio, pero en ese caso estoy dispuesta a ser firme; o se mantiene mi secreto o no se llevará a cabo la boda.

Para don Alberto era un punto demasiado insignificante para discutirlo. Su meta estaba a punto de cumplirse; los jugadores habían tomado sus lugares y todo estaba a su gusto, así que no iba a echarlo a perder por una nimiedad en el último momento.

–Muy bien –se sometió bruscamente–, si ése es su deseo, así será. –Poco a poco, se dibujó una sonrisa en sus labios–. Y quizá resulte más conveniente. Ninguno de los dos somos tontos, niña; ambos sabemos que Pablo acepta el matrimonio, no porque esté enamorado de usted, sino por alguna razón oculta. Quizá sea que lo atrae sin que él esté consciente de ello, o hasta haya lástima detrás de su decisión, pero cualquiera que sea la razón, estoy dispuesto a confiar en la intuición femenina para lograr el camino más rápido a su corazón. Sí, querida, ¡guarde el secreto sin duda alguna! Nosotros, los hombres de la familia Valdivia, somos demasiado posesivos con nuestras mujeres, y esa espina será un constante recordatorio para Pablo de que su esposa perteneció antes a otro hombre.

Una esposa de segunda mano, pensó Lali, aturdida, mientras abrochaba la docena de botones del vestido de encaje que había escogido para la ceremonia. Era corto, de falda amplia, forrado todo con tela color crema, excepto en las mangas que habían quedado completamente transparentes, permitiendo que las cascadas de delicado encaje color crema cubrieran directamente su piel sedosa desde los hombros hasta las muñecas. Se cepilló el pelo hacia atrás, colocándose alrededor de su pequeña cabeza una cuerda dorada... una cuerda como la seda, con la que su independencia se ahorcaba lentamente, pensó con tristeza.

Esparcieron pequeñas florecitas blancas que aminoraron la severidad de su peinado, pero bajo la brillante cabellera, su rostro se veía angustiado y pálido, sus ojos nublados por la trascendencia del paso que estaba a punto de dar. Se quedó toda la mañana en su habitación y por la ventana abierta escuchó los sonidos de gran actividad al llegar los invitados y ser recibidos a la puerta, antes de hacerlos pasar para tomar un refresco. Don Alberto le había dicho que la mayoría de ellos llegaban en aviones privados o, en el caso de vecinos cercanos, en coches, capaces de viajar rápidamente, atravesando los kilómetros de camino que unían las distintas propiedades.

La hacienda se hallaba en medio de una febril actividad, pero, en su estado mental, Lali no se había atrevido a aventurarse a dar una vuelta, por miedo a que las miradas curiosas perturbaran la compostura que le había costado tanto trabajo lograr. Además, existía una pequeña tradición que deseaba seguir, una tradición cómica, debido a las circunstancias, pero que conservaría sin embargo: Necesitaba suerte, si debía sobrevivir al trauma del matrimonio con don Pablo y si, como se decía, daba mala suerte al novio ver a la novia antes de la ceremonia, entonces ella se mantendría fuera de su vista.

Al oír el bullicio de los invitados dirigiéndose a la iglesia, sus nervios se agudizaron y su estómago se revolvió. Comió poco, pese a los ansiosos regaños de Carmen; sólo pan tostado y café. Ahora, al alejarse los últimos invitados, sufrió una especie de mareo y se agarró fuertemente al respaldo de una silla, tratando de no desmayarse. Una llamada en la puerta aceleró las palpitaciones de su corazón y pasaron algunos segundos antes que lograra murmurar una respuestá:

–¡Pase

Carmen entró, sonrojada y emocionada, llevando en las manos una oleada de encaje. Manteniendo antiguas costumbres, le hizo una pequeña reverencia a Lali

–La mantilla, señorita; la han llevado todas las novias de los Valdivia.

Lali la miró, sobresaltada.

–No, gracias, Carmen, iré como estoy.

Los ojos negros de la sirvienta se abrieron con asombro.

–¡Pero está prohibido entrar en la iglesia sin cubrirse la cabeza, señorital Y siempre el rostro de la novia deberá estar protegido de las miradas curiosas... Verá, yo se lo colocaré y se dará cuenta de lo bien que le queda el tocado típico.

Antes que Lali na pudiera protestar, ya le había colocado la mantilla en la cabeza, comenzando a arreglársela en torno a las descoloridas mejillas.

