lunes, 20 de noviembre de 2017

Capitulo 13 y 14 (FINAL) "Se solicita esposa"



Capitulo 13

Abby Se despertó temprano y fue un alivio para Lali tener que ocuparse de sus necesidades; una ocupación para sus manos, pero no para su mente. Después de bañarla y vestirla, la sacó a los jardines del hotel, recorriendo caminos bordeados de plantas, deteniéndose de vez en cuando para admirar el paisaje de vivo colorido, o para oler el perfume de las flores. Parecía que sólo ellas estaban activas, y dentro de la soledad, sus pensamientos encontraron libertad para desplegarse.

Aún tenía que enfrentarse a Pablo . Se moriría de vergüenza si él se burlaba, y la idea de tener que contemplar su inevitable satisfacción, era una tortura peor que la muerte. Antes que Abby se despertara, ella había tomado una ducha, esperando lavar las huellas de sus manos posesivas, que aún le quemaban el cuerpo. Mas las impresiones permanecieron, así como el recuerdo de su propia respuesta, de las palabras de amor que había murmurado y, peor aún, la manera en la que se abandonó a su pasión; todo ello le hacía sentir ahora deseos de huir del hotel para ahogar su humillación bajo la limpia frescura del océano Pacífico.

Tenía que pensar en Abby. Por su bien debía afrontar la realidad... y la realidad era Pablo , quien probablemente en aquel momento las esperaba en la suite para el desayuno., Poco a poco, caminó de regreso a su habitación. Ante la puerta titubeó, y justo en el momento que tendía la mano para abrirla, Pablo apareció en el umbral, con el  rostro pálido y el cabello húmedo por la ducha, peinado al descuido con los dedos.

–¿Dónde has estado?

–Paseando... en los jardines... –contestó con torpeza sin lograr, ahora que llegaba el momento, mirarlo a los ojos.

Enseguida Pablo le ordenó, brusco:

–Quiero que hagas el equipaje rápidamente. Nos vamos a la hacienda después de desayunar.

–Muy bien –dijo, pasando junto a él hacia la sala. Hubiera deseado ir enseguida a la habitación, pero Abby no tenía ninguna intención de dejar pasar la oportunidad de coquetear con su favorito.

–Coo... –gorgoteó, tendiéndole sus manitas, casi saltando de los brazos de Lali en el deseo de alcanzarlo.

Un temblor, que fue casi una sonrisa, apareció en la severa boca de Pablo , quien tendió los brazos para tomarla.

–¡Buenos días, preciosa! Es agradable saber que por lo menos un miembro femenino de mi familia no me desprecia. ¿Podrías contagiar a tu madre con un poco de esa actitud...?

La falta de calor en el tono, la intención con que dijo la palabra "madre", asombraron a Lali. ¡Pero no era posible que él se hubiera dado cuenta!

Intentaron desayunar en medio de una tensión insoportable hasta que, por fin, Pablo empujó el plato para poder detallarle los planes a LAli:

–Cuando regresemos a la hacienda tienes que hacer un gran esfuerzo para esconder tu aversión hacia mí. Ayer hablé con mi abuelo por radio –le planteó sin necesidad de explicarle cómo había sabido el contenido del telegrama– y me informó que está listo para empezar sus vacaciones. Necesita que regresemos de inmediato. Una vez que se haya ido de la hacienda, tú podrás mantenerte tan fría y distante como quieras, pero hasta ese momento tengo que insistir en que te comportes con diplomacia. Espero... y así me lo hizo creer... que antes que se vaya a España, firme y me entregue la dirección de la hacienda. Sus abogados, en este preciso momento, están preparando todos los papeles necesarios, y una vez que mi posición quede legalmente establecida, podremos considerar como terminado el convenio que hicimos... por lo menos desde el punto de vista técnico –se apresuró a agregar–: Te das cuenta, por supuesto, de que la libertad que deseas no te la puedo dar de inmediato. Eso tomará un poco de tiempo. Pero somos lo bastante jóvenes como para permitirnos el lujo de brindarle a mi abuelo la satisfacción de creer que todo lo que ha hecho ha sido acertado, al menos por los pocos años que le queden de vida.

Lali escuchó con la cabeza inclinada, sin levantar la mirada ni una sola vez de su plato.

