CAPÍTULO 3
Ha sido un día extraordinario», pensó Lali, tumbada en la cama, demasiado excitada para dormir y demasiado cansada para no hacerlo. Después de explicarle lo que tenía que hacer en el despacho, Pablo le enseñó la casa, le dijo dónde estaba todo y cómo funcionaba el sistema de seguridad. Luego se marchó, pero Lali hubiera jurado que no deseaba hacerlo. Lo malo era que a ella tampoco le gustó verlo partir, se sintió como si perdiera algo.
Era una locura. Apenas lo conocía, y lo que sabía de él no era nada prometedor. «Permitir que te besara no fue muy inteligente», se dijo, «ahora lo ves de otra manera». Ya no era La Bestia que merecía su ira y desprecio, sino un hombre que desbordaba sus sentidos con un mínimo roce. Se pasó la lengua por los labios, sorprendiéndose de que no estuvieran hinchados ni doloridos, los sentía así. Un beso nunca la había afectado tanto. Se preguntó si podría haber impedido que la besara y no dudó la respuesta: él no la había obligado a nada. Pero no quiso impedirlo, no lo hubiera hecho por nada del mundo.
Lali intentó alegrarse de que se hubiera ido; no más tentaciones, pero tampoco más besos. Eso era bueno pero, entonces, ¿por qué no podía dormirse? Estaba muy cansada. Se sonrió al imaginarse los comentarios que haría Dani si supiera que ya había deshecho las maletas.
-No puedes evitarlo, ¿verdad? ¿Seguro que no quieres limpiar el baño de paso? -se habría burlado su hermana. Decirle que no era necesario, porque la casa de Pablo estaba desordenada pero impoluta no la hubiera silenciado. Además, era cierto, no podía evitarlo. Fue incapaz de relajarse hasta que guardó todo y organizó el dormitorio de Ian a su gusto. Por eso estaba tan cansada.
A veces deseaba haber heredado de su padre una cualidad que no fuera la pasión por el orden. Cuando sus padres vivían juntos todo había sido predecible, incluso sus discusiones. Sus primeros recuerdos eran de su padre discutiendo de forma lógica, razonada y cortante; de su madre gritando, llorando y, a veces, tirándole cosas. Su madre no había cambiado en eso, pensó Lali con una sonrisa, con la diferencia de que su padrastro solía tirárselas de vuelta. Así acababan con la tensión, pero también con la paz y la armonía de la casa. Ella solía refugiarse en su dormitorio y reorganizaba sus pertenencias hasta que estaban en un orden perfecto; así recuperaba su propia calma interior.
Había hecho lo mismo la noche en que murió Dani: limpió toda la casa, frotando cada superficie hasta que tuvo las manos despellejadas y las uñas rotas. Sólo entonces pudo irse a la cama, demasiado exhausta hasta para llorar. Ian había supuesto una gran diferencia. A veces, se preguntaba si el destino la había convertido en su madre para que aprendiese que en la vida había cosas más importantes que el orden. No tardó en hacerlo. Aunque le gustaba tener todo en su sitio, tuvo que aceptar era imposible viviendo con un bebé.
Iba a ser un reto trabajar en el despacho de Pablo hasta que pudiera establecer cierta armonía allí. Tendría que tener cuidado para no involucrarse demasiado en el trabajo y olvidar su auténtica misión. Era lo menos que podía hacer en memoria de Dani, y por Ian.
Fue un alivio que el niño se durmiera sin quejarse, cansado después de jugar con Dougal en el jardín. Parecían hechos el uno para el otro; el enorme y peludo animal se comportaba como un cordero cuando estaba con el niño. Lali había extendido una manta bajo una higuera, Dougal se había tumbado en una mitad y ella había apoyado a Ian contra un cojín en la otra mitad. Poco a poco, el perro se fue acercando al niño, que acabó utilizándolo como almohada. Pensó, satisfecha, que había sido una feliz escena familiar, en la que solo faltaba un padre.
Impaciente, se sentó y ahuecó la almohada, esperando que eso la ayudara a dormirse. Oyó un ruido y se quedó quieta, había sonado en el vestíbulo. Podría ser la casa asentándose, o el frigorífico, pero la extrañó oírlo desde el dormitorio. Dougal estaba fuera, así que no podía ser él. Se le erizó el vello al escuchar el inconfundible sonido de una puerta abrirse y cerrarse.
