sábado, 18 de noviembre de 2017
Capitulo 10,11 y 12 "Se solicita Esposa"
Capitulo 10
EL ambiente durante la cena fue tirante. Sólo Pablo parecía tranquilo, conversando, ignorando la seriedad de Lali e intentando mantener el interés del abuelo. Los ojos de don Alberto no podían dejar de mirar el rostro infeliz y lánguido de la joven.
Lali estaba consciente de su ansiedad, pero no podía pretender interés por la comida que llevaba a sus labios, que temblaban incontrolablemente, antes de forzarla a pasar por su garganta. Sentíase estremecida hasta el fondo, por la insistencia brutal de Pablo en que todo lo que ordenaba, hasta el grado de mantenerse en guardia mientras que ella se ponía torpemente el vestido que ahora usaba... uno sobrio, color crema, que había sacado del armario sin pensar y que resultó demasiado sencillo para los zafiros que brillaban sobre su corazón helado.
Don Alberto arrugó la frente.
–He estado pensando –se dirigió a Pablo , pero sus ojos miraban el rostro triste de Lali– que antes que te hagas cargo de la hacienda, quizá sea buena idea que se vayán de vacaciones... una luna de miel tardía... Un par de semanas en la costa sería agradable. Tenía planeado hacer una larga visita a nuestros parientes de España, pero eso puede esperar hasta vuestro regreso. Te encantarán nuestras playas, Lali; Viña del Mar las tiene muy hermosas y magníficos hoteles... hasta un casino de juego que atrae muchos visitantes de todo el mundo.
Segura de que Pablo no aceptaría, se quedó asombrada cuando éste contestó:
–La idea es muy interesante. Una visita a la costa también sería buena para la niña.
Pero ante esto, don Alberto se mantuvo firme.
–Una luna de miel es para dos –insistió–. Abbygail se quedará aquí con nosotros.
Los labios de LAli se abrieron, mas Pablo impidió su protesta.
–Quizá tengas razón. Entonces, queda decidido: nos iremos a Viña del Mar mañana por la mañana.
Satisfecho, el abuelo los dejó solos en cuanto terminó la cena. Hacía calor y la brisa que entraba por las ventanas no aliviaba la atmósfera asfixiante que se creó después de la partida del conde.
–¿Te gustaría dar un paseo? –sugirió Pablo, indiferente hasta el aburrimiento.
Lali estaba a punto de rechazar la proposición, pero decidió que cualquier cosa sería mejor que encerrarse durante horas, de modo que asintió con una inclinación de cabeza.
–Te buscaré algo de abrigo. –Se puso de pie como si lo alegrara el pensamiento de cualquier actividad, la que fuera, y regresó algunos momentos después con un chal bordado en seda–. Esto será suficiente –comentó–, cálido al mismo tiempo que ligero.
Lali se encogió ante su proximidad y agarró las esquinas del chal que él le colocaba sobre los hombros con sus puños ligeramente apretados.
–No te preocupes_ –se burló Pablo –. No tengo intención de desgarrarte todas tus pertenencias, sólo aquello que me ofende.
–Encuentro extraño que un hombre que prefiere que sus amores sean llamativos, insista en que haya una atmósfera de castidad rodeando a la esposa –le contestó, aún resentida por su bárbara acción.
Pablo la contempló pensativamente.
–Tenemos un proverbio que dice: "La única mujer pura, es una que no ha sido solicitada. Sin duda la existencia de una hija atestigua claramente que ésa no es tu condición –terminó con voz tensa.
Ella se adelantó, evitando la mirada que pudiera notar el brillo de sus lágrimas, y se sintió satisfecha de poseer un arma con la que podía atormentar su orgullo. Si la utilizaba bien, con el tiempo encontraría su presencia insoportable y estaría de acuerdo con pagarle el pasaje de vuelta a Inglaterra.
Bañados por una luz de luna tan clara como el día, pasearon por los hermosos jardines casi tropicales que rodeaban la casa, entre los eucaliptos que habían sido plantados a propósito para separarla de las demás construcciones, que cubrían una superficie de varias manzanas, a corta distancia de la hacienda. Había graneros, bodegas, talleres, cobertizos para las herramientas, establos para las vacas lecheras, dos o tres silos, caballerizas y, no muy lejos, numerosas casitas construidas a cada lado del camino principal de la hacienda, creando una especie de pueblecito para todos los trabajadores y sus familias, cuyas existencias dependían de los Valdivia.
–Una esclavitud de tipo feudal –murmuró, pensativa–, con la felicidad de cada individuo dependiendo del humor de un hombre.
Inconsciente de la dirección de sus pensamientos. Pablo comenzó a explicarle:
–Cuando esta región fue conquistada por los ejércitos españoles, uno de los primeros actos de la Corona fue premiar a los oficiales otorgándoles encomiendas. Estas no eran en sí una concesión de tierras, sino el derecho a cobrar ciertas contribuciones a algunas comunidades indígenas. Pero el deseo de tener tierra propia se hizo tan fuerte, que la propiedad de una encomienda no los satisfacía, así que solicitaron de la Corona la propiedad de las tierras. Estos otorgamientos se hicieron, variando los tamaños según la posición y el mérito de la persona... lotes en los pueblos para los que deseaban vivir en ellos; pequeñas fincas para los soldados de bajo rango, y vastos terrenos medidos en leguas cuadradas para los oficiales de mayor graduación.
»Así fue como nosotros, los Valdivia, llegamos a ser propietarios de esta hacienda, asumiendo nuestra posición de acuerdo con las tradiciones de la sociedad. Funciona bien; los guasos no nos ven sólo como sus patrones, sino como los jefes de grandes familias, cada hombre continuando la línea de los antepasados que trabajaron aquí siglos antes, y están acostumbrados desde la infancia a ver a los Valdivia como sus patrones.
–¡O como patriarcas viviendo en un mundo aparte! –contestó, apoyando la causa de aquellos que, como ella, no tenían otra opción que la de aceptar las órdenes de un dictador–. Tú te enorgulleces de que no se permita que los trabajadores pasen hambre. Sin embargo, no existe ninguna opción contraria que les permita elevar su nivel de vida más allá de lo que la tradición decidió que merecían. No dudo que, aunque se quede en el lugar en que nació por costumbre, cualquier guaso tendría dificultad, y acaso le fuera imposible, en encontrar otro trabajo si intentara marcharse.
El se irguió con orgullo.
