domingo, 13 de marzo de 2016
Capítulo 2: "En busca de la Verdad"
Hola chicas perdon por la tardanza, hoy les dejo nuevo capi espero que les guste por favor dejenme un mail o red social donde les pueda avisar facebook, twitter o algun email, besos que empiezen de 10 la semana
CAPÍTULO 2
Cuando cruzó las puertas que llevaban a la casa, Lali sintió una curiosa sensación de bienvenida. Se dijo que se debía a que iba por segunda vez, pero sabía que la razón eran las maletas que rodeaban la sillita del bebé. Hacían que se sintiera como si fuera a quedarse allí más de dos semanas.
No se bajó del coche inmediatamente, esperó a que Pablo saliera y hablara con Dougal, aunque el perro agitaba la cola, en lugar de ladrar.
-Buenos días -saludó, molesta por el rubor que encendió sus mejillas al ver a Pablo . Llevaba unos pantalones azul oscuro y un ligero suéter blanco, y en vez de parecer La Bestia, parecía el tipo de hombre del ,que podría enamorarse si no tenía cuidado.
El también parecía incómodo. Mientras soltaba el cinturón de la sillita, Lali pensó que quizá no le gustaban los bebés. Si era así, debería habérselo pensado antes de dejar embarazada a Dani.
-Llegas tarde -dijo él.
-Cande me dijo que no te vas hasta esta tarde, tienes tiempo de sobra para explicármelo todo -LAli frunció el ceño, irritada. Se había retrasado porque Ian había vomitado puré encima de su mejor blusa, y tuvo que ponerse una camiseta antes de salir, pero no lo dijo. Ya le parecía suficientemente poco profesional llegar a un trabajo con un bebé y un montón de bolsos, casi todos llenos con cosas para Ian.
-Si me enseñas mi habitación, acostaré al niño y luego puedes darme tus instrucciones.
El bajó las escaleras, levantó la maleta más grande como si no pesara nada, y cargó un montón de bolsas en el otro brazo.
-¿Qué te llevas cuando sales por un mes? -preguntó, enarcando las cejas.
-Los bebés necesitan muchas cosas.
-Yo no podría saberlo -dijo él secamente, su sonrisa se apagó y subió los escalones.
Ella miró su espalda consternada. «¿Qué he dicho?», se preguntó. No podía molestarlo que llegara con el niño, lo sabía desde el principio. Era obvio que no quería saber nada de Ian. Pensó, furiosa, que ni siquiera lo había mirado.
-Es una persona, ¿sabes? -espetó.
-¿Perdona? -Pablo se detuvo en el escalón de arriba y la miró con expresión tormentosa.
-Pablo, este es lan. Ian, este es Pablo -presentó ella, comprendiendo que ya era tarde para arrepentirse de sus palabras-. Dile hola, a Ian, Pablo -él la miró como si prefiriera desnudarse allí mismo, y ella imaginó la escena con toda claridad. Se recriminó por pensar algo así.
-Hola, Ian -masculló él.
-¿Ves? No ha sido tan difícil, ¿verdad?
Pablo pensó que había sido mucho más difícil de lo que ella creía. Todo su ser rechazaba la imagen del bebé agitando los bracitos, le recordaba su propia incapacidad. Cuando contrató a Lali había creído que podría soportar que su hijo viviera bajo su techo. No esperaba que la llegada del bebé le provocara un anhelo de paternidad tan intenso que casi era dolor físico. De repente, Lali le puso al bebé en brazos.
-Ahora que ya se conocén, ¿te importa sujetarlo mientras voy a por su juguete favorito? Me lo he dejado en el coche.
Sin dar tiempo a Pablo a replicar, corrió escalera abajo, dejándole con el niño. A Pablo se le contrajo el estómago al percibir el aroma infantil y ver como las diminutas manos se aferraban a él. Ian era exactamente como Pablo se había imaginado a su propio hijo, antes de descubrir que nunca tendría uno; se sintió como si un puño gigantesco le oprimiera el corazón. Ian abrió la boca para protestar. Instintivamente, Pablo comenzó a acunarlo, y el quejido del niño se convirtió en un leve gemido.