–¿Me estás pidiendo o me estás ordenando que colabore? –dijo, reprimiendo su irritación–. En realidad no puedes exigirme que coopere, ya que esta vez estoy en posición para decidir sin hacer caso a tus coacciones. En realidad, todo tu futuro depende de si yo decido o no aceptar lo que me pides.

–Así es –convino Pablo –. Pero comprenderás lo tonto que sería oponerte.

Sí, ella era consciente del adversario cruel que podía ser Pablo . Ya había logrado dominar su cuerpo y podría dominar su voluntad... aunque no su corazón, que, frío y sin vida, estaba demasiado enterrado en el hielo para que lograra ser revivido.

–Muy bien, haré lo que me pides –convino con amargura en la voz–. No tengo mucho que escoger, considerando que eres tan experto en lograr tus deseos.

La decisión le gustó. Por lo menos se oyó mucho menos severa su voz, hasta un poco indulgente.

–Eres más bien inexperta, querida. Todos en el hotel supieron, por tu actitud, que habías recibido noticias significativas. Me informaron inmediatamente, a mi regreso, de tu salida precipitada, con maleta y todo, y necesité muy poco trabajo de detective para descubrir tu destino. En parte me culpo. Puse el arma en tu mano, ¿no es verdad? Debí imaginarme cómo podías utilizar el dinero que ganaste y también que tus coqueteos no fueron más que un plan deliberado parar mantener mi mente ocupada en otra cosa.

Lali levantó la mirada, apartándola rápidamente, confundida por las facciones inexpresivas que debían mostrar satisfacción y que por el contrario, semejaban una máscara que ocultase alguna fiera emoción interna.

Se levantó de la mesa murmurando una disculpa y, cuando iba hacia la puerta, Pablo le hizo una áspera pregunta:

–Antes de irnos– ¿hay algo que deba saber y que tú o mi abuelo no me hayáis dicho?

Ella se dio la vuelta, delatando su asombro y su temor.

–No... ¿por qué lo preguntas?

La mirada fija de él la despojó de su habilidad para disimular; sintióse indefensa, con un rubor de culpabilidad tiñendo sus mejillas.

Pablo se acercó a ella y rozó suavemente su cara.

–¿Son muestras de vergüenza o de inocencia? –murmuró, y enseguida giró sobre sus talones y salió sin esperar la respuesta.

El vuelo de regreso a la hacienda fue silencioso y, cuando el avión se detuvo sobre la pista, vieron que don Alberto esperaba para recibirlos.

–¡Ah, Lali, sentí mucho tener que enviarte a la niña! Espero que mi acción no haya sido la causa de que hayáis acortado vuestras vacaciones.

Ella correspondió a su beso de bienvenida.

–Estábamos listos para regresar. La vida en la hacienda es tan agradable, que las vacaciones no son necesarias.
Un brillo de placer apareció en el rostro del anciano.

–¡Qué feliz me hace oírte decir eso, querida! ¿Habéis disfrutado estos días, o no? –dirigió rápidamente la mirada hacia su nieto–. ¿Habéis aprovechado vuestra corta luna de miel?

—Realmente sí –contestó Pablo y el abuelo se rió, notando el parpadeó confuso de Lali.

—¡Bueno! ¡Ahora podemos hablar de negocios! –Volvió a dirigirse a la joven–: Sé que comprenderás cuando te pida que nos disculpes durante un buen rato, querida. Mi abogado nos está esperando en la casa con algunos papeles que debemos firmar los dos. Eso en sí no nos llevará mucho, pero hay varios asuntos de los que tenemos que hablar mi nieto y yo antes de que salga mañana, para las vacaciones que me he estado prometiendo durante tantos años y que por una razón u otra, tuve que posponer. ¡Pero ya no más! Mañana, después del rodeo, me iré.

Bella y Carmen, descubrió Lali después, no hablaban (le otra cosa que no fuera del rodeo que se llevaría a cabo al día, siguiente... un acontecimiento anual, le dijeron, durante el cual los guasos mostraban sus increíbles habilidades como jinetes.

–El entrenamiento y la destreza son tan importantes como el valor y la fuerza –le aseguró Bella con ojos resplandecientes–. Los rodeos son muy alegres; la gente bebe mucho, come, canta y la música de las guitarras, de las arpas y los acordeones llena el aire, ¡Para mí, la acción comienza cuando el toro entra en la arena! –suspiró con emoción.