El corazón le dio un vuelco. Había alguien en la casa. Se preguntó por qué no sonaba la alarma y por qué no ladraba Dougal. Quizás el intruso había dopalo al perro y desconectado la alarma. Movió la mano hacia el teléfono de la mesilla antes de recordar que no estaba en su apartamento sino en el dormitorio de Pablo . Era un teléfono inalámbrico y lo había dejado en la cómoda, tras llamar a Candela para decirle que estaban cómodamente instalados. Pensó, furiosa consigo misma, que de bien poco servía su manía por el orden; para una vez que una cosa debía estar en su sitio, la había puesto en otro, esa negligencia le podía costar cara.
No iba a permitir que nadie le hiciera daño al niño. Recordó que había visto un atizador junto a la chimenea, sería el arma perfecta. Cuando cruzaba la habitación a tientas, se abrió la puerta y una enorme figura masculina llenó el umbral. Ella se lanzó hacia la chimenea, agarró el atizador y se dio la vuelta, dispuesta a pelear para salvar a su bebé; el intruso encendió la luz del dormitorio, deslumbrándola.
-¿Qué diablos...?
-Pablo ¿qué haces aquí?
-Oh, cielos -parpadeó él-. Olvidé que te había instalado en mi dormitorio.
Ella se imaginó lo ridícula que debía estar de pie en mitad de la habitación, en camisón y con un atizador alzado por encima de la cabeza.
-Aún no has explicado qué haces aquí -dijo con la voz ronca del susto; su cuerpo temblaba.
-No pretendía asustarte -dijo él, percatándose de su tono y de su postura.
-No ha sido un susto, casi me da un infarto -exclamó, furiosa con la patética situación y con él por provocarla. Pero sobre todo con ella misma, porque comprendió que la alegraba verlo allí.
-Tengo la cabeza embotada -se frotó la barbilla sin afeitar-. Estaba en el aeropuerto con mi agente cuando nos avisaron de que los distribuidores están de huelga y los libros no llegarán a las tiendas a tiempo. Los miembros del sindicato no permiten que nadie atraviese los piquetes, y parece que va para largo. He pasado las últimas horas intentando solucionar el desastre. Al final, hemos tenido que posponer la gira. Debería haber telefoneado para avisarte.
-También hay hoteles donde podrías haber pasado la noche -dijo ella, odiando el temblor de su voz, que se debía más a la reaparición de Pablo que al susto que la había dado.
-Después del día que he tenido, no me atrae nada un hotel -dijo Pablo, reconociendo internamente que ella, en cambio, sí lo atraía. La huelga debería haberlo enfurecido, pero el deseo de abrazarla y besarla era mucho más fuerte que su ira.
Había entrado al dormitorio automáticamente, sin pensar. Lamentaba haberla asustado, pero no verla así, con el pelo suelto y alborotado cayendo sobre los hombros, y el ligero camisón pegado a su bello cuerpo. Era como se la había imaginado, excepto que en su fantasía él provocaba ese aspecto haciéndole el amor de manera salvaje y apasionada, no con un susto de muerte.
Tragó saliva, luchando contra su excitación. Era incapaz de estar cerca de ella cinco minutos sin que lo afectara físicamente. Pensó que quizá era la cama deshecha lo que le daba esas ideas, pero no era cierto, ella le daba esas ideas. La cama deshecha solo aumentaba la tentación.
-Voy a preparar otro dormitorio -dijo él. Tenía que salir de allí o no podría resistirse.
-Espera -Pablo notó que ella libraba una batalla consigo misma y volvió a tener la impresión de que intentaba odiarlo pero que cada vez le costaba más conseguirlo. Eso lo alegró, era un progreso relativo-. Tienes cara de necesitar beber algo, te lo preparare.
-Me parece muy bien -accedió él. Su sentido común le sugería que rechazara la oferta mientras aún pudiera controlarse. Por desgracia, nunca se dejaba llevar por el sentido común. Lali colocó el atizador en su sitio y se puso una bata.
Mientras ella trajinaba en la cocina, él dejó la chaqueta en una silla y se aflojó el cuello de la camisa. Que Lali estuviera en casa hacía que todo pareciera más hogareño, y le preocupaba que le gustase la sensación. Quererla en su cama no tenía nada que ver con quererla en su vida.
-¿Cacao? -preguntó divertido, cuando ella le llevó un tazón humeante. Sentado en un taburete ante el mostrador de la cocina, se estaba imaginando un combinado de whisky doble y Lali. Lo que menos se esperaba era un cacao.