-Tranquilo, volverá enseguida -aseguró Pablo -. Nosotros, los hombres, podemos apañarnos un rato solos, ¿no crees? -el tono serio de su voz captó la atención de Ian, dejó de gemir y fijó sus enormes y luminosos ojos en él. Agarró el botón superior de la camisa de Pablo y tiró.
Pablo sintió que tiraba de lo más profundo de su ser, y agarró al niño con más fuerza, sintiendo una punzada de tristeza. No era la primera vez que tenía a un bebé en brazos, pero cuando nacieron los de Mery, su hermana, él aún esperaba tener sus propios hijos. Ahora sabía que era imposible, y Ian incrementaba la dolorosa sensación de pérdida que siempre rondaba su mente.
-No es culpa tuya, chiquitín -dijo, con voz ronca de emoción-. Eres justo como el niño que siempre deseé tener -eso atrajo la atención de Ian, que agarró su camisa como si entendiera cada una de sus palabras-. Sí, quería uno como tú y una como tu... -Pablo se detuvo antes de decir «como tu madre» y dijo -...bueno, una niña.
Al oír la palabra «niña», Ian comenzó a murmurar y Pablo esbozó una sonrisa.
-No te gustan las niñas, ¿eh? Ya cambiarás de opinión cuando encuentres a esa damita especial sin la que no puedas vivir. Yo creí encontrarla en mi ex mujer, Eugenia -explicó. Ian movió la cabeza como si lo entendiera, aunque Pablo sabía que era imposible-. Pero no es un buen ejemplo. Ella era una modelo de portada que conocí en la fiesta de Navidad de mi editor. Claro que no tiene por qué salirte tan mal como a nosotros -continuó Pablo , preguntándose si se había vuelto loco. ¿Por qué le contaba eso a un bebé?
Lo cierto era que Ian escuchaba, y su monólogo lo había tranquilizado, así que decidió que daba igual lo que dijera, siempre y cuando utilizase un tono tranquilizador.
-Dijo que no le importaba que no pudiese darle hijos -agregó-. Incluso pidió a su hermano, un médico de renombre, que me hiciera las pruebas, para que todo quedara en familia. A él nunca le caí bien; pensaba que un escritor no era suficientemente bueno para su hermana. Médicamente hablando, tenía razón.
-Bo... baba -Ian le golpeó en el pecho.
-Sí, bobadas -asintió Pablo -. Yo tampoco soporto a mi ex cuñado, así que estamos en paz. Pero tú no quieres oír esto; diablos, ni siquiera quiero oírlo yo.
-Oír, ¿qué? -preguntó Lali, subiendo las escaleras. Bajo el brazo llevaba una lanuda oveja de peluche. Los ojos de Ian se iluminaron al ver su juguete y extendió los brazos. Pablo le entregó al bebé con una punzada de remordimiento.
-Cosas de hombres -rezongó, molesto consigo mismo por haber permitido que el niño lo emocionara. Tampoco esperaba que Lali lo afectara así. Al ver como se colocaba al niño en la cadera, Pablo sintió que su corazón se encendía.
Su hermana, Mery, siempre dijo que lo único bueno de estar embarazada era que sus senos se agrandaban. A pesar de su reciente maternidad, los pechos de Lali eran pequeños, en consonancia con el resto de su figura. Llevaba puesta una falda de estilo oriental, negra y dorada, y una camiseta negra que se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel. Cuando el niño se agarró a la camiseta, Pablo casi emitió un gemido de envidia.
Dougal se reunió con ellos y, al oírlo ladrar, el bebé abrió los ojos de par en par. Lali se agachó, permitiendo al perro que lo oliera.