Lali no puso mucha atención a su charla. Tenía la mente ocupada con otros asuntos más importantes... la cesión de la hacienda a Pablo , la partida de don Alberto, y la vida que llevaría allí, una ve¡ que él no estuviera presente. No dudaba acerca de cómo Pablo llenaría sus noches una vez que estuviera libre de los regaños del abuelo. La presencia de Eugenia parecía sentirse hasta en el aire que los rodeaba, como si estuviera proyectada por medio de telepatía, que la comunicaba a través de los–kilómetros con el hombre amado.

–¡Puede quedárselo con mi bendición! –Lali se sorprendió ante la intensidad de su arranque, al notarse con los dientes apretados y clavándose las uñas en las palmas de las manos. Se regañó en voz alta, asustando a Abby–: ¡Oh, por Dios, quita a ese hombre de tu mente! –Cuando vio el labio inferior de la niña que comenzaba a temblar, la tomó para consolarla–. No llores, querida, ¡me estaba regañando a mí, no a ti! Pensándolo bien –la miró severa– deberías aceptar mis consejos... tu adoración hacia ese hombre es demasiado evidente, ¡nunca comprenderé lo que ves en é!!.

Abby se echó a reír. LAli tuvo que imitarla... y se dio cuenta de que no podía contenerse. Su risa fue tan sonora, que llegó hasta los oídos de los tres hombres que hablaban de negocios abajo, en el despacho.

Don Alberto levantó la cabeza, escuchó y firmó el último documento, lleno de satisfacción.

–Tu esposa es feliz, hijo mío –le sonrió a Pablo –. Su risa apoya mi creencia de que tomé la decisión acertada.
 Admite que hice bien en traerla. Dime que ya no lamentas que me metiera en tus asuntos. Aunque quieras hacer el intento de llevarme la contraria, la unión funciona bien; tu mujer es feliz ahora.

Pablo inclinó la cabeza aceptando, pero la sonrisa de sus labios no se reflejó en sus ojos. No tenía intención de compartir la sospecha de que Lali, cuya risa el abuelo encontraba fascinante; probablemente tenía lágrimas de histeria corriendo por sus mejillas en aquel momento.

–Debo felicitarte por tu buen juicio, abuelo. Una vez más has probado que eres un experto casamentero. Espero que con el tiempo se justifique tu confianza hacia mí como un sucesor meritorio.

–Entonces, celebremos mi última noche con una cena memorable, para que mientras esté lejos tenga un feliz recuerdo que me consuele de vuestra ausencia.

Pablo aceptó.

–Voy a prevenir a Lali para que se ponga el vestida más bonito.

Ella siguió las instrucciones al pie de la letra y llegó antes de la cena, serena y bella, pareciendo flotar en una nube de chifón azul, los hombros erguidos, mientras se preparaba para el acto final de la farsa.

–A mi abuelo no debe quedarle duda de nuestro amor –le había dicho Pablo –. Aunque te disgusten mis muestras de afecto, trata de soportarlas pensando que serán las últimas que intentaré imponerte.

Ella se consolaba con estas palabras cuando, al entrar en el salón donde ellos tomaban sus aperitivos,Pablo dejó la copa para dirigirse a su esposa, dándole un beso. Casi no logró reprimir el estremecimiento que sintió cuando le puso una mano en la cintura.

–Estás preciosa, querida –murmuró lo bastante alto para que lo oyera el abuelo antes de inclinarse para darle un beso en la boca.

"¡Si éste es el comienzo de lo que va a pasar, no duraré la noche completa!", se atemorizó Lali

Con una sonrisa orgullosa. Pablo la llevó ante el abuelo, que se puso de pie para darle un segundo beso que ella sintió como fresco bálsamo sobre una llaga.

–Esta noche estoy muy feliz, niña –sus ojos brillantes recorrieron el dulce rostro femenino–. No todos los hombres tienen la satisfacción de haber participado en dos felices matrimonios.

¡Un matrimonio feliz! Con esfuerzo, Lali logró sonreír cuando lo besó a su vez.

–No todos los hombres son tan sagaces y comprensivos como usted, abuelo –lo halagó, sintiendo la mentira revolverle el estómago.

–¿Estás contenta con este nieto mío? ¡Ah! –La abrazó, descartando cualquier duda–. No necesito preguntarlo cuando puedo ver lo mucho que se aman

Como si intentara una rebelión interna, Pablo dio un paso al frente y le puso a Lali un brazo alrededor de la cintura.

