jueves, 10 de octubre de 2013

Capítulo 22: "Volveré para Vengarme"



CAPITULO 22:

Sin embargo, cuando estuvo en su coche e iba de camino a casa, se maldijo por todas las cosas que había dicho. No había nada que Lali, igual que él, pudiera hacer cuando se tocaban, pero él la había hecho parecer una zorra. No había sido su intención hacer algo así, pero le había dolido mucho que ella lo rechazara. Había pensado que habían vuelto a empezar, pero Lali le había dado con la puerta en las narices.

«Mejor», pensó, tratando de aliviar así su orgullo. Su padre le había
demostrado que a un Arrechavaleta no le resultaba posible serle fiel a una única mujer. Había visto como la vida de su madre quedaba destruida por la constante infidelidad de su esposo. Eso había cambiado su opinión del matrimonio, del amor. Nada duraba para
siempre y mucho menos la atracción. Eso era lo único aje había habido entre Lali y él. Atracción.

Sin embargo, al recordar la pasión que los dos habían compartido, no le parecía así. La necesidad que los dos habían sentido el uno por el otro había durado muchos años y el modo en el que ella había vuelto a acogerle le sabía dejado atónito. Jamás había sentido con ninguna mujer lo que sentía cuando estaba con ella en la cama. Era como morir del modo más exquisito.
Gruñó al sentir que el placer se apoderaba de él. Iba a perderla una vez más y no sabía si podría soportarlo una segunda vez. Si por lo menos ella pudiera tolerar lo que había entre ellos sin promesas de eternidad... ¿No había comprendido ya que nada duraba para siempre?

No hacía más que pensar lo que ella le había dicho. No hacía más que insinuar que su madre había tenido algo que ver en la ruptura. Pablo sabía que eso no era cierto. Su madre lo adoraba. Ella jamás haría nada que pudiera hacerle daño. El vestido que llevaba en el asiento de al lado lo enojaba. Siguiendo un impulso, detuvo el coche en un puente, lo sacó de la caja y lo arrojó al río. Mientras observaba
cómo se alejaba flotando sobre las aguas corriente abajo, se sintió como si estuviera viendo el pasado. No le debería haber dicho aquellas cosas a Lali. Iban a hacer que todo resultara mucho más complicado.

Lali estaba considerando sus opciones mientras estaba sentada sola en el sofá. Una parte de ella quería regresar inmediatamente a Chicago y tirarlo todo por tierra, pero no podía hacerlo. Vico le había dicho que estaban avanzando con sus contactos de la costa este. La ira que sentía por Pablo le dio ímpetu a su determinación. Sacó la lista de contactos y vio que el cuarto nombre era el de un tío de Pablo, uno de sus enemigos más acérrimos. Jamás había fingido sentir simpatía alguna por Pablo. Por supuesto, ningún amigo podía
ser mejor que un enemigo común, pero no sabía si podría confiar en aquel hombre hasta que lo conociera.

Tomó el teléfono y marcó un número. Dio un nombre falso y preguntó por las acciones que el anciano tenía. Por último, mencionó algo sobre una sorpresa que quería darle a Pablo. El viejo le dijo poco, pero Lali consiguió una reunión con él a la mañana
siguiente muy temprano.
Cuando colgó el teléfono, pensó en la reunión que Pablo había organizado con sus accionistas para dos semanas después. Si todo salía bien, ella iba a darle una gran sorpresa a él y a su madre.
No se lamentaba de ello. A lo largo de los años, los Arrechavaleta le habían proporcionado mucho sufrimiento. Era justicia poética poder tener un papel muy activo en ver cómo lo perdían todo.

No obstante, le entristecía que Pablo y ella no pudieran tener una relación permanente. Habría sido muy agradable para Ian, pero no iba a ser posible. Ya no habría más encuentros románticos entre ellos. Había llegado la hora y le quedaba muy poco tiempo para terminar de extender la red.

Jeronimo Arrechavaleta tenía setenta y dos años. Vivía en una casa situada en más de cuatro mil hectáreas de pastos en el sur de Montana. Dio la bienvenida a Lali con una cortesía ya pasada de moda y le ofreció café y pastas.

— Ahora —dijo él, cuando estuvo cómodamente sentado en su mecedora y Lali en el sofá—. ¿Qué desea usted saber sobre mi acciones?
Lali sonrió. Iba vestida con un traje gris y una camisa azul. Llevaba el
cabello recogido en una trenza que le caía por la espalda. Tenía el aspecto de la exitosa mujer de negocios que era. Notó que su aspecto le daba más puntos con el tío abuelo de Pablo. Ya había contado con ello.

— ¿Puedo confiar que no se lo dirá a Pablo si se lo cuento? —preguntó sin andarse por las ramas.