–¡Nuestros trabajadores son libres para irse cuando lo deseen!
–¿Tan libres como yo? –se burló–. Sabes muy bien que cualquier otro propietario de hacienda no les daría empleo; sólo encontrarían trabajo en la ciudad. Vosotros los Valdivia, sois déspotas, usáis a las personas como si fueran títeres de carne y hueso, manipulándolos, manejándolos, obligándolos a cumplir vuestros deseos, sin importar los de ellos... Por ejemplo, sabes que no tengo ningún deseo de ir a la playa, ¡y menos contigo!
Mientras ella desplegaba todo su desprecio, Pablo parecía feroz, pero ante el estallido final, su mirada severa se suavizó y una luz burlona brilló en sus ojos.
–¿La idea de pasar algunos días en mi compañía es tan terrible? –le preguntó–. Necesitas unas vacaciones, chiquita; se te ve tensa. Necesitas relajarte en un ambiente tranquilo como el de Viña del Mar. Además –su voz se endureció–, el humor de mi abuelo debe mantenerse suave. El triunfo casi está en mis manos, y si unas vacaciones juntos es todo lo que necesito para obtener mi reino, entonces las tomaremos. En ese aspecto tienes razón: yo no permitiré que nada interfiera en mis planes. Pero ya que me estoy sintiendo benévolo hacia ti, te prometo que no necesitarás inquietarte por acompañarme a Viña del Mar... Haré todo lo posible para que disfrutes, sin sufrir ningún contratiempo. Con tu cooperación, haré que sean unas vacaciones inolvidables... una compensación por los servicios prestados.
Salieron a la mañana siguiente. El avión, con Pablo en los controles, se elevaba como un pájaro en el cielo azul, sobrevolando la hacienda una vez como saludo final antes de dirigirse al oeste, hacia la costa. El sentarse junto a él en la cabina del piloto, fue una experiencia que hubiera sido aterradora para Lali, de no ser porque, a pesar de la opinión que tenía sobre él, sentía completa confianza en las manos bronceadas que pilotaban. Era difícil relajarse mientras el avión subía y subía cada vez más alto, hasta que la tierra quedó bajo ellos casi invisible.
Llevaba puestos Pablo unos pantalones ligeros y una camisa abierta en el pecho, dándole una apariencia despreocupada, viéndosele determinado a disfrutar, con o sin la cooperación de su acompañante.
Miró de reojo a la figura tensa sentada junto a él, las manos entrelazadas sobre las rodillas, con una expresión de excitación mezclada con nerviosismo.
–¿Te gustaría tomar los controles? –la asombró con la pregunta. Lali se encogió ante la idea.
–No, gracias –murmuró con torpeza, notando su traviesa sonrisa. Durante el primer vuelo con don Alberto no sintió miedo, ni siquiera cuando se subieron al pequeño avión privado, pero en ninguna de las dos ocasiones tuvo el piloto ojos maliciosos, ni la expresión diabólica de un hombre a quien le quitan de repente sus responsabilidades e intenta disfrutar al máximo de unas cortas e inesperadas vacaciones.
Pablo bajó una palanca y el avión se levantó hasta subir casi en posición vertical hacia los cielos. El cuerpo de Lali se sintió oprimido por una fuerza invisible contra la parte posterior del asiento. La sangre presionaba en sus oídos, y se le cortó la respiración, haciéndole imposible hablar. Pablo dirigió luego el avión en una pirueta que los envió rápido hacia tierra, a tal velocidad, que ella estaba segura de que el desastre era inevitable. Cerró los ojos, apretando los dientes que rechinaban, preparándose para el impacto, y mientras sus labios se movían en una oración silenciosa, sintió que el avión se enderezaba, colocándose de nuevo en posición correcta.
Abrió los ojos y pudo apreciar la risa en el rostro burlón.
–¡Tonto! –dijo entre dientes–. ¡Has podido hacer que nos matáramos!
Se rió a carcajadas.
–¡Pero qué manera de morir, dejando una marca de desafío!
Ella tranquilizó sus nervios alterados.
–Muérete si así lo quieres, pero muérete solo. Yo prefiero vivir en la miseria antes que morir en la gloria.
El resto del vuelo transcurrió en paz y en silencio hasta que el avión comenzó a perder altura, preparándose para el aterrizaje. Abajo estaba Valparaíso.
–¿Te preguntas por qué lo llamamos "el valle del paraíso"?
Lali se inclinó hacia adelante para mirar la ciudad construida en forma curva alrededor de la bahía llena de barcos y tuvo apenas tiempo de ver las grúas poderosas, que cargaban y descargaban mercancías, antes que comenzaran a volar en círculo sobre el aeropuerto.
Para su desilusión, el taxi que Pablo alquiló pasó rápidamente por Valparaíso. Le hubiera gustado verla con detenimiento.
–La ciudad está construida en dos niveles –le explicó él– y dividida en dos partes: la de abajo, junto al agua, es la comercial y la de arriba la residencial. Las dos están conectadas por elevadores movidos por fuertes cables, inclinados.
Después de una carrera de quince minutos hacia el norte de Va¡ – paraíso, llegaron a Viña del Mar, y Lalienseguida quedó encantada por la playa de arena blanca llena de sombrillas y cabañas que alegraban el lugar con sus colores brillantes. Arriba, se veían trotar caballos con sus coches descubiertos a lo largo de las mansiones y las casas nuevas. Grandes palmas y pinos bordeaban las calles pavimentadas y había flores por todas partes.
–¡Una mezcla tan hermosa de colores y aromas! –exclamó, los ojos abiertos de placer.
–Es una ley local que todos los residentes que tengan algún espacio para cultivar flores, deben hacerlo –sonrió Pablo, poniendo la mano sobre la manija de la puerta, cuando el taxi se detuvo frente a un imponente hotel.
En un estado de ensueño, ella lo siguió por el vestíbulo. Luego los llevaron en el ascensor hasta el último piso del edificio antes de conducirlos a la suite del ático, lujosamente decorado en colores primaverales, con grandes ventanas que proporcionaban una hermosa vista de inquieto azul del Pacífico.
–¿Te gusta? –Pablo se le acercó por detrás mientras se encontraba mirando extasiada por la ventana.
–¡Es soberbio! –Se dio la vuelta con una sonrisa de placer, los grandes ojos reteniendo algo del brillante azul del océano.
