miércoles, 16 de octubre de 2013

Capítulo 25 y 26 : "Volveré para Vengarme"



Holaa mil perdones por la demora les dejo dos capis de recompensa , besos

Pd: que bueno q volviste Chari, extrañe tus comentarios, saludos al pequeño Pedrito

CAPITULO 25:

Aquella noche, Ian estaba sentado en el regazo de su madre mientras ella veía por televisión las noticias de economía. Su hijo. Sólo con mirarlo, se sentía cálida y femenina. Pablo le había dicho que no quería tener hijos. Una pena. Él jamás conocería la
alegría de ver generaciones de su familia en el rostro de Ian ni de verse amado por el niño.

—Mamá, ¿por qué tienes que ver eso tan aburrido?

—Mi niño —comentó ella entre risas—. Eso tan aburrido me ayuda en mi trabajo.

— ¿Eres un hombre de negocios?

—No. Soy una mujer de negocios —le corrigió ella—. Ya lo sabes
.
—Supongo que sí. He sacado un diez en ortografía —dijo—, pero le tiré un bloque a Vale y tuve que ir al despacho para hablar con el director.

— ¿Llamó él aquí?

—Sí. Llamó al señor Smith. Él dijo un par de palabras feas y le soltó al señor Dodd que si Vale me volvía a pegar, yo tenía su permiso para tirarle otro bloque, También le dijo al señor Dodd que si me volvía a regañar por defenderme, él le daría al señor Dodd un buen bocadillo de nudillos. Al día siguiente, el señor Dodd estaba muy
nervioso.

Lali tuvo que ahogar una carcajada. El señor Smith ejercía aquel efecto en la mayoría de las personas

—A pesar de todo, no deberías pegar a nadie.

— ¿Por qué no si me pegan a mí primero?

En aquel momento, el teléfono empezó a sonar, librando a Lali de tener que encontrar una respuesta. Smith asomó la cabeza por la puerta.

—Es Ordoñez. Quiere saber si estarás en el despacho mañana.

—Dile que sí y pregúntale... No importa. Ya se lo preguntaré yo. Volveré dentro de un momento, hijo.

—Claro —repuso el niño, sabiendo que no sería así

A la mañana siguiente, estaba en el despacho antes de que abriera oficialmente. Utilizó su llave para entrar. Por su aspecto, parecía la ejecutiva que en realidad era con su traje oscuro, blusa blanca y zapatos muy elegantes. Se sentó a su escritorio y empezó a leer los informes que tenía encima. Mientras trabajaba, no podía dejar de
pensar en el pequeño discurso que le había echado Pablo. En resumidas cuentas, la dejaba porque no podía consentir que ella fuera la dueña de su mundo. Se permitió una sonrisa. ¿Qué diría Pablo cuando descubriera que tal vez fuera él quien no encajaba en el de ella?

La posibilidad de que él se negara a cederles los contratos de minerales y que hubiera que absorber por completo su empresa empezó a preocuparle. ¿Lo haría sólo por venganza o por el bien de su propia empresa? Si tenía que obligar a Pablo a renunciar a la empresa que era su vida entera, ¿podría cargar con esa culpa? Vico le había dicho que podrían conseguir aquellos minerales en otra parte, y probablemente así era. Sin embargo, los costes se incrementarían espectacularmente, sobre todo en transportes. Ese esfuerzo podría terminar pasándoles factura a ellos. Vico no lo sabía, pero Lali sí. No había dejado ningún cabo suelto en aquel proyecto. Efectivamente, no le quedaba más remedio que seguir adelante con su plan.

Gaston Ordoñez llamó a la puerta y entró en el despacho, cerrando la puerta a sus espaldas.

— ¿Cuánto tiempo vas a quedarte aquí?

—Sólo hoy. Tal vez mañana si llamo para decir que estoy enferma. ¿Qué es lo que querías?

—Saber si te has dado cuenta del tiempo que tu cuñado se pasa en este despacho y lo que está sacando de tus archivos.

— ¿Sabes lo que estás diciendo?