-El cacao te ayudará a dormir -dijo ella, apoyando las manos sobre el mostrador-. Pareces agotado.
-Ha sido un día muy largo -puso las manos alrededor del tazón, sintiendo el calor. No era tan agradable como abrazarla a ella, pero probablemente era más sabio.
Dio un trago y el sabor lo sorprendió, un poco dulce, quizás, pero espeso y agradable. No había bebido cacao desde que era un niño y su madre se lo daba antes de acostarse. No tenía en casa, así que debía ser de Lali
Incluso con la bata de satén cubriendo el camisón, estaba muy atractiva, para comérsela a besos. Se obligó a mirar el tazón, pero la bebida le recordó los ojos color chocolate de Lali.
-No hace falta que me hagas compañía -comentó, para ocultar su deseo de tenerla cerca.
-No importa, no me podía dormir -dijo ella, llevando otro tazón al mostrador y sentándose en, el taburete que había frente a él.
-¿Por estar en una casa extraña?
-Probablemente.
-Yo viajo tanto que puedo dormir en cualquier sitio -aseveró él, preguntándose por qué compartía esa información con ella. Solía hablar lo menos posible de sí mismo, así evitaba ser vulnerable. Pero quería acercarse cuanto pudiera a esa mujer-. Supongo que tú has vivido en la misma casa toda la vida.
-No. Mis padres se separaron cuando era pequeña. Mi madre volvió a casarse y viajábamos mucho debido al trabajo de mi padrastro. Mi madre y mi padrastro consideran que cualquier sitio vale como hogar, siempre que no entre agua.
-¿Son hippies?
-Intelectuales, les importa más lo mental que el mundo material. Mi madre es lingüista y mi padrastro un entomólogo muy respetado. Ahora están en Sudamérica buscando una variedad de escarabajo que, supuestamente, ayuda a combatir el cáncer.
-Puede que haya oído hablar de él -dijo Pablo pensativamente-. El marido de mi hermanastra también se dedica a los bichos. Es una profesión tan rara que seguramente se conocen.
-Lo dudo -replicó ella rápidamente, como si no deseara establecer ningún vínculo con él. Durante un segundo pareció asustada, como si mencionar a su familia fuera un error, y él se preguntó por qué-. Hace años que mi padrastro no trabaja en Australia, sólo vienen de vacaciones.
-¿No tienes hermanos ni hermanas? -inquirió él, diciéndose que había imaginado su reacción.
-Una hermana. Murió hace cinco meses -Lali apretó con fuerza el tazón.
-Lo siento -Pablo no supo qué más decir. Era obvio que aún la afectaba mucho el tema, se le habían nublado los ojos. Tuvo que hacer un esfuerzo para no rodearla con los brazos y consolarla.
-Yo también lo siento -comentó ella con expresión acusadora, como si él tuviera algo que ver con la muerte de su hermana. Era una idea estúpida, pero Pablo no pudo desecharla. Quizás Lali tenía un problema con los hombres. ¿Sería porque uno había hecho daño a su hermana?
-¿Cómo se llamaba? -inquirió, buscando una pista.
-Daniela-replicó ella con expresión tensa, como si esperara una reacción.
De hecho, el nombre significaba algo para él, pero no tenía nada que ver con la familia de Daniela. Le hizo pensar en una criatura con aspecto de ninfa, pálida y con el cabello muy corto, del color de la noche. Aquella Daniela era una colega que lo ayudó en un momento difícil de su vida, especialmente el día en que recibió la resolución de divorcio. Lo que hubo entre ellos no podía llamarse amor, más bien fue apoyo emocional. Ambos necesitaban consuelo, de no ser así, probablemente nunca habrían pasado de una mera amistad. Frunció el ceño, recordando lo mal que acabó aquello.
Ella lo acusó de dejarla embarazada. Nunca habría soñado que una mujer tan generosa fuera capaz de tanta maldad. Fue increíblemente persistente, incluso llegó a preguntarle si era posible que su protección hubiera fallado. Debió enterarse de que habían retirado del mercado una partida defectuosa de preservativos de la marca que él utilizaba y probablemente esperaba aprovecharse de eso para obligarlo a reconocer al niño. No había funcionado porque él sabía lo que Daniela no: que incluso sin protección no podía darle un hijo.