–¡Ay, señorita! –le gritó–. ¿No ve lo guapa que está?

–Sí, se ve muy bien –aceptó Lali ena a regañadientes, bajando las pestañas sobre sus ojos atormentados–. Quizá don Alberto no acepte que yo lleve esta reliquia familiar tan delicada.

Carmen movió la cabeza.
–El conde no negará nada a la bella esposa de su nieto!

!Bella esposa! Si aquello fuera cierto, no sentiría que ponerse la mantilla era como una profanación.
Llena de satisfacción, Carmen le dijo:

–El conde la espera abajo. No queda nadie en la casa más que nosotros, el último de los invitados ya ha salido hace un rato hacia la iglesia.

–Y don Pablo , ¿dónde está?

–Sin duda, esperando impaciente ante el altar –sonrió Carmen–, ¡pero no por mucho tiempo! Tiene apenas cinco minutos más antes de salir, señorita.

Lali bajó por la escalera lentamente, sujetándose al barandal. Como Carmen le habla dicho, la casa estaba sola, pero el aroma penetrante de los puros y de perfumes caros se mantenía aún en el ambiente, recordándole la serie de rostros a los que tendría que enfrentarse.

–¡Un día hermoso para una bella novia! ¡Se la ve tan bella, ¡don Pablo será la envidia de todos sus amigos!

Don Alberto la llevó junto a la ventana y la dejó mirando hacia el jardín soleado mientras él se dirigía al escritorio para buscar algo en un cajón. Lali se asustó cuando escuchó de nuevo su voz muy  cerca

–Es mi regalo de boda para ti, y me darás un gran placer si te lo pones para la ceremonia. –Sacó un hilo de perlas de su nido de terciopelo, colocándolo alrededor del cuello de Lali con un suspiro de satisfacción. Luego la llevó hacia el espejo para que viera la belleza extraordinaria de la joya, con reflejos como el arco iris, brillando en contraste con el corpiño crema de su vestido.

–Gracias, son unas perlas muy hermosas –comentó inexpresiva–, pero ahora que ha logrado su deseo no necesita continuar agasajándome con un regalo caro... Un hogar para -Abby y para mí es pago suficiente.

Él arrugó la frente, disgustado por el recuerdo de un trato que ahora estaba dispuesto a olvidar.

–Las perlas no son un pago; es sólo el intento de mostrar la gratitud y el placer de un anciano al darte la bienvenida a su familia. Lo que me hace pensar, ahora que estamos casi emparentados, que por favor me llames abuelo. Me honraría que lograses verme como tal... igual tú que la niña. En sólo una semana, Abby se ha hecho querer por todos los que la han conocido.

Una ligera sonrisa se dibujó e n los labios femeninos. Lo que decía el conde era cierto. -Abby parecía comprender que al fin estaba acomodada en un hogar permanente, con esclavos que la rodeaban adorándola Don Alberto mismo aprovechaba cualquier oportunidad para tomarla y hablarle. Bella y Carmen se derretían con ella, y hasta Pablo respondía con una leve sonrisa a sus coqueteos. Ella lo convertía en su preferido cuando lo veía cerca. Como un cachorrito que le mostraba lealtad a un amo solamente, respondía a su presencia ignorando a todos los demás y le llamaba la atención con sus gorjeos, enviándole besos con tanta gracia, que él se veía forzado a responder. Con la torpeza de un hombre que no estaba acostumbrado a los niños, le ofrecía un saludo desde lejos. Una vez, Lali lo sorprendió jugando clandestinamente con Abby, tirándole una pelota y haciéndole cosquillas en el cuello hasta dejarla en un éxtasis de risa.

Era Pablo quien había insistido en que Abby estuviera presente en la ceremonia, así que diez minutos antes Bella la había llevado a la iglesia, con aspecto angelical, vestida del mismo color que sus ojos, con sus rizos de un pálido dorado enroscados alrededor de una cinta azul.

–Vamos, querida, es hora de irnos. –La voz de don Alberto volvió a Lali a la realidad–. Y permíteme expresarte lo agradecido que estoy por tener la oportunidad, en esta ocasión, de tomar el lugar del padre que perdiste hace poco.