Su actitud sorprendió al hombre. Al estar acostumbrado a la suspicacia y a la hostilidad, parecía no poder entender su alegría sencilla, libre de inhibiciones. La miró durante tanto tiempo que ella se sintió cohibida. Su sonrisa convirtióse en un confuso rubor. Algo en aquella mirada le advirtió que se mantuviera a una distancia prudente del hombre de humor caprichoso que por el momento parecía tratar de sacudirse el yugo; un hombre de impulsos erráticos y peligrosos...
Cuando se apartó, él le habló despacio:
–Estoy dispuesto a olvidar que eres mujer si tratas de olvidar que soy un hombre. Estoy cansado de esta lucha de sexos. ¿Por qué no bajamos las armas y aceptamos una tregua durante nuestra estancia aquí?
¡Olvidar que era un hombre! ¡Estaba pidiendo lo imposible! Sin embargo, aceptó la tregua inclinando la cabeza, pero sin confiar en ella.
–¡Bien! Ya que aceptamos ser amigos, refresquémonos un poco antes de salir a ver qué nos puede ofrecer esta ciudad.
Sus habitaciones contiguas compartían un baño situado entre ambas. Pablo la dejó utilizarlo primero y, mientras ella se ponía un vestido blanco, con cuello y mangas a cuadros, oyó su voz canturreando sobre el ruido de la ducha.
Las manos de Lali temblaron mientras se colocaba una pequeña peineta en el cabello dorado. ¿Por emoción? ¿Por temor?
Poco después Pablo entró en la habitación, atractivo como el demonio, con pantalones negros y una camisa que le quedaba como una segunda piel cubriendo sus músculos potentes.
–¿Estás lista? –le tendió una mano, con una mirada que aprobaba su apariencia. Ella puso sus dedos dentro de los del hombre, sintiendo por primera vez en muchos meses un brote de felicidad juvenil.
Durante la primera hora caminaron por la playa, absorbiendo el ambiente de alegría que creaban los bañistas con sus juegos y gritos. Pablo le compró helado y mariscos sacados del fondo del mar sólo algunas horas antes, sin atender su sonriente protesta de que le arruinarían el apetito para la cena. Se sentaron en un muro bajo para ver el movimiento de los botes de vela en la pequeña bahía, y rieron con las peripecias de las gaviotas que se lanzaban al agua en busca de comida. Pasearon cogidos del brazo, de regreso al hotel, conversando indiferentes a los mirones que los calificaban de amantes.
Sintiéndose pegajosa, acalorada y feliz, Lali entró en la sala de la suite. Mientras Pablo se ocupaba sirviendo unas copas, Lali trató de darle las gracias.
–Hoy me he divertido –dijo mientras se sentaba en el sofá–. Te prefiero mucho más como amigo que como marido.
El rostro de Pablo era enigmático cuando le ofreció una copa antes de beber de la suya. Los músculos de su garganta se movían suavemente a cada sorbo.
Cuando dejó la copa vacía, ella lo miró, dubitativa. ¡Todo lo hacía con vigor, hasta el beber! Sabía que era terco y engañoso. ¿Era una tonta si creía sus palabras? ¿El cambio de actitud no podría ser un plan para engañarla, para hacerla sentir una falsa seguridad? Era un hombre extremadamente viril... ¡y hacía mucho tiempo que no veía a Eugenia. !
Pablo la miró a los ojos y sonrió, una sonrisa completamente... ¿cándida?
–La amistad es una fruta que madura lentamente, niña. La nuestra es como el vino nuevo: cuando se añeje, lo beberemos con placer. Lali le sonrió, sintiéndose por el momento desarmada, tomando la mano que Pablo le tendía para ayudarla a ponerse de pie.
–Es hora de vestirnos para la cena –le indicó, mirando por la ventana el cielo que se oscurecía en el horizonte–. Cenaremos temprano, amiga mía, luego saldremos en busca de los placeres que pueda ofrecernos el valle del paraíso.
Capitulo 11
Frena no tuvo idea de lo que comió aquella noche... Ambrosía, hubiera contestado de haber sido interrogada. Se sentaron juntos ante una mesa para dos, tan profundamente abstraídos que no reparaban en los demás comensales... sin duda mujeres envidiosas de un hombre tan atractivo y hombres que codiciaban la mirada de los radiantes ojos inocentes de su compañera.
–Cuéntame toda tu vida –la animó Pablo –. ¿Fuiste feliz de niña?
–Muy feliz. –Él la miró a los ojos, que lo retuvieron con su brillo suave–. Mis padres eran personas maravillosas y supongo que me malcriaron. Yo era hija única, por lo menos hasta que... –se detuvo de pronto y una ola de rubor le coloreó las mejillas.
–Sí, ¿hasta...? –sus, cejas se fruncieron.
–Hasta que... murieron, –contestó ella con torpeza.
–¿Murieron juntos, como los míos? –le preguntó Pablo con un matiz de simpatía.
–No exactamente... con unos seis meses de diferencia.
–Lo siento si el tema es aún doloroso; quizá no he debido preguntarte. Ha sido sólo porque... no creo que hayas sido siempre tan fría. Hubiera deseado conocerte antes que la vida marcase tu encanto juvenil. El padre de Abby... ¿tus padres lo aprobaban? Las madres son muy obstinadas en cuanto a proteger a sus hijos... ¿la tuya lo consideraba un esposo apropiado?.
Su rubor se acentuó, sintiéndose mentirosa, pero contestó con sinceridad:
–Mi madre lo adoraba.
–¡Ah! –hizo una pausa, pensativo, antes de formular otra pregunta–: ¿Y qué crees que hubiera pensado de mí?
Lali se había preguntado lo mismo con frecuencia, pero sin llegar a una respuesta satisfactoria. Pablo era tan diferente a los suyos, que a su madre, con seguridad, le hubiera causado tanto asombro como a ella. Había criticado la noche anterior a los Valdivia por su carácter autoritario, casi despótico, pero tenía que admitir que eran únicos, tan lejos de lo común, como las estrellas que brillaban encima de ellos.
Pablo esperó la respuesta con impaciencia. Ella suspiró profundamente.
–Mi madre era tan susceptible al encanto, tan admiradora del atractivo como cualquier otra mujer, pero...
–Sí, continúa –la instó, arrugando la frente.
–No hubiera aprobado a Eugenia –añadió con nerviosismo–, ni relacionado la felicidad con la riqueza.