–Déjame servirte una copa, querida. ¿Qué te gustaría... un poco de champaña?

Lali odió su mención deliberada de la noche que deseaba olvidar. Era la manera de recordarle que ella también pecaba de mentirosa y que a aquellas alturas los escrúpulos eran innecesarios. Sintió un deseo repentino de ser más astuta que él, desconcertándolo, y de alguna parte sacó ánimos para responder:

–Sí, por favor, cariño. ¿Recuerdas la última vez que bebimos champaña? Fue la noche que tuve tanta suerte en el casino. Después bailamos toda la noche y cuando regresamos al hotel estabas tan... sentimental...

Sintió un vuelco en el corazón cuando él acogió su burla con una mirada penetrante, pero se recuperó de inmediato.

–Nunca borraré de mi memoria esa noche. ¿Cómo podría olvidar tu dulzura? Lograste combinar la astucia de Eva con las insinuaciones de una coqueta... pero para mí ése siempre ha sido tu mayor atractivo, tu habilidad para distraer a un hombre hasta lograr que dude sobre cuál será tu siguiente actitud.

Mientras intercambiaban sonrisas de disgusto mutuo, la risa de don Alberto resonó en la estancia.

–¿No te aseguré, niña, que mi nieto no resiste un misterio? Ya cuando era niño, nada le podía impedir completar un rompecabezas complicado y hasta los juegos propios de los chiquillos pasaban a segundo lugar si tenía ante sí, cualquier acertijo sin solución. Vamos a cenar; la felicidad aumenta mi apetito, ¡y tengo intención de disfrutar al máximo ésta última cena en familia!

Durante la cena, Lali logró mantener su espíritu defensivo, contestando a los comentarios agudos de Pablo con tal discreción que sólo él podía comprenderla. Don Alberto se hallaba inconsciente de la situación, entretenido con el diálogo que, aunque él no lo comprendía, era un intercambio de fintas entre dos enconados oponentes. Las máscaras de afecto escondían el rencor entre ellos, a veces infligiendo tal dolor, que apenas podía esconderse bajo una sonrisa más intensa o, en el caso de Pablo , dando mayores muestras de cariño, que, al ella provocarlo, se hicieron cada vez más atrevidas.

La culminación llegó cuando, como tenía que suceder, hubo una explosión de temperamentos aún mayor, ya que se tenía que mantener a escondidas del anciano que dormitaba en una butaca, satisfecho por la felicidad que creía haber logrado para su nieto.

Estaban ambos muy cerca, junto a la ventana, mirando hacia el jardín iluminado, presentándole al abuelo, que de vez en cuando abría los ojos, un panorama. de devoción: dos amantes unidos por el amor. Cuando la figura intimidante de Pablo se acercó demasiado,Lali sintió tal tensión, que pensó que, si no deseaba desilusionar a don Alberto, mejor sería terminar la terrible velada. Al inclinar Pablo la cabeza, solícito, ella lo rechazó con un susurro feroz:

–¡Ya he tenido suficiente; voy a acostarme!

–Esa es la primera idea sensata, que has tenido en toda la noche –le contestó su marido en el mismo tono.

Su vehemencia la asustó y se habría separado a no ser por el brazo que la retenía por la cintura. Se aturdió bajo la mirada penetrante, fija en su rostro. Estaba claro que su temperamento se hallaba a punto de estallar
Con los dientes apretados le dio una orden que amenazaba con represalias si se atrevía a desobedecerlo:

–Has representado tu papel a la perfección, pero sé que cuando decides engañar, engañas bien. ¡Ahora, por Dios, vete!

Lali pasó, vacilante, junto a don Alberto, que dormía, subiendo a su habitación, donde se quedó acostada en la gran cama solitaria durante horas, con la mente aturdida. Alrededor de la medianoche, mientras todos dormían, oyó pasos en la plazoleta de piedra, debajo de la ventana, acompañados de un tintineo de espuelas...
El sonido se alejó hacia los establos. Lali se incorporó sobre un codo, haciendo esfuerzo para oír, y algunos minutos después escuchó el ruido de los cascos de un caballo mientras lo sacaban de su casilla. Luego oyó que poco a poco el caballo cobraba velocidad, alejándose...

Se hundió de nuevo entre las almohadas, sintiendo un dolor indefinido, un sufrimiento aún más profundo que el que Pablo había tratado de infligirle anteriormente; una rara sensación de náuseas, provocada por su convicción de que la llamada de Eugenia había sido escuchada y que Pablo acudía a su reclamo...


