viernes, 4 de octubre de 2013
Capítulo 18 y 19 : "Volveré pàra Vengarme"
Holaa chicas, se viene el rock mepa jajaj, besos genias que esten bien, les dejo dos capis!!
CAPITULO 18:
—No puedo permitirme desearte —contestó, al recordar sus responsabilidades y lo que tenía que hacer para llevarlas a cabo—. Oh, Pablo, es demasiado tarde...
Él le colocó las manos sobre los hombros y la abrazó, sin que ella se opusiera. No trató de besarla ni de abrazarla íntimamente. Simplemente la estrechó contra su cuerpo y colocó la mejilla contra el suave cabello de Lali. Entonces, cerró los ojos.
—No te apartes, cielo —susurró, al notar que ella se movía—. Concédeme esto.
Ella se irguió cuando sintió la erección de Pablo contra el vientre.
—Muy bien, no te gusta sentirlo, pero no hay nada que yo pueda hacer al respecto —musitó Pablo, apartándose de ella—. La pobrecilla no sabe pensar.
Lali se echó a reír muy a su pesar.
—Vete a trabajar —le dijo.
—Es lo mejor —admitió él. Estaba tan lindo que Lali tuvo que hacer un esfuerzo para no arrojarse sobre él.
_Pablo... —lo llamó. Él se detuvo en la puerta, cuando ya tenía la mano sobre el picapote—. Iré al campo de batalla contigo el jueves.
Los ojos de Pablo brillaron tan sólo durante un instante. Entonces, asintió y, sin decir palabra, se marchó. Lali permaneció inmóvil durante unos segundos, disfrutando del aroma de Pablo que flotaba en el aire. Al final, se terminó su café y fue a vestirse.
Era una semana muy larga. La señora Berta parecía sentir mucha curiosidad por el fin de semana de Lali, pero no preguntó nada.
Lali trabajaba más horas de lo que había trabajado la semana anterior, pero lo que más la agotaba era lo que hacía después de marcharse del restaurante. Se quedaba levantada hasta la una o las dos de la madrugada leyendo informes, redactando faxes o estudiando estadísticas. La presión a la que estaba sometida le estaba pasando factura. El jueves estaba agotada y casi se dormía de pie.
Pablo la recogió en el restaurante y frunció el ceño al ver lo desganada que ella parecía.
—Estás agotada —musitó—. ¿Quieres ir a casa y cambiarte?
Lali se miró los jeans, las zapatillas y la blusa de rayas que llevaba puestos.
—No, así estoy bien —dijo—. ¿Podemos parar en Hardin y comprar algo caliente para beber? No me he tomado un café antes de marcharme.
— ¿Has comido?
—No he tenido tiempo.
—No quiero que te mueras de hambre. Podemos parar en un restaurante y...
—No, por favor. En realidad no tengo hambre. Estare bien con cualquier cosa.
—Bien.
La carretera a Hardin era larga y no había demasiado que ver por el camino excepto pastos y campos de trigo. El horizonte llegaba hasta el cielo y hacía que los campos parecieran inmensos. A Lali le encantaba aquella sobriedad
—Aquí hay tanto espacio vital —comentó.
—Por eso no me he marchado. Odio las multitudes.
Lali asintió, pero no dijo nada.
— ¿A qué se dedica el señor Smith?
—Es guardaespaldas profesional.
—Dado que, evidentemente, no necesitaría trabajar para ti, ¿quién lo emplea?
Lali tuvo que contener la risa al darse cuenta de que, inevitablemente, Pablo iba a terminar sabiendo para quién trabajaba el señor Smith.
—Viaja mucho.
—Si trabaja para la clase alta, no lo dudo —comentó. No le gustaba pensar en el señor Smith. Se sacó un cigarrillo del bolsillo de la camisa de franela. Aquel día llevaba unos jeans vaqueros y una campera porque hacía bastante frío en el exterior.
—Sigues fumando —dijo ella.