-Amigo, Dougal -dijo con voz firme. El perro movió la cola y lamió suavemente la mano del niño. Ian balbució con deleite, y una sonrisa iluminó su carita. Agarró un puñado de pelo y tiró, pero Dougal se quedó quieto como una estatua. Con cuidado, Lali soltó la mano del niño y se irguió. Dougal se pegó a su lado como si no pensara separarse de ella en dos semanas.
-Pronto no querrá saber nada de mí -bromeó Pablo, diciéndose que no lo afectaba la aparente traición del perro. No, no lo afectaba más que la imagen de «Madre y niño» que tenía ante sí, ni que el vacío que sentía desde que Lali le quitó al bebé de los brazos. Ella alzó los ojos y sonrió. Fue como si saliera el sol.
-A los perros le sobra amor para repartir entre todos -apuntó ella-. Me alegro de que Ian no le tenga miedo.
Pablo se había prometido no involucrarse con Lali ni con su hijo. Su intención era instalarlos, darle a ella instrucciones sobre qué hacer en su ausencia y marcharse, pero sintió un súbito impulso de quedarse con ellos.
-No parece que a Ian lo asuste nada -dijo.
-Las tormentas sí -admitió ella-. No te gustan las tormentas malas, ¿verdad, cielo?
-¿Tiene miedo de las tormentas?
Ella asintió. La noche que Dani murió había tormenta y Lali siempre se preguntaba si el niño asociaba las tormentas con la pérdida de su madre. Aunque sabía que era demasiado pequeño, y que a casi todos los niños les disgustaban los ruidos fuertes, le parecía una conexión curiosa.
Pablo inmovilizó la puerta con la maleta, para que ella pudiera entrar con el niño. Cuando lo hizo, sus caderas se rozaron. Aunque el contacto fue mínimo, Lali se quedó sin aliento y pensó que tenía que dejarse de tonterías; no podía olvidar que él era La Bestia. El niño que llevaba en brazos le ayudaría a recordarlo.
-Ian no es el único. A mí también me asustaban las tormentas de pequeño -comentó Pablo , entrando tras ella y cerrando la puerta.
-¿En serio? -preguntó ella, consciente de que su expresión delataba su sorpresa. Él parecía demasiado varonil para tenerle miedo a nada.
-Cuando tenía cuatro años, un rayo cayó sobre un árbol que había junto a la ventana de mi dormitorio; una rama se partió y se estrelló a pocos centímetros de mi cama. Odié las tormentas durante años.
Ella se imaginó a un niño aterrorizado, tumbado en la cama en mitad de la tormenta. Por mucho que lo odiara, le resultó imposible evitar compadecerlo.
-Cualquiera sentiría lo mismo después de eso.
-Se me pasó. A Ian también se le pasará.
De pronto, LAli se dio cuenta de lo cerca que estaban el uno del otro, lo suficiente como para besarse. Se preguntó qué sentiría si la bien proporcionada boca de él se posara sobre la suya. Un escalofrío recorrió su espalda y cerró los ojos; imaginó la escena con tanta claridad que sus labios se entreabrieron.
Asombrada, abrió los ojos. ¿Qué le ocurría? Se alegró de que el bebé que tenía en brazos se interpusiera entre ellos. Pablo era el último hombre del mundo con el que fantasear sobre besos.
-Dormirás en mi dormitorio -anunció él.
-¿Qué?
-Tu dormitorio mientras esté fuera -dijo él, acallando su protesta-. El vestidor es lo bastante grande como para servirle de dormitorio a Ian.
-Oh, gracias -musitó ella, sintiéndose como una estúpida. Por un momento había creído que... Desechó la idea, recordándose que tenía un trabajo que realizar. Quizás no fuera el que Pablo esperaba de ella, pero seguía siendo un trabajo.
