sábado, 9 de abril de 2016
Capitulo 6: "En busca de la Verdad"
Chicas les cuento que estoy a full con la facu y arranque ingles , pero no voy a dejar de subir las adaptaciones, les vuelvo a pedir que me deje un mail o twitter o algo para avisarles cada vez que suba capi, besos
CAPÍTULO 6
Un par de días después, Pablo apareció ante la puerta del despacho y la observó un momento.
-Sal fuera. Hace demasiado buen día para trabajar. A Ian y a ti les sentará bien el aire fresco.
Ella mantuvo la vista fija en la pantalla de ordenador, para no delatar lo tentada que estaba de aceptar. Desde que él, La Bestia, la acusó de mantener a Ian alejado de su padre por motivos egoístas, había procurado mantener su promesa de que su relación fuera puramente profesional.
El no se lo ponía nada fácil. Además de turnarse con ella para cocinar, tenía el hábito de llevarle café y galletas a la mesa, y se ofrecía a jugar con Ian mientras trabajaba. Cada vez era más difícil reconciliar ese comportamiento con el del hombre que traicionó a Dani.
Para haberse negado a aceptar a su hijo, le prestaba mucha atención a Ian. Lali se preguntó si Pablo percibía el vínculo de sangre que los unía, a pesar de negar su paternidad.
El día anterior, cuando bañaba a Ian, Pablo se había apoyado en la pared para mirarlos. Lo sorprendió con una sonrisa embobada en el rostro y sugirió que la ayudara. Él sujetó al niño como un experto, haciendo ruidos infantiles, mientras ella preparaba la toalla. No se quejó cuando Ian le salpicó la camisa con agua jabonosa. De hecho, le había dado la impresión de que disfrutaba.
A Lali se le aceleró el pulso al recordar cómo la camisa mojada definía su perfecta musculatura. Cuando le devolvió al niño, Pablo le acarició el brazo, provocándole un escalofrío. No quería nada de eso. Una cosa era desearlo, un impulso biológico que no podía controlar; su forma de actuar si podía controlarla. Negó con la cabeza.
-Tengo que acabar esto.
-Has hecho más en una semana de lo que esperaba que hicieras en un mes. Mira a tu alrededor -insistió él, poniendo una mano en su hombro..
No le hizo falta, era muy consciente del cambio. Los montones de materiales de referencia estaban ordenados, y los recortes de prensa que podían serle útiles archivados. Cuando acabara, él podría localizar cualquier cosa en un momento.
Por desgracia, el trabajo le había impedido revisar los archivos de bocetos antiguos, que podrían haber probado que Panda Cósmico era creación de Dani. Para su frustración, Pablo decidió organizar él mismo el material de la exposición, creyendo que le hacía un favor. No pudo poner objeciones, o hubiera descubierto sus planes.
Solo quedaba pendiente el ordenador de Pablo; estaba organizando su contenido en archivos y carpetas que reemplazaran el caos existente. Había pasado gran parte del día anterior haciendo copias de seguridad del trabajo que tenía entre manos. Hizo una mueca, pensando en su relajada actitud con respecto a la seguridad. Algún día perdería algo insustituible. Cuando se lo comentó, él se limitó a encogerse de hombros.
-Hago copias de los manuscritos. El resto no son más que ideas, y la mayoría no llegan a ninguna parte.
Ella le previno de que algún día lo harían. Organizó las copias en disquetes de colores: rojo para los manuscritos, azul para las ideas, amarillo para las copias de seguridad. Estaban ordenados en una estantería sobre el escritorio. No contaba con que los mantuviera así mucho tiempo, pero como no estaría allí para verlo, le daba igual. Se le encogió el estómago al pensar en eso, pero lo achacó a que tenía hambre.
-¿Sabes algo nuevo sobre la gira? -preguntó por encima del hombro, sin dejar de teclear.