Aparecieron lágrimas de dolor y de gratitud en sus ojos, pero las ahuyentó rápidamente. El encanto del anciano caballero era tal, que ella tenía que mantenerse recordando la injusticia que le había hecho. En aquel momento debía sentir todo el resentimiento al máximo; sin embargo, desaparecía, dejándola vulnerable a su palabra persuasiva. Pero al salir afuera, hacia el coche, en el que don Alberto la conduciría hasta la iglesia, la despedida emotiva de Carmen acabó de hundirla. Con un interés casi maternal, abrazó a Lali y con lágrimas cayendo por sus mejillas le dio un beso, murmurándole con torpeza dichos españoles, pero que aún así, ella reconoció que iban dirigidos a una bella y joven novia.

Cuando los labios de Carmen rozaron la mejilla de Lali,casi perdió el control, pues la caricia le recordaba las de su madre. E deseo tan grande de tenerla junto a ella en tal ocasión, la embargó,  dejándola temblorosa. En aquel momento de debilidad, sus lágrimas encontraron una salida recordando a don Alberto una oscura nube pasando por encima de un plácido lago azul.

Le puso en la mano un blanco pañuelo y, cuando notó que no mostraba señal de disminuir el llanto, le recordó:

–Los invitados nos esperan, querida. Pablo también, y la paciencia no se cuenta entre sus virtudes.

Don Alberto admiraba el valor y no tardó en reconocerlo cuando la esbelta figura se enderezó, levantando la cabeza para mostrar una expresión retadora.

–Estoy lista.

Carmen agitó la mano desde la escalera de la hacienda hasta que perdió al coche de vista. Se quedaba atrás supervisando el servicio de la comida y de las bebidas para que estuviera todo listo al regreso de los invitados de la iglesia. Por el camino, Lali notó las luces que colgaban entre los árboles, listas para la comida que se serviría fuera, a la noche, en beneficio de los guasos y sus familias, ya que eran demasiados para caber dentro de la casa.

–Te gustará nuestra iglesia, niña –don Alberto la animaba en el transcurso del breve viaje–. Fue construida por nuestros antepasados como una ofrenda a Dios por tantos beneficios que les brindaba en su nuevo país. Hemos orado allí durante siglos y todos los matrimonios Valdivia se han celebrado en ella. Me satisface mucho que tú y Pablo continuéis la tradición.

Por un momento sintió tentaciones de reírse en su cara. Él estaba tratando aquel matrimonio como si fuera de auténtico amor en lugar de –ser el resultado de un plan maquiavélico. Estaba cegado, creyendo lo que deseaba creer y esperando que lo imaginado se convirtiera en realidad.

De repente oyeron gritos y en la distancia vieron acercarse una nube de polvo que comenzaba a convertirse en una partida de jinetes que galopaban rápidamente, rodeando el coche entre vítores. Los guasos habían llegado para escoltarla. Cada uno llevaba puesto un poncho de vivo colorido, un ancho sombrero, ceñidos pantalones de piel y botas de altos tacones con brillantes espuelas. Sin excepción, sus rostros bronceados tenían una expresión de imprudencia descarada mientras acompañaban al coche, gritando y vitoreando hasta la misma escalera de la iglesia.

Al salir Lali del coche, se quitaron los sombreros en un salude burlón a la joven, tímida e insegura, que reconoció su aprobación atrevida inclinando la cabeza, nerviosa. Luego comenzó a sonar música de órgano dentro de la iglesia y no tuvo más tiempo de pensar en los nervios cuando echó a andar lentamente por el pasillo del brazo de don Alberto, hacia la figura alta que la esperaba, casi irreconocible con su traje de etiqueta.
Como en un sueño, LAli hizo su papel a la perfección, sin ver nada del interior de la pequeña y bien decorada iglesia, los bancos repletos de mujeres vestidas con elegancia, acompañadas de sus hombres orgullosos, erectos, todos mostrando buena educación, todos descendientes de la primera oleada de conquistadores aventureros que hicieron suya aquella tierra.

Se la veía calmada y tranquila, su figura esbelta bañada por los rayos de color que se filtraban por los vitrales, y pronunció sus votos sin ningún temblor. Por dentro se sentía aturdida, helada de pies a cabeza, consciente de la presencia del novio a su lado, murmurando mentiras con fría deliberación, engañando a todos los oyentes con sus afirmaciones: "Con mi cuerpo te venero... para amarte y adorarte... ¡hasta que la muerte nos separe!"