–¿Quieres decir que hubiera preferido al padre de Abby sin un centavo?
El rostro de su padre apareció ante ella, dándole ternura a su voz cuando repuso:
–Oí una vez a mi madre comentar que él tenía una riqueza en el corazón que hacía que la material pareciese superflua.
El se enderezó, de repente, airado.
–¡Ahora me explicó cómo te engañaron! ¡Tu madre me parece que debía ser una mujer muy tonta y por lo que me has dicho, creo que fue la culpable de tu desgracia! ¡Una madre debe conocer lo suficiente a los hombres para saber al momento en quién puede confiar su hija! ¡Parece que era demasiado sentimental, fácil de engañar y con una falta total de juicio!
Sin darle tiempo para contestar, la sacó del comedor, la dejó sola un momento mientras recogía su chal y la guió luego por el vestíbulo al exterior del hotel.
–¿A dónde vamos? –jadeó, corriendo para tratar de seguirle el paso.
Pablo detuvo un taxi y empujó dentro a Lali , dándole instrucciones al chófer.
–Al casino –le ordenó, dirigiéndose luego a ella con sarcasmo–: donde la riqueza superflua puede comprar futilidades...
Aunque era bastante temprano, el casino estaba lleno. Elegantes mujeres enjoyadas y hombres que mostraban su opulencia como un manto, seguros de sí mismos y a los que parecía importarles poco si ganaban o perdían. Los candelabros brillaban encima de las mesas, sus gotas de cristal moviéndose al paso de los jugadores inquietos, que iban de una mesa a otra tratando de cambiar la suerte. Los croupiers anunciaban los números ganadores, sin mostrar la menor señal de emoción, ya fuera que las monedas se entregaran al ganador o se quedaran en la banca.
El ambiente se subió a la cabeza de Lali como un vino demasiado fuerte para quien lo bebe por primera vez. Excitada, le dio las gracias a Pablo , cuando éste le colocó unas fichas en la mano.
–Prueba tu suerte –le dijo sonriente, devolviéndole el buen humor–. ¿En qué mesa deseas comenzar?
–En la que está la rueda de la fortuna, por favor –contesó, atraída, como si estuviera magnetizada, por la ruleta. Había un lugar vacante en la mesa y Lali lo ocupó, sintiéndose un poco nerviosa cuando Pablo se le acercó para darle instrucciones.
–Pon algunas o todas las monedas en el número que escojas.
Comenzó con cuidado, poniendo tres sobre el número nueve, y estuvo muy alerta el croupier gritó: Rouge neufl para darse cuenta de que había ganado. Rostros inexpresivos que rodeaban la mesa sonrieron un poco cuando ella se dio la vuelta para expresar su emoción.
–¡He ganado, Pablo , he ganado!
–Entonces, continúa –la animó con una sonrisa complaciente–. No se conoce un mejor antídoto para el que tiene la suerte del principiante.
Una hora después seguía jugando, disfrutando al máximo la emoción de ver crecer su modesta pila de fichas mientras gritaban los números que escogía. Para entonces, Pablo había logrado sentarse junto a ella y, sintiéndose casi preocupada por su buena suerte, le murmuró:
–¿Crees que debo dejarlo ya?
–A no ser que así lo desees, no –le aconsejó–. Cuando la suerte te sea propicia, continúa adelante, ya que por ser mujer favorece a los audaces.
Sintiéndose tan audaz como maliciosa, Lali empujó todas sus fichas al número escogido y se oyeron murmullos alrededor de la mesa cuando la ruleta comenzó a dar vueltas y la pequeña bolita blanca rodó, al principio con rapidez, luego más despacio hasta que por fin se detuvo y cayó en uno de los huecos.
–Rouge neufl –entonó el croupier, empujando hacia Lali una enorme pila de fichas.
No tenía idea del valor monetario que representaban, pero sus ojos se abrieron enormemente mientras le decía a Pablo :
–Creo que no quiero jugar más por el momento. ¿Soy muy rica?
Sus labios temblaban un poco.
–Bueno, aún no eres una potentada, pero has ganado un par de miles de libras esterlinas.
–¡Un par de miles...! –el color le iluminó las mejillas–. ¡Pero eso es maravilloso... nunca he tenido más de cien!
–¿Entonces? Quizá sería inteligente de tu parte guardar lo que tienes. La suerte, igual que viene se va, y no me gustaría ver la alegría desaparecer de tu cara bonita. ¿Qué te parece una copa para celebrarlo? Brindaremos con champaña por tu buena suerte.
Pablo canjeó las fichas antes de irse; luego miró el dinero en sus manos y después el pequeño bolso de noche de ella.
–¿Quieres que te los guarde? Quizá estén más seguros estos billetes a mi cuidado. Lali miró alelada el fajo de billetes, casi sin aliento.
–No, yo los guardaré, gracias; tengo espacio en mi bolso.
–Muy bien –se alzó de hombros, colocando el dinero en las manos temblorosas de la joven.
Fuera del casino, Pablo detuvo un taxi y, cuando llegaron al centro nocturno que él había seleccionado, ella estaba aún temblando. El interior, iluminando con luz tenue e íntima, estaba decorado imitando un bar tropical, con grandes palmeras, redes de pescadores colgadas del techo y mesas y sillas de bambú colocadas alrededor de la pista, donde un trío tocaba música caribeña.
Lali se sentó en la silla que Pablo le ofreció y contempló a las parejas que bailaban en la pista, mientras que él pedía champaña. En pocos minutos les sirvieron una botella metida en una cubeta con hielo picado, la descorcharon, y Pablo sirvió el líquido burbujeante en las copas.
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–Dorado pálido, frío en su exterior pero con una turbulencia en su interior... ¡la descripción sirve para ti también, chiquita! –Alzó la copa en un brindis burlón–. ¿Qué pensamientos perturban tu frente normalmente Lali? ¿Estás planeando derrotarme?
Ella se sobresaltó, derramando un poco de líquido sobre la mesa.
–¡Claro que no! –logró decir. Pablo podía leer su pensamiento con una increíble precisión, mas esta vez no debía permitirlo; era imperativo que su mente intuitiva se dirigiera a otra parte. ¡Tenía que seducirlo! Al mirarlo de frente, llegó a una decisión: Quizá un cambio de táctica desarmara a aquel hombre tan perceptivo que, si le provocaba la más mínima sospecha, sería capaz de hacer cualquier cosa por destrozar su plan.