Capitulo 14

Los guasos comenzaron a reunirse antes del amanecer y los sonidos de gran actividad en el corral despertaron a Lali. Se estaba preparando un ruedo con arena y rodeado de cercas de bejuco.Lali pensó que se parecía a un gran cesto de ropa, cuando la curiosidad la llevó a investigar. Los guasos, vestidos con sus alegres ponchos, tenían una apariencia orgullosa y digna al sentarse bien derechos sobre sus cabalgaduras. El homo y el caballo eran allí indispensables el uno para el otro; por lo tanto, los animales estaban bien entrenados, cuidados y atendidos.

Aunque ocupados, los guasos tuvieron tiempo para saludar a la bella inglesa y a la niña que cada día se parecía más a su madre de ojos marrones. Pronto llegaron más jinetes de otras haciendas. Comenzaron a aparecer los coches de la clase alta del distrito; amigos de don Alberto con sus familias, madres con ojos observadores e hijas obedientes, para quienes la fiesta representaba otro acto social en el que podían buscar y seleccionar probables maridos..

Lali no había visto a Pablo , así que cuando se anunció la primera competición y don Alberto se paró junto a ella, preguntando por su nieto, sólo pudo contestarle con una evasiva.

–Estará en alguna parte... quizá en el corral organizando el rodeo.

–¿Organizando? –soltó una risotada ¡Más bien preparándose para participar! Cada año me asusto más por los peligros que corre, pero él se ríe y hace lo que le place. No es que me gustara que fuera diferente –se ablandó–; es un hombre hecho para lo que nació..., voluntarioso y lleno de orgullo.

A pesar de su intención de aparentar indiferencia, Lali comenzó a buscar entre la muchedumbre que se formaba alrededor del ruedo, para encontrar la cabeza de Pablo . Impaciente por su propia debilidad, trataba de concentrarse en la primera competición: los guasos luchaban por enlazar y amarrar a un novillo en el menor tiempo posible.

La segunda era montar a pelo, y don Alberto las llevó a ella y a Abby hacia un estrecho pasillo que conducía al ruedo, donde, detrás de una puerta cerrada, sujetaban a un caballo con los ojos vendados para que el jinete se montara. El pasillo no era lo bastante ancho como para permitir que el caballo, que pateaba salvajemente, lograra darse la vuelta, por lo que no tenía otra alternativa que someterse al jinete.

En el momento que éste se sentaba, le quitaban al animal la venda y se abría la puerta, permitiéndole salir. Lali logró apenas ver el rostro del jinete que en aquel momento saltaba al ruedo, cuando pasó rápidamente cerca de ella para ser recibido con vítores de la muchedumbre entusiasmada. Su boca se secó y con los ojos agrandados vio el cuerpo de Pablo doblarse como un resorte, primero hacia atrás, luego hacia adelante, determinado a mantenerse sobre el caballo, que intentaba derribarlo.

Su protesta pasó desapercibida entre los gritos del público cuando el caballo saltó en el aire para caer con las patas abiertas con gran ímpetu. Su cuerpo se llenó de dolor como si fuera ella, y no Pablo , el jinete. Cerró los ojos, temiendo ver su cuerpo viril pateado por los cascos frenéticos, y ante el sonido de mayor vitoreo los abrió, para verlo, aún sentado en la silla y escoltado fuera del ruedo por otros jinetes; la cabeza  echada hacia atrás, los dientes blancos mostrándose en una sonrisa triunfante hacia los espectadores que aplaudían.

Estremecida profundamente, se alejó lo más que pudo del rudo hasta donde la llevaron sus piernas temblorosas.
 Encontró un banco desocupado y se sentó, permitiendo a Abby bajarse de sus brazos para jugar en el césped alrededor de ella. Trató de encauzar sus pensamientos caóticos, para afrontar la verdad que se le presentaba con el impacto de los cascos, obligándola a comprender la verdad que el peligro sacaba a la superficie:
¡Estaba enamorada del hombre que pensaba odiar!