—Por supuesto. Te estoy diciendo que Victorio Tennison está trabajando en tu contra a cada oportunidad que tiene. Con esta pelea que has entablado con Arrechavaleta Properties, le has puesto un arma en las manos y te va a destruir con ella si no tienes
cuidado.

Lali entornó los ojos. Acababa de comprobar que sus sospechas no eran totalmente infundadas.

—Cuéntamelo todo.

—Se ha aprovechado de tu ausencia y les ha dicho a los clientes que estás de vacaciones. Ha desviado varios asuntos a su propio despacho, ha convencido a tu antigua secretaria para que se vaya a trabajar con él y, en su tiempo libre, está cultivándose a tus ejecutivos en fiestas. Además, ha ido hablando con todos los accionistas de Arrechavaleta Properties, no sólo con los que tú le pediste que contactara.

—Me pregunto con qué fin.

—Creo que lo sabes. Nosotros creemos que va a pedir un voto de «no» confianza para ti en la próxima reunión de accionistas.

— ¿Crees que lo conseguirá?

—De mí no. Los beneficios que has reportado a la empresa resultan difíciles de ignorar, aunque este asunto de los minerales no esté muy claro. Estoy contigo. Y también cinco de los otros. Sin embargo, Vico tiene mucho peso con algunos de los restantes y lo está ejerciendo. Ten cuidado.

—Lo haré —dijo, poniéndose de pie—. Esos minerales son necesarios, ¿sabes? He estado trabajando en un informe que explica mi posición. Te lo dejaré y asegúrate de que todo el mundo tenga una copia. No quiero que nadie piense que sólo busco venganza. Tenía razones personales para querer echar a Pablo Arrechavaleta, pero ya están superadas. Ahora, se trata estrictamente de negocios. El coste de transportar los minerales que necesitamos de otros estados sería desorbitado. Además, Arrechavaleta  no tiene razones legítimas para negarme esos contratos y sus directores lo saben. Si puedo conseguir que se deshaga de ellos, lo haré. Con Vico o sin Vico.

—Bien dicho —afirmó Gaston con una sonrisa—. Jamás creí que te interesara la venganza. Eres demasiado sensata —añadió. En silencio, Lali dio las gracias porque McGee no lo supiera todo—. Has perdido un poco de peso, ¿no?

—Probablemente. Siempre me ocurre con el frío. Tráeme las cifras de la fusión con Camfield Computers, ¿quieres?

—No puedo. Las tiene Vico
.
—Pero si le estamos proporcionando personal de apoyo. Tenemos todo el derecho del mundo a tener acceso a los detalles del contrato.

—Veré lo que puedo hacer —dijo Gaston—. No sabes lo mucho que se ha implicado en todo lo que hacemos aquí. Tu ausencia, aunque necesaria, le ha dado la oportunidad que necesitaba para venir aquí y meter la nariz en todas partes.

Lali contuvo el aliento. Se trataba de una red en la que ella y las personas que trabajaban para ella se encontraban atrapadas. Vico la había tejido muy hábilmente.

—En ese caso —afirmó—, suponte que descubrimos exactamente lo que sabe y le tendemos una trampa.

—Cuéntame más —le pidió Gaston, mucho más alegre.

—Espero que sigas soltero.

— ¿Cómo dices?

— ¿Sigues soltero?

—Bueno, sí...

— ¿Sigue bebiendo los vientos por ti la secretaria personal de Vico?

—Dios mío... No me puedes pedir que haga eso.

—Claro que puedo. Haz unas reservas en el mejor club que puedas encontrar y sonsácala. Te dirá todo lo que sepa.

—Eso no me parece muy ético.

—No lo es, pero tampoco que Vico esté tratando de echarme de mi propia empresa. El fuego se combate con fuego. Hazlo.

—Muy bien. ¿Qué más?

—Realiza una lista alternativa de todos los socios de Arrechavaleta Properties y ve a ver personalmente a los que vivan en Chicago. Cena con ellos, muéstrales los beneficios que podemos darles. Sin embargo, no se lo digas a Vico. Yo haré lo mismo en Billings.

