CAPITULO 5:
Pablo arrechavaleta era tan alto como el señor Smith, pero las comparaciones terminaban allí. Pablo resultaba misterioso y peligroso, a pesar del traje de tres piezas que llevaba en aquel momento. Cuando dio un paso al frente, Lali sintió una
oleada de calor por todo el cuerpo a pesar de la angustia de los últimos seis años.
Estaba mucho adulto. Tenía espesas cejas y ojos verdes. La nariz era recta, la boca sensual. Llevaba un sombrero vaquero ligeramente inclinado sobre la ancha frente. En los dedos sostenía un cigarrillo. No había podido dejar de fumar.
— Me pareció que eras tú —dijo sin preámbulo alguno, con voz dura y cortante—. Desde la ventana de mi despacho se ve la estación de autobuses.
Tal y como Lali había esperado. Se recordó que era más madura, más rica y que Pablo no tenía ya ningún poder sobre ella.
.— Hola Pablo —dijo—. Me sorprende verte aquí, en los barrios bajos.
—Billings no tiene barrios bajos. ¿Por qué estás aquí?
—He regresado por la fortuna de tu familia —le espetó ella— Se me olvidó la última vez.
Pablo realizó un gesto de incomodidad. Se metió una mano en el bolsillo y se pegó un poco más la fina tela de los pantalones a los poderosos músculos de sus largas piernas.
Lali tuvo que esforzarse para no mirar. Desnudo, aquel cuerpo era un milagro de perfección, piel y vello oscuro, que dibujaba el contorno del torso y del esbelto vientre y que le espolvoreaba las piernas….
— Después de que te marcharas —admitió de mala gana—. Bedoya le dijo a mi madre que tú no habías tenido nada que ver con el robo.
Lali recordó que, supuestamente, Peter Bedoya era el cómplice del que ella había estado enamorada y con el que se había estado acostando. Sólo un estúpido celoso podría haberse imaginado que ella hubiera podido pasar de Pablo a Peter, pero, dado que emilia había pagado a éste último para que se inventara la historia, los
detalles que ella le había dado eran casi perfectos. A pesar de lo evidente que resultaba todo, Pablo la labia creído capaz de cometer una infidelidad y actos criminales.
El amor sin confianza no era amor. Incluso había llegado a admitir que el único interés que había sentido por ella había sido puramente sexual.
—Me pareció extraño que la policía no viniera detrás de mí —replicó ella.
—Resultó imposible encontrarte.
No era de extrañar. Nico se la había llevado a una isla del Caribe durante su embarazo, acompañada del señor Smith. Nadie había sabido su verdadero nombre. Todos la conocían como Lai Tennison. Se alegraba de que se hubieran tomado aquellas
medidas. Había tenido miedo de que los Arrechavaleta trataran de encontrarla aunque sólo
fuera para avergonzarla.
—Me alegra saberlo —dijo ella, con un cierto sarcasmo—. No me habría gustado ir a la cárcel.
El rostro de Pablo se hizo más severo. Frunció el ceño mientras estudiaba el rostro de Lali.
—Estás más delgada de lo que yo recordaba — dijo—. Mayor.
—Voy a cumplir veinticinco años. Tú ahora tienes treinta y uno, ¿no?
PAblo asintió y, entonces, la miró de arriba abajo. Se sentía como si volviera a morirse por dentro. Seis largos años. Recordaba haber visto lágrimas en aquel joven rostro y el sonido de su voz despreciándolo a él. También recordaba los exquisitos momentos en la cama con ella, cómo el cuerpo de Lali se encendía bajo el calor del suyo y la voz se le quebraba al gemir de placer contra su garganta...
—¿Cuánto tiempo vas a quedarte? —le preguntó.
—Lo suficiente para deshacerme de la casa.
—¿No la vas a conservar? —quiso saber, odiándose por haber sentido la curiosidad suficiente como para hacer aquella pregunta.
—No, no creo que me quede. Tengo demasiados enemigos en Billings como para sentirme cómoda.
— Yo no soy tu enemigo.
— ¿ No? —Replicó ella, levantando la barbilla—. No es así como recordaba.
— Tenías dieciocho años. Eras demasiado joven. Jamás te lo pregunté, pero estoy seguro de haberte quitado la virginidad.
Lali sonrojó. Pablo recibió aquella reacción con una ligera sonrisa.
— Veo que así fue.
— Fuiste el primero —dijo ella—, pero no el último— añadió con una sonrisa—. ¿O acaso creíste que iba a ser imposible encontrarte un sustituto?
Pablo sintió una espina en su orgullo, pero no reaccionó. Se terminó el cigarrillo y lo arrojó al jardín.
— ¿Dónde has estado los últimos seis años?
—. Por ahí Mira, la bolsa me pesa bastante. ¿Tienes algo que decir o se trata tan sólo de una visita para ver con cuánta rapidez me puedes echar de la ciudad?
— He venido a preguntarte si necesitabas trabajo. Sé que tu tía no te ha dejado nada más que facturas. Yo tengo un restaurante. Hay un puesto libre para una camarera.
Lali pensó que aquello era demasiado. Pablo le estaba ofreciendo un trabajo de camarera cuando, sin ningún esfuerzo, podría comprar el restaurante entero. Se preguntó si lo haría por remordimientos de conciencia o por renovado interés. Fuera como fuera, no le haría ningún daño aceptarlo. Le daba la sensación de que así iba a poder ver con frecuencia a los Arrechavaleta, lo que encajaba perfectamente con sus planes.
—Muy bien —dijo ella—. ¿Tengo que rellenar una solicitud?