Intentó imaginarse como había sido la Daniela de Lali. Seguramente de tez dorada, y lo suficientemente generosa como para prepararle cacao aunque no le cayera bien.
-Una vez conocí a una Daniela-musitó.
-Qué agradable para ti comentó ella, con los nervios a punto de estallar.
-No lo fue.
Ella enarcó las cejas y sus bellos ojos oscuros lo miraron con fijeza. De nuevo, Pablo tuvo la sensación de que lo acusaba, pero seguía sin saber de qué.
-¿No tuviste una buena relación? -preguntó ella con aspereza.
-Fue muy buena hasta que me mintió.
-Debía tener una buena razón para hacerlo.
-La tenía -frunció el ceño. Lo molestaba que ella se pusiera de parte de Daniela cuando no sabía nada del caso-. Quería engañarme para que mantuviera a su hijo.
Unas gotas de cacao salpicaron el mostrador. A Lali le temblaban las manos. Pablo se preguntó si quizás el padre de Ian la había acusado de lo mismo.
-Pareces muy seguro de que era una trampa -dijo ella, limpiando el líquido derramado. El temblor de su voz le indicó que había supuesto bien: el padre de Ian le había hecho sufrir. Le resultaba imposible creer que Lali hubiera hecho lo que Daniela: mentir sobre la paternidad de su hijo, parecía contrario a su naturaleza.
-Estoy seguro -dijo él con voz grave-. Créeme, desearía no estarlo.
Lali lo miró confusa, pero él no tenía intención de explicárselo, al menos no en ese momento. Aunque no deseara casarse con ella, se moría de ganas de hacerle el amor, y confesar su incapacidad no sería el mejor comienzo.
-Puedo subir la calefacción, si tienes frío -ofreció, al ver que ella se frotaba los brazos. Se le ocurrieron otras formas de calentarla, pero no creyó que las aceptara.
-No hace falta. Entraré en calor cuando vuelva a la cama -se acabó el cacao. A él le pareció muy buena idea, pero estaba seguro de que no lo invitaría a acompañarla. Ella aclaró el tazón en el fregadero-. Me iré mañana temprano.
-¿Tienes que marcharte? -inquirió él. Había supuesto que se quedaría, y esa idea lo había animado mientras intentaba solucionar el lío de la gira con su agente.
-Si tú estás aquí, no me necesitas para cuidar de la casa.
-Sigo necesitando que organices mi despacho -apuntó él. La idea de perderla fue como una puñalada que lo sorprendió por su intensidad.
-Puedo hacerlo sin vivir aquí -replicó ella tras una leve pausa.
-¿No te resultará difícil ir y venir, teniendo que ocuparte del niño?
-Puedo apañarme.
-No insinúo que no puedas. Pero, ¿por qué pasar por eso cuando aquí hay sitio de sobra? A no ser que te incomode compartir la casa conmigo. Seré el alma de la corrección -Pablo se preguntó por qué había dicho esa tontería. Lo que menos deseaba, al verla, era ser correcto. Ella pareció leerle el pensamiento y apartó la mirada.
-¿Igual que esta tarde?
-¿No querías que te besara? -él sabía perfectamente que sí, y además lo vio en sus ojos.
-Si me quedo, no debe volver a ocurrir -interpuso ella.
Pablo no sabía si hablaba con él o con ella misma. Pero no había dicho que no quería que volviera a ocurrir. Sintió una opresión en el pecho, era incapaz de prometerle nada. En la cocina, en mitad de la noche, era lo más apetecible que había visto en mucho tiempo.
Cada uno de sus movimientos era grácil, incluso los normales, como secar y guardar el tazón en el armario. Los armarios estaban colgados a más altura de la normal, y ella tenía que estirarse para alcanzarlos. Cuando lo hacía la bata se entreabría y el camisón dejaba ver sus piernas. Casi de puntillas, con el brazo por encima de la cabeza, parecía una bailarina.
Se imaginó lo que sería tomarla entre sus brazos y bailar con ella allí mismo, en la cocina. Debía estar muy cansado, aunque era escritor y tenía una mente muy creativa, lo de bailar en la cocina era un poco excesivo. Por desgracia, no podía parar, ni siquiera sabía si quería hacerlo.
-No puedo darte ninguna garantía -dijo, eligiendo las palabras con cuidado-. Y creo que tú tampoco puedes.
-Dentro de nada, saldrás con el cuento de que esto es algo que no podemos controlar -dijo ella, tras cerrar el armario y volverse. Su expresión era confusa.