Encuentra otra persona en la que puedas confiar y adjudícale otros accionistas. Vamos a tener que darnos prisa, pero creo que lo conseguiremos a pesar de los intentos de Vico por interferir. ¿Estás tú conmigo?

— ¡Qué pregunta más estúpida! Aquí estoy, dispuesto a sacrificarme con esa Sanderson por la empresa y tú cuestionas mi lealtad. ¿La has visto?

—Sí —admitió Lali—. Y admiro tu coraje.

—Bien. ¿Algo más?

—Nada. Gracias, Gas.

—De nada.

LAli se pasó el resto del día hablando por teléfono con clientes y colegas. Cuando llegó a casa, Ian ya estaba en la cama. Lo peor de todo era que se le había olvidado llamar a la señora Berta. Podría hacerlo a la mañana siguiente. Se metió en la cama y se quedó dormida antes de tocar la almohada.


El día siguiente fue una repetición del anterior. Convenció a la señora Berta de que estaba medio muerta por un virus y le suplicó a la buena mujer que no mandara a nadie a verla dado que era terriblemente contagioso. Como tenía una buena excusa, disponía de dos días más. Por lo que había sido capaz de sacarle a la mujer, Pablo seguía fuera de la ciudad. Todo bien. Al final del tercer día estaba completamente agotada. No le ayudó en nada que
Vico pasara por la casa aquella tarde para que ella le firmara otro contrato que debería haber sido ejecutado por el departamento de Lali.

—Esto ocurre con mucha frecuencia, ¿no? —le preguntó, después de firmar el contrato.

— ¿El qué? —preguntó Vico, inocentemente.

—El hecho de que tú negocies contratos de empresas nacionales.

—No has estado aquí —respondió él, encogiéndose de hombros—. Sólo estaba tratando de darle salida al trabajo.

—La junta de Arrechavaleta  se reúne la semana que viene. Te espero allí. No me desilusiones. Y, mientras tanto, todo lo que surja a nivel nacional tiene que ser supervisado por mí, por mi equipo. Espero que se me consulte, aunque sólo sea para comprar papel higiénico para los porteros de una pequeña firma de ordenadores, ¿de acuerdo?

Vico ya había tenido algunas oportunidades de ver a Lali enojada. Notó el hielo en su voz y en sus ojos. Pensó que, al menos, no tenía ni idea de lo que estaba intentando hacer. Tenía garantías de varios accionistas de de Arrechavaleta Prop. e iba a conseguir
más. De hecho, incluso había hablado con Pablo Arrechavaleta, le había prevenido sobre la absorción y le había ofrecido su ayuda. Pablo no sabía nada sobre LAli. 
Vico no se había atrevido a divulgar aquel punto, pero Pablo había accedido a cooperar. Aquella sería su caía. Vico tenía intención de terminar echando a Pablo de su empresa. Así, tendría el control de la empresa, y con los suyos en los puestos directivos, contaría
con los contratos de minerales. Entonces, cuando pudiera demostrar que Lali había ido a por Arrechavaleta  para vengarse, tendría también la cabeza de su cuñada.

Terminaría siendo dueño de todo. Lo único que tenía que hacer era conseguir que Pablo y Lali desconocieran sus planes durante un poco más de tiempo.

—Está muy claro —afirmó—. Trataré de no volver a excederme en mis límites.

—Así lo espero.

Aquella noche, cuando le dijo a su hijo que tenía que volver a Billings, el pequeño empezó a gritar.

—Ya casi he terminado —le dijo, secándole las lágrimas—. Además, el señor Smith y tú van a venir conmigo. Nos marchamos a primera hora de la mañana.

— ¿De verdad que me voy yo también? —preguntó el niño, completamente incrédulo.