—Lo dejé durante un tiempo —contestó, sin especificar que sólo había empezado a hacerlo cuando Lali había vuelto a entrar en su vida.
— ¿Cómo te van los negocios?
—Bien.
—Supongo que resulta agradable no tener nubes en el horizonte.
—Yo no he dicho eso. Siempre hay problemas en una empresa. Últimamente nos pasamos el tiempo evitando absorciones.
— ¿El qué? —preguntó ella, fingiendo ignorancia.
—Las empresas rivales ven potencial en nosotros y tratan de absorbernos.
—No te pueden absorber así como así.
—No, pero compran acciones y entonces tratan de convencer a los accionistas mayoritarios para que los apoyen.
Frunció el ceño al pensar en los rumores que había escuchado sobre Tennison International. Nicolas Tennison había muerto, pero su hermano Victorio seguía vivo y se decía que la viuda de Nicolas tenía un increíble genio para los negocios y unos nervios de
acero. Resultaba extraño no haber visto una foto suya nunca. Se decía que no le gustaban las fotografías. Había hecho que uno de sus ejecutivos comprobara aquel rumor, pero Bill le había asegurado que no había nada de verdad al respecto. No obstante,
no sabía qué pensar. Bill llevaba un tiempo oponiéndose sistemáticamente a todo lo que él decía.
—No has vuelto desde que te marchaste de aquí, ¿verdad? —le preguntó a Lali de repente.
—No. Me habría gustado hacerlo. Echaba de menos a mi tía. Las llamadas telefónicas y las cartas no son lo mismo.
—Jamás le dijiste por qué te habías marchado.
—No. No habría servido de nada más que para disgustarla.
—Eso no habría evitado a la mayoría de las mujeres llorar encima de ella.
—Yo no soy como la mayoría de las mujeres. No necesito castigar a otras personas por mis propios problemas.
— ¿Es eso un palo?
—Dímelo tú, Pablo. Jamás te sentiste feliz por el modo en el que estabas conmigo. No te gustaba que tuviera tanto poder sobre ti y no querías ningún compromiso. Creo que estabas buscando una excusa para mandarme a paseo. Peter te lo puso en bandeja. Con un poco de ayuda.
— ¿De quién?
—No soy yo quien te debe responder a esa pregunta...
—A mi madre no le gusta tenerte en Billings —dijo él, después de una pausa.
—No me sorprende, pero no puede echarme. Esta vez no.
— ¿Qué quieres decir con eso de esta vez?
Lali sonrió, pero no se dignó a contestar.
— ¿Has estado en el campo de batalla desde que estuvo allí el equipo arqueológico?
— Sí. El fuego que arrasó la zona fue muy útil. Las excavaciones que se llevaron a cabo arrojaron una nueva luz sobre lo ocurrido en la batalla. Como ya sabes, Custer envió a un mensajero a Benteen para que llevara más munición en unas mulas. Eso fue lo último que se supo de él hasta dos días después de la batalla, cuando se encontraron los cadáveres.
—Y por eso, nadie sabe cómo dispuso Custer a sus hombres o cuál era su posición cuando montó el ataque contra las fuerzas combinadas de Sioux y Cheyenne — comentó Lali. Su tío le había contado muchas cosas sobre la batalla. Uno de sus antepasados había sido explorador para el Séptimo de Caballería en el momento de la batalla de Little Big Horn.
—Así es. Los relatos de los exploradores Crow indican que Custer fue advertido de que había un gran agrupamiento de indios en el Little Big Horn, pero, aparentemente, no les hizo caso. Ni siquiera lo creyó cuando vio el campamento, dado que sólo vio mujeres y niños. Tal vez pensó que los guerreros estaban lejos, cazando, y que contaba con el elemento sorpresa.
—Pero, según parece, fueron los indios los que contaron con ello.
—Sí. Los exploradores Crow y Arikara dijeron más tarde que Custer se vio abrumado por el gran número de indios.