Si Pablo sospechara sus intenciones, no sería tan hospitalario, ni les ofrecería su propio dormitorio. Aunque no tenía otra alternativa si quería obtener justicia para Ian, le remordía la conciencia. Miró los rasgos angelicales del bebé y su corazón se endureció. Pablo no solo había rechazado a su hijo, sino que, al aprovecharse del personaje del Panda Cósmico, ideado por Dani, le había robado su herencia. Lali solo necesitaba encontrar una prueba, y lo haría en ausencia de Pablo
Su hermana le había resumido la historia. Dani había conocido a Pablo en una cena editorial tres años antes; era ilustradora de libros, y esbozó sus ideas en la parte de atrás de un menú. Según Dani, así nació el Panda Cósmico. Lali no sabía qué habría ocurrido si Dani no hubiera enfermado seis meses después de darle a Pablo la idea para el personaje. Ella no quería que nadie se enterara de lo enferma que estaba, y él le prometió que, en cuanto se recuperara, podría ilustrar los libros de Panda. Dani, siendo como era, le pidió que, entretanto, contratara a otro ilustrador. El primer libro tuvo un gran éxito, pero Pablo figuraba como único autor.
Mantuvo su palabra y contrató a Dani para que ilustrara el segundo libro. Pero Lali había leído toda la publicidad esperando, en vano, que acreditara a su hermana. Aunque Dani sufrió una gran decepción, no quiso darle mayor importancia. Mientras vivió, Lali respetó sus deseos, ahora estaba libre de esa obligación.
En cuanto tuviera evidencia de que Dani había creado el personaje, se enfrentaría a Pablo. El precio que pensaba pedirle para no hacer pública la noticia era que reconociera a Ian. Era lo justo. Lali se aguantaría los remordimientos de conciencia por su estratagema.
Pablo interrumpió sus pensamientos cuando abrió la puerta del dormitorio y le indicó que entrara. Era el que vio la primera vez que estuvo en la casa, pero mucho más ordenado. La cama estaba hecha y no había una mota de polvo.
En el armario empotrado había varias perchas vacías para que colgara su ropa. Una puerta comunicaba con una luminosa habitación, preparada para el niño. Lali acarició la reluciente madera de la mecedora, que se movió suavemente. A continuación, vio la cuna tallada a mano y no pudo evitar una exclamación de sorpresa.
-Es preciosa. He traído la cuna de viaje de Ian, pero esta es mucho más bonita. Nunca he visto una igual. ¿Es muy antigua?
-Herencia familiar -dijo él-. La bajé del ático -no explicó que su hermana le había proporcionado sábanas, mantas y alguna que otra cosa más. Ni que le había tomado el pelo porque estaba convencida de que le gustaba la madre del niño.
Lo cierto era que tenía razón. Nunca lo había atraído tanto una mujer. Pero él no le gustaba a ella, era obvio. De vez en cuando Lali le sonreía y él se derretía por dentro, pero después ella parecía recordar que debía mantener las distancias, y el sol se apagaba. Era un misterio, y los misterios le desagradaban. Lo del niño era otro misterio, le recordaba a alguien y no sabía a quién. No le sirvió de nada decirse que todos los bebés se parecían.
-Te has tomado muchas molestias -Lali lo miró con gesto preocupado.
-No podía dejar que Ian durmiera en un cajón de la cómoda.
«Pero sí puedes negar su paternidad», pensó Lali, anulando así su satisfacción porque él hubiera hecho tantos preparativos. Colocó al niño en la cuna para empezar a organizarse.
-Es hora de la siesta de Ian -dijo-. Antes tendré que cambiarlo y, te aviso, no es un espectáculo agradable.
A él lo molestó que volviera a rechazarlo sin motivo aparente y que le considerara incapaz de ocuparse de las necesidades básicas de un bebé.
-Para tu información, he hecho prácticas con los bebés de mi hermana, así que no me ofenderá nada, salga por arriba o por abajo. Pero, como está claro que te molesto, me voy. Cuando acabes, reúnete conmigo en la biblioteca y te explicaré tus funciones. Está al final del pasillo.
