—Que
usted patea para el otro lado... ¡Pero fue un chiste solamente!
No...
Por lo visto, ahora que Gas ya no estaba, no valía la pena volver a patear
hacia ningún sitio. Para cuando comenzaron a salir los pasajeros del vuelo de
American Airlines procedente de Washington, el cabello de Lali estaba suelto
otra vez. Y como su corazón, totalmente descontrolado.
—¡Allí
está! –gritó el chofer a su espalda.
Y
Lali giró la cabeza en el momento justo como para chocarse con aquella mirada
capaz de hacerla temblar. Toda la noche la había pasado en vela, obligándose a
odiarlo. Prometiendo a su espíritu que iba a acallar aquel cuerpo que hacía
reclamar a su sexo, con sólo pensar en él.
Pablo
vino directamente a su encuentro. Y entonces, para sorpresa de la muchacha,
intentó besarla en la boca. Y a pesar de sentirse rodeada por aquella hombría
que había logrado hacerla estremecerse a su antojo, Lali fue capaz de esquivar
el beso, para transformarlo en un saludo inocente.
Pablo
se quedó confundido, pero ella, en cambio, lo enfrentó. Y por un instante se
miraron en silencio.
—¿Tuvo
buen viaje, señor? –preguntó el chofer solícito, mientras se hacía cargo de las
maletas.
—Horrible.
Más de quince horas de infierno.
Comenzaron
a caminar hacia el auto. A los pocos pasos Pablo intentó asir a la muchacha por
la cintura, pero una vez más ella se alejó.
El
viaje hasta el departamento de la Avenida del Libertador, que duró casi tres
horas debido a una manifestación que cortaba el camino y a una marcha que
impedía el paso, fue largo e incómodo. Durante todo el trayecto Pablo, sentado
atrás junto a Lali, no había dejado de observarla ni un momento, mientras que
ella perdía su mirada en el paisaje huidizo que se veía por la ventanilla.
Cuando llegaron al edificio, Lali se resistió a entrar.
—Me
quedo aquí... Lo espero en el bar de la esquina para arreglar lo que falta.
—Subí,
Lali –le ordenó él, en cambio.
Pero
no lo hizo como solía, con ese tono terminante y antipático. Por el contrario,
fue casi una súplica amarga.
—No
voy a hacerlo...
—Hay
cosas que vos queres saber, y que no puedo decir donde otros escuchan.
De
mala gana, la joven compartió el elevador y su destino con aquellos dos
hombres.
—¿Le
dejo las maletas en el dormitorio? –preguntó el chofer, maravillado por aquel
suntuoso departamento, cuyo interior veía por primera vez.
—Déjalas
allí, y apúrate a salir antes de que vuelva a cerrarse el elevador –le ordenó
Pablo, sin dejar de mirar a Lali— Gracias por todo, y nos vemos mañana.
El
hombre se retiró, no sin antes dar una última mirada curiosa al lugar. Y
entonces, luego de tanto tiempo, Lali y Pablo volvieron a quedarse solos.
Lali
permanecía parada en medio de la sala. Por un tiempo infinito Pablo se dedicó a
girar alrededor de ella, mientras se quitaba la chaqueta, el sweater, la camisa,
los zapatos, y los arrojaba con furia hacia algún sitio. Y en todo aquel
recorrido la observaba con deseo, fijo aquel destello verde en sus curvas, en
la suavidad de su rostro, en su cabello.
Lali,
aprisionada otra vez por aquella presencia que la ponía a temblar, subyugada
por esa fuerza viril que sólo le recordaba su propia debilidad, intentaba por
todos los resistir, manteniéndose allí, altiva y orgullosa, sin mirar hacia
ninguna parte.
“Di algo horrible, Martínez”, suplicaba en su
interior. “Muéstrame ese veinte por ciento nefasto que tenes”. Y aquel galán no
se hizo esperar.
—¿Por
qué mejor no te sentas? –le sugirió en uno de sus tantos giros—. Tal parece que
esto va a ser como la última vez que estuvimos juntos: lento, y no demasiado
placentero.
La
joven lo observó con desprecio, pero permaneció callada y firme. Finalmente él
se detuvo, y la enfrentó, mientras la cubría con su sombra.
—Supe
que estuviste averiguando por Alejo en
la vigilancia del edificio...
Lástima
que te tomaras tanto trabajo. Hubiera bastado con preguntarme.
—Entonces
le pregunto.
—Alejo
me vendió un video.
Lali
levantó su cabeza, para mirarlo directamente a los ojos. Fue un error. Volvió a
clavar la vista en el suelo, y habló.
—Un
video de Nicolas Vasquez, me supongo.
—Por
supuesto...
De
nuevo sus miradas coincidieron, y esta vez aquel contacto pareció lastimarlos a
ambos, así que Pablo tomó distancia, echándose en el sillón, casi acostándose,
sin dejar de observarla con descaro en ningún momento.
—Siempre
supiste que lo estaba investigando, Lali. Incluso antes de que vos
llegaras
a mi casa... No sé qué es lo que te extraña...