—Por supuesto. Me gusta su sinceridad. Sí, claro que puede confiar en mí. Le doy mi palabra.

—En ese caso, le diré que voy tras la empresa de su sobrino —afirmó—. Lo quiero todo y estoy dispuesta a pagar mucho dinero por las acciones. Lo que no pueda comprar, deseo controlarlo a través de poderes.

—Y cuando tenga la empresa, ¿qué es lo que piensa hacer con ella?

—Incorporarla a la mía.

— ¿Usted tiene su propia empresa? —preguntó, impresionado.

-Sí.

—Los tiempos cambian.

—Por supuesto —afirmó ella. Rápidamente pasó a describir lo que quería hacer con los contratos de minerales que tenía Pablo y por qué los necesitaba.

—Entonces, no quiere venderlos. No es propio de él dejar pasar un negocio como ése. Ninguna empresa se puede permitir rechazar esa cantidad de dinero.

—Estoy segura de que tiene sus razones. Según tengo entendido, a la junta de accionistas tampoco le pareció correcta su línea de razonamiento. Sin embargo, yo necesito esos minerales y haré todo lo que esté en mi mano para conseguirlos.

— ¿Por qué? —Preguntó el anciano, frunciendo el ceño—. No se debe simplemente a negocios, ¿verdad?

—Usted sabe demasiado. No, también es un asunto personal. Su madre y él me hicieron mucho daño hace ya algunos años. Me echaron de la ciudad y me dejaron sola en el mundo.

—Tú eres Mariana, ¿verdad?

— ¿Cómo lo ha sabido?

—Se enteró toda la familia de lo ocurrido, a pesar de los esfuerzos de Emilia por ocultarlo. Te tendió una trampa, ¿verdad?  es una mujer fría y dura. Lleva toda la vida fingiendo ser algo que no es. Se casó con el padre de Pablo, que era un play boy. Jamás ha amado a nadie a excepción de su hijo. Una mujer no debería ser tan posesiva
con un niño. No puede acarrear nada bueno.

—Eso dicen —murmuró Lali, pensando en lo protectora que era para con su propio hijo. En aquel sentido, odiaba comprender a Emilia.

— Siempre supe que regresarías algún día. ¿Sabe Emilia que estás aquí?

— Sí. A pesar de que lo ha intentado, no puede comprarme.

—Es una mujer muy dura. Algún día pagará por lo que hizo. Sin embargo, eso no depende de ti, sino de Dios. Resulta muy peligroso tomarse la venganza por la propia mano de uno. Las consecuencias podrían volverse contra uno.

—Si puedo hacerme con sus acciones no —replicó ella, riéndose—. ¿Qué me dice?

—Muy bien —respondió él, tras considerarlo durante un minuto—. Puedes disponer de ellas.

— ¿No se lo dirá a Pablo o a Emilia?

—No. Pablo habría sido mejor persona si Emilia no lo hubiera apartado de mí. Pensaba que yo no era lo suficientemente bueno como para asociarme con él. Vivo aquí, en el campo, tengo ganado y cosas así. En los viejos tiempos, los míos podrían haber
comprado y vendido a los suyos. Ahora, soy una vergüenza para ella.

—Mi tío abuelo era indio —dijo Lali con orgullo en la voz—. Tengo primos en la reserva y no me avergüenzo de ellos.

—Bien hecho. No hay que avergonzarse de las personas decentes, sean ricas o pobres. Es una pena que Emilia se haya hecho tan arrogante. Yo sé cosas sobre ella que Emiilia no querría que se supieran. No siempre ha sido una dama rica de la alta sociedad.

—Se dice que los pecados acaban por pasar factura. Ya lo veremos.
—Muy bien. Te firmaré los papeles que quieres, pero te advierto que no trates de erigirte en juez. Uno termina pagando lo que hace.

—Eso lo sé muy bien.

Con el poder en la mano, regresó a Billings en el coche que había alquilado. Había sido algo arriesgado hacerlo, porque seguramente Pablo la estaba vigilando. Sin embargo, ya no le importaba. Tarde o temprano terminaría por descubrir su secreto.
Se cambió y se fue a trabajar. Allí, se enteró a través de uno de los ejecutivos de Pablo que él se había marchado el día anterior y que no iba a regresar en una semana.
Se había preocupado por nada. A Pablo no le importaba lo suficiente como para que sintiera la necesidad de vigilarla. No sabía si sentirse aliviada o desilusionada por la noticia.

A la hora de almorzar, Emilia  entró en el restaurante y se sentó en una de las mesas que le correspondían a ella. Con la ausencia de Pablo, parecía que se sentía lo suficientemente segura como para ir a ver a Lali a su terreno.
LAli se acercó a la mesa y le ofreció el menú con su habitual cortesía. Las manos de Emilia temblaban cuando lo tomaron.