— ¿No empleaban muchos oficiales dos traductores para asegurarse de que, cuando hablaban con los indios, éstos no cometían ningún error a la hora de descifrar el lenguaje de signos de los indios? —preguntó ella.
—Así es, pero se sabe que Custer entendía bastante bien el lenguaje de los signos.
—Fascinante.
—A mí la historia me parece fascinante. Jamás me canso de ir al museo o de recorrer el campo de batalla.
Cuando por fin llegaron al desvío, tomaron un pequeño camino asfaltado que los conducía al lugar histórico. Aparcaron frente al museo y subieron caminando hasta el lugar. Un gran número de tumbas aparecían marcadas por cruces blancas en una gran
zona delimitada por una verja de hierro forjado.
En lo alto de la colina estaba el monumento que enumeraba los nombres de los soldados que murieron en la batalla. En un tiempo pasado, todos los soldados del Séptimo de Caballería estaban enterrados en una fosa común, a excepción del cadáver
del general Custer, que se llevó a West Point para enterrarlo allí. Al otro lado del museo, había tumbas de muchos otros hombres, como veteranos de Vietnam. El comandante Marcus Reno estaba enterrado allí.
— ¿Y el capitán Benteen? —preguntó Lali.
—Falleció y está enterrado en Atlanta —respondió Pablo mientras contemplaba en paisaje—. ¿Recuerdas lo que hicimos cuando regresamos a mi apartamento?
Por supuesto que Lali lo recordaba. Pablo los había desnudado a ambos y entonces la llevó al cuarto de baño. La metió en el jacuzzi antes de acostarse a su lado. La colocó de manera que los chorros le provocaran un orgasmo arrollador y, mientras aún estaba temblando de puro placer, unió su cuerpo al de ella en uno de los actos sexuales más satisfactorios que habían compartido nunca. A continuación, Pablo la poseyó en el suelo del cuarto de baño, en la moqueta del dormitorio y en la cama. Lali había tardado días en recuperarse de la experiencia. Eso tan sólo había ocurrido unos
pocos días antes de que Emilia la acusara de robo.
—Fue la última vez que hicimos el amor —dijo Pablo, mientras contemplaba el campo de batalla y el cuerpo se le atenazaba con los recuerdos del placer—. Después de eso, no pude tenerte durante días por haber sido tan insaciable. Antes de que pudiéramos volver a estar juntos, surgió lo del tema del dinero... Te aseguro que me moriré sin volver a experimentar algo como lo de aquella tarde, Lali. No encontré lo que tuve contigo en el resto de las mujeres.
CAPITULO 19:
— ¿No? —Preguntó ella con un cinismo que no correspondía a su juventud—. Yo creía que, para un hombre, el sexo resultaba satisfactorio con cualquier pareja.
— ¿Acaso encontraste tú un placer así con otro hombre? —le espetó él.
Lali pensó en Nico y en lo mucho que él la había amado. Recordó la noche antes del accidente de avión, cuando notó los primeros despertares del amor por su marido.
—Estuve muy cerca...
Los celos se apoderaron de Pablo. No había esperado aquella respuesta por parte de Lali ni tampoco el brillo que se le había pintado en los ojos.
-¿Y él?
—Él me amaba —dijo llena de orgullo y respeto por la figura de Nicolas—. Yo era su mundo. Si él no hubiera muerto, yo aún seguiría a su lado y jamás habría vuelto a pensar en ti durante el resto de mi vida.
Pablo palideció. Apretó las manos y soltó una maldición.
—Adelante, pierde los estribos —le dijo ella muy tranquila—. Ya no te pertenezco. Ya no soy tu esclava. Por eso me has traído aquí, ¿verdad? Para ver si seguía amándote, para ver si aún era vulnerable hacia ti — añadió, colocándose las manos en las caderas. Por suerte, estaban prácticamente solos—. Me gusta besarte, Pablo. Tal vez incluso disfrutara pasando una tarde en la cama contigo, pero podría marcharme después sin mirar atrás —añadió con una sonrisa de pura malicia—. Pierde el control si quieres. Eso no cambiará nada. No conseguirás que vuelva a amarte.