De repente su hombre ideal tenía facciones: Una boca despiadada y también apasionada, que podía derretirse en ternura; ojos penetrantes, ahora insondables y llenos de temperamento arrebatado al minuto siguiente; nariz fina y bien. dibujada, mejillas bronceadas que se contraían cuando sonreía con expresión tan devastadora que era capaz de obligar a su corazón a dar un salto mortal. Escuchó la voz en sus oídos, recordándole el tono suave y sensual de las palabras de amor que pronunciara a su oído, contra su cabello, sobre la curva de su cuello y de' sus hombros, la noche que comenzó como castigo para terminar en un confuso embeleso.

Con un gemido se cubrió los ojos, tratando de borrar de su mente los recuerdos, preguntándose cómo había podido estar tan ciega como para equivocar sus emociones; el cuerpo tembloroso y los sentidos confusos, haberlos tomado por síntomas de odio. ¿Desde cuándo lo amaba? Volvió mentalmente hasta el momento en que se conocieron, viendo asombrada que ya entonces la atracción se inició bajo la máscara del odio hasta que un repentino peligro la hizo encontrar su nombre: ¡Amor! Lo amaba tanto, que sólo pensar en las patas del caballo golpeando su cuerpo contra la arena, era suficiente tara hacer brotar lágrimas de sus ojos. Examinó aquel amor recién descubierto, hasta que no le quedó espacio en su corazón para el orgullo. Pensó en las horas de éxtasis que compartieron, sin sentir vergüenza ni remordimiento, sólo un deseo posesivo y el pánico de que quizá nunca más volvería a sentir la gloria de amarlo y de ser amada por él.

Recordando lo sucedido aquella noche, estaba tan abstraída que o vio la figura de Abby dirigirse hacia la cerca, pues desde el otro lado oía la voz de su hombre favorito. Volvió de su abstracción justo en el momento de ver los talones de Abby desaparecer por un hueco en la cerca, lo bastante grande como para permitirle la entrada. Trató de gritar, pero el terror convirtió su voz en gemido. Echó a correr y, cuando llegó a la cerca, oyó un grito de espanto que salía de las gargantas del público. El palpitar de su corazón se detuvo, suspendido por lo que contempló.

En el centro del ruedo estaba Pablo , concentrando toda su voluntad en la lucha contra un toro feroz. Paralizada, Lali lo vio dirigirse hacia la bestia, manteniéndola junto a una pared marcada con banderas. Después comenzó a guiarlo en la dirección opuesta, de nuevo sin usar la fuerza, demostrando la habilidad que había adquirido en la pradera, clasificando inmensos rebaños de ganado para marcarlo o embarcarlo, obligando a las reses a hacer lo que él quería.

Pero en esta ocasión los ojos de los espectadores no se complacían con en su destreza. Aterrorizados, miraban la pequeña figura gateando a través del ruedo, inconsciente del peligro, ansiosa por atraer la atención del hombre entregado a su arriesgada faena.

Lali gritó; un grito fuerte de terror que interrumpió la concentración de Pablo , haciéndole darse la vuelta en la silla.

–¡Cristo bendito! –Su exclamación resonó en el ruedo y, tan bruscamente como dijo estas palabras, saltó de la silla para correr hacia la niña.

Era la oportunidad que esperaba el toro airado. De inmediato, después de que su adversario le diera la espalda, bajó la cabeza preparándose para embestir.

Lali vio la carrera frenética de Pablo por alcanzar a Abby y sacarla de la arena mientras que el toro avanzaba hacia él. Entonces cerró los ojos, cayendo en un desmayo que le impidió ver el inevitable final.

No vio a los guasos que, moviéndose con rapidez, hicieron un círculo protector alrededor de Pablo y la niña antes de obligar al toro a regresar al chiquero. Tampoco fue consciente de que la llevaban a la casa, ni de los sirvientes corriendo para cumplir con las solicitudes de brandy y de toallas mojadas para refrescar su frente. Todo lo que sabía, mientras luchaba por salir de la agonía, era que había perdido todo lo que amaba, y el primer nombre que musitaron sus pálidos labios fue:

–¡Pablo !

–¡Estoy aquí, querida! –La respuesta debía ser, pensó ella, un eco del cielo. Los pesados párpados se alzaron de sus ojos atormentados y en el primer instante estuvo demasiado confundida como para esconder sus sentimientos... la alegría, el alivio que experimentó al verlo.

–Ahora descansa... te prometo que Abby y yo regresaremos cuando te sientas más fuerte.

Con Bella y Carmen moviéndose de un lado a otro en la habitación, no se sintió libre para contestarle, pero su corazón estaba en sus ojos cuando lo vio en la puerta llevando en brazos a la niña. El se volvió para mirarla antes de salir de la habitación en penumbra, dejando tras de sí el tintineo de sus espuelas.