Lali no había tenido intención de llevarse a su hijo. Tenía miedo de que Emilia o un vecino lo vieran. Que lo viera Pablo. Sin embargo, su hijo estaba muy disgustado y no podía consentirlo. Decidió que iría dos días más a trabajar y que, después, le contaría su pequeña sorpresa a Pablo. Y también a Vico. Había hecho sus deberes y estaba segura de poder soportar bien la prueba. Horas más tarde, el señor Smith, con Tiny en un transportín, Ian y ella se montaron en el avión de Tennison. La trampa estaba preparada. Lo único que Lali
tenía que hacer era esperar que cayera la presa.


CAPITULO 26:

El fin de semana pasó muy lentamente. Lali estuvo dos días trabajando en el restaurante. Después, regresaba a la casa de su tía por las tardes. El señor Smith se ocupaba de organizar las comidas y la casa y de ocuparse de Ian.
Mantener ocultos al señor Smith y al niño en la casa era lo más difícil. El coche de alquiler tenía que aparcarse lejos de la casa. Ian sólo podía jugar en el jardín trasero, que tenía una valla muy alta y contaba con gran intimidad. Ni siquiera se podía asomar por la ventana. Eso provocaba que las cosas resultaran muy difíciles, pero
Lali estaba tan contenta de tenerlo a su lado que no le importaba.

Mientras tanto, seguía trabajando en el restaurante y en su escritorio por las noches, coordinándose constantemente con Gaston. A pesar de tanto ajetreo, tener a Ian a su lado, poder leerle cuentos y jugar con él le proporcionaba una intimidad con su hijo que estaba disfrutando plenamente. No dejaba de preguntarse cómo sería vivir
allí, criar a su hijo en aquel lugar tan maravilloso.

Por suerte, Pablo no se había presentado en el restaurante desde que ella había regresado. Sin embargo, Emilia apareció el sábado. Lali tuvo que esforzarse mucho para disimular que todo iba bien. No obstante, la mujer, que siempre se mostraba desafiante, tenía un aspecto asustado.

— ¿Por qué has cambiado de opinión? —le preguntó en cuanto ella se acercó a la mesa.

—Porque Pablo ya no me desea —respondió Lali, sin andarse por las ramas. No podía admitir los temores que tenía sobre lo que podría ocurrir si Pablo descubriera la existencia de Ian.

—Está muy raro —comentó la mujer—. Y esta última semana es mucho peor. Me mira, pero no me ve. No escucha lo que le digo. Me dijo... me dijo que te contó lo de su padre.

De eso se trataba. Emilia tenía miedo de que Lali pudiera hablar y dañar así el impoluto apellido de los Arrechavaleta.

—No tiene que preocuparse —le dijo Lali, muy fríamente—. Los secretos de su familia no me interesan lo suficiente como para chismorrear sobre ellos.

Emillia frunció el ceño ligeramente y levantó la mirada.

— ¿Acaso no es eso por lo que ha venido? —Le preguntó Lali—. ¿Para asegurarse de que yo no iba a decir nada?

Emilia  abrió la boca para hablar, pero, antes de que pudiera hacerlo, Pablo entró en el restaurante con su rubia del brazo. Se obligó a parecer completamente enamorado de euge mientras la conducía a la mesa en la que su madre estaba sentada.

Emilia  pareció tan sorprendida como Lali, aunque ésta última no se dio cuenta.

—Aquí estás —dijo Pablo, mirando a su madre—. Tenías que almorzar con Eugenia y conmigo en la casa. La comida está esperando.

— ¡Oh! —exclamó Emilia. Era la primera vez que se le olvidaba algo así. En realidad, aquella Eugenia no le parecía mucho mejor que Lali. Tenía dinero, pero carecía de educación y de buenos modales.

Lali observó con un gran peso en el corazón cómo los tres se marchaban. Bueno, sabía que Pablo estaba saliendo con Eugenia. ¿Por qué tenía que sentirse herida? Además, ella tenía cosas mucho más importantes en la cabeza. Alegó un dolor de cabeza y se marchó del restaurante. Ya no importaba que la señora Berta la despidiera. De todos modos, aquél era su último día en el restaurante. Sólo había aguantado hasta entonces para acallar sospechas en aquel momento tan delicado.

