viernes, 26 de julio de 2013

Capítulo 68: "Vos necia, Yo mentiroso"


Holaaa djo el nuevo capi , se viene otro rock me parece jajaj, besotes

Capìtulo 68:
—Que usted patea para el otro lado... ¡Pero fue un chiste solamente!
No... Por lo visto, ahora que Gas ya no estaba, no valía la pena volver a patear hacia ningún sitio. Para cuando comenzaron a salir los pasajeros del vuelo de American Airlines procedente de Washington, el cabello de Lali estaba suelto otra vez. Y como su corazón, totalmente descontrolado.
—¡Allí está! –gritó el chofer a su espalda.
Y Lali giró la cabeza en el momento justo como para chocarse con aquella mirada capaz de hacerla temblar. Toda la noche la había pasado en vela, obligándose a odiarlo. Prometiendo a su espíritu que iba a acallar aquel cuerpo que hacía reclamar a su sexo, con sólo pensar en él.
Pablo vino directamente a su encuentro. Y entonces, para sorpresa de la muchacha, intentó besarla en la boca. Y a pesar de sentirse rodeada por aquella hombría que había logrado hacerla estremecerse a su antojo, Lali fue capaz de esquivar el beso, para transformarlo en un saludo inocente.
Pablo se quedó confundido, pero ella, en cambio, lo enfrentó. Y por un instante se miraron en silencio.
—¿Tuvo buen viaje, señor? –preguntó el chofer solícito, mientras se hacía cargo de las maletas.
—Horrible. Más de quince horas de infierno.
Comenzaron a caminar hacia el auto. A los pocos pasos Pablo intentó asir a la muchacha por la cintura, pero una vez más ella se alejó.
El viaje hasta el departamento de la Avenida del Libertador, que duró casi tres horas debido a una manifestación que cortaba el camino y a una marcha que impedía el paso, fue largo e incómodo. Durante todo el trayecto Pablo, sentado atrás junto a Lali, no había dejado de observarla ni un momento, mientras que ella perdía su mirada en el paisaje huidizo que se veía por la ventanilla. Cuando llegaron al edificio, Lali se resistió a entrar.
—Me quedo aquí... Lo espero en el bar de la esquina para arreglar lo que falta.
—Subí, Lali –le ordenó él, en cambio.
Pero no lo hizo como solía, con ese tono terminante y antipático. Por el contrario, fue casi una súplica amarga.
—No voy a hacerlo...
—Hay cosas que vos queres saber, y que no puedo decir donde otros escuchan.
De mala gana, la joven compartió el elevador y su destino con aquellos dos hombres.
—¿Le dejo las maletas en el dormitorio? –preguntó el chofer, maravillado por aquel suntuoso departamento, cuyo interior veía por primera vez.
—Déjalas allí, y apúrate a salir antes de que vuelva a cerrarse el elevador –le ordenó Pablo, sin dejar de mirar a Lali— Gracias por todo, y nos vemos mañana.
El hombre se retiró, no sin antes dar una última mirada curiosa al lugar. Y entonces, luego de tanto tiempo, Lali y Pablo volvieron a quedarse solos.
Lali permanecía parada en medio de la sala. Por un tiempo infinito Pablo se dedicó a girar alrededor de ella, mientras se quitaba la chaqueta, el sweater, la camisa, los zapatos, y los arrojaba con furia hacia algún sitio. Y en todo aquel recorrido la observaba con deseo, fijo aquel destello verde en sus curvas, en la suavidad de su rostro, en su cabello.
Lali, aprisionada otra vez por aquella presencia que la ponía a temblar, subyugada por esa fuerza viril que sólo le recordaba su propia debilidad, intentaba por todos los resistir, manteniéndose allí, altiva y orgullosa, sin mirar hacia ninguna parte.
 “Di algo horrible, Martínez”, suplicaba en su interior. “Muéstrame ese veinte por ciento nefasto que tenes”. Y aquel galán no se hizo esperar.
—¿Por qué mejor no te sentas? –le sugirió en uno de sus tantos giros—. Tal parece que esto va a ser como la última vez que estuvimos juntos: lento, y no demasiado placentero.
La joven lo observó con desprecio, pero permaneció callada y firme. Finalmente él se detuvo, y la enfrentó, mientras la cubría con su sombra.
—Supe que estuviste averiguando por Alejo  en la vigilancia del edificio...
Lástima que te tomaras tanto trabajo. Hubiera bastado con preguntarme.
—Entonces le pregunto.
—Alejo me vendió un video.
Lali levantó su cabeza, para mirarlo directamente a los ojos. Fue un error. Volvió a clavar la vista en el suelo, y habló.
—Un video de Nicolas Vasquez, me supongo.
—Por supuesto...
De nuevo sus miradas coincidieron, y esta vez aquel contacto pareció lastimarlos a ambos, así que Pablo tomó distancia, echándose en el sillón, casi acostándose, sin dejar de observarla con descaro en ningún momento.
—Siempre supiste que lo estaba investigando, Lali. Incluso antes de que vos