Ella recordaba aquel sonido mucho después de su partida y la acompañó en las profundidades del sueño, como recordatorio de que no habría nada que temer al despertar. Horas después, cuando se sintió capaz de levantarse y ponerse una bata de casa, encontró que sí sentía miedo... miedo de que Pablo se burlara de sus sentimientos expuestos, de la brusquedad con la que podría mover el látigo poderoso de su sarcasmo sobre sus emociones indefensas.

Era temprano aún cuando regresó a la noche. Hacía rato que desmantelaran el ruedo. La gente se había dispersado y, mientras estaba sentada junto a la ventana abierta, una brisa llena del aroma de las flores, levantaba su cabello de la frente, refrescando sus pálidas mejillas. Ella supo que había entrado, pero no se movió. Pablo acababa de bañarse y el olor de colonia, mezclado con el aroma del tabaco recién fumado, le sirvió de advertencia.

Pablo habló en voz baja para no asustarla. Ella no dio señales de sorpresa y, en vez de volver el rostro, continuó mirando fijamente por la ventana.

–Carmen me ha dicho que estás casi recuperada, pero si no sientes deseos de hablar, volveré más tarde.

Lali respiró profundamente: lo que hubiera de ser dicho se diría y ahora mejor que después.

–Puedes quedarte. Por favor, siéntate.

Si él se sintió desconcertado por el tono de su voz, no lo dio a entender; la perturbó escogiendo para sentarse el ancho marco de la ventana, frente a ella. Aún así, se negó a enfrentar su mirada. Se clavó las uñas en las palmas de sus manos en cuanto él comenzó a interrogarla.

–El choque recibido debe haber sido muy grande para ti, ya que te ha hecho desmayarte. ¿Pensabas que la niña había sido herida?

Con un sentimiento de desconcierto, se dio cuenta por primera vez de que Abby, la dulce y adorable nenita, en el preciso momento del peligro, había pasado a un plano secundario en su mente. Darse cuenta de ello le causó un temblor que él notó al instante.

–¿Tienes frío con esa ropa tan ligera?. ¿Te busco un abrigo?

–No, gracias, –Ciñó más la tela de algodón a su cuerpo–. Estaré bien en un momento. Los sucesos de esta tarde han sido tan... traumáticos...

–Lo han sido –aceptó Pablo , dirigiéndole una mirada curiosa, penetrante.

De repente ella no pudo soportar más la espera de la inminente pregunta, la diversión que estaría tratando de esconder.

—Lo sabes, ¿no es así? ¿Por qué pretendes que lo ignoras?

Suavemente se movió, acercándose mucho a ella.

—¿Qué sé, querida? Dime, ¿qué es lo que quieres que sepa?

–Lo sabes –su voz se quebró en un sollozo–. ¡Lo sabes, bestia, sabes que estoy enamorada de ti!

¡Allí estaba, al descubierto, dicho al fin!

Con calma, Pablo la puso de pie y ella sintió un temblor en el cuerpo cuando con ternura le apretó la cabeza contra su hombro.

–¿Y eso es todo lo que necesito saber,Lali?

Su cercanía era perturbadora.. Podía sentir el fuerte palpitar de su corazón a través de la bata ligera y sintió que él luchaba por controlarse mientras esperaba una respuesta.

Pablo la veía humillada y aún así no estaba satisfecho... ¡estaba claro que quería destruir por completo su orgullo! Levantó la cabeza y, llena de suave dignidad, confesó:

–Sospecho que de alguna manera adivinaste que te engañaba. Abby no es hija mía, sino mi hermana. Yo deseaba herir tu orgullo y ésa era la única manera en que podía hacerlo... lo siento...

–¡Y debes sentirlo, mi querida atormentadora! –le regañó y, tomándole la cara entre sus manos, la forzó a mirarlo a los ojos–. ¡Oh, querida! –gimió– me has castigado bien... ¡nadie podría comprender la tortura que me has hecho sufrir! Te perdono, tengo que perdonarte porque, amor mío, ¡no puedo vivir sin ti!

Se apoderó de los labios abiertos por la sorpresa, bebiendo de su dulzura como un hombre sediento, apretando su cuerpo con tanta' fuerza, que Lali creía que la iba a ahogar, pero no puso ninguna objeción. Estaba tan sorprendida que le era aún imposible creer lo que oía.