— ¿Acaso me amaste alguna vez?
— ¿Y eso qué importa ya? Como lo que ocurrió en este campo de batalla, es historia. Los detalles han quedado ocultos en el pasado. Todo está muerto, Pablo. ¿A quién le importa analizar ahora lo que ocurrió?
Pablo no respondió. Encendió un cigarrillo, atónito por los intensos sentimientos que aún tenía hacia ella. Su propio comportamiento lo intranquilizaba.
—Vayámonos —dijo, dándose la vuelta.
Recorrieron el museo, donde estaba una copia de la última orden que Custer había enviado a Benteen. También había una réplica del traje blanco que Custer llevaba aquel cálido día de junio de 1876, cuando se marchó a Little Bighorn con su columna.
También se presentaban coloristas objetos indios y el equipamiento que los nativos llevaron a la batalla.
—Cuando un Sioux iba a la batalla —le dijo a Pablo—, siempre se ponía sus mejores galas, o al menos las llevaba consigo para que, si moría, pudieran enterrarlo con ellas. Se decoraba el cuerpo y la cara con los símbolos sagrados y, en ocasiones, decoraba a
su caballo del mismo modo. Mientras cargaba, entonaba su cántico de guerra. Era una ocasión muy importante cuando un guerrero entablaba batalla. No obstante, luchaban individualmente. No aceptaban órdenes de sus superiores, como en el ejército. Los
Sioux y los Cheyennes pertenecían a una sociedad guerrera, en la que había jefes ysubjefes. Durante la batalla, las sociedades atacaban juntas, pero se destacaba a
guerreros individuales en los cánticos que se entonaban después en el campamento.
— Sabes mucho sobre la cultura india —observó Pablo—. A menudo se me olvida que creciste en una reserva. Supongo que los indios te enseñaron muchas de estas cosas.
—Sí, pero también he leído al respecto. La cultura Crow es fascinante. Su estructura social es idílica para la cooperación y la armonía mutuas.
—Las flechas siempre me han fascinado —comentó Pablo conduciéndola a otra vitrina del museo—. Cada tribu tenía su modo de fabricar las flechas, al igual que cada guerrero. Por la manufactura, se sabe perfectamente quién ha disparado la flecha. Un indio era capaz de disparar ocho flechas antes de que la primera tocara el suelo y sin errar en su blanco. Sin embargo, no eran muy buenos tiradores de rifle.
—Eso le pasaba a mi tío. Me preguntó por qué.
—Supongo que es porque el modo en el que se mira un rifle y un arco para disparar es muy diferente
Lali volvió a pensar en la batalla de Little Bighorn. Suspiró al pensar en lo que debían de haber sentido los soldados cuando se vieron rodeados de un número tan ingente de indios y supieron que iban a morir. Y después de eso, vio los indios corriendo para salvar la vida, eternamente amenazados por lo que le había ocurrido a Custer, tanto si su tribu había estaba relacionada con la batalla o no.
—Muchos de los soldados acababan de llegar del este y no habían visto en su vida a un indio —comentó Pablo—. Los indios iban pintados, como sus caballos, gritaban sin parar mientras disparaban rifles y arcos. Había polvo y gritos de los heridos por todas
partes. Además, los indios eran todos guerreros muy experimentados en la batalla. Los reclutas no tuvieron posibilidad alguna.
—Sin embargo, Custer sí que tenía experiencia — afirmó Lali.
— Sí. También había algunos oficiales con experiencia, como Reno y Benteen.