Sin el más mínimo remordimiento de conciencia, lo miró con una tímida coquetería por encima del borde de la copa y le pidió en voz baja:
–¿Bailas conmigo?
Ella notó con satisfacción la rapidez con la que levantó las cejas y sintió una inesperada excitación cuando Pablo contestó con un ligero tono de vanidad masculina:
–¡Claro, querida, me encantaría!
Sólo cuando se vio entre sus brazos, recordó todo el tiempo que había pasado desde que bailara música romántica entre los brazos de un hombre joven y apuesto.
Pablo se portó con algo más que galantería; estuvo atento, manteniéndola tan cerca de sí, que de vez en cuando sus labios le rozaban la sien. Estuvo romántico, bailando lentamente, tarareando la melodía en su oído y observando con interés el color rojo que apareció en las mejillas femeninas.
–Relájate –le–dijo–. Prometiste olvidar que soy tu marido y tratarme como a un amigo, ¿lo recuerdas? ¿La amistad requiere esa actitud tan tensa?
Recordando la necesidad de entretenerlo, Lali trató de relajarse, comenzando a disfrutar el baile mientras él la guiaba con habilidad en medio de las otras parejas. Terminaron entre risas cuando él la llevó de regreso a la mesa.
–Bebe un poco más de champaña –le pidió, llenándole de nuevo la copa.
Ella no necesitaba ningún estímulo adicional, ya se encontraba alegre, con excitación efervescente, comparable a las burbujas que estallaban en su copa. Bebió todo el contenido y, con una mueca de satisfacción, Pablo volvió a llenarla.
–¡Oh, mejor no! –protestó ella–. Noto que ya se me sube a la cabeza.
–Y yo noto que te subes a la mía, chiquita –admitió, sosteniéndole la mirada–. Siento que olvido tu pasado y desearía que esta noche fuera la primera ocasión en que nos conociéramos. En cierta forma lo es –murmuró, cogiéndole una mano–. Por primera vez te veo como una joven y bella mujer, en lugar de la esposa, quien con sus derechos sobre mi libertad me provoca un amargo resentimiento. Tu experiencia tan desafortunada ha dejado poca huella en tus facciones inocentes... Es más, ahora comienzo a comprender la tierna protección que mi abuelo siempre brinda a las mujeres, una actitud que nunca pensé necesaria. Quizá tu inocencia sea una herencia de Eva, quien a pesar de no haber tenido a nadie de quien heredar la sabiduría, supo encontrar la manera de derrotar a su compañero, al parecer superior.
De esta manera casi admitió la intriga, y ella sintió una amenaza de sospecha en sus palabras.
–¡No tengo ningún deseo de imitar a Eva! –protestó. Aún después de negarlo sintió que se sonrojaba de vergüenza, recordando que la única meta era la de desarmarlo para que olvidara el dinero de su cartera y que así no pensara en lo que ella podía hacer con él.
Parpadeó rápidamente para esconder su culpabilidad.
–Te creo, cariño; tu mayor engaño es no tener ninguno le murmuró Pablo con voz suave.
Durante el resto de la noche, compartieron una armonía que para Lali fue tan dolorosa como encantadora.
Bailaron al compás de la suave música, conversaron, luego volvieron a bailar, y cada vez ella se sentía entre los brazos de Pablo con mejor voluntad, cada vez él la estrechaba con mayor intimidad. A la hora que decidieron marcharse,, la situación que ella había propiciado amenazaba con quedar fuera de su control. Podía sentir que aumentaba el deseo de su marido y el rígido freno que se imponía para lograr mantener la relación platónica que le había prometido.
Cada vez que sus miradas se encontraban, Lali podía ver en sus ojos el ardor que reprimía y cuando la tocaba, delataba el deseo imperioso de continuar acariciándola sensualmente. El descubrimiento más sorprendente fue el de su propio instinto de ronronear como una gatita bajo sus caricias, ahogarse en la profundidad de sus ojos y recrearse con la virilidad masculina, de la que desconfiaba.
Las calles estaban desiertas cuando el taxi los llevó de nuevo al hotel. Ambos iban sentados cómodamente en el asiento trasero, Pablo rodeando la cintura de Lali y el cabello de ésta esparcido como un manto de seda sobre su ancho hombro. No hablaron nada durante el corto viaje y dentro del coche se sentía una gran tensión, un dique controlando sus emociones reprimidas que luchaban por liberarse, aunque alguien tuviera que sufrir las consecuencias.
Una vez en la suite, Lali sintió pánico y trató de escapar.
–Es tarde. Si no te importa, iré a acostarme.
Casi había llegado a la puerta, cuando una mano de acero la tomó por la cintura.
–Aún no, querida –murmuró él con una languidez peligrosa–. Antes beberemos una copa.
Al contestar, sintió alfileres de fuego que le quemaban el brazo.
–No quiero beber más, Pablo ; por favor, déjame ir...
Su respuesta fue física. Con un movimiento rápido le hizo volverse, apretándola contra su pecho.
–¡No puedes dejarme ahora! –La suave réplica la excitaba tanto como la horrorizaba–. ¡Quédate conmigo, querida! Deja que esta„ noche sea nuestra luna de miel, ¡no porque mi abuelo lo deseara, sino porque nosotros lo deseamos!
¡Su luna de miel! El grito de protesta se vio aplastado por los labios que buscaban ansiosos la respuesta, no como acariciaría un hombre a una novicia, sino como un ataque que complacería a una mujer como Eugenia, pero que Lali encontró degradante.
Asustada, trató de liberarse. Sus esfuerzos parecían divertir a Pablo
–Ven, querida –le murmuró roncamente–. Sabes lo que se espera de ti, dame tu cuerpo y déjame espantar el fantasma que perturba tu corazón. Eres humana y sientes –gimió con satisfacción al notar el temblor que estremecía el cuerpo femenino–. A pesar de eso, vives sólo a medias. Tu otra mitad está enterrada con la paloma que voló de tu vida; sus débiles alas son ya incapaces de poder extasiarte. No tengas miedo de la fuerza, mi bella esposa; ¡el cóndor vuela con suavidad y firmeza hasta las mismas puertas del cielo!
–¡Y cuando está satisfecho, suelta a su presa sobre el abismo del infierno! –jadeó Lali cuando los labios de Pablo pasaron por un punto sensible en su garganta. Lo empujó con fuerza, descubriendo en el terror un vigor inesperado, y se apartó hasta que una mesa quedó entre ellos.