-¿Estás segura de que no lo es? ¿Vas a decirme que no sentiste, en cuanto nos vimos, que entre nosotros había algo? -hubiera preferido no utilizar esa baza tan pronto, pero sabía que si no lo hacía ella huiría como un conejo, y él se quedaría sin saber si realmente eran la pareja ideal.
-No entiendo lo que quieres decir -larguísimas pestañas ocultaron sus ojos color chocolate.
-Entonces tendré que recordártelo -cruzó la cocina en dos segundos y en tres la tuvo entre sus brazos. Su cansancio se evaporó, y sintió una corriente de vitalidad que pasaba del esbelto cuerpo de Lali al suyo.
Esperó a que ella protestara o lo apartase, vio en sus ojos que deseaba hacerlo, pero no lo hizo. Lali agitó las manos como si no supiera qué hacer con ellas, después las puso en su espalda, donde debían estar.
Entre sus brazos, la percibió delicada como una flor, pero también notó un núcleo de fuerza que le hizo pensar en una tigresa. Recordó su imagen con el atizador levantado, dispuesta a pelear con un intruso para defender a su hijo. «¡Ay de aquel que amenazara a su mundo o a sus seres queridos!», pensó. Pero él no tenía intención de hacerlo, le interesaba mucho más encontrar una manera de entrar en ese mundo.
Ella suspiró suavemente, derritiéndole el corazón, y entornó los ojos; sus párpados temblaron, como si luchara consigo misma. Pablo estudió cada detalle del precioso rostro, tan cercano al suyo que percibió el olor a hierbabuena de su dentífrico. Unido al aroma del cacao, era tan atrayente como el más costoso perfume francés. No pudo contenerse. Tenía que probarlo.
Agachó la cabeza y probó sus labios, el sabor a hierbabuena y a chocolate era fresco y agradable. La boca de ella se ablandó y calentó bajo la suya. Todo su cuerpo le pedía besarla sin restricción, penetrar en ella hasta cansarse de beber su dulzura femenina pero, temiendo alarmarla, se controló. Ardía de deseo, quería mucho más que un beso; tenía que detenerse antes de dejarse llevar por la pasión. Ella aún no estaba preparada para más, pero se encargaría de que lo estuviera pronto. Cuando acabó el beso, ella abrió los ojos de par en par, tenía las pupilas dilatadas.
-¿Lo entiendes ahora? -preguntó él.
-Lo entiendo demasiado bien -murmuró ella. Se alejó de él apoyándose en los muebles, como si fuera ciega-. Acabas de darme el mejor motivo para que haga las maletas y me marche.
-¿De qué tienes miedo?
Lali se apretó el cinturón de la bata, y él lamentó que el satén cubriera el atractivo valle que había entre sus pechos. Le pareció un pecado ocultar tanta belleza.
-No tengo miedo de ti -negó con la cabeza-. ¿Debería tenerlo?
-No, por Dios. Nunca me impondría a ti por la fuerza. Y no lo he hecho ahora -añadió cuando ella abrió la boca para protestar.
-No, no lo has hecho. De acuerdo, acepto que hay algo entre nosotros, pero no puede ser más que mera química.
«¿Por qué no?», deseó preguntar él, pero comprendió que era demasiado pronto. Por alguna razón, ella temía a los hombres, y si quería que lo superara tenía que ser prudente.
-¿Serviría de algo que te prometiera que la próxima vez solo te besaré si tú me lo pides? -era una promesa arriesgada, y no estaba seguro de poder cumplirla, pero eran las palabras adecuadas, y percibió que ella se relajaba.
-No habrá próxima vez.
-Entonces, ¿te quedarás?
-Tiene sentido quedarme hasta que acabe el trabajo.
-Si desconvocan la huelga y tengo que marcharme de repente, será más fácil si ya estás instalada -no añadió que era muy improbable que la gira tuviera lugar. No pensaba echar a perder lo que había conseguido.
-Eso es cierto -ella arrugó la frente-. Y el despacho necesita muchas horas de trabajo. De acuerdo, me quedaré.
Por su forma de rendirse, Pablo comprendió que tenía tantas ganas de quedarse como él de que lo hiciera. Eso le puso de buen humor. Recordó el sabor de su boca y se le calentó la sangre, era una boca sensual y llena de promesas.