-Recuerdo dónde está. No tardaré.
-Tómate el tiempo que necesites. Como bien dijiste, tengo un par de horas. Quizás prefieras instalarte antes de trabajar.
-Gracias, sí me gustaría -dijo ella con un tono que a él le pareció frío como el hielo.
-¿Qué he hecho para que me odies tanto? -preguntó Pablo. Los ojos de ella denotaron su sorpresa, cuando alzó la cabeza de una bolsa llena de ropa infantil.
-No sé a qué te refieres.
-En la entrevista admitiste que estabas enfadada con el padre de Ian, y su ausencia sugiere que tienes razones para estarlo, pero, ¿por qué te desquitas conmigo? ¿0 es que te disgustan los hombres en general?
-No me disgustan los hombres -dijo ella, desenrollando una toalla sobre la cómoda y colocando encima al bebé.
-Entonces debo ser yo en particular.
-¿Qué te hace pensar que me disgustas? -preguntó ella, dejando de desnudara Ian
-Tu actitud dista mucho de la de un miembro del Club de Admiradores de Pablo Winton.
-No creí que eso fuera un requisito para cuidar de tu casa.
-Estás evadiendo la pregunta.
-No conozco la respuesta -lo miró con exasperación-. Apenas te conozco.
-Eso tiene fácil solución.
«Si yo quisiera solucionarlo», pensó Lali. Y no quería. Solo deseaba que le hiciera justicia a Ian. Pero la idea de besar a Pablo le rondaba la cabeza; tenía que tener cuidado para no perder de vista su objetivo.
-Lo tendré en cuenta -replicó.
Él la miró como si quisiera decir algo más, pero pareció pensárselo mejor y cerró la puerta tras de sí con tanto cuidado que ella pensó que era por controlar su deseo de dar un portazo.
Lali, mientras acababa de desvestir al niño, lo limpiaba y le ponía talco, se preguntó qué problema tenía Pablo. Normalmente, aprovechaba ese momento para jugar con Ian, pero estaba tan distraída que se limitó a emitir sonidos. A él no pareció importarle, estaba demasiado fascinado con un móvil de payasos y animales de colores vívidos que colgaba del techo. No parecía una herencia familiar sacada del ático; Lali decidió que esa hermana, que tanto mencionaba, se lo había prestado, junto con otros artículos infantiles. Denotaba un esfuerzo excesivo por una persona que solo estaría allí dos semanas.
Se planteó la pregunta que él le había hecho. «¿Lo odio?». Hacía tiempo que pensaba que sí, por el modo en que había tratado a Daniela, pero cada vez le resultaba más difícil.
-¿Por qué se habrá preocupado tanto para que estemos cómodos? -le preguntó a Ian. El niño pataleó, y ella soltó un suspiro-. No sabes la respuesta, ni yo tampoco, cielo -miró la puerta cerrada-. ¿Por qué no se comporta tu papá como la bestia que es? Así sería más fácil odiarlo.
-Pa-pa-pa -balbució el niño.
-¿Intentas decir papá? -lo miró con sospecha-. Es demasiado pronto, ¿no?
-Pa-pa-pa -repitió él. Lali sintió un pinchazo de celos y levantó al niño en brazos.
-¿Puedes decir mamá?
El niño hizo una burbuja de saliva y le metió los dedos en la boca.
-Ba -emitió.
-Mama -repitió ella con paciencia.
-Ba. Ba.
-Ma-ma -insistió ella, pero vio que el niño se había quedado dormido y pensó que era mejor así. Había sido una mañana muy agitada, y seguramente percibía la tensión entre Pablo y ella. Ian no se movió cuando lo puso en la cuna y lo tapó con una manta. Lali fue a por la oveja de juguete y la colocó a los pies de la cuna, para que la viera si se despertaba.