llegaras a mi casa... No sé qué es lo que te extraña...
La muchacha perdió la paciencia, y de nuevo intentó mirarlo al comenzar a hablar. Pero otra vez tuvo que bajar la vista. Demasiados recuerdos, demasiados sentimientos... Y ese perfume que ya la estaba haciendo enloquecer.
—¡Usted sabía que yo estaba buscando cualquier material que sirviera para
incriminarlo, y así hacer justicia a mi marido!
—También sé que sos una mujer necia, que no sabe medir la fuerza de su oponente. Y que si no se cuida, no va a tardar mucho en ocupar la tumba contigua a la de ese esposo que tanto idolatra.
Y aquellas palabras la hirieron de muerte.
—¿Me está amenazando?...
Y como si aquel gesto de auténtico dolor en el bello rostro de la muchacha pudiera lastimarlo también a él, Pablo se puso de pie de un salto, para acercarse a ella. Para intentar consolarla, tomándola entre sus brazos.
—¿Cómo crees que podría amenazarte, si lo único que quiero es...? –comenzó a decirle, conmovido.
Pero al chocar con aquella inocente mirada castaña, se detuvo. Y por un instante volvieron a encontrarse así, de esa forma que subyugaba a Lali. Que la hacía sentir adentro de él...
Pero..., ¡¿quién podía saber si no se trataba sólo de un espejismo?!... Aquel hombre era un mentiroso. Vivía de crear apariencias... ¿Dónde estaba parada Lali en ese momento? ¿En medio de su alma? ¿O en un simple recibidor a prueba de todo, que dejaba ver el panorama, pero que no permitía el verdadero acceso?
—¿Por qué viajó a Estados Unidos?
Pablo le dio la espalda.
—Motivos personales...
—¿O fueron negocios?
Y aquel hombre inmenso volvió a girar, para observarla con suspicacia.
—¿De qué estás hablando?...
—¿Quizás lo acompañó algún socio?
—¡Qué necia sos, Lali! –le dijo casi al oído.
Pero más que un insulto, parecía una queja dolorosa. La joven lo enfrentó, y de nuevo él tomó distancia, alejándose hacia el bar, mientras comenzaba a dar explicaciones.
—La presencia de Vasquez en ese avión es mi mejor prueba de inocencia... Mal que le pese a muchos, soy un hombre famoso. Mi rostro es conocido por todos los argentinos, y por muchos norteamericanos. Durante dos años fui corresponsal en Washington, y además, para mi desgracia, cubrí una guerra... ¿Sabes?, es un asunto curioso ese de la guerra. Uno va allí emocionado, creyendo que está en la parte más alta de la escala humana, defendiendo derechos y virtudes... Y cuando llegas al lugar te das cuenta que todo es una mierda, y que por lo único que se lucha es por la vida... Y también te das cuenta que los humanos no tenemos escala. Somos todos iguales, y nuestra dignidad sólo depende de la cama en la que nos hayamos levantado ese día... Cuando uno va a una guerra se conoce a si mismo... Como si estuvieras escalando el Aconcagua, las mentiras de la vida quedan muy lejos. Y sólo tenes a Dios para maldecir, y a tu pobre humanidad para defender...Desde aquella guerra que aprendí a vivir la vida de una forma menos poética, y más existencial... Y al participar de una cacería, ya no me dejo embaucar por aquella sensación embriagante de enfrentar el peligro, y dominar a un digno oponente. ¡No!... No hay nada digno en destruir a un ser  vivo. Y mucho menos aún, en dejarte asesinar... Te lo dije una vez, y te lo repito: le tengo miedo a Vasquez... Pero eso no quiere decir que no intente liberarme de él, y del miedo que me provoca... El viaje a Estados Unidos... Cada vez que subo a un avión de línea, en promedio, al menos cuatro personas me reconocen. Los flashes, las fotos, las sonrisas forzadas son comunes, tanto en Buenos Aires, como en Miami, o en Wahington... Si yo quisiera tener negocios con un mafioso, jamás viajaría a su lado en un avión de línea. Eso podría incriminarme en un futuro cercano. Siempre existiría la posibilidad de que alguien tuviera aquel retrato comprometedor...
—¿Y entonces qué fue? ¿Casualidad?... ¿Tan poca gente viaja en primera clase?
—No... Por supuesto que no fue casualidad... Yo compré mi ticket, el último en un avión repleto, y Vasquez  no figuraba entre el pasaje. Conseguir ese asiento debe haberle costado una fortuna...
—¿Y para qué querría Vasquez sentarse junto a usted?
—A mi no me conviene su cercanía. A él, en cambio...  Su presencia en ese avión, a mi lado, me quita credibilidad, y eso, sin duda alguna, le fascina. Pero no fue por esa razón que compró el viaje.

—¿Y entonces?

1 comentario:

  1. nooooo PORQUEEEEE LO DEJASTE AHI Y MAS DICIENDONOS Q SE VIENE ROCK!!!!
    Quieroooooo mas cap... Espero q subas pronto... Besos q estes bien!!!

    ResponderEliminar