—No. Sólo tienes que presentarte a trabajar a las seis en punto de la mañana. Me parece recordar que, cuando nos conocimos, trabajabas en un café.
—Así es.
Los ojos de Lali se cruzaron con los de Pablo y, durante un instante, los dos compartieron el recuerdo de aquel primer encuentro. Ella le derramó café encima y, cuando fue a secarle la ropa, las chispas saltaron entre ambos. La atracción fue instantánea, mutua y... arrebatadora.
—De eso hace mucho tiempo —comentó Pablo, con gesto ausente y una cierta amargura en sus ojos claros—. Dios mío... ¿por qué tuviste que huir? Yo recobré el sentido común dos días después y no pude encontrarte por ninguna parte, maldita seas...
¿Que recobró el sentido común? Lali prefería no pensar en aquello.
—Maldito seas tú también por haber escuchado a tu madre en vez de a mí. Espero que los dos hayansido muy felices juntos.
— ¿Qué tuvo mi madre que ver con Bedoya y contigo?
¡No lo sabía! A Lali le costaba creerlo, pero su sorpresa parecía completamente sincera. ¡No sabía lo que había hecho su madre!
— ¿Cómo conseguiste que él confesara?
—Yo no lo conseguí. Le dijo a mi madre que tú eras inocente. Ella me lo dijo a mí.
— ¿Te dijo algo más?
—No. ¿Qué más podía haberme dicho?
«Que yo estaba esperando un hijo tuyo. Que tenía dieciocho años y que no tenía ningún sitio al que ir. Que no podía arriesgarme a quedarme con mis tíos estando acusada de un robo», pensó ella con amargura.
Bajó los ojos para que Pablo no pudiera ver la amargura que había en ellos. Aquellas primeras semanas habían sido un infierno para ella, a pesar de que también la habían madurado y fortalecido. Se había hecho dueña de su propia vida y de su propio destino
y, a partir de entonces, jamás había vuelto a tener miedo.
— ¿Había algo más? —insistió él.
—No. nada más —respondió Lali, levantando el rostro.
Sí lo había. Pablo lo presentía. Notaba un brillo peculiar en los ojos de Lali, algo parecido al odio. Él la había acusado injustamente y le había hecho daño con su rechazo, pero la ira que ella parecía sentir iba mucho más allá.
—El restaurante se llama Bar H Steak House — dijo—. Está al norte de la veintisiete, más allá del Sheraton.
Lali sintió una oleada de calor al escuchar la mención del hotel. Apartó los ojos rápidamente.
—Lo encontraré. Gracias por la recomendación.
— ¿Significa eso que, al menos, te vas a quedar unas semanas?
— ¿Por qué? Espero que no estés pensando en volver a retomar lo nuestro donde lo dejamos porque, francamente, Pablo, no tengo por costumbre tratar de remendar relaciones rotas.
— ¿Es que hay alguien más? —preguntó él muy serio.
— ¿En mi vida? Sí.
El rostro de Pablo no mostró nada, aunque pareció que se le reflejaba una sombra en el rostro.
—Tendría que habérmelo imaginado.
Lali no respondió. Simplemente se le quedó mirando muy fijamente. Vio que él le miraba la mano izquierda, por lo que ella le dio gracias a Dios por haber recordado quitarse su anillo de boda. Sin embargo, aún llevaba su anillo de compromiso, una alianza de esmeraldas y diamantes muy pequeños. Recordó que Nico se había reído cuando ella eligió algo tan barato.
Él había querido regalarle un diamante de tres quilates, pero ella había insistido en aquel anillo. Parecía haber pasado tanto tiempo ya...
— ¿Estás comprometida? —quiso saber Pablo.
—Lo estuve.
— ¿Ya no?
—No. Tengo un amigo especial y lo aprecio mucho, pero ya no quiero compromisos.
Deseó poder cruzar los dedos. En dos minutos había dicho más mentiras y verdades a medias que en los dos últimos años.
— ¿Por qué no ha venido tu amigo a acompañarte aquí?
—Necesitaba pasar un tiempo a solas. Además, sólo he venido para disponer de las cosas de mi tía
— ¿Dónde vives?
—En el este. Ahora, si me perdonas, tengo que meter estas cosas en el frigorífico.
—Hasta mañana —dijo Pablo, tras un momento de duda. Presumiblemente, él comía en el restaurante en el que ella iba a trabajar.
—Supongo que sí. ¿Estás seguro de que no les importará darme trabajo sin referencias?
—Soy el dueño del restaurante —replicó él—. No tiene por qué importarles. El trabajo es tuyo, si lo quieres.
—Claro que lo quiero —contestó Lali. Abrió la puerta de la casa y dudó. Dado que Pablo no conocía sus circunstancias, probablemente lo hacía por pena y culpabilidad, pero se sintió obligada a decir algo—. Eres muy generoso. Gracias.
—Generoso —repitió él con una amarga risa—. Dios mío... Jamás en toda mi vida he dado nada a menos que me conviniera o que me hiciera más rico. Tengo todo y no tengo nada.
Con eso, se dio la vuelta y se dirigió hacia su coche. Lali se quedó allí, mirándolo con ojos tristes.

Cuanta nostalgia tienen los dos .Ahora digo yo,a Lali no se la tragó la tierra ,y el con todo su dinero ,bien podría haber contratado al menos un detective ,para k la buscase x donde hiciese falta.Lali está jugando muy bien su papel ,d chica k necesita trabajo,y además sin perder la compostura ,diciéndole ,aunque sea a medias como se siente.Pablo ,la quiere tener cerquita ,se sentirá mal ,x no haber confiado en ella años atrás.
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