-Dulces sueños -susurró, besándose la punta del dedo y posándolo en su frente. Nunca se cansaba de verlo dormir, pero no quería hacer esperar a Pablo. Aunque le había sugerido que se tomara su tiempo, decidió deshacer las maletas cuando estuviera sola y a sus anchas.
Pablo no estaba en la biblioteca, pero la puerta de su despacho estaba abierta y oyó unos murmullos furiosos que salían de allí. Curiosa, entró. Él miraba el ordenador. Tenía el pelo revuelto, como si hubiera enredado los dedos en él. Era la viva imagen de un escritor y estaba muy guapo.
-¿Problemas? -le preguntó. El alzó la cabeza como si su llegada lo hubiera sobresaltado.
-Es un nuevo programa para escribir guiones. El maldito no carga bien. Van a hacer una serie de televisión sobre Panda Cósmico, y necesito el programa para escribir el guión -explicó él-. Por cierto, eso es confidencial. Mi agente piensa hacerlo público después de la gira.
Oír que el personaje que le había robado a Dani iba a generar aún más beneficios la ayudó a resistirse al impulso de acercarse y suavizar con una caricia las arrugas de preocupación que surcaban su frente.
-¿Necesitas el programa antes de irte? -le preguntó, recordando para qué la había contratado. Él negó con la cabeza-. Entonces, déjalo y yo lo instalaré.
-Sabía que eras la persona que necesitaba -dijo él. Esas palabras y su sonrisa de agradecimiento minaron la resolución de Lali. Cuando él la miró fijamente, se le aceleró él pulso.
-¿Qué? -inquirió.
-Tienes polvos de talco en la nariz.
-Me ha entrado en el ojo -se quejó ella, tras limpiarse con el dorso de la mano.
-Espera, deja que te ayude -Pablo se puso en pie. Con la gracia y determinación de un león, se acercó a ella, y rodeó su hombro con un brazo para llevarla a la ventana, a la luz. Inclinó su cabeza hacia atrás y estudió el ojo un momento-. Ahora está limpio. Seguramente te has arañado, por eso te da la impresión de que tienes algo dentro. Si te lo lavas, el dolor desaparecerá.
-Ya se ha ido -su voz fue un susurro estrangulado, tal efecto le producía que la tocara. Intentó liberarse de su hechizo y apartarse, pero tenía las piernas paralizadas. lizadas. Solo su mente estaba activa, procesando cuánto le gustaba sentir esos brazos rodeándola y que esos dedos acariciaran su rostro.
Por eso, cuando él inclinó la cabeza y la besó, le pareció natural y correcto. Sus labios temblaron, pero no tuvo fuerza de voluntad para detenerlo. Suspirando levemente, cerró los ojos y vio estrellitas luminosas mientras él acariciaba y tocaba, lamía y bebía su sabor.
Para ser un hombre tan fuerte, era muy gentil; en ningún momento se aprovechó indebidamente de su asombrosa rendición. Era consciente de que la soltaría ante la mínima objeción por su parte. «Di algo, detén esto», ordenó su lógica. Pero siguió en silencio.
En su interior, multitud de sensaciones hacían que le hirviera la sangre y se le acelerara el corazón. Pablo deslizó los dedos por su mandíbula, acariciándola suavemente, hasta que llegó a la vena del cuello que delataba su excitación. Ella deseó poder acallar esos latidos, pero era tan incapaz de hacerlo como de negarle la boca. Anhelaba más, y se lo demostró con un vergonzoso gemido de placer que no pudo controlar.
Inconscientemente, enroscó la mano alrededor de su cuello y lo atrajo para besarlo más profundamente. El vello de su nuca le cosquilleó la mano; estiró los dedos y los introdujo entre su cabello, enredando los mechones, igual que él enredaba su mente con la boca. Se estremeció. Por experiencia, sabía que un beso podía ir mucho más allá que esa suave exploración y, para su vergüenza, deseaba todo lo que él pudiera darle. De pronto la inquietud la atenazó. No podía desear eso de La Bestia; no podía permitir que la besara ni, mucho menos, aventurar lo que podría ocurrir después. No ocurriría nada porque ella no lo permitiría.