En la elegante casa de los Arrechavaleta, Pablo acomodó a Eugenia al lado de su madre y se sentó. Las doncellas empezaron a servir la comida mientras Eugenia se quejaba de lo flojo que era el café.

— ¿Por qué estabas en el restaurante? —Le preguntó Pablo a su madre—. ¿Sigues intentando protegerme?

—No, yo...

—Creía que íbamos a ir al ático para almorzar — musitó Euge, ignorando la conversación que estaba teniendo lugar—. Además, no mencionaste que íbamos a venir aquí hasta que viste el coche de tu madre en la ciudad.

Emilia se quedó atónita. Entonces, no se había olvidado. Se preguntó cuáles eran los motivos de Pablo y se preguntó si el hecho de que Lali lo viera con Eugenia había tenido algo que ver.

—No importa, cielo —le dijo él a la rubia—. Respóndeme —le espetó a su madre—. ¿Por qué estabas en el restaurante? ¿Qué me estan ocultando Lali y tú?

—Sólo quiero una ensalada —le pidió Euge a una de las doncellas—. Con aliño de queso azul, pero no lo quiero encima de la ensalada. Y quiero Perrier para beber.

—Te vas a morir de hambre sólo con eso —comentó Pablo.

—Y tú vas a engordar con eso —replicó ella, señalando la carne con patatas y judías—. La carne de buey es muy mala. No deberías comerla.

— ¿Te has olvidado de que soy el dueño de un rancho? —preguntó él, apretando los dientes.

—Es una crueldad. Me apuesto algo a que marcas el ganado. Yo pertenezco a varias organizaciones de derechos para los animales y....

—Ahora no —le ordenó él. La amenaza que vio en sus ojos hizo que Euge se detuviera en seco—. Y no me hables así. Ya no soy ningún niño.

—Sí que lo eres —ronroneó ella.

Emilia parecía completamente escandalizada. Pablo miró a Euge lleno de ira. No había tenido intención de llevarla a la casa. Ni
siquiera al restaurante. Había querido que Lali pensara que estaba teniendo una aventura con ella, pero no era cierto. No había tocado a ninguna mujer desde que Lali había regresado a Billings. No podía. Sin embargo, no estabas dispuesto a admitirlo aunque se lamentaba profundamente de lo que le había dicho a ella. En lo
único en lo que podía pensar era en cómo se iba a sentir cuando ella volviera a salir de su vida. Había llevado a Euge al restaurante en un último intento por dilucidar los sentimientos de Lali, para ver si ella aún sentía algo por él a pesar del daño que él le había hecho.

Si hubiera visto una indicación de interés, un gesto, lo habría dejado
todo a un lado para darle a su relación una verdadera oportunidad. Sin embargo, Lali ni siquiera parecía haberse fijado en que Eugenia lo acompañaba. La fría mirada de su madre interrumpió sus pensamientos.

—Tengo que ocuparme de las invitaciones de esa merienda benéfica que voy a celebrar —dijo emilia, poniéndose de pie—. Que disfrutes del almuerzo, Pablo. Yo... espero que nos volvamos a ver en alguna ocasión, Euge.

Pablo observó cómo su madre se marchaba con una mezcla de  sentimientos.

—Ojalá supiera lo que está pasando.

— Supongo que yo la he avergonzado —comentó Euge con una carcajada—. ¿Acaso no sabe tu madre que te acuestas con chicas?

—Yo no me acuesto contigo y lo sabes muy bien — le espetó él con tono amenazante. Entonces, se levantó—. Te llevaré a tu casa.

—Por el amor de Dios, yo sólo he dicho que... — protestó Eyge cuando él la tomó del brazo.

—Vamos —musitó él.

2 comentarios:

  1. Vaya con Vico y sus intereses ocultos,LAli le hubiera dado todo,estoy segura.
    Jajajaa,Pablo y sus intentos d ponerla celosa.
    Le daré besitos d tu parte a Pedro.Gracias.
    X poco no puedo comentar,internet,va para atrás.

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  2. me recomendarias un libro o un.cuento porfavor

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