–¡Hasta aquí llega su promesa, señor! –se burló, temblando–. ¿Todos tus amigos te odian tanto como yo?
El se detuvo en seco, la expresión incrédula, los ojos inspeccionando las facciones de Lali como si dudara de la sinceridad de sus palabras.
–No estoy seguro de comprender –dijo lentamente–. Tu actitud esta noche ha sido estimulante, hasta coqueta. ¿Por qué esta repentina adopción del papel de virgen ultrajada? Me imagino que lo sucedido en tu pasado debió prevenirte sobre la insensatez de comenzar algo que no tenías planeado terminar. –La manera de hablar era tan ofensiva como sus palabras, ridiculizando lo que creía que era un espectáculo de falsa mojigatería.
Su actitud fue para Lali un golpe brutal y, como castigo, decidió darle una última vuelta al tornillo.
–Le aseguro, señor, que en el pasado cometí un error, y pagué el precio. Pero la experiencia, por lo menos, me enseñó una cosa... no volver a amar nunca, sin antes valorar el costo.
Él le dirigió una mirada larga y dura. Luego movió la cabeza, burlándose.
–Se dice que el amor es una amistad con alas. ¡He sido un tonto al olvidar tu tendencia a mantener los pies firmes sobre la tierra!
Capitulo 12
A la mañana siguiente desayunaron juntos. Cuando Lali entró en la sala para reunirse con Pablo , iba preparada para recibir un nuevo sarcasmo, como continuación de los de la noche anterior. Para su alivio, él no mencionó el tempestuoso interludio, aunque se comportó de forma distante y sus comentarios fueron fríos y secos.
Tan pronto como terminó de comer se disculpó, anunciándole que le dejaba el día libre con tono conciso:
–Voy a salir y no regresaré hasta la noche; sin duda encontrarás cómo entretenerte.
Lali inclinó la cabeza, asintiendo, y Pablo se alejó, dejándola enfrentarse al sentimiento de culpa que de repente experimentaba. Al recordar su actuación de la noche pasada se notaba avergonzada y la separación durante aquel día era un respiro para ella.
Se vistió rápidamente y, después de hacer algunas preguntas en la recepción, se dirigió hacia la agencia de viajes que le recomendaron. Por un lado, por lo menos, su plan tenía éxito. Parecía que Pablo había olvidado por completo el dinero que, ganara en el casino o no se le había ocurrido que representaba una posibilidad de escape.
El problema más grande que le quedaba era el de sacar a Abby de la hacienda, pero Lali decidió que tenía que dar un solo paso cada vez: su meta inmediata era la de averiguar si de verdad el dinero le alcanzaba para comprar dos pasajes a Inglaterra.
Había un brillo de excitación en sus ojos cuando salió de la agencia de viajes. Había solicitado que se le dedujera el costo de los pasajes de todos los billetes que tenía y se sorprendió al ver que aún le quedaba una cantidad sustancial que, según le aseguró el empleado, equivalía a casi mil quinientas libras esterlinas.
Paseó por la ancha avenida hasta encontrar un lugar tranquilo con vistas al mar, donde pudo concentrarse en hacer sus planes. Por más que pensaba, la angustiosa cuestión de sacar a Abby de la hacienda parecía que nunca la –podría resolver. Consideró la idea de llamar por radio a don Alberto con algún pretexto, pidiéndole que enviara a Abby con ellos a Viña del Mar, de donde podrían escaparse con bastante facilidad. Los Valdivia poseían dos aviones privados; uno, el de Pablo , en el que viajaron, y el otro, de don Alberto, generalmente pilotado por Pedro.
"¿Cómo diablos –pensó, desesperada– puedo decirle a don Alberto que haga lo que le pido sin despertarle sospechas a él o a Pablo ?"
A la hora del almuerzo, ya estaba cansada de luchar con el problema y decidió regresar al hotel. Al pasar por la recepción, camino del ascensor, un empleado la detuvo.
–¡Un momento, señora! Ha llegado un telegrama para usted y para el señor... ¿desea llevárselo?
Sin interés, tendió la mano para recibir el sobre y mientras subía en el elevador, lo miró, primero observándolo abstraída, luego llegándole su contenido de golpe: El cable podía haber sido enviado sólo por alguien de la hacienda, ya que nadie más sabía dónde estaban. El empleado le había dicho que iba dirigido a ambos, así que obviamente no se trataría de negocios.
El pánico la invadió al romper el sobre. Las palabras contenidas fueron como una respuesta a sus oraciones.
"Abby muy inquieta. Imposible consolarla. Envío con vosotros. Avión llega aeropuerto Valparaíso catorce horas".
¡Catorce horas! ¡Las dos de la tarde! Miró el reloj y vio que eran casi las doce. Con fuerza apretó el botón del elevador para detener la marcha, presionando luego otro para enviarlo de nuevo abajo. Cuando al fin se detuvo, LAli salió corriendo del hotel y comenzó desesperada a hacer señales para atraer la atención de los chóferes de taxis que pasaban. Parecía que todos estaban ocupados y durante los siguientes minutos tuvo tiempo para pensar de forma racional. Valparaíso estaba a sólo quince minutos en coche, y ya que el avión de Abby llegaría dos horas más tarde, tendría tiempo suficiente de recoger algunas pertenencias para que, cuando se la entregaran, no tuviera necesidad de regresar, al hotel, pudiendo tomar enseguida un taxi que las llevase hasta el gran aeropuerto de Santiago, donde podrían perderse el tiempo necesario antes de tomar el avión a Inglaterra.
Ojos curiosos siguieron su entrada de nuevo al hotel, pero al tener sólo una idea en la cabeza, no lo notó. Le llevó menos de veinte minutos de su precioso tiempo introducir lo que necesitaba en una maleta. La llevó luego al ascensor, bajó y salió aprisa del hotel. Esta vez tuvo la suerte de encontrar pronto un taxi y, con un suspiro de alivio, entró y se sentó, sintiéndose muy asustada al darle las instrucciones al chófer:
–Al aeropuerto de Valparaíso... ¡y por favor, de prisa!