—Sólo quiero un café y un pastel de manzana — dijo, dejando el menú a un lado—. También quiero que me digas cuánto tiempo piensas quedarte. Sé que fuiste con Pablo al campo de batalla el jueves. Regresó a casa muy disgustado y ayer se marchó sin
decirme ni una palabra.

—Ya es grande —replicó Lali—. Creo que ya tiene la suficiente edad para marcharse sin pedir permiso.

Emilia la miró con una mezcla de odio y de súplica.

—Te daré lo que quieras si te marchas. ¡Lo que quieras! Mi hijo es lo único que me queda. Seguramente necesitas dinero. Aún eres joven y seguramente podrás encontrar a alguien de quien enamorarte. Te puedes casar y tener una familia. Yo te ayudaré a volver a empezar en otra parte.

—Es demasiado tarde para eso —replicó Lali, sin inmutarse—. Ya conoce usted mis condiciones.

—No se lo puedo contar a Pablo. ¡No puedo! Él me odiaría…….

—Usted es su madre. No puede odiarla.

—Lali, por el amor de Dios... No me hagas —suplicó Emilia con lágrimas en los ojos. Entonces se agarró con fuerza al delantal de Lali—. Es mi hijo. Sólo quería lo mejor para él.

—Y yo no lo era.

—Tenías dieciocho años. Eras pobre. Yo quería una igual para él, alguien que pudiera reportarle estabilidad, seguridad y un futuro feliz. Él te deseaba, pero la lujuria le impidió ver lo que eras en realidad. No habría durado. Él estaba resentido contigo. No quiso comprometerse contigo, pero me dijo que tuvo que hacerlo para
seguir viéndote, que sólo estaba jugando contigo...

Lali hizo un gesto de dolor y cerró los ojos. Siempre había dado por
sentado que Pablo la amaba. Ya lo sabía todo. Sólo había sido deseo. Jamás había pensado en algo permanente entre ellos a pesar de lo que le dijo cuando le pidió que se casara con él.

—No me di cuenta de lo que había hecho hasta que fue demasiado tarde —prosiguió Emilia—. Unos detectives privados te estuvieron buscando durante más de un año, pero no pudieron encontrarte. De algún modo, te habría compensado.

—Hay cosas que no se pueden compensar.

— ¿Tuviste al niño? ¿Lo diste en adopción?

Lali no respondió. Se limitó a mirar a Emilia con el odio reflejado en la mirada.

—Tendrá que pasarse el resto de su vida preguntándoselo y ni siquiera entonces sabrá el infierno por el que tuve que pasar.

—No, supongo que no lo sabré nunca —dijo Emilia. Durante un instante, se reflejó en sus ojos algo parecido a la comprensión—. No debería haber venido. Sin embargo, Pablo está sufriendo. Sufre de verdad. Si no sientes pena por mí, ¿no la puedes  sentir por lo menos hacia él?

—La única razón por la que está sufriendo es porque le he negado mi cama —le espetó Lali, viendo como la otra mujer se sonrojaba—. Jamás me amó. Sólo era deseo, como usted misma ha dicho. Cuando me vaya, encontrará a otras mujeres —añadió con una fría carcajada—. Igual que hizo cuando me marché la primera vez.

—Desde que te marchaste, es un hombre muy diferente. Tantas mujeres... Te busca por todas partes y no puede encontrarte. Si hubiera permitido que te quedaras, tal vez se habría cansado de ti. Tal vez hubiera terminado por hartarse.

—Ya se había cansado de mí. Estaba buscando una razón para deshacerse de mí. Usted se la dio, eso es todo. Bueno, ¿quiere que le traiga algo? Mi turno termina dentro de veinte minutos y me espera un montón de trabajo en casa.

—Limpieza, supongo —replicó Emilia con una sonrisa—. Yo ya no tengo que hacer ese tipo de cosas, pero recuerdo... Bueno, si cambias de opinión, en lo de marcharte... Te podría dar veinte mil.

—Ya le he dicho que no puede comprarme.

Emilia se levantó de la silla.

—Eso es cierto. Era una de las cosas que más admiraba sobre ti. Yo fui como tú... una vez. Sigues enamorada de él, ¿verdad? —le preguntó, tras recoger el bolso-. Eso empeora la situación...

1 comentario:

  1. ASlgo cierto dijo Emilia ,Lali sigue enamorada d Pablo.
    Como me gustaría k Lali fuese a esa fiesta ,con Vico ,el sr Smith ,o con uno d sus primos indios ,cualquiera d ellos ,con tal d molestar a Pablo.

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