-Quizá al final no la hagamos. Puedo hacer entrevistas para la radio y la televisión aquí, y el publicista está organizando una serie de sesiones de charla en Internet, para que los niños puedan comunicarse conmigo por ordenador. Así la gira llegará a todo el mundo. Un nuevo enfoque para un nuevo siglo. Puede que la huelga nos haya venido bien.
Pero ya no la necesitaría para cuidar de la casa. Lali se esforzó para que la decepción no tiñera su voz al hablar.
-No puedes firmar libros por ordenador.
-He firmado miles de copias en el almacén, así podrán distribuirlos en cuanto acabe la huelga -dijo él, flexionando la mano.
Eso explicaba dónde había ido el día anterior. Le había dicho a Lali que estaba con su publicista, Macarena Drake, y ella se preguntó si tenían una relación más allá de lo profesional. La molestó que esa posibilidad la inquietara.
-Parece que has pensado en todo -dijo tono seco. El arqueó una ceja.
-Dedicándote a los ordenadores, creí que el concepto de una gira por Internet te parecería interesante.
-Me lo parece, claro que sí -lo malo era que ya no la necesitaría en su casa.
-¿Pero? -inquirió él, cruzándose de brazos.
-Sin peros -forzó una sonrisa-. Es una idea brillante -«Como casi todas las tuyas», pensó. Había visto suficientes cosas como para que la impresionara su dedicación. No dejaba en sus manuscritos una sola palabra que pudiera cambiar por otra mejor. Investigaba meticulosamente todos sus datos y luego los expresaba en palabras que sus lectores pudieran entender, forzando su capacidad lo suficiente para que los libros les resultaran interesantes y supusieran un reto.
Tenía que recordarse a todas horas que su misión era demostrar que había robado la idea de su hermana, aunque aún no tenía ninguna evidencia.
-¿Qué te parecería un picnic junto al lago? -sugirió él. Ella sintió pánico, no solo porque se le agotaba el tiempo, sino porque no quería disfrutar demasiado de su compañía.
-Ya te he dicho que no puedo -un demonio interior hizo que añadiera-. Seguro que a Maca no le importaría ir de picnic contigo.
Él apartó sus manos del teclado y sujetándolas, la obligó a ponerse en pie. Lali se apartó como si la hubiera quemado.
-No se lo estoy pidiendo a Maca, te lo pido a ti. Además, Ian necesita salir, está muy inquieto.
-Le está saliendo el primer diente -dijo ella, con un pinchazo de remordimiento por trabajar mientras el bebé sufría.
-Eso explica por qué se lleva a la boca todo lo que pilla.
-Le he dado un poco de medicina calmante esta mañana, y parecía mejor.
-Está bien, solo un poco nervioso, así que no pongas esa cara de pena, ¿de acuerdo? La he visto en mi hermana miles de veces y, como ella, eres una madre fantástica y no tienes por qué sentirte culpable. Anda, míralo.
Ella echó un vistazo por la puerta y vio al niño jugando con un anillo de llaves de plástico sobre una manta, en el suelo. Después de acabar su sesión de escritura y pasar un rato en el gimnasio, Pablo había vuelto a ofrecerse a cuidar del niño mientras ella trabajaba. Se había resistido al principio, creyendo que lo hacía por educación. Verlos juntos hizo que cambiara de opinión. Se le daban muy bien los niños.
Era comprensible, por su profesión, pero tenía un don natural. Parecía saber instintivamente cómo relacionarse con el bebé, y disfrutaba con los parloteos de lan. Lali no podía dejar de comparar la relación de Pablo con el niño con la de su padre con ella. Por una parte sentía celos, pero también estaba intrigada.
A Pablo le gustaban los niños y se llevaba bien con ellos; no entendía por qué se había enfadado tanto cuando Dani le dijo que era el padre de su hijo. No podía preguntárselo directamente, pero anhelaba hacerlo.
Se mordió el labio. Era un día precioso y el aire fresco le sentaría bien a Ian. Y también a ella. Pasaba demasiado tiempo dentro de casa. Arqueó la espalda y movió la cabeza de lado a lado, para relajar la tensión de sus hombros.
-De acuerdo entonces, pero solo un rato.
-Mientras preparas a IAn, buscaré algo de comida -dijo él con una sonrisa satisfecha.
Tras pasar una hora relajándose a la sombra de un cenador pintado de blanco, comiendo pollo asado con los dedos y viendo a los patos en el lago, se alegró de haberse dejado convencer.
Ian disfrutaba pataleando al aire, aunque el diente seguía molestándolo. Cuando se durmió, Lali lo puso en el cochecito y lo tapó. Agarrando la manta con dos diminutos puños, parecía un angelito.
-¿Por qué no te, echas una siesta tú también? -sugirió Pablo, mirándola-. No puedes seguir así, sin descansar.
-De momento, no tengo otra opción -replicó ella, encogiéndose de hombros.
-Siempre hay otra opción.
Lali recordó que él había optado por rechazar a su hermana y al niño, y el corazón se le encogió como un puño.
-¿Insinúas que no debería ocuparme de Ian yo sola? -dijo. Nunca se había planteado la posibilidad de que lo cuidara otra persona.
-No insinúo nada del estilo. Pero no tienes por qué hacerlo tú sola. Sé que te lo he preguntado antes pero,, ¿y el padre de IAn?
-El no quiere saber nada -dijo ella con amargura.
-Existen leyes para obligarlo a asumir su responsabilidad.
-La leyes no sirven de nada si el hombre niega que el niño sea suyo.
Las facciones de Pablo se oscurecieron. Lali tuvo la impresión de que estaba indignado y no entendió su reacción. ¿Acaso aplicaba unas normas para sí mismo y unas distintas para el resto de los hombres?
-No deberías rendirte tan fácilmente -aconsejó él. LAli escrutó su rostro, pero parecía totalmente sincero.
-No me he rendido -le aseguró con tono irritado-. Tengo mi propio plan para ocuparme del padre de Ian
-Me alegra oírlo.
-¿Por qué te importa tanto? -Lali pensó que no se alegraría tanto si conociera el plan.
-¿Hace falta preguntarlo? -Pablo se puso de costado y se apoyó en el codo, su rostro estaba a centímetros del de ella. Lali sintió su aliento como una caricia, y estuvo a punto de ahogarse en la calidez de su mirada.
-Solo hace dos semanas que me conoces.
-Cuando alguien te atrae, solo hace falta una hora, a veces segundos, para sentir ese vínculo. No puedes pretender que tú no lo sientes.
No podía hacerlo porque era verdad, y comprendió que Pablo lo leía en su expresión. No pudo evitar que el corazón le diera un vuelco, ni que sus mejillas se sonrojaran.
-Incluso si lo hubiera sentido, tengo que pensar en Ian
-Cualquier hombre que te quiera, también querrá a Ian, ¿no crees?
-No es tan simple -murmuró ella, pensando, agitada, que no podía referirse a él mismo.
-Te demostraré lo simple que es -se acercó a ella y la atrajo hacia sí.
Cuando acarició su mandíbula con un dedo, ella sintió que ardía en su interior. Él tenía razón. Lo había deseado desde el primer momento en que lo vio, pero luchó por evitarlo, sabiendo la clase de hombre que era. En sus brazos, estaba a punto de perder la batalla.
-No puedo -protestó, volviendo la cara, aunque todo su ser deseaba sentir esa boca en la suya.
-¿Por qué no? -la mirada de Pablo se posó en Ian y luego en ella-. Tampoco es como si fuera la primera vez.
-Más de lo que tú crees.
Los ojos de Pablo reflejaron asombro, y después ira, mientras llegaba a sus propias conclusiones.
-¿Quieres decir que el padre Ian te forzó? Eso explicaría tú reacción hacia mí, tan tímida aunque hayas tenido un hijo.
-No fue así -se le llenaron los ojos de lágrimas y parpadeó con fuerza. El puso la mano en su mejilla con tanta suavidad que tuvo que contener el deseo de apoyarse en ella.
-No hace falta que me lo cuentes hasta que estés preparada. Solo quiero que sepas que puede ser muy distinto. Cuando dos personas sienten lo mismo el uno por el otro, es algo maravilloso y especial.
Ella ya se sentía maravillada con cómo un mero roce de sus dedos conseguía que ardiera por dentro. Nadie había provocado ese efecto antes. Se sentía ligera como el aire, capaz de volar con él hasta donde quisiera llevarla.
No protestó cuando el desabrochó su blusa de algodón y deslizó la mano dentro. A Pablo se le oscurecieron los ojos cuando le acarició el pecho. Le quitó la blusa y agachó la cabeza para besárselos. Ella se estremeció de deseo y miró a su alrededor consternada.
-No podemos, aquí no.
-De acuerdo -aceptó él, percibiendo que su preocupación no se debía solo a que pudieran verlos-, los arbustos nos ocultan pero, si lo prefieres, podemos volver a casa.
Ella echó la cabeza hacia atrás. Jadeó levemente mientras él trazaba un camino de besos desde su pecho hasta el cuello, reclamando su boca como un premio cuando la alcanzó.
-Por otro lado, quizá sea mejor no volver -dijo él cuando dejó de besarla.
-Esto es precioso -dijo ella; no hubiera podido moverse ni para salvar la vida.
-Precioso -la miró con ojos ardientes-. Sabes que te deseo, Lali
-Sí.
-Necesito oírte decir que tú a mí también.
Lali comprendió que quería asegurarse de que no se repitiera lo que suponía había ocurrido con el padre de lan. Pensó que podría decirle la verdad y acabar de una vez por todas, pero hubiera sido tan difícil como dejar de respirar.
Sus caricias hacían que se sintiera más bella y deseada que nunca. Desde que se hizo cargo de IAn, el único hombre al que había permitido entrar en su vida la había tratado como si ya no fuera una mujer; especialmente cuando se negó a permitir que le hiciera el amor.
Pablo hacía que se sintiera mujer de cuerpo entero, todo deseo, y no quería eso, al menos de él. Pero no pudo evitar un gemido de placer. Le ardía la piel y al mismo tiempo sentía escalofríos. Deseó que IAn llorara, reclamando su atención, pero el bebé dormía plácidamente.
En realidad no tenía por qué resistirse. Había ido allí para vengarse. La venganza más dulce sería aceptar lo que Pablo le ofrecía, disfrutar del placer que anhelaba y luego abandonarlo, igual que él había hecho con su hermana. Sin embargo, sabía que esa no era la razón real.
-Yo también te deseo -acertó a decir, con la garganta seca por el deseo.
Pablo estaba seguro de la respuesta, pero no de si ella sería capaz de admitirlo. Sus palabras lo enervaron de excitación. Nunca había deseado a tanto a una mujer. Su mezcla de inocencia y belleza maternal lo había hechizado desde su primer encuentro.
Que el padre de Ian la hubiera forzado aclaraba muchas cosas. Pablo sintió mucha furia al pensar que le habían hecho daño. Tanto su padre como su padrastro le habían inculcado lo importante que era respetar a una mujer. Ni siquiera el matrimonio daba derecho a un hombre a imponerse.
En ese momento, un instinto primitivo le apremiaba a hacerlo pero, sin el permiso de Lali, ese instinto tenía tantas posibilidades de triunfar como él de alzar el vuelo. En su código ético, no, significaba no. Que Lali le diera vía libre tan pronto era un regalo inesperado, un anhelo, un sueño cumplido. Se preguntó si ella sospechaba que pasarse todo el día firmando libros en un almacén, para él era equivalente a darse una ducha de agua fría.
Recordó que debía ir despacio. La habían herido, y quería demostrarle lo distinto que podía ser todo con el hombre adecuado.
Tenía la piel como el satén y su cabello le pareció una cascada de seda cuando soltó las horquillas que lo apartaban de su rostro. Lo fascinó cómo los rayos de sol se reflejaban en él, dándole un tono cobrizo dorado. Le acarició la cabeza, ella se estremeció de placer y cerró los ojos. Recostada en su brazo era ligera como una pluma. Decidió que tenía que llevarle galletas al despacho con más frecuencia. Sabía que no le daba el pecho a Ian, pero le hubiera encantado verla hacerlo.
Esa imagen hizo que se le cerrara la garganta. Incapaz de resistirse, agachó la cabeza y tomó uno de los rosados pezones en su boca; ella suspiró y rodeó su cabeza con la manos, acercándolo más. Sabía a sol y olía a gardenias, y Pablo no supo como iba a poder hacer honor a su voto de no apresurarse.
Ella enredó los dedos en su pelo mientras él cambiaba de lado y dibujaba espirales con la lengua en el otro pecho. Lali gimió profundamente y le clavó los dedos en el cuero cabelludo; él sintió que una oleada de excitación lo recorría de pies a cabeza. Se recordó que debía ir despacio, y alzó el rostro para no perder la batalla.
-¿Qué haces? -preguntó ella mirándolo con los ojos entrecerrados.
-Probar lo mismo que probó Ian-dijo él.
-¿Qué? -lo miró con asombro y sus mejillas se arrebolaron cuando comprendió sus palabras- Oh, pero yo no... quiero decir que no...
-Lo sé -silenció sus labios con un dedo-. Solo sentía curiosidad. Tienes derecho a tomar tus propias decisiones -dijo él, rechazando una leve decepción. Que hubiera criado a Ian con biberón no la hacía menos mujer. Esa era una fantasía masculina que no tenía por qué imponerle.
Pero notó que su comentario la había afectado y su mirada se teñía de miedo. Se odió por haberlo provocado. Apenas se conocían, y ya la deseaba tanto que no pensaba a derechas. Se puso tensa y él supo que el momento de ir más allá había pasado. No intentó detenerla cuando se apartó y comenzó a abrocharse la blusa con dedos temblorosos.
-Lo siento, Pablo -dijo ella, ronca. Él negó con la cabeza y se obligó a dar un tono razonable a su voz.
-No hay nada que sentir. Siempre habrá una próxima vez.
-No habrá una próxima vez -dijo ella con fiereza-. Porque no estaré aquí.
Él sintió una punzada de dolor en las entrañas. Se irguió, sin saber qué había dicho o hecho para causarle tal pánico.
-No puedes irte. Esto es solo el principio.
-Solo trabajo para ti -movió la cabeza de lado a lado, agitando el glorioso cabello-. En un par de días habré terminado.
-Lo que hay entre nosotros es una realidad -protestó él, tragando saliva al recordar su sabor y la textura de su piel-. No puedes hacer que desaparezca simplemente negándolo.
Se mordió la lengua para no decir más. La deseaba, ansiaba el placer que podían darse el uno al otro. Pero había aprendido lo suficiente tras su breve matrimonio para no arriesgarse a más.
Lali también había sufrido, era lógico que tampoco quisiera comprometerse. Desde su punto de vista, eso hacía que fueran ideales el uno para el otro, pero ella no parecía creer lo mismo.
-Se suponía que esto no debía ocurrir -afirmó ella, mirándolo como si hubiera oído las palabras que no había dicho.
-Suceden muchas cosas que no estaban planeadas -replicó él comenzando a recoger los restos del picnic para evitar sus ojos. Si la miraba tendría que volver a besarla, y no sabía si podría detenerse despues.
«Como tener un niño», pensó Lali. Miró el cochecito en el que dormía Ian, con el pulgar en la boca y sintió dolor de corazón.. No entendía que la atrajera tanto el hombre que había rechazado a su bebé. Pero Pablo tenía razón, no desaparecía simplemente por negarlo. Se le humedecieron las mejillas y parpadeó. Pablo se volvió y la vio. Con un gruñido, tiró la manta y la tomó entre sus brazos.
-¿Lágrimas, Lali? ¿He hecho algo malo?
-No has hecho nada. Es solo culpa mía -murmuró ella. A pesar de todo, se sentía tan bien junto a él que sus lágrimas se evaporaron.
-Déjame que te demuestre lo equivocada que estás -sonrió y la alzó en brazos, forzándola a agarrarse a su cuello para mantener el equilibrio. Ella quiso protestar, pero fue incapaz de hacerlo. Era maravilloso que la sujetara con tanta fuerza, sentirse tan bella y deseada mientras él depositaba innumerables besos en su rostro.
La dejó sobre un banco, bajo el cenador, y fue a por el cochecito. Ian no se movió. Pablo puso un cojín bajo la cabeza de Lali y comenzó a besarla profundamente. Aunque sabía que bastaría una palabra suya para detenerlo, no podía hablar, por mucho que quisiera. Se rindió a la evidencia: estaba enamorada. Pablo era el último hombre al que debería amar, pero lo amaba.
Él comenzó a desvestirla. Una oleada de deseo, dulce y cálido hizo que se arqueara hacia él y le rodeara el cuello con los brazos, atrayéndolo. Pablo despegó la boca de sus labios y la miró con ojos llameantes.
-¿Qué era eso de que ibas a marcharte?
-No me iré -dijo ella, sin ningún control de sus sentidos. Lo honesto hubiera sido decirle «No puedo irme».
-¿Me deseas? -preguntó él con un brillo triunfal en los ojos.
-Sí -no había otra respuesta posible. Pablo emitió un sonido a medio camino entre gemido y gruñido mientras le desabrochaba los vaqueros para acariciarla. Con un suspiro de impaciencia, ella se los quitó de un tirón, hechizada por esos ojos que no dejaban de mirarla.
Deseando tocarlo, le quitó la camisa y la maravilló ver su magnífico cuerpo. Deslizó los dedos por su torso, y la dureza de los músculos que había bajo la piel hizo que la asombrara aún más su gentileza con ella. Comprendió que le costaba un gran esfuerzo controlarse cuando sintió los latidos de su corazón bajo la palma de la mano. La única vez que había sentido tanta fuerza contenida fue cuando acarició a un pura sangre justo antes de una carrera. Se le desbocó el corazón al pensar a dónde podía conducirlos esa fuerza.
Él se irguió lo suficiente para quitarse los vaqueros y luego la abrazó. A Lali le dio un vuelco el corazón, pero se resistió a su conciencia; estaba comportándose de forma tan imprudente como Pablo con su hermana, pero no quería pensarlo. No tenía por qué rechazar lo que él le ofrecía y ella anhelaba recibir. No habría consecuencias; aunque no había tenido necesidad hasta ese momento, Lali tomaba precauciones anticonceptivas. Era muy organizada.
Aunque no en ese momento. Deseos, necesidades y sensaciones inundaban su cuerpo y su mente, sumiéndola en el caos. Él la besó y sintió fuerza, peligro y suavidad invadiendo su boca. Se dejó llevar por su deseo de acariciarlo. Tenía la piel ardiendo pero suave como cristal, y los ángulos y planos de su cuerpo contrastaban con sus propias formas redondeadas. Apenas podía creer lo bien que encajaban juntos, pero deseaba más. Tenía que .formar parte de él o se moriría de ansiedad.
La voz interna que susurraba que no debía hacerlo no tenía ninguna oportunidad, era débil como una gota de agua en el fragor de una tormenta. Buscaba vengarse, y si conseguía que Pablo la quisiera y luego lo hería, como él hizo con su hermana la venganza sería muy dulce. Pero, al mismo tiempo, sabía que en realidad anhelaba el amor de Pablo en sí mismo, puro y simple. Llevaba mucho tiempo ignorando sus necesidades para ocuparse de otras personas. Se había dicho que no le importaba esperar a ese hombre especial, al que reconocería en cuanto lo viera. Se preguntó si estaba ante él. Ian dormía pacíficamente a un metro de distancia; por una vez, iba a satisfacer sus propios deseos.
-¿Estás segura de esto? -preguntó él.
-Sí. Oh, sí -LAli apenas se oyó, en sus oídos solo percibía el golpeteo de sus latidos. Lo deseaba con desesperación, pero no pudo evitar que su rostro reflejara el miedo al dolor que anticipaba. Se dijo que pasaría pronto, y después sería maravilloso.
El metió la mano en un bolsillo del pantalón que había en el suelo y sacó algo. Al ver lo que era, Lali se dio cuenta del enorme paso que iba a dar y luchó por calmarse. Todo iría bien; amaba a Pablo. Pero cuando se colocó sobre ella, contuvo el aliento, intentando relajarse sin conseguirlo.
De repente, la ardiente mirada de Pablo se heló; acababa de entender el por qué del rostro tenso y de la rigidez del cuerpo de Lali
-Para ti es la primera vez, ¿no?
-Sí, pero no importa, de verdad -nunca había estado tan segura de algo.
-Verdad es una palabra extraña, considerando que has sido de todo menos honesta conmigo.
Ella deseó gritar de frustración. ¿Qué importaba que fuera la primera vez? ¿Acaso no lo había elegido libremente, con todo su corazón? No tenía por qué parar. Todo iría bien si era paciente con su inexperiencia. Abrió los labios para decírselo, pero se quedó muda de repente. El no se quejaba de su virginidad, sino de otra cosa.
Vio como los ojos de Pablo se oscurecían y llameaban airados. Se irguió ardiendo de pasión insatisfecha, que Pablo ya no apagaría.
-Déjame que te lo explique.
-Adelante -animó él con un tono frío como el hielo-. Me encantaría saber como puedes ser virgen y madre de un niño al mismo tiempo.
Los rescoldos de pasión se apagaron, dejándola vacía. ¿Por qué no lo había detenido antes de que descubriera la verdad? Supo la respuesta con claridad cegadora. No tenía ningún futuro con él hasta que Pablo no supiera toda la verdad. Y deseaba un futuro con él.
-Ian no es mi hijo -aunque su cuerpo le pedía lo contrario, comenzó a vestirse.
-Eso es obvio. ¿De quién es? -su tono helado le partió el corazón a Lali. Inspiró profundamente para ahogar la angustia que la consumía.
-Tuyo -musitó-. Cuando te dije que mi hermana Dani murió, no te lo conté todo. Era la ilustradora Daniela Portman, Ian es su hijo. Lo adopté a su muerte. Eres el padre de Ian, Pablo
Se obligó a no apartar los ojos cuando él la miró con odio desgarrador. Su ira no podía ser mayor que la de ella consigo misma, por dejar que el deseo se impusiera a sus obligaciones. No permitiría que la intimidara.
-Así que soy el padre de Ian, ¿verdad? -dijo él con voz cortante-. Eso sería un milagro.
-¿Qué quieres decir? -lo miró fijamente.
Se puso en pie y Lali sintió un nudo en la garganta al ver su magnífico cuerpo. Se quedó paralizada mientras él se vestía con movimientos coléricos. Después, la agarró de la mano y tiró de ella.
-Ven. Te enseñaré lo que quiero decir.
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Maaaaaaaas
ResponderEliminarMe encantó!! Subí más!!
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