«Mentiroso», dijo para sí. Desde el primer momento en que vio a Pablo, supo que lo deseaba. Por mucho que deseara vengar a Dani y obtener justicia para Ian, no podía engañarse a sí misma. A pesar de todas las razones en su contra, Pablo la atraía más de lo que lo había hecho ningún hombre. No era la única que sentía esa atracción; notó claramente que a él le costó un gran esfuerzo apartarse. Su respiración era tan agitada como la de Lali, y sus ojos estaban llenos de preguntas. Ella no tenía ninguna respuesta; su expresión confusa debió convencerlo de ello porque Pablo movió la cabeza de lado a lado.
-No pretendía hacer eso -se excusó.
-Entonces ya somos dos -murmuró ella, sintiendo una excitación tan intensa que casi era dolor. Más aún le dolió comprender que seguramente le daba más importancia a ese beso que él. Sabía que era capaz de tener aventuras casuales, su hermana era una prueba evidente. Pero Lali, por naturaleza, no podía evitar tomarse muy en serio el amor. Incluso la deserción de Benja la había herido profundamente, a pesar de que sabía que le iría mejor sin él.Y, sin duda, le iría mejor sin Pablo
Necesitaba hacer algo mientras recobraba la compostura, así que fue al escritorio y empezó a ordenar los montones de papeles, aunque temblaban en su mano como hojas al viento.
-No tengo costumbre de permitir a extraños que me besen -dijo, nerviosa.
-Ni yo de besar a extrañas.
-Claro que no -afirmó ella cortante. Estuvo a punto de soltar una carcajada. El hechizo se había roto.
-Se diría que no me crees -dijo él, entrecerrando los ojos. Lali pensó en su hermana y contuvo un escalofrío. Ian era la prueba viviente de que a Pablo no le importaba llevarse a una desconocida a la cama; ¿qué importancia podía tener un beso para él?
-¿Por qué no iba a creerte? -contraatacó ella.
-No lo sé -la escrutó con la mirada-. Tengo la impresión de que sabes mucho más de mí que yo de ti.
Lali se volvió para ocultar su expresión. Tenía mucha razón, pero no pensaba admitirlo.
-Si supiera más que tú, no sería relativo a tu vida amorosa, ¿no crees? -dijo ella con ligereza.
-Cierto -Pablo aceptó el comentario sin más y se pasó la mano por el pelo; parecía ser un hábito del que no era consciente-. A veces, me olvido de cuanta publicidad me han hecho desde que publiqué mi primer libro.
-¿Siempre has escrito libros infantiles? -inquirió ella, agradeciendo el cambio de tema.
-¿Quieres decir que si he escrito alguna vez un libro de verdad? -él la miró con ironía.
-Si quisiera decir eso, lo habría dicho -replicó ella, sin ocultar su enfado. La tormenta que amenazaba en los ojos de él se aclaró.
-Algo me dice que sí lo habrías dicho. Y la respuesta es sí, publiqué tres libros sobre las obras de los primeros escritores griegos antes de escribir para niños. Cuando estudiaba a Hornero me interesó la utilización de los mitos para explorar y explicar la naturaleza humana, así que mis siguientes libros para adolescentes se basaron en mitos. Panda no fue más que el resultado de una progresión natural a partir de ahí.
Hablaba con tanta convicción que Lali dudó por primera vez. Sabía que utilizaba a Panda Cósmico como modelo para ayudar a los niños a explorarse a sí mismos y a su vida. Si había desarrollado la idea tras estudiar a Homero, ¿cómo podía habérsela robado a su hermana? No iba a descansar hasta obtener la respuesta, y no podría hacerlo hasta quedarse sola en la casa.
-Si quieres irte a tiempo, deberías explicarme lo que quieres que haga, ¿no? -le sugirió. El asintió y se sentó tras su escritorio.