Al llegar, le pagó al chófer y encontró un asiento en el vestíbulo del aeropuerto con buena visión de la pista. Durante todo el tiempo se mantuvo inquieta, mirando a cada minuto el reloj, que parecía ir más lento que nunca. No era posible que Pablo supiera dónde estaba; aunque regresara al hotel antes de la hora que había dicho y le notificaran lo del telegrama, no era posible que conociera su contenido. Sin embargo, la amenaza de su presencia era tan fuerte, que no podía evitar mirar continuamente hacia la entrada del aeropuerto, por donde podía entrar Pablo en cualquier momento.
Por fin, con enorme alivio, vio el avión de los Valdivia aterrizar y dio un salto, observando con impaciencia hasta que el aparato se detuvo. Entonces salió corriendo y, cuando Bella bajó del avión llevando en brazos a Abby, Lali estaba allí para recibirla, casi sin aliento y dándole las gracias a la sirvienta, con torpeza, por acompañar a la niña.
–¡Oh, no es nada, señora! –le aseguró Bella, alzando una ceja con preocupación–. La pobre pequeñita quedó desolada desde que usted se fue. Intentamos todo lo que se nos ocurrió para divertirla, para evitar que pensara en su mamá, pero sin éxito. Ni el mismo conde podía contener sus lágrimas y por eso al fin decidió enviársela.
–¡Pobrecita mía! –LAli extendió los brazos y de inmediato los ojos sin brillo de Abbyy se iluminaron. Su pequeña carita hinchada era suficiente prueba de las palabras de Bella. En el momento que vio a Lali, esbozó una alegre sonrisa, como una rayo de luz entre las tinieblas, y casi saltó a sus brazos–. ¡Oh, cariño, qué agradable es tenerte cerca! –murmuró Lali, hundiendo su rostro en los rizos de la bebita–. ¡Nunca más te dejaré, te lo prometo, estaremos siempre juntas de hoy en adelante!
Correspondió al saludo de Pedro, que le sonreía desde la cabina, y como parecía que no tenía ninguna intención de bajarse, ella preguntó, dudando:
–¿Cuáles son tus planes, Bella? ¿Te dijo el conde que te quedaras?
–Sólo si usted solicitaba mis servicios, señora; de lo contrario regresaré a la hacienda.
–Entonces vete, no te necesito aquí –le contestó.
El rostro perplejo de Bella buscó a su alrededor, extrañada por la ausencia de Pablo . Obediente, volvió a subir al avión sin hacer la pregunta que le temblaba en los labios y momentos después se oyó el motor del aparato. Lali esperó hasta que hubo despegado y luego corrió al interior del edificio, con el temor y el alivio debilitando sus rodillas.
En un brazo cargaba a Abby, que iba contenta, jugando con su cabello, y en el otro llevaba la maleta. Fue a la parada de taxis y, con agitación, le pidió al chófer que esperaba:
–¡Al aeropuerto de Santiago, por favor!
Acalorada, esperó en el interior mientras el taxista guardaba la maleta parsimoniosamente. Asustada, pensó que había escogido al chófer más lento e indiferente de todo Valparaíso; por fin el taxi se alejó del aeropuerto, y sólo en aquel momento el cuerpo tenso de Lali se relajó.
–¡Vamos en camino, querida! –exclamó, abrazando a Abby.– ¡Pronto estaremos fuera del alcance de los Valdivia!
Tan rápidos como las ruedas que las transportaban, comenzaron sus pensamientos a agitarse. La libertad, si tenía suerte, le quedaba a sólo algunas horas y, aunque tuviera la desdicha de tener que quedarse para tomar un vuelo a la mañana siguiente, su hogar estaría ya sólo a veinticuatro horas. Aquel tiempo sería suficiente para preocuparse de cómo desatar los lazos del matrimonio que, por lo menos legalmente, la mantenían encadenada a Pablo . Sería sólo un trámite, estaba segura de ello, que anularan el matrimonio que no se había consumado para que, si encontraba el hombre de su vida, no hubiera ningún obstáculo en el camino hacia la dicha.
Trató de recordarlo... el hombre cuyas facciones nunca había logrado imaginar completamente, porque el rostro aparecía borroso en su mente. Sin embargo las virtudes que ella admiraba se proyectaron más fuertes que nunca: un carácter enérgico, alguien en quien podría confiar por su fuerza, un hombre de decisiones, inflexible, seguro de sí, un compañero viril y con experiencia.
El rostro de Pablo apareció ante sus ojos pero lo rechazó. Su hombre ideal debía poseer ternura, y ésa era una emoción que a él le faltaba por completo. La última noche ella lo había atraído, pero sólo porque era la única mujer disponible. El se sentía con deseos de una relación sexual y cualquier mujer le hubiera servido para el caso, hasta la esposa de segunda mano, dispuesto a olvidar su uso previo... pero sólo por una noche; después, su resentimiento hubiera aumentado mil veces. Los Valdivia, arrogantes y despóticos, no compartían con ningún hombre... ¡ni sus tierras, ni sus riquezas, y menos a su esposa!
Un par de horas después, ella y Abby entraban en la sala de espera de pasajeros internacionales del aeropuerto de Santiago. LAli compró los billetes, facturó su maleta, y todo lo que tuvieron que hacer fue esperar hasta que anunciaran su vuelo... una espera de dos horas, según le informaron, siempre y cuando no hubiera algún retraso.
Abby comenzó a inquietarse y, con un poco de culpabilidad, Lali comprendió que la niña no había comido nada durante horas. Ella no tenía nada de hambre; pensar en comida le causaba náuseas.
–Cómo envidio tu manera dulce y despreocupada de ver la vida –dijo a Abby, jugueteando con sus rizos–. Ven, pequeña, vamos a buscarte algo de comida.
En el restaurante del aeropuerto, buscó la mesa más retirada, colocó a Abby en una silla alta, pidió huevos revueltos para ambas, y mientras esperaba que le sirviesen, empujó su silla detrás de unas macetas de plantas muy altas. Su nerviosismo era tal, que casi no podía manejar el cuchillo y el tenedor cuando llegó la comida y después de varios intentos se dio por vencida, concentrándose en alimentar a Abby. A la pequeña. no se le podía dar prisa y, después, de calmar un poco su hambre, comenzó a jugar con la cuchara, cerrando los labios cuando se la acercaba, luego pegando con fuerza en la mesa cuando Lali retiraba la comida.
Alimentar a la niña le llevó tanto tiempo, que Lali se asustó cuando oyó su número de vuelo.