La
muchacha perdió la paciencia, y de nuevo intentó mirarlo al comenzar a hablar.
Pero otra vez tuvo que bajar la vista. Demasiados recuerdos, demasiados
sentimientos... Y ese perfume que ya la estaba haciendo enloquecer.
—¡Usted
sabía que yo estaba buscando cualquier material que sirviera para
incriminarlo,
y así hacer justicia a mi marido!
—También
sé que sos una mujer necia, que no sabe medir la fuerza de su oponente. Y que
si no se cuida, no va a tardar mucho en ocupar la tumba contigua a la de ese
esposo que tanto idolatra.
Y
aquellas palabras la hirieron de muerte.
—¿Me
está amenazando?...
Y
como si aquel gesto de auténtico dolor en el bello rostro de la muchacha
pudiera lastimarlo también a él, Pablo se puso de pie de un salto, para
acercarse a ella. Para intentar consolarla, tomándola entre sus brazos.
—¿Cómo
crees que podría amenazarte, si lo único que quiero es...? –comenzó a decirle,
conmovido.
Pero
al chocar con aquella inocente mirada castaña, se detuvo. Y por un instante
volvieron a encontrarse así, de esa forma que subyugaba a Lali. Que la hacía
sentir adentro de él...
Pero...,
¡¿quién podía saber si no se trataba sólo de un espejismo?!... Aquel hombre era
un mentiroso. Vivía de crear apariencias... ¿Dónde estaba parada Lali en ese
momento? ¿En medio de su alma? ¿O en un simple recibidor a prueba de todo, que
dejaba ver el panorama, pero que no permitía el verdadero acceso?
—¿Por
qué viajó a Estados Unidos?
Pablo
le dio la espalda.
—Motivos
personales...
—¿O
fueron negocios?
Y
aquel hombre inmenso volvió a girar, para observarla con suspicacia.
—¿De
qué estás hablando?...
—¿Quizás
lo acompañó algún socio?
—¡Qué
necia sos, Lali! –le dijo casi al oído.
Pero
más que un insulto, parecía una queja dolorosa. La joven lo enfrentó, y de
nuevo él tomó distancia, alejándose hacia el bar, mientras comenzaba a dar
explicaciones.
—La
presencia de Vasquez en ese avión es mi mejor prueba de inocencia... Mal que le
pese a muchos, soy un hombre famoso. Mi rostro es conocido por todos los
argentinos, y por muchos norteamericanos. Durante dos años fui corresponsal en
Washington, y además, para mi desgracia, cubrí una guerra... ¿Sabes?, es un
asunto curioso ese de la guerra. Uno va allí emocionado, creyendo que está en
la parte más alta de la escala humana, defendiendo derechos y virtudes... Y
cuando llegas al lugar te das cuenta que todo es una mierda, y que por lo único
que se lucha es por la vida... Y también te das cuenta que los humanos no
tenemos escala. Somos todos iguales, y nuestra dignidad sólo depende de la cama
en la que nos hayamos levantado ese día... Cuando uno va a una guerra se conoce
a si mismo... Como si estuvieras escalando el Aconcagua, las mentiras de la
vida quedan muy lejos. Y sólo tenes a Dios para maldecir, y a tu pobre
humanidad para defender...Desde aquella guerra que aprendí a vivir la vida de
una forma menos poética, y más existencial... Y al participar de una cacería,
ya no me dejo embaucar por aquella sensación embriagante de enfrentar el
peligro, y dominar a un digno oponente. ¡No!... No hay nada digno en destruir a
un ser vivo. Y mucho menos aún, en dejarte
asesinar... Te lo dije una vez, y te lo repito: le tengo miedo a Vasquez...
Pero eso no quiere decir que no intente liberarme de él, y del miedo que me
provoca... El viaje a Estados Unidos... Cada vez que subo a un avión de línea,
en promedio, al menos cuatro personas me reconocen. Los flashes, las fotos, las
sonrisas forzadas son comunes, tanto en Buenos Aires, como en Miami, o en
Wahington... Si yo quisiera tener negocios con un mafioso, jamás viajaría a su
lado en un avión de línea. Eso podría incriminarme en un futuro cercano.
Siempre existiría la posibilidad de que alguien tuviera aquel retrato
comprometedor...
—¿Y
entonces qué fue? ¿Casualidad?... ¿Tan poca gente viaja en primera clase?
—No...
Por supuesto que no fue casualidad... Yo compré mi ticket, el último en un
avión repleto, y Vasquez no figuraba
entre el pasaje. Conseguir ese asiento debe haberle costado una fortuna...
—¿Y
para qué querría Vasquez sentarse junto a usted?
—A
mi no me conviene su cercanía. A él, en cambio... Su presencia en ese avión, a mi lado, me
quita credibilidad, y eso, sin duda alguna, le fascina. Pero no fue por esa
razón que compró el viaje.
—¿Y
entonces?

nooooo PORQUEEEEE LO DEJASTE AHI Y MAS DICIENDONOS Q SE VIENE ROCK!!!!
ResponderEliminarQuieroooooo mas cap... Espero q subas pronto... Besos q estes bien!!!