-No tardaré mucho. Básicamente quiero que pongas en orden mis archivos informáticos.
-Supongo que has hecho copias de seguridad de todo lo importante -dijo ella, contenta de llevar la conversación a terreno neutral.
-¿No te fías de ti misma? -Pablo enarcó las cejas.
-No me fío de nada que dependa del suministro eléctrico -aclaró Lali
-Entonces relájate, hay copias de todo. Puedes hacer lo que quieras con el ordenador y con los archivos de papel. Cuando vuelva, espero que mi despacho sea un ejemplo de orden y eficacia.
-Me dedico a organizar, no hago milagros -comentó ella, mirando el caos de archivos y papeles que la rodeaba.
-Yo le pedí a Candela que me enviara un ángel -bromeó él, poniendo los ojos en blanco.
-Lo que ves, es lo que hay -devolvió ella.
Desde donde Pablo la veía, tenía un aspecto bastante angelical. Se pasó la lengua por los labios y percibió rastros del sabor de su boca. Pagaría por volver a besarla. Le había costado un gran esfuerzo de voluntad no excederse esa primera vez, para no asustarla.
No mintió al decir que el beso no estaba planeado. Aunque había sabido que la besaría desde que puso los ojos en ella por primera vez, no contaba con que ocurriese tan pronto. Ese breve beso lo convenció de que no se había imaginado la fuerte química que existía entre ellos.
Y habría jurado que ella también la percibía. Pero no se fiaba de él y no sabía por qué; nunca se habían visto antes. No quería hacer nada para lo que ella no estuviese preparada.
Por desgracia, no solía ser paciente. De muy joven aprendió, a la fuerza, que la vida era demasiado corta para retrasar cualquier cosa que importara de verdad. Y, aunque ella no lo sabía aún, Lali le importaba. Estaba seguro de que encajaban bien juntos. Ella ya tenía un hijo, así que su problema no la preocuparía. Era fácil adivinar que su experiencia con el padre del bebé había sido mala, así que no buscaba el matrimonio, y él tampoco. Eran la pareja perfecta.
Si no hubiera accedido a trabajar para él, habría ideado otra manera de volver a verla. Que estuviera bajo su techo simplificaba las cosas, pero le frustraba no poder estar allí con ella.
Se puso en pie para enseñarle el resto de la casa y, al hacerlo, rozó con la mano la parte baja de su espalda; la instintiva reacción de su cuerpo le hizo pensar que tampoco era mala idea que se mantuvieran a distancia durante un tiempo. Al menos hasta que ella admitiera que sería suya antes o después. Antes, esperaba. Después si ella necesitaba que la cortejase. Incluso podría disfrutar seduciéndola, y se aseguraría de que ella disfrutara también. Siempre y cuando el resultado fuera el mismo: Mariana Glen en su cama, con el cabello alborotado y la piel resplandeciente después de hacer el amor.
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Holaa percha como estas??
ResponderEliminarRecién puedo comentar la nove, pensar que en capitulo de ayer ya lo quería golpear a plablo jajaj y ahora me dio tanta ternura!!! Jajjaj en este cap ya lo perdone, espero que él siguiente caitulo cosa que espero que sea pronto cof cof, jaja no lo quiera golpear otra vez jaja.
Pobre Pablo todo lo que tuvo que pasar, pensar que no quería que sea hijo de él y ahora si jajaja pobre ojalá si pueda tener hijos,que es lo que en él fondo quiere :D
Ame él acercamiento explosivos de ellos, estos mas de 3 capítulos no resisten jajaj..
Ame él capitulo ya quiero ver como sigue!!!!:D
Espeo subas pronto percha! Súper enganchada con la nove!!! :D
Besos nos estamos leyendo!!
Jesús :D😁
Por fin has vuelto!!!! Me encantan todas tus novelas!!! Soy muy fan
ResponderEliminarOjalá escribas más seguido me encaaaaanta!!!