Emitió un largo y tembloroso suspiro. Aquello, por lo menos, no era mentira. Sería la muerte de don Alberto la que la liberase de su promesa... sólo entonces recibiría el pasaporte para la libertad. Por lo menos eso le había prometido Pablo , y ella no dudaba que mantendría su palabra.

Cuando Pablo le colocó el anillo en el dedo, las manos de acero tomaron las suyas, los largos dedos, fuertes y duros como las garras del cóndor... Al momento, levantó la mirada y encontró, otra de burla antes que rápidamente la desviara.

Sólo cuando don Alberto la besó, se dio cuenta de que la temida ceremonia había terminado y se relajó un poco, logrando ofrecer sonrisas discretas en dirección a las personas presentes, mientras que el novio la llevaba hacia la salida. Un gran aplauso los acogió cuando salieron de la iglesia, y ella parpadeó, deslumbrada por la luz del sol brillante que reemplazaba la oscuridad que dejaban atrás. Muchas personas se les abalanzaron, tirándoles pétalos de flores.

Con una ligera sonrisa, Pablo la llevó hacia el coche. Su débil fuerza no se podía comparar con la de las mujeres que empujaban para lograr ver a la novia. Él la tomó en brazos y, riéndose, corrió hacia el auto que esperaba; su esposa, sin aliento, se aferraba a él.

Las mujeres estaban encantadas, no sólo por su acción sino por el brillo de alegría que transformaba a la insípida esposa de don Pablo en una criatura de encantadora timidez.

–¡Bésela, señor! ¡Bésela...! –le gritaron cuando estaban a punto de entrar en el coche, y para su horror, Pablo aceptó.

Con un movimiento que casi la dejó sin aire, colocó de nuevo a Lali sobre sus pies. Una mano fuerte la agarró por debajo de la mantilla, forzándola a mantener la cabeza inmóvil mientras ponía la boca sobre sus labios suaves, buscando su dulzura como un hombre, sediento de vino.

Cuando terminó, la introdujo en el coche, siguiéndola rápidamente y cerrando la portezuela ante el grupo que vitoreaba alegremente. Al alejarse, ella logró reponerse en parte de su confusión, en la que la habían movido de un lado a otro, dirigiéndole una mirada furiosa.

–¡Ese comportamiento no entraba en lo pactado! ¿Cómo te atreves a tratarme como a una de las mujeres del pueblo con las que compartes tanto tiempo?

Su sonrisa desapareció. Entrecerró los ojos y exclamó:

–¡Ya parece una esposa quejándose, señora! ¿Y de qué pacto hablas? Yo no he hecho ninguno.

–Tú me pediste que me casara contigo –se agitó ella.

–Yo te dije que te casarías conmigo –la contradijo con frialdad–. Pero aun así, estoy dispuesto a admitir que como esposa mía tienes algunos derechos. Si mis visitas al pueblo te ofenden, entonces cesarán. De, cualquier manera, las razones para esas visitas ya, no existen. El matrimonio tiene muchos sinsabores, pero el celibato no tiene placeres, querida, así que como eres mi esposa, tus obligaciones serán las de evitarme los primeros y aliviarme con los últimos...

1 comentario:

  1. hola como estas percha?
    tengo que decirlo ame el capitulo!
    creo que hay alguien que esta en el horno jajaja pobre! (sacando que es pablo obvio) como se le ocurre confiar en el! jajaja
    aunque también cierto que por quererse vengar terminó metida en ese lio jaja
    ahora quiero ver que se le ocurre para seguir hiriendo su orgullo y no revelar que no es esposa de segunda mano (cosa que tanto le ofendió jajaja)
    ahora se ve que los besos que destilan cubitos de hielo lo encendió a Pablo en vez de enfriarlo jajaj esta hasta las manos!
    según el no iba a cambiar su estilo de vida
    ni iba a compartir la cama con ella y ahora es el primer interesado en hacerlo jajaja..
    por otra parte me causo ternura abby coqueta con todos, hasta Pablo estaba aflojando cosa que es muchisimo, ya que en parte le podía tocar su supuesto orgullo el cual parece esfumarse desde los besos de hielo jaajaj..
    así que bueno espero ansiosa el próximo capitulo que por cierto nunca llego COF COF...
    te mando un beso! :)

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