–Te adoro, mi tierna esposa –murmuraba Pablo –. Me vuelves loco de deseo, tanto que he tenido que pasar la noche cabalgando para evitar que mi hambre me hiciera robar de nuevo lo que no me darías por tu propia voluntad. ¡Oh, corazón mío! –de una en una besó cada lágrima de sus mejillas–. ¿Y tú me puedes perdonar por imponerte mis atenciones brutales? El recuerdo de aquella noche vergonzosa me va a perseguir el resto de mi vida.

¡Así que fue aquella noche cuando descubrió su secreto! ¡Qué tonta fue al pensar que sería incapaz de notar que tenía en sus brazos a una completa novicia! Se colgó de él, con temor de soltarlo, por si acaso los momentos maravillosos fueran sólo un espejismo.

–¿Por qué... ha sido necesario torturarme para que admita lo que tú descubriste por tu cuenta?

El se tomó tiempo antes de contestar; primero besándole los ojos, luego la punta de la nariz, el pequeño hoyuelo junto a la curva de los labios...

–Porque es esencial que empecemos a ser sinceros el uno con el otro.

Audaz, mas todavía insegura y temerosa de irritarlo, ella revivió un tema que le causaba mucho dolor.

–Tú me pides sinceridad, así que yo tengo derecho a lo mismo. Dime: ¿debo continuar compartiéndote con Eugenia? ¿Mantendrás compartimentos separados en tu corazón para ella y para mí?

—¿eugenia? Ha habido muchas Eugenias en mi vida, como sombras que se reflejaron en la pared... pero sólo hay una sustancia divina, mi vida, sólo tú eres la llama que alimentará siempre la hoguera de mi amor.

Conmovida profundamente, Lali se sintió en confianza para bromear.

–¿Te hubiera importado mucho si Abby en realidad hubiese sido mi hija?

Esta vez ella conjuraba a un diablo adormecido.

–¡Sí! –contestó con brusquedad, apretándole el brazo hasta el punto de lastimarla–. ¡Hubiera importado mucho!

Siguió un interludio durante el cual él no permitió que se dijera ni una palabra más. Parecía querer pedir disculpas por todo lo que había hecho o dicho, cada comentario hiriente, cada acción dolorosa... por medio de un beso. Y en realidad tenía tanto por qué disculparse, que la pasión se hizo impaciente y ardió el fuego del deseo, devorándolos hasta que finalmente los absolvió de todos sus pecados.

Mucho después, se encontraban junto a la ventana, abrazados, mirando el disco de la luna dorada brillando sobre su heredad, sobre los kilómetros de pampas, el pueblo donde habitaban los guasos y sus familias, la gran casa rodeada por el laberinto de jardines... Lali suspiró, y la comunión de almas era tal, que Pablo supo inmediatamente los pensamientos que la perturbaban.

–Renunciaré a todo si lo deseas –le dijo con tal sinceridad, que ella se sintió avergonzada de sus dudas–. Es más –la estrechó con mayor fuerza cuando ella se acurrucó en sus brazos–: yo disfrutaría el reto de comenzar de nuevo para ofrecer a mi pequeña familia todas las comodidades de la vida con mis propias manos.

Lali atrevióse a murmurar:

—¿No lamentas la presencia de Abby?

Él estaba demasiado lleno de felicidad como para irritarse por la pregunta.

–Adoro a esa niña tanto como adoraré a nuestros propios hijos. Pero no has contestado a mi pregunta, querida.
El abuelo no se ha ido aún de la hacienda, pues estaba demasiada preocupado por ti. ¿Debo ir a él para explicarle que deseo romper los papeles que firmamos ayer como prueba de mi amor?

Cogió el dulce rostro preocupado entre sus manos y esperó. El más arrogante de los Valdivia, le estaba dando a ella la posibilidad de marcar su destino, su futuro y su dicha los dejaba a su voluntad.

Lali no titubeó.

–No –le dijo con voz suave–. Una decisión semejante podría romperle el corazón a tu abuelo. Además –recobró el aliento cuando la mano de él buscó su corazón, haciendo que se acelerasen sus latidos–, el cóndor necesita espacio para extender sus alas. Vuela veloz y vuela alto si lo necesitas, mi amor, pero construyamos aquí nuestro nido, en el valle del paraíso.







 

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