Custer era veterano de la Guerra Civil, en la que luchó contra antiguos compañeros de West Point como Robert E. Lee o J.E.B. Stuart. Fue un hombre muy afortunado en el campo de batalla, pero su suerte se terminó aquí. Había dejado la artillería porque no
quería ir demasiado despacio y o no creyó a los exploradores indios o no valoró lo suficiente sus comentarios sobre la fuerza del campamento indio. Entonces, dividió las fuerzas entre el comandante Reno, el capitán Benteen y él mismo... Los historiadores no se ponen de acuerdo en lo que realmente ocurrió.
Sólo lo saben Custer y sus hombres si hubiera podido evitarse una tragedia así. Algunos dicen que Reno y Benteen deberían haber acudido en su ayuda, pero que los aislaron y no pudieron hacerlo.
—Reno sufrió un juicio militar, ¿no?
—No. Él mismo acudió a declarar, cansado de que se dudara de él. Quedó libre de cargos. También Benteen fue exonerado de toda culpa en la muerte de Custer. Los rumores los persiguieron durante todas sus vidas
Lali guardó silencio a partir de entonces. El contenido de las vitrinas la entristecía profundamente, tanto por los soldados como por los indios. Siempre le había sorprendido que Pablo supiera tanto de la batalla. Tenían aquel interés en común, junto con muchos otros. Por fin, abandonaron el museo.
En el exterior, Lali se fijó en que había unos indios vendiendo sus mercancías.
— Son Cheyenne —dijo Pablo—. Resulta irónico, ¿verdad? El campo de batalla está en territorio Crow. En el pasado, los Crow y los Cheyennes eran enemigos a muerte, como los Crow y los Sioux.
—Quedan tan pocos miembros de todas las tribus que ya no tiene sentido pelear. Les cuesta mucho mantener los pocos derechos que aún tienen y deshacerse de los especuladores que les quieren comprar las tierras. Ni siquiera pueden venderlas sin consentimiento del gobierno. Hay grupos trabajando en su favor en Washington, pero es un asunto muy complicado...
Se detuvo en seco. De nuevo, había estado a punto de revelar un secreto y decirle a Pablo que ella financiaba uno de esos grupos.
Regresaron a Billings en silencio.
—Aún no has comido —comentó Pablo cuando detuvo el coche delante de la casa de Lali.
—No tengo hambre.
—Podría ir a comprar algo de cenar —insistió, tras apagar el motor—. Podríamos hablar un poco más.
El corazón de Lali latía tan rápidamente... Recordaba tan bien la última vez que habían ido a visitar el campo de batalla y lo que había ocurrido después. Tenía que pensar en su nueva vida, en su hijo.
—Lali...
La voz de Pablo era de terciopelo. Prácticamente ronroneaba. La electricidad seguía presente entre ambos. El deseo no había desaparecido. Él era el único hombre al que había amado en toda su vida.
—Yo... Prepararé algo de comer —susurró. Sin embargo, el significado de lo que había dicho iba mucho más allá y él lo sabía.
Cuando los dos entraron en la casa y Pablo cerró la puerta, pareció de repente que no habían transcurrido tantos años. Lali estaba allí, no era un sueño. Las razones por las que no debía tocarla se desvanecieron como si se tratara de humo.
—Te deseo —susurró —. ¡Oh, Lali, te deseo tanto!
Lali empezó a temblar atenazada por su propia necesidad. Jamás había pensado en precauciones ni en consecuencias en lo que se refería a Pablo. No importaba nada más que él y el amor que sentía.
—Yo también te deseo —admitió ella.
—No hay mañana, Lali —dijo él—. No hay ayer. Sólo el día de hoy.
—Sí —dijo Lali suavemente. Entonces, Pablo la tomó entre sus brazos.
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Aaaah bueno!!!!.
ResponderEliminarAquí se viene la batalla ,y no precisamente financiera.
K sutil y a la vez directo Pablito,llevándola al museo Indio.
La pasión continua
Ahh!!! no me molesta que haya rock, lo que me molesta es que Pablo siga creyendo que ella robo el dinero y todavia le crea a Emilia!!!
ResponderEliminar@ROCHI16TA