–¡Dios Santo! –se levantó–. ¡Es hora de irnos! –Salió corriendo del restaurante, cargando a la pequeña, que protestaba, y comenzó a abrirse camino entre la muchedumbre, avergonzada, pero decidida a ignorar los gritos de Abby. Llegó a la puerta correspondiente; ya había una cola de viajeros que esperaban. Afuera, en la pista, el avión que aguardaba era una vista magnífica: la alfombra mágica que las transportaría de regreso al mundo de la cordura que ella abandonara tan alocadamente.
Mientras una azafata sonriente les daba la bienvenida, LAli caminaba, los ojos fijos en su objetivo, tan concentrada en su meta, que, cuando la detuvieron por el brazo, casi no lo sintió.
A través del ruido de los motores, oyó la voz de Pablo con un suave encanto dirigirse a la azafata:
–Mi esposa ha cambiado de idea: no viajará en este vuelo
Anclada en el lugar como si tuviera pies de acero, Lali vio pasar la fila de viajeros hasta que desaparecieron, completamente desanimada para decir una sola palabra de protesta. Él le permitió aquella pausa, antes de hacer un comentario sombrío:
–¡La opinión que tengo de ti nunca ha sido favorable, pero hasta hoy nunca creí que fueras capaz de engañar así!.
Lali lo miró con tal desaliento, que él se sobresaltó.
–¿Por qué no me has dejado que me vaya?
–Me hubiera sido igual que te fueras –apretó los dientes– ¡Registraría toda Inglaterra hasta encontrarte!.
Estaba demasiado molesta para preguntarse sobre la palidez que había alrededor de los labios comprimidos de Pablo y el nervio que latía fuertemente en su mandíbula... un barómetro que registraba el grado de su ira.
Después, no recordó en absoluto el corto vuelo de regreso a Valparaíso, durante el cual se mantuvo acurrucada en el asiento, con el cuerpo cálido de Abby sobre el suyo helado, mientras Pablo concentraba su atención en pilotar el avión.
Al llegar al hotel, atendiendo la solicitud de Pablo , colocaron una cuna en la habitación de LAli, donde pusieron a la pequeña, que se había dormido.
–¡Ahora –dio vuelta para mirarla de frente– tendrás que darme algunas explicaciones! –Sus fuertes manos la empujaron hacia la sala y, sin cortesía, la obligó a sentarse en el sofá. Lali se hundió, sintiéndose aún más asustada cuando le dijo entre dientes–: ¡Nunca sentí deseos de azotar a una mujer, pero...! ¿Cómo te atreves a hacerme esto... tú, mi esposa, burlándote de mi voluntad?
La intensidad de su ira la estremeció, haciéndola reaccionar de forma violenta:
–¡Yo no soy tu esposa! –Echó la cabeza hacia atrás, desafiante.
El se inclinó, cercándola con sus brazos en el sofá.
–Me has provocado en exceso, mi bella esposa –dijo–. Parece que he sido demasiado indulgente contigo, consciente de que necesitabas tiempo para borrar de tu corazón la imagen del hombre que creíste amar. Ahora veo que no has sabido apreciar mis consideraciones. Muy dentro de ti, como las demás de tu sexo, prefieres que te obliguen, en lugar de darte por tu propia voluntad.
Cuando la soltó, ella se levantó, temblando ante la amenaza.
–¿Qué piensas hacer? ¿Qué nuevo tormento tienes en mente?
–¿Tormento? –exclamó Pablo, dirigiéndole una mirada de deseo–. Ningún tormento, te lo aseguro. Simplemente una cena deliciosa servida aquí en nuestra suite, seguida de una noche pacífica que nos ayudará a conocernos mejor... ¡íntimamente! Mientras tanto, te sugiero que te refresques. Ponte tu vestido color crema con el que pareces una inocente madona... y los zafiros, para recordarme que sólo tomo lo que he pagado.
Cuando él dio la vuelta y se fue, Lali quedó inmóvil, comprendiendo que había llegado la hora de rendir cuentas, y que no había nada que pudiera hacer para impedir que Pablo llevara, a cabo su sentencia, que consideraba un adecuado castigo para su crimen. Cansada, se dirigió a la habitación para hacer lo que le había ordenado, y supo que su humor no había cambiado cuando después entró él, con las facciones sombrías, la cabeza morena sobresaliendo con orgullo por encima del esmoquin blanco, que se adaptaba magníficamente a su cuerpo musculoso.
–La cena áspera –informó al fantasma pálido y asustado que luchaba por mantener la compostura.
–Estoy lista –murmuró, sintiéndose como una mujer condenada a la que llevasen al cadalso.
La cena, servida por un camarero, fue para ella tan insípida como si tomase únicamente pan y agua. Sin embargo, simuló que comía y hasta participó en la ligera conversación que él sostenía. Atendiendo la orden de Pablo , el camarero se retiró, dejándola servir el café. Lo hizo con dedos temblorosos, rechazando con la cabeza la copa de brandy que él le colocó enfrente.
–¡Bébetelo! –ordenó Pablo –. Le devolverá el color a tus mejillas.
"¡Pero no la esperanza a mi corazón!", pensó, demasiado asustada para desobedecer.
Cuando bebió la última gota, Pablo se sentó junto a ella en el sofá, tan cerca, que la sintió temblar como a un pájaro en cautiverio.
–¿Tienes frío? –pasó una mano por sus hombros descubiertos.
–No –musitó, sintiendo el aliento de él cerca de su mejilla.
–Mejor. Así será más fácil mi tarea.
No se resistió cuando los labios masculinos cubrieron los suyos, tampoco respondió... por lo menos hasta que los besos, inspirados por la ira, se volvieron menos brutales y fueron impregnándose de una suave ternura que alivió el dolor de sus emociones destrozadas y borró todo el odio que sentía en el corazón.
Lentamente comenzó a responder, moviendo los labios sobre su mejilla con la suavidad de un pétalo, murmurando breves palabras de amor a través de los labios que la volvían a la vida con sus besos.
Pablo la tomó en sus brazos, llevándola a la habitación. Cerró la puerta con un pie antes de depositarla con suavidad en la cama. Sin titubear, ella abrió sus brazos para recibirlo y, con un gemido, él la abrazó fuertemente y luego procedió, como le había prometido, a transportarla hasta las mismas puertas del cielo.
Algunas horas después, ella lo dejó profundamente dormido y salió de puntillas para volver a su cama, donde se acostó, mirando fijamente hacia el techo, hasta que la luz del amanecer se filtró a través de la persiana.
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