domingo, 28 de julio de 2013

Capítulo 69: "Vos necia, Yo mentiroso"



Capítulo 69:
Otra vez Pablo comenzaba a aproximarse, y otra vez aquella horrible locura estallaba entre las piernas de la muchacha.
—Intentó negociar conmigo, por un material que yo tengo... Pero no lo hacía a nombre propio, sino en defensa de un amigo. En realidad, más que negociar, quería averiguar el tipo de información que yo manejaba.
 Ahora estaba tan cerca, que podía sentir su calor y su aliento, sofocándola.
—Muéstreme el video.
—¡¿Cómo?!
—Muéstreme el video que le compró
—Eso es algo secreto, y verlo sólo te pondría en peligro.
Y entonces ella levantó la cabeza, y lo enfrentó con orgullo.
—Estoy dispuesta a asumir el riesgo –le dijo.--No tendría que haberlo hecho.
—Es increíble como te extrañé... –le susurró Pablo al oído.
Y era tan buen mentiroso, que la muchacha se estremeció.
—Mejor me voy... Está visto que usted no va a aclararme nada. Yo exijo pruebas, y...
La joven intentó soltarse, pero él la retuvo con fuerza, atrapándola entre sus brazos.
—¿Estás escapando de mí, Lali? ¿O de vos?
Y entonces comenzó a besarla con pasión, con locura. E, inexplicablemente, y a pesar del esfuerzo sostenido que había hecho por odiarlo, Lali no sólo se dejó besar, sino que participó de aquel frenesí, recorriéndolo, incitándolo... Y por un tiempo infinito sus cuerpos se buscaron con ansias, sintiendo la caricia de la piel del otro, de su calor, de su perfume. Emborrachándose en esa necesidad que los descontrolaba.
Aquel fue un encuentro muy distinto al primero. Mucho más salvaje y desesperado. Como si los dos intentaran desquitarse de esa vida que los alejaba, y de esa pasión irrefrenable que los obligaba a arder juntos, en contra de sus voluntades.
En cuestión de minutos él ya le había arrancado la camisa, y estaba besando sus pezones, sin encontrar el tiempo suficiente para terminar de desvestirla. Ella se apretaba a su virilidad, buscando aquel dominio que sabía que tenía sobre la única parte de él que era capaz de gobernar a su antojo. Y sólo cuando Pablo comenzó a desabrochar su pantalón, Lali tuvo un segundo de cordura.
—No deberíamos usar...
—No, por favor... No me pidas que use un preservativo con vos... No quiero. Con vos  no... Tengo un examen en mi maleta que dice que estoy sano... Y desde aquella vez, no he vuelto a estar con otra...
Y entonces aquel pálido segundo de buen criterio se escurrió en medio de tanto frenesí, y Lali se entregó a él sin ninguna otra condición. Luego de haberla inundado con su hombría, Pablo permaneció sobre ella por un tiempo eterno. Juntos sintieron como su sexo saciado se achicaba, hasta desaparecer de entre sus piernas. Pero era como si ninguno de los dos se resignara.
Todavía estaban en el sillón, él desnudo, ella a medio vestir, tratando de entender y procesar toda aquella locura. Lali  se sentó, mientras él jugueteaba con su cabello. Y entonces Pablo también se incorporó, para susurrarle al oído.
—Te amo, Lali.
Por un segundo eterno se quedaron así, los dos inmóviles, expectantes. Y entonces Pablo pudo sentir como el cuerpo de ella, (ese cuerpo que se había subordinado dócilmente a sus ansias), se tensaba, poniendo entre los dos una distancia infinita.
Lali se puso de pie, y comenzó a vestirse en silencio.
—¿Me escuchaste, Lali?... Te amo...
Ella lo miró sin ocultar su furia.
—Está bien, ya lo escuché.
—¡No!... No lo hiciste... Te dije que...
—¡Está bien, Martínez!... No tiene que tratarme como a sus otras putas... Yo ya sé. Esto ha sido sólo sexo para usted y para mí...
—¿Sólo sexo?
—No busquemos excusas a lo que no lo tiene.
Y diciendo esto, la joven tomó sus cosas, y se dirigió hacia el elevador. Todavía estaba accionando el tablero para tener acceso al recibidor, cuando él la detuvo.
—Lali... Tenemos que hablar...
—¿Qué otra mentira va a inventar, señor?
Y esta vez fue la mirada de ella la que lastimaba. Demasiado.
—¿Qué?... ¿Ahora soy otra vez el “señor Martinez”?... Entras y sales del tuteo, tan fácil como entras y salís de mi cama... Aunque esta vez ni siquiera llegamos a ella –dijo de esa forma despreciable en que sólo un mentiroso como él podía decir las cosas.
La joven no lo escuchó, atenta al elevador que ya estaba llegando.
—Si te vas, Lali, de verdad será la última vez que me haces esto... ¡No pienso ir a buscarte nunca más! ¡Te lo juro!
Llegó el elevador, y las puertas se abrieron frente a ellos, aguardando, como si también estuvieran pendientes de una respuesta. Entonces Lali miró a los ojos a aquel hombre que amaba con locura, y simplemente le dijo:

—No se preocupe. Tampoco yo pienso volver nunca más.

1 comentario:

  1. puchaaaaa... a la final avanzan un pasito y retroceden mas de 10 estos dos... los dos son unos necios y unos tercos... Pablo un dulce y Lali pobre la ah usado ya tantas veces q cuando la valoran y quieren de verdad sale huyendo para que no la lastimen!!!!
    Espero q se arreglen pronto aunq lo dudo...
    nos estamos leyendo... Besos!!! :D

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