Aunque Lali no lo considerara más que química, lo deseaba tanto como él a ella. Eugenia le había hecho daño, y la fertilidad de un hombre era decisión de los dioses. Suponía que el padre de Ian le había hecho daño a Lali; así que tampoco querría una relación duradera. Pero podían pasarlo bien a corto plazo. Si tenían suerte y era algo tan especial y maravilloso como él esperaba, podría ser suficiente para ambos.
-Entonces, te veré por la mañana -dijo él-. Te lo advierto, me levanto muy temprano. Siempre escribo antes de que el resto del mundo se ponga en pie. Intentaré no molestarte.
-No lo harás, duermo como un tronco -aseguró ella-. Sobre todo si Ian me despierta por la noche, aunque últimamente duerme mejor.
-Debe ser difícil, ocuparte de todo tú sola.
-Lo es, pero nos arreglamos solos -replicó ella. Su expresión se endureció y Pablo se preguntó por qué. Un día descubriría qué había ocurrido entre el padre de Ian y ella, quizás así conseguiría curarla. Hasta entonces ella era como un cable en cortocircuito; una chispa diminuta, y estallaba de cólera contenida y amargura.
Una persona tan encantadora como Lali no debería estar en manos de la ira, pensó él, que sabía exactamente en qué manos debería estar. Se obligó a cambiar el rumbo de sus pensamientos. Había prometido controlarse hasta que ella le diera luz verde; solo tenía que conseguir que lo hiciera antes de que el despacho fuera un modelo de orden y organización. Tenía tiempo.
-Conectaré la alarma otra vez. Vuelve a la cama.
-¿Seguro? Al fin y al cabo, soy tu empleada.
-No a estas horas. Y tampoco soy un ogro en horas de oficina, a no ser que me interrumpan mientras escribo -«0 que me mientan», pensó para sí, pero no lo dijo. No creía que eso fuera problema con Lali
CAPITULO 3:
Sin contestar, ella salió de la cocina, sorteándolo como si temiera que, a pesar de lo dicho, fuera a convertirse en un ogro. No le gustó nada, y frunció el ceño. Una cosa era que se resistiera a la atracción que había entre ellos, y otra muy distinta que le tuviera miedo. Deseó saber quién había provocado ese miedo. Si le ponía las manos encima al hombre que la había hecho daño, le enseñaría cómo tratar a una dama.
Lali descubrió que le era imposible conciliar el sueño. Oyó a Pablo pasar por delante de su puerta. Sus pasos se detuvieron un segundo y ella contuvo la respiración, sin saber si era porque temía que entrara, o porque temía que no lo hiciera.
Soltó el aire de golpe cuando los pasos continuaron por el pasillo. Una puerta se abrió y se cerró, después todo quedó en silencio. Se dijo que la alegraba no oír como Pablo se preparaba para acostarse pero, aún así, sus oídos se esforzaron por escuchar algo.
El cuerpo le ardía e, impaciente, se destapó, dejando que el fresco aire de la noche la acariciara. Pensó que podría haber sido la caricia de Pablo. Si hubiera dicho una sola palabra en ese sentido, él estaría compartiendo la cama con ella. Había percibido su deseo cuando la besó, y consiguió, a duras penas, controlar el suyo.
No sabía qué le estaba ocurriendo. Había permitido que la besara no una vez, sino dos; disfrutando de ambas. Eso no formaba parte de su plan. Le había dado un hijo a su hermana, los había rechazado a ambos y, para redondearlo, le había robado su idea. Recordó, colérica, su acusación: «Daniela quería engañarme para que mantuviera a su hijo». Su hijo, no mío, o nuestro, lo había dejado muy claro. ¿Cómo había podido permitir que la besara y llegar a imaginarse compartiendo la cama con él?
Se sentía desgarrada entre la lealtad a la memoria de su hermana y sus propios deseos. El deseo había estado a punto de ganar la partida, pero no volvería a ocurrir. Pablo había prometido que no la besaría si no lo se lo pedía, así que todo estaba en su mano. Se prometió que, a partir de ese momento, su relación sería estrictamente profesional.

Pobre Lali esta echa un lío
ResponderEliminarMe muero de la curiosidad, yo creo q Pablo se volvió infértil después de estar con Daniela yx eso no la aceptó.
Esta buenisima!! Escribe más
Que alegría q hayas vuelto genia!!
ResponderEliminarEscribe pronto xq la novela esta buenisima!
